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| CUENTOS
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¿CÓMO
ESTÁS ?
Por Hugo latorre
sisigambis@com4.com.ar
“And when I die, and when I’m gone,
there will be one child born in this world to
carry on.”
Laura Nyro.
¿Cómo estás? y se arrima
tocándole la espalda con los bordes de
sus tetas. Por las puntas de su pelo rubio aún
cabalgan pezones sobre su pecho lampiño.
Ahora son como flores blandas bailoteando a su
costado. Son aureolas tibias, pupilas dilatadas
en la penumbra. La cabellera dorada le hace picar
el hombro izquierdo.
Se da vuelta y juega con los dedos entre sus senos
y casi despiertan otra vez los misterios que ella
tiene y él incita. Sus pieles son un manto
que emanó tanto sudor como tibieza cuando
rodaron entre las sábanas crujientes y
las almohadas arrugadas.
Aunque ya no vive con su esposa siente que algunas
costumbres demoran en retirarse. Mira el reloj
despertador y parte de algún lado hacia
su cabeza una llamada imprevista, un horario acordado.
Unos zapatos comprados en Adrogué. Ciertas
visiones relámpago, fragmentos de escenas
cotidianas. Una canilla que goteaba terca al volver
del trabajo. El diario que estaba sobre la mesa
de la cocina.
Junto a la evocación de los chicos jugando
en el jardín cree escuchar los ladridos
de su perro recogido años atrás
en una mañana de abril. Pasa revista mentalmente
por la cuadra donde quedaba su casa. Largos y
delgados árboles bordeaban las veredas
juntando sus ramas muy cerca del cielo gris.
El viento del otoño desprende las primeras
hojas secas y surge la mujer de ojos verdes. Verdes
como el mar que vio junto a su madre por primera
vez.
Su esposa de mirada de mar lo está llamando
a la mesa. Tarareando una vieja canción
va hacia ella con las manos en los bolsillos mientras
el sol golpea su espalda con gesto amable.
Es un tiempo lento y sin cuidados, donde cumple
silencioso y sin problemas el papel de marido
presente, de padre ejemplar. Antes de irse a la
cama con su esposa apaga las luces y pasa su mano
por las cabecitas suaves de sus hijos dormidos.
Más tarde llega el tiempo de las pequeñas
y mutuas ofensas cotidianas. De los agravios que
se esperan y se confirman. De los acuerdos odiados
que discretos y firmes se alojan en la cama del
respeto conyugal. Crecen desafiantes bajo un manojo
de indiferencias varias. Momentos de rencores
y de mezquinas negociaciones. Talismanes baratos
que no los salvarán de un naufragio seguro.
Situaciones en cadena. La compra del auto. Su
esposa en el hospital. El primer hijo. Luego el
segundo donde se repite el error, la vana esperanza
de enmendar el fracaso con la descendencia. Tiempos
donde se programan, se prometen y se postergan
vacaciones que todos necesitan.
Recuerda lazos, rechazos y convenios. Alegrías
abortadas. Partes frías del lecho donde
el otro inviste un silencio que oculta adrede.
Donde ninguno deja ver sus costados tiernos. Ni
las flaquezas del alma que la caricia compadece.
Ni algún acto permisivo, algún tímido
vislumbre de arriar banderas.
La vida se le va en un amasijo de recuerdos. Nunca
sabrá qué cosas promueven realmente
su voluntad, ni qué situaciones lo remiten
a sus aciertos o a sus fracasos.
Se repite las palabras de ciertos señores
de la televisión: todo sería más
fácil si la mujer aprende a desear lo que
ama y el hombre a amar lo que desea. Pero son
palabras para libros gordos y son palabras de
conferencistas también gordos. Sonriendo
con tristeza, pone en duda el comportamiento de
esos gordos en sus vidas privadas, no sujetos
a la mirada ajena.
Le pasa el brazo por los hombros. Ella se revuelve
cariñosa y le pone una pierna entre las
suyas. El peso de la nuca de la mujer se hace
insostenible así que retira el brazo lentamente
y finge rascarse la cabeza.
Cuando se la toca, el pasado trae a su madre que
orgullosa del pelo de su hijo, se lo peina con
gomina día a día. Antes y después
del colegio. Se lo retoca una y mil veces con
esa pasta grasosa mientras en la radio del comedor
sombrío se escuchan antiguos boleros mejicanos.
Algo se le tensa al mirar las manos que lo peinan
para salir a jugar. Para salir a la calle, para
ir de visita a la casa de un pariente que su niñez
desconoce. Manos que lo peinan para su cumpleaños,
manos que lo peinan para alguna fiesta o salida
o después de bañarse. Ella siempre
lo está peinando.
