LA
DESQUICIADA
Por Marcelo D. Ferrer
juliana@abastonet.com.ar
–Falleció. Se fue del mundo como
pasó por él, desapercibidamente.
La encontraron un día después, en
el desván, junto al viejo reloj que extrañamente
funcionaba de nuevo. De vuelta aquí, su
casa, quedó recluida en su cuarto; y como
eran de Leticia los quehaceres, incluido llevarle
a ella el desayuno, el almuerzo, la merienda y
la cena, pues, al faltar Leticia estos días...
Debieron dejarla donde estaba.
–En realidad, Dolores, había dejado
el mundo hacía rato. La pobre se la pasaba
en la mecedora de su pieza junto a la ventana
sobre el pórtico con la expresión
ansiosa de quien espera a alguien. Nadie más
que Leticia le conversaba. Incluso, mientras estuvo
en el hospicio, sólo Leticia la visitaba
con asiduidad. En un rapto de claridad durante
una de esas visitas, Dolores le había rogado
a Leticia que la trajera a morir aquí;
y ella, que la quería, cumplió su
deseo.
A Dolores se le mezclaban sueños y recuerdos;
a menudo no discernía si tal o cual situación
la había soñado o vivido. Leticia
solía ponerle el ancla a algunas cosas.
Con otras, dada su menor edad, sólo podía
aportar su parecer a la probabilidad de que hubieren
ocurrido. Mientras Leticia no lo negara rotundamente,
Dolores daba todo por cierto. A Leticia, sin importarle
que las historias de Dolores fueren genuinas o
soñadas, por igual disfrutaba de los relatos
de su media hermana.
–Recuerdo cuando lo vi por primera vez;
tan enorme como majestuoso dominando con su prominencia
la sala. Era imposible pasar por allí y
no girar la cabeza para mirar sus manecillas del
tamaño de una persona. ¡Imagínate
Leticia! Yo, con sólo tres añitos,
frente a ese estrafalario monstruo de madera que
a cada segundo cobraba vida como dando pasos directos
hacia ti; toc! toc! toc! Por aquel tiempo no era
como ahora, el terror podía matarla a una,
incluso bajo las polleras de su propia madre.
El espanto debía padecerse en absoluto
silencio; como decía mamá: "no
es de señoritas bien educadas andar haciendo
bulla". Su aspecto era escalofriante debido
a la talla que exhibía la madera de su
porte; mucho más por las noches cuando
el reflejo de la luna le sumaba relieves. Luego
se detuvo. Semejante máquina; imperturbable,
y por demás perseverante en dar por dos
veces al día la hora exacta... Era juez
y testigo con impávido mutismo. Parecía
mirarte interrogativamente aún cuando no
hubieras hecho ninguna macana. Lo peor era la
mística que lo envolvía. Un día
antes de morir mi padre, fue que dejó de
funcionar. La terrible coincidencia era que a
la misma hora del día siguiente: cinco
y quince, fallecía papá. Celidonia
me dijo un día que ese reloj y papá
tenían el mismo carácter y que sólo
él entendía su funcionamiento y
admiraba. Entre la peonada se rumoreaba que el
alma del patrón estaba ahí atrapada
y que por las noches salía a recorrer el
campo y las barracas. Cuando los peones venían
a la casa, ya era rito que se quitaran la boina
o el sombrero que llevaran, miraran a la mole
de la pared sur de la sala, y agacharan su cabeza
como saludando al ánima. Pero papá
era un santo; y aunque era él el que daba
las ordenes en la estancia, mamá era la
que mandaba. Celidonia me lo dijo la noche del
velatorio; ahí, donde la capilla ardiente:
–¡un santo! Y ella sabía de
esas cosas porque se la pasaba rezando y encendiendo
velas por toda la casa. –¡Un santo!
Y lo repetía a cada rato hasta incluso
después que mamá volviera a casarse.
–Una noche, después de tres años
de fallecer papá, estando en mi habitación
de la planta alta, siento que una voz me llama:
Dolores... Dolores; tal que me levanto de la cama
y cuando me disponía a bajar las escaleras
rumbo a la planta baja, la voz se repite venida
del cuarto de mamá: Dolores... Dolores.
Al asomarme a su puerta, la vi a ella bajo las
sábanas abrazada a papá. Eso fue
lo que le conté cuando me desperté
sobre su falda. Ella había estado tratando
de reanimarme calentándome del frío
de la mañana. Cuentan que Celidonia, que
se levantaba antes de que el gallo cacareara,
me había encontrado en el piso de la sala,
durmiendo o atontada. Mamá insistió
con que había sido un mal sueño.
