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CUENTOS | Página 6
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¿CÓMO ESTÁS ?
Por Hugo latorre
sisigambis@com4.com.ar


“And when I die, and when I’m gone, there will be one child born in this world to carry on.”
Laura Nyro.

¿Cómo estás? y se arrima tocándole la espalda con los bordes de sus tetas. Por las puntas de su pelo rubio aún cabalgan pezones sobre su pecho lampiño. Ahora son como flores blandas bailoteando a su costado. Son aureolas tibias, pupilas dilatadas en la penumbra. La cabellera dorada le hace picar el hombro izquierdo.
Se da vuelta y juega con los dedos entre sus senos y casi despiertan otra vez los misterios que ella tiene y él incita. Sus pieles son un manto que emanó tanto sudor como tibieza cuando rodaron entre las sábanas crujientes y las almohadas arrugadas.
Aunque ya no vive con su esposa siente que algunas costumbres demoran en retirarse. Mira el reloj despertador y parte de algún lado hacia su cabeza una llamada imprevista, un horario acordado. Unos zapatos comprados en Adrogué. Ciertas visiones relámpago, fragmentos de escenas cotidianas. Una canilla que goteaba terca al volver del trabajo. El diario que estaba sobre la mesa de la cocina.
Junto a la evocación de los chicos jugando en el jardín cree escuchar los ladridos de su perro recogido años atrás en una mañana de abril. Pasa revista mentalmente por la cuadra donde quedaba su casa. Largos y delgados árboles bordeaban las veredas juntando sus ramas muy cerca del cielo gris.
El viento del otoño desprende las primeras hojas secas y surge la mujer de ojos verdes. Verdes como el mar que vio junto a su madre por primera vez.
Su esposa de mirada de mar lo está llamando a la mesa. Tarareando una vieja canción va hacia ella con las manos en los bolsillos mientras el sol golpea su espalda con gesto amable.
Es un tiempo lento y sin cuidados, donde cumple silencioso y sin problemas el papel de marido presente, de padre ejemplar. Antes de irse a la cama con su esposa apaga las luces y pasa su mano por las cabecitas suaves de sus hijos dormidos.

Más tarde llega el tiempo de las pequeñas y mutuas ofensas cotidianas. De los agravios que se esperan y se confirman. De los acuerdos odiados que discretos y firmes se alojan en la cama del respeto conyugal. Crecen desafiantes bajo un manojo de indiferencias varias. Momentos de rencores y de mezquinas negociaciones. Talismanes baratos que no los salvarán de un naufragio seguro.
Situaciones en cadena. La compra del auto. Su esposa en el hospital. El primer hijo. Luego el segundo donde se repite el error, la vana esperanza de enmendar el fracaso con la descendencia. Tiempos donde se programan, se prometen y se postergan vacaciones que todos necesitan.
Recuerda lazos, rechazos y convenios. Alegrías abortadas. Partes frías del lecho donde el otro inviste un silencio que oculta adrede. Donde ninguno deja ver sus costados tiernos. Ni las flaquezas del alma que la caricia compadece. Ni algún acto permisivo, algún tímido vislumbre de arriar banderas.
La vida se le va en un amasijo de recuerdos. Nunca sabrá qué cosas promueven realmente su voluntad, ni qué situaciones lo remiten a sus aciertos o a sus fracasos.
Se repite las palabras de ciertos señores de la televisión: todo sería más fácil si la mujer aprende a desear lo que ama y el hombre a amar lo que desea. Pero son palabras para libros gordos y son palabras de conferencistas también gordos. Sonriendo con tristeza, pone en duda el comportamiento de esos gordos en sus vidas privadas, no sujetos a la mirada ajena.

Le pasa el brazo por los hombros. Ella se revuelve cariñosa y le pone una pierna entre las suyas. El peso de la nuca de la mujer se hace insostenible así que retira el brazo lentamente y finge rascarse la cabeza.
Cuando se la toca, el pasado trae a su madre que orgullosa del pelo de su hijo, se lo peina con gomina día a día. Antes y después del colegio. Se lo retoca una y mil veces con esa pasta grasosa mientras en la radio del comedor sombrío se escuchan antiguos boleros mejicanos. Algo se le tensa al mirar las manos que lo peinan para salir a jugar. Para salir a la calle, para ir de visita a la casa de un pariente que su niñez desconoce. Manos que lo peinan para su cumpleaños, manos que lo peinan para alguna fiesta o salida o después de bañarse. Ella siempre lo está peinando.
Antes de fallecer, esos dedos decididos a hacerlo presentable al mundo son débiles. Son blancos y están arrugados. Son muy suaves cuando él los sostiene entre los suyos. Piensa mamá no te mueras. Mamá no te vayas ahora.
Le acerca su rostro con el deseo de que ella abra sus ojos. Que al menos lo mire un poco. Que al menos pestañee. Pero ella no los abre. Ella no los abre más.