Antes de fallecer, esos dedos decididos a hacerlo
presentable al mundo son débiles. Son blancos
y están arrugados. Son muy suaves cuando
él los sostiene entre los suyos. Piensa
mamá no te mueras. Mamá no te vayas
ahora.
Le acerca su rostro con el deseo de que ella abra
sus ojos. Que al menos lo mire un poco. Que al
menos pestañee. Pero ella no los abre.
Ella no los abre más.
Entonces se toca la cara y se pregunta: ¿porqué
cada tanto se envejece sin saberlo? Un inevitable
denominador común rige las cosas que se
van de nosotros y todo, con la vejez se aleja.
Logra ponerse de pie y sale de la habitación.
En el pasillo del sanatorio algunos familiares
intentan abrazarlo en silencio. Se escurre hábilmente
de los pésames mientras recuerda que ayer,
buscando entre mil mujeres, encontraba en todas
a la misma. Mamá, mamá dice.
El hombre viene de un lugar lejano. De un lugar
de adioses que nunca se terminaron. Pero es joven
y está entero. Así que en borde
de un camión sin caja merodea el mundo
con las piernas que le cuelgan y señalan
el piso.
Sobre sus zapatos está todo el polvo de
los caminos pero no le importa. La vida le está
entregando felicidades envueltas y atributos para
poder abrirlas. Y quiere llegar. Quiere ganar
y no teme abrirse paso con los codos entre los
otros hombres del planeta que bregan por lo mismo.
Entonces pasa a ser un hombre maduro. Los zapatos
están sucios y la camisa está arrugada.
Pero el pelo está libre porque gomina hace
tiempo que no usa más. En algún
lugar lo aguardan y la esperanza lo atraviesa.
Un empecinado y loco afán de conquistar
lo lleva de un lugar a otro sabiendo que terminará
salpicado por lo que tanto ansía y a la
vez teme.
La rubia desnuda a su lado es la felicidad de
este presente. Premio pasajero que Tres Mujeres
allá arriba le fabrican, le miden y le
cortan a su antojo.
Si quiere o si se atreve, puede mirar el tapiz
donde está siendo tejido sin premura ni
pereza. Pero como está creciendo inocente
al dolor y ausente de lo que vendrá aún
es impenetrable al paso del tiempo.
Cuando la mira descubre pequeños destellos
en sus ojos entrecerrados. El hombre piensa que
quizá esté soñando o tal
vez sean simples ganas de dormir un poco.
En eso está pensando cuando puntas de hebras
doradas invaden otra vez su hombro izquierdo.
Esbozos de ríos pulidos ya surcan su cuello.
Cuando nuevamente le pasa el brazo por sus hombros
ella repite ¿cómo estás?
Y él, cerrando los ojos como lo cerró
su madre, le contesta muy bien, muy bien. Y se
da media vuelta y queda mirando la pared. |
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VEINTE
MINUTOS DE FELICIDAD
Por Diego Pintos
pasillos@hotmail.com
Estaba tan triste que no tenía más
que seguridades...
Interesante manjar, tan rico como la carroña
fresca... para halcones con picos decapitados.
Unas aves de corral, con sueños cercenados
en sus alas, enseñándome a volar,
a planear bajito sólo para nunca escupir
las suelas de sus nubes. Sin embargo, es escalofriante
hasta para mí –apenas un intento
de ameba, quiero decir, un perdedor– el
hecho de aceptar incondicionalmente unas reglas
de juego que sé que no necesito... ni
el juego... ni las reglas. Sé que desaparecerán
también, como las lágrimas falsas
una vez que las deseche por su naturaleza de
falaces.
Una placentera lengua con grillete, placebo
de principiante, locura narcótica. Las
sábanas new age para ella, y el monstruo
extasiándose al ver relucir las escamas
de la noche anterior y previas a la década
pasada. Ha viajado mucho y sabe que no se lame
sólo. No es buey y no le gusta su lengua...
pero tampoco la de muchos.
Monstruo Humanofóbico Hijodemilputas...
dicen los amoldados.
Bebe té y barre los espantos de su pecho;
pero no alcanza con almíbares... y despierta
de cada pesadilla con el éxtasis melodioso
y armónico de Wagner. Es entonces –ya
somnoliento– cuando resopla; aliviado
intenta volver a arrullarse con la almohada
y se convence de que es sólo un mal momento,
absolutamente pasajero. Ya con párpados
epilépticos llama a la paz (que a veces
llega) y le reza a la musa (que lo desvela).