Pero entre la peonada el rumor creció,
sobre todo cuando a los pocos días se repitió
y al poco de repetirse, volvió a suceder.
Fue entonces que mamá me llevó de
visita a lo de una tal Clotilde Belloso que decía
que curaba de esos males provocados por la luz
mala. La tal Clotilde era una anciana de huesos
vencidos apoyada sobre un bastón con una
rara cara en el mango de nácar. Hablaba
y hablaba en un murmullo mientras tosía
al unísono diciendo palabras que ni mamá,
ni Celidonia, comprendían para nada. De
resultas volvimos a casa con unos yuyos con los
cuales había que hacer un té para
que yo lo ingiriera todas las noches una hora
antes de que me despacharan para la cama. Celidonia
fue perseverante con el preparado de la pócima
y yo dócil en tomarla. Las pesadillas no
regresaron, salvo la noche de bodas de mamá,
que ante tanto ajetreo, me dormí antes
de que Celidonia la preparara, y ella, apiadándose
de mí por haber adquirido padrastro sin
chistar siquiera, me puso en mi cama sin dármela.
A media noche, la voz me visitó: Dolores...
Dolores. Esa vez no me levanté de la cama
y evité todo comentario al respecto. Siete
meses después nacías vos, Leticia,
y tu llegada me llenó de inspiración.
El mito del reloj se expandió para luego
disiparse por completo. Antes de que Leticia comenzara
a deambular por la casa, don Raimundo –padrastro
de Dolores–, lo mandó quitar de la
sala. Su orden había sido que hicieran
con él una fogata, pero Dolores hizo tanta
bulla y Celidonia la consintió tanto, que
don Raimundo desistió y mandó que
lo llevaran al desván.
–Celidonia se fue apagando como una vela
inspirada a un santo. La vieja Celidonia, que
había comenzado sus servicios bajo las
ordenes de la abuela Victoria, al fallecer ésta
en tiempos del cólera, a poco de nacer
mamá, se había convertido en el
alma máter de la casa. Ella sola, con la
anuencia del desconsolado viudo, había
sacado adelante la familia. Para cuando yo nací,
Celidonia tenía enorme influencia sobre
todos; mamá la respetaba como hubiera respetado
a su propia madre, aunque Celidonia cuidaba bien
su rol de criada. Cuando don Raimundo contrajo
enlace con nuestra madre, la autoridad de Celidonia
se fue apagando. Una mañana el gallo cacareó
antes de que Celidonia encendiera la estufa de
la cocina; al poco tiempo, gastada y enferma,
dios prefirió que estuviera con él.
Hasta que Celidonia quedó postrada en su
cama, todas las noches sin fallar una, me había
preparado mi té; ella lo llamaba: "el
conjuro de ánimas".
–Cada domingo mientras todos hacían
la siesta, recorría los jardines rebosantes
de las flores que cultivaba Celidonia; que, en
homenaje a su ausencia, prodigaban belleza y perfume:
clavelinas, gladiolos, rosas, conejitos, flor
del cerezo, margaritas, violetas, pensamientos,
crisantemos... Las reunía en ramos por
colores para adornar el acceso al pórtico
y los estribos de la hamaca; me hacía con
ellas un delicado arreglo en el cabello, y descontando
segundos a la ansiedad, lo esperaba. Yo era una
dulce joven, de dieciocho años enamorada.
Él, sobrino de los Álvarez Hunzué,
venía a cortejarme con el permiso de mamá
y de don Raimundo, todos los domingos a la sexta.
De Impecable ambo, pañuelo al cuello y
sombrero bombé, Florencio –que así
se llamaba– era un joven entusiasta de la
política, aunque no cuajara con el malandrinaje
del ambiente. Pero a mí poco me importaba
eso, mi impaciencia adolescente deseaba que llegara.
Una tarde, habiendo retornado las pesadillas,
sentados en la hamaca bajo el pórtico,
le conté. Al parecer fue un desvarío
para él, mucho más cuando fue rumor
que me levantaba por las noches, subía
al desván y hablaba sola hasta que, exhausta,
me dormía junto al viejo reloj. Un domingo,
en lugar de venir él, llegó el capataz
de los Hunzué; me entregó una carta
con unas dispensas que trascendían la ausencia
de ese día. Luego de unos meses, supe que
andaba en amoríos con la hija del médico.