Entonces se toca la cara y se pregunta: ¿porqué cada tanto se envejece sin saberlo? Un inevitable denominador común rige las cosas que se van de nosotros y todo, con la vejez se aleja.
Logra ponerse de pie y sale de la habitación. En el pasillo del sanatorio algunos familiares intentan abrazarlo en silencio. Se escurre hábilmente de los pésames mientras recuerda que ayer, buscando entre mil mujeres, encontraba en todas a la misma. Mamá, mamá dice.
El hombre viene de un lugar lejano. De un lugar de adioses que nunca se terminaron. Pero es joven y está entero. Así que en borde de un camión sin caja merodea el mundo con las piernas que le cuelgan y señalan el piso.
Sobre sus zapatos está todo el polvo de los caminos pero no le importa. La vida le está entregando felicidades envueltas y atributos para poder abrirlas. Y quiere llegar. Quiere ganar y no teme abrirse paso con los codos entre los otros hombres del planeta que bregan por lo mismo.
Entonces pasa a ser un hombre maduro. Los zapatos están sucios y la camisa está arrugada. Pero el pelo está libre porque gomina hace tiempo que no usa más. En algún lugar lo aguardan y la esperanza lo atraviesa. Un empecinado y loco afán de conquistar lo lleva de un lugar a otro sabiendo que terminará salpicado por lo que tanto ansía y a la vez teme.
La rubia desnuda a su lado es la felicidad de este presente. Premio pasajero que Tres Mujeres allá arriba le fabrican, le miden y le cortan a su antojo.
Si quiere o si se atreve, puede mirar el tapiz donde está siendo tejido sin premura ni pereza. Pero como está creciendo inocente al dolor y ausente de lo que vendrá aún es impenetrable al paso del tiempo.
Cuando la mira descubre pequeños destellos en sus ojos entrecerrados. El hombre piensa que quizá esté soñando o tal vez sean simples ganas de dormir un poco.
En eso está pensando cuando puntas de hebras doradas invaden otra vez su hombro izquierdo. Esbozos de ríos pulidos ya surcan su cuello. Cuando nuevamente le pasa el brazo por sus hombros ella repite ¿cómo estás?
Y él, cerrando los ojos como lo cerró su madre, le contesta muy bien, muy bien. Y se da media vuelta y queda mirando la pared.

VEINTE MINUTOS DE FELICIDAD
Por Diego Pintos
pasillos@hotmail.com


Estaba tan triste que no tenía más que seguridades...

Interesante manjar, tan rico como la carroña fresca... para halcones con picos decapitados. Unas aves de corral, con sueños cercenados en sus alas, enseñándome a volar, a planear bajito sólo para nunca escupir las suelas de sus nubes. Sin embargo, es escalofriante hasta para mí –apenas un intento de ameba, quiero decir, un perdedor– el hecho de aceptar incondicionalmente unas reglas de juego que sé que no necesito... ni el juego... ni las reglas. Sé que desaparecerán también, como las lágrimas falsas una vez que las deseche por su naturaleza de falaces.
Una placentera lengua con grillete, placebo de principiante, locura narcótica. Las sábanas new age para ella, y el monstruo extasiándose al ver relucir las escamas de la noche anterior y previas a la década pasada. Ha viajado mucho y sabe que no se lame sólo. No es buey y no le gusta su lengua... pero tampoco la de muchos.
Monstruo Humanofóbico Hijodemilputas... dicen los amoldados.