Se acostumbró a tratar a la calma como
un agente extraño, externo; tal vez la
invite a cenar pero con el rabo del ojo –mientras
lava los platos y sirve café cargado–
revisará que en la cómoda estén
todos los adornos y mostacillas que dan cuenta
de sus últimos viajes.
Ama la existencia del amor... pero el amor no
lo ama. No es correspondido. Siempre que lo
buscó incansablemente creyó encontrarlo...
creyó.
¿Qué necesidad hay de juzgar al
oso que hiberna?¿Cuánto, al instinto
asesino (¿asesino?) de los felinos salvajes?¿Y
cuánto, al que razona y se hartó
de la carga? El lastre del cerebro muerto del
instintivo. ¿Cuánto, al que vive
y deja vivir, sin dejarse vivir y temiendo morir
por haber vivido lo poco que cree que vivió?
Resulta que este individuo, por decantación
y sabiduría a los golpes, ya advirtió
la pesadumbre del hastío de estar harto.
Entonces esquiva los cráteres de planetas
que conoce, de criaturas que infiere bestias
pero deja asesinarse de a ratos; y en otros
se mutila para saber de la existencia del dolor.
Pero, por más que alumbre y reluzca deslumbrante
en una noche de verano penumbrosa, no es aconsejable
recoger una rama del leño ardiente...
Por más bello que sea el juguetear que
invitan las chispas haciendo apasionadas y enloquecidas
el amor con el viento... no es aconsejable recoger
una rama del leño ardiente...
Por más belleza que regale su melena
de palmera y su mirada de panal... no es aconsejable
visitar la cueva del lobo sin previa invitación.
Por más calor que se brinde en su vientre,
con garras que –esa noche– se han
ausentado para dar luz a tentaciones más
sedosas... no es aconsejable visitar la cueva
del lobo sin previa invitación. No es
aconsejable la espera, ni la pérdida
de tiempo de invitarse.
Balancea sus desbalances... entre ser agredido
y contenerse... y contenerte. Entre tu inferido
sufrimiento y su búsqueda desesperada
pero no desesperante, ni desesperado.
Su vida es incomprendida y en esa senda de sucesión
de imágenes abrochadas por un clip, tal
vez anhele comprensión. Siempre en busca
de la utópica compatibilidad de caracteres.
...Lo verás sentado, creyendo de él
que pierde el tiempo. Mas espera, sabiendo lo
que espera y no desespera si aún no llega
ése momento. Mientras tanto endulza sus
papilas con espinosas avispas.
...Lo verás pasar frente a ti una y otra
vez, hablarás con su boca, lo verás
a sus ojos, mas nunca –tal vez en rara
oportunidad– estará allí.
...Amar, odiar, compartir, llorar, reír,
desilusionarse, tener frío, ser bajito,
canoso, pelado, delgado, triunfar o caer derrotado,
divertirse, ansiar, desear, vida, muerte, amar,
odiar, compartir, llorar, reír...
Mientras tanto se pasan los ahora, llorando
pasados y anhelando futuros. Tal vez ahora,
su ahora, no condice con tu ¡ya!
...Parece que el camino es insistir, resistir
y persistir...¿Cualidades o defectos?
Conclusión:
...Ha tragado sapos, buzones, brebajes, algunos
interesantes y otros algo más que amargos;
nylon, fuego, hebras, pociones, espinas, alfileres.
Hizo gárgaras con escarabajos, arena,
vos, pedregullo, peces, pescados... pero jamás
lo vi tragarse una llave que sepa abrir algo...
...no siempre lo que quiso supo ser el anverso
de aquello que no quiso. Le fue más fácil
saber aquello que no quiere que aquello que
sí; mas no siempre lo que no quiso es
la cara inversa de la moneda con que se avisa
y compra lo que quiere.
...Sí...
...La vida parece ser en comprimidos...
...La vida es en comprimidos, de 20 minutos
de felicidad. Grageas dulces que nos animan
desde la mesita de luz a enfrentarnos cada mañana,
sólo de a veinte minutos blister tras
blister me verás devorar...
PD: Recuerdo que los dos mirábamos lo
mismo pero supimos que ninguno veía igual.
Desandamos calles, después de las plazas
y antes de los vinos, nunca aprendimos a ser
argentinos y siempre anhelamos una parte de
sudaca...
Fumamos, tu ropa era la de todos, todos igual.
Hubo selva, tu planta era la de todos, todos
igual.
Hubo amaneceres, mis soles eran de todos, todos
igual.
Las palabras, las palabras sin sentido que adoramos;
las mentiras, las mentiras sin seguros contra
terceros; los golpes...¡Y no sabíamos
llorar!
Los calabozos, y no sabíamos temer...
Las lágrimas rodaron por suerte, cuesta
abajo... y aprendimos a reír.
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