Una pena aguda se me instaló en el pecho.
Como el pueblo era chico, los rumores de nuestro
desencuentro se esparcieron con rapidez. Al poco
tiempo era Dolores la desquiciada, o, sencillamente,
la desquiciada.
–Mamá deambulaba su pena: ¡no
era posible que yo hubiera perdido la coherencia!
Entonces fue al boticario en consulta para que
éste reeditara la pócima de doña
Clotilde Belloso, cuya fórmula, yacía
sepultada junto a Celidonia. Volvió con
unos yuyos que perseverantemente me dio por un
tiempo. Jamás tuvieron efecto, simplemente,
por las noches, cuando la voz... me levantaba
de mi cama, iba al desván y allí
me quedaba; luego, regresaba a mi cuarto a esperar
la mañana. Sospecho que mamá conocía
mis salidas a hurtadillas porque la madera rechinaba,
y porque seguía siendo, en el rumor, la
desquiciada.
–Una de tantas noches que la voz me llama,
voy al desván. Me encuentro con el imperturbable
péndulo del reloj, que en quietud de ancla
fondeada, brillaba. Entonces abro la portezuela
de vidrios biselados y me reflejo en su bronce
como una niña de seis años. Aún
con la experiencia que había adquirido
en ánimas, me aterré. Me convencí
luego que estaba soñando y una paz ingrávida
se adueñó de mí. Tanto énfasis
se daba a mis desquicios, que poco a poco fui
perdiendo el discernimiento sobre mis actos y
sueños. Sin embargo, al día siguiente
regresé donde el péndulo; opaco
por el arrumbe de los años y el polvo del
ático. No parecía el mismo. Dispuesta
a hallar su mensaje, revisé palmo a palmo
el viejo reloj. La madera del techo del cajón
del péndulo estaba suelta; la quité.
Metí mi mano entre el polvo y las telarañas,
y palpé un objeto, que no siendo parte
de la estructura, estaba suelto.
"Año de 1898. Diario de Melania Harters."
"1898 me halla casi mujer... Mmh, mujer."
"6 de enero: Papá regresó de
su ida a Buenos Aires con un carruaje nuevo. Según
me dijo, ese carruaje viene directamente de Inglaterra
y pertenecía a un duque de no sé
donde, amigo de no sé quien, que es pariente
de una abuela que no conozco. Por suerte estará
para mi cumpleaños y podré bajar
las escaleras tomada de su brazo. El vestido que
está cociendo Celidonia –en máximo
secreto– promete ser una belleza; a juzgar
por el tiempo que le dedica –que ni duerme
siquiera dado que sus candelabros continúan
encendidos hasta tarde– lo terminará
pronto. "
"10 de enero: Hoy Celidonia me hizo la primera
prueba del vestido que es digno de una princesa.
Estoy muy contenta, pero más ansiosa de
que llegue el día de la fiesta. Hay algo
que me preocupa: cuando papá estuvo en
Buenos Aires se entrevistó con un pariente
de los Menéndez Carmona a quienes invitó
a mi fiesta; vendrán con su hijo Fernando.
Celidonia cree que me han prometido para casamiento;
pero que ella misma se va a ocupar de echar al
tal Fernando si es que no lo encuentra digno de
una princesa."
"18 de enero: En un rato estarán aquí
los invitados. Ya siento los pasos de Celidonia
que viene para fajarme. Estoy nerviosa por el
tal Fernando, o mejor dicho, simplemente: estoy
nerviosa."
"19 de enero: Todavía floto por los
aires al ritmo de la orquesta. Fue la mejor fiesta
que jamás haya tenido. Todo el mundo estaba
allí haciendo sendero para que luego de
bajar por las escaleras como una princesa dentro
de un mágico vestido, pasara entre la gente
y recibiera bendiciones, saludos y congratulaciones.
Al final de la pasarela lo vi a él. Desde
que mis ojos lo hallaron no pudieron dejarlo de
mirar; bello, elegante y refinado. Me enamoré
en cinco pasos; los que di hasta recibir su reverencia
y un beso en mi mano. ¡Fernando! –susurraron
mis labios–Pero me petrifiqué cuando
él dijo su nombre: Raimundo Menéndez
Belssi. "
"27 de enero: Sueño con Raimundo.
Desde el día de la fiesta no lo he vuelto
a ver. Resuenan en mis oídos las breves
palabras que conversé con él y que
robaron mi corazón. Mañana vendrá
Fernando de visita. Es un señor muy dulce
y de buena familia; parece responsable e inteligente,
pero es bastante más grande que yo. Mi
corazón le pertenece a Raimundo."
"30 de abril. Apreciado diario: desde la
última vez no he encontrado los ánimos
suficientes para relatarte mi tragedia. Aquel
27 de enero, papá y Fernando conversaron
por una hora en la biblioteca; al cabo de ese
tiempo, Celidonia vino por mí. Papá
me anunció que Fernando había solicitado
permiso para cortejarme y que él se lo
había concedido seguro de mi asentimiento.
Simplemente baje mi cabeza y consentí.
Luego me dijo que tal cosa sucedería en
el mes de mayo, cuando él –por Fernando–
pusiera algunas cosas en orden en Buenos Aires.
Esa noche me prometí que al día
siguiente hablaría con papá para
expresarle mis dudas y confesarle mis sentimientos.
Le diría de Raimundo. Incluso le diría,
que me había propuesto, que si lo consentía
yo, hablaría con él por una venia
de visitas. Pero papá partió de
madrugada hacia Inglaterra. Celidonia le preparó
un baúl de urgencia. Mi salvación
es Celidonia, ella tiene ascendencia con papá...
Sólo que aún faltan dos meses para
que papá regrese, y pasado mañana,
Fernando me visitará por primera vez."
"10 de mayo: mi vida finaliza. Fernando,
en comunicación epistolar con papá,
ha acordado la fecha de la boda. ¡Oh Dios
querido! me he convertido en dos personas: la
que posee un alma y ama, que está junto
a Raimundo; la vacía de esperanza e inerte,
es la que se casará con Fernando. ¡Celidonia
ven en mi ayuda!"
Dolores volvió a poner el pequeño
cuaderno lleno de polvo en donde antes estaba:
sosteniendo el contrapeso del péndulo de
bronce e impidiendo que el reloj funcionara. Le
temblaban las manos. No se atrevía a continuar
leyendo; al menos, no lo haría hoy. Quizá
nunca.
Al día siguiente Dolores amaneció
afiebrada; para el mediodía, deliraba.
En su delirio se veía aprisionada entre
las páginas del diario de su madre. La
aguja mayor del inmenso reloj lo atravesaba; espesa
y brutal la sangre chorreaba desde las hojas hasta
la alfombra formando una isla, verde... como un
vómito de muerte. Un vestido negro de niña
venía extendido entre dos brazos delante
de la transfigurada cara de su madre; a su lado,
Celidonia, con su pócima. El silencio era
hielo. La aguja del minutero, como blandida desde
los cielos por un samurai, asestaba un golpe,
y otro, y otro. Un pequeño reloj caía
al suelo junto con a su cadena de oro: cinco y
quince, y la asfixia mural de la caoba con mueca
sórdida reflejando en el cristal biselado
la hora: cinco y quince. De sus manos unas flores
con aroma a Celidonia, y la grava y el mármol
y aquel epitafio que ya no recordaba.
–Desperté en un internado en Buenos
Aires con escaso uso de mi lógica; mamá
estaba junto a mí con la pócima:
"El conjuro de ánimas". La bebí,
y al hacerlo, elevé un rezo a dios... y
a papá, que era santo... y a Celidonia...
que tanto amó a mi madre. |
CARLO
Y LA MUERTE
Por Marcos Manuel Sánchez
fabioroco@wanadoo.es
A las cinco en punto de la tarde, Carlo subía
al asiento de conductor de "la máquina".
Un intenso aroma a tapicería de cuero
le envolvió de inmediato.
Fue como si se sumergiera en otra dimensión.
Todavía resonaban en su mente las palabras
de Sara:
–Ve con prudencia, Carlo. Esa máquina
es como un cohete con ruedas...
–No exageres. Lo probaré por la
carretera secundaria. A estas horas no hay trafico.
–No dediques mucho tiempo a esto, Carlo.
–¿Y por qué no vienes? El
coche admite dos plazas...
–No me apetece, de veras.
–Vale. No le des más vueltas, cariño.
Estaré de regreso antes de las seis.
Él la besó en los labios, un gesto
que martillearía la memoria de ella durante
mucho tiempo.
El último beso. Durante años,
Sara se repetiría multitud de veces las
mismas preguntas ¿Por qué no le
retuvo más tiempo? Habrían podido
hacer el amor durante horas, en la intimidad
del dormitorio que desde ese día ya no
volverían a compartir. Si ella hubiese
insistido un poco más. Lo suficiente
para que él abandonara la idea de subirse
a esa máquina.
–Dios, ¿por qué no le quitaste
de la cabeza esa locura? –se torturaba
interiormente.
–"Ve con prudencia, cariño..."–.
Las palabras se desvanecieron en sus pensamientos
cuando Carlo giró la llave de contacto.
El bólido rugió anunciando su
afán de conquista del asfalto. Quinientos
cincuenta caballos de potencia ofrecen bastantes
posibilidades al afortunado conductor que quiera
experimentar nuevas sensaciones.
Con tacto muy suave, Carlo introdujo la primera
marcha y posó el pie sobre el acelerador.
El Ferrari F60 se revolucionó hasta 6500
vueltas y salió disparado hacia la Avenida
de América. Al principio le costó
trabajo dominar los envites de la "macchina"
a cada presión sobre el pedal. Después
comenzó a sacarle sustancia a la experiencia.
Aprendió que debía soltar enseguida
el embrague y solo dejar caer el peso del pie.
Así consiguió una respuesta dócil
del vehículo.
Únicamente cada vez que había
de parar ante un semáforo y aminoraba
la marcha, le parecía que al accionar
el freno debía apretar el pedal más
de la cuenta. Le sorprendió un poco que
la frenada no fuera tan precisa como el resto
de los controles.
Tomó el desvío hacia la Nacional
Uno, dirección Burgos. Sensaciones nunca
antes vividas pasaban por su mente. La excitación
de la velocidad. La brutal aceleración
al cambiar de marcha.
Un gozo indefinible le mantenía eufórico.
A su cabeza acudían fugaces recuerdos
de su infancia, cuando se escapaba con la moto
de su padre para recorrer la adoquinada Vía
San Giovanni, de su querido San Gimignano. A
pesar del traqueteo producido al rodar por la
irregular superficie, aquel niño disfrutaba
como nadie de la experiencia. El cosquilleo
que le subía por los brazos a sus doce
años, con la Benelli a sesenta kilómetros
por hora, llegaba a erizarle el cabello.
Una excitación similar embargaba sus
sentidos al volante de la máquina. Pero
esta vez se desplazaba por una autovía
recién asfaltada a ciento noventa kilómetros
por hora, con visos claros de alcanzar mucho
más merced a la formidable aceleración
brindada por el propulsor de inyección
multipunto.
Carlo dejó pasar el desvío hacia
la carretera de Colmenar, donde pensaba visitar
las obras del Polideportivo que dos meses antes
comenzó a construir Fakirsa.
Le pareció mejor idea continuar unos
pocos kilómetros más.
El color rojo fuego de la carrocería
relucía bajo el sol de la tarde como
un diamante. Carlo deseaba sacarle jugo a aquel
proyectil con ruedas. En su muñeca, las
manecillas del reloj Swiss Army marcaban las
cinco y veinticinco. Necesitaba más tiempo
para hacerse con el control de la máquina.
Habituado al sencillo manejo de su viejo Alfa
Romeo 95, le llevaría un buen rato domar
a este pura sangre.
Carlo no tuvo que hacer uso del freno desde
que dejó atrás el casco urbano.
La retención del motor al levantar el
pie del acelerador resultaba más que
suficiente para adaptar la velocidad al fluido
ritmo con que discurría el tráfico
a esas horas.
La ruta le llevaba hacia la zona de la Sierra.
Aunque sus picos más altos no se elevaban
mucho más allá de los dos mil
metros, los barrancos y despeñaderos
que jalonaban la carretera imponían respeto
a cualquier viajero.
A la altura de la cuesta de El Molar, Carlo
empezó a comprobar, maravillado, la fuerza
con la que el propulsor del Ferrari F 60 era
capaz de impulsar aquel ingenio mecánico,
fruto de la más avanzada tecnología.
El velocímetro marcaba doscientos diez
kilómetros por hora.
¿Qué pudo inducir a aquel hombre
tranquilo, equilibrado y poco amigo de asumir
riesgos inútiles, a correr disparado
a los mandos de un bólido?
Sensaciones, quizá. Sensaciones de una
intensidad que nunca antes (si acaso en la niñez
conduciendo la Benelli verde y plata) había
llegado a experimentar.
–Es Inevitable sucumbir, ¿eh Carlo?
–preguntaba su conciencia. Total, por
una vez que juegues a ser chico malo no has
de sentirte culpable–. ¿Quién
no ha sido atraído por lo prohibido,
por traspasar la línea de lo correcto?
¿Incumplir una norma de tráfico