Bebe té y barre los espantos de su pecho; pero no alcanza con almíbares... y despierta de cada pesadilla con el éxtasis melodioso y armónico de Wagner. Es entonces –ya somnoliento– cuando resopla; aliviado intenta volver a arrullarse con la almohada y se convence de que es sólo un mal momento, absolutamente pasajero. Ya con párpados epilépticos llama a la paz (que a veces llega) y le reza a la musa (que lo desvela).
Se acostumbró a tratar a la calma como un agente extraño, externo; tal vez la invite a cenar pero con el rabo del ojo –mientras lava los platos y sirve café cargado– revisará que en la cómoda estén todos los adornos y mostacillas que dan cuenta de sus últimos viajes.
Ama la existencia del amor... pero el amor no lo ama. No es correspondido. Siempre que lo buscó incansablemente creyó encontrarlo... creyó.
¿Qué necesidad hay de juzgar al oso que hiberna?¿Cuánto, al instinto asesino (¿asesino?) de los felinos salvajes?¿Y cuánto, al que razona y se hartó de la carga? El lastre del cerebro muerto del instintivo. ¿Cuánto, al que vive y deja vivir, sin dejarse vivir y temiendo morir por haber vivido lo poco que cree que vivió?

Resulta que este individuo, por decantación y sabiduría a los golpes, ya advirtió la pesadumbre del hastío de estar harto. Entonces esquiva los cráteres de planetas que conoce, de criaturas que infiere bestias pero deja asesinarse de a ratos; y en otros se mutila para saber de la existencia del dolor. Pero, por más que alumbre y reluzca deslumbrante en una noche de verano penumbrosa, no es aconsejable recoger una rama del leño ardiente...
Por más bello que sea el juguetear que invitan las chispas haciendo apasionadas y enloquecidas el amor con el viento... no es aconsejable recoger una rama del leño ardiente...
Por más belleza que regale su melena de palmera y su mirada de panal... no es aconsejable visitar la cueva del lobo sin previa invitación. Por más calor que se brinde en su vientre, con garras que –esa noche– se han ausentado para dar luz a tentaciones más sedosas... no es aconsejable visitar la cueva del lobo sin previa invitación. No es aconsejable la espera, ni la pérdida de tiempo de invitarse.
Balancea sus desbalances... entre ser agredido y contenerse... y contenerte. Entre tu inferido sufrimiento y su búsqueda desesperada pero no desesperante, ni desesperado.

Su vida es incomprendida y en esa senda de sucesión de imágenes abrochadas por un clip, tal vez anhele comprensión. Siempre en busca de la utópica compatibilidad de caracteres.
...Lo verás sentado, creyendo de él que pierde el tiempo. Mas espera, sabiendo lo que espera y no desespera si aún no llega ése momento. Mientras tanto endulza sus papilas con espinosas avispas.
...Lo verás pasar frente a ti una y otra vez, hablarás con su boca, lo verás a sus ojos, mas nunca –tal vez en rara oportunidad– estará allí.

...Amar, odiar, compartir, llorar, reír, desilusionarse, tener frío, ser bajito, canoso, pelado, delgado, triunfar o caer derrotado, divertirse, ansiar, desear, vida, muerte, amar, odiar, compartir, llorar, reír...
Mientras tanto se pasan los ahora, llorando pasados y anhelando futuros. Tal vez ahora, su ahora, no condice con tu ¡ya!
...Parece que el camino es insistir, resistir y persistir...¿Cualidades o defectos?

Conclusión:

...Ha tragado sapos, buzones, brebajes, algunos interesantes y otros algo más que amargos; nylon, fuego, hebras, pociones, espinas, alfileres. Hizo gárgaras con escarabajos, arena, vos, pedregullo, peces, pescados... pero jamás lo vi tragarse una llave que sepa abrir algo...

...no siempre lo que quiso supo ser el anverso de aquello que no quiso. Le fue más fácil saber aquello que no quiere que aquello que sí; mas no siempre lo que no quiso es la cara inversa de la moneda con que se avisa y compra lo que quiere.

...Sí...
...La vida parece ser en comprimidos...
...La vida es en comprimidos, de 20 minutos de felicidad. Grageas dulces que nos animan desde la mesita de luz a enfrentarnos cada mañana, sólo de a veinte minutos blister tras blister me verás devorar...

PD: Recuerdo que los dos mirábamos lo mismo pero supimos que ninguno veía igual. Desandamos calles, después de las plazas y antes de los vinos, nunca aprendimos a ser argentinos y siempre anhelamos una parte de sudaca...
Fumamos, tu ropa era la de todos, todos igual.
Hubo selva, tu planta era la de todos, todos igual.
Hubo amaneceres, mis soles eran de todos, todos igual.
Las palabras, las palabras sin sentido que adoramos; las mentiras, las mentiras sin seguros contra terceros; los golpes...¡Y no sabíamos llorar!
Los calabozos, y no sabíamos temer...
Las lágrimas rodaron por suerte, cuesta abajo... y aprendimos a reír.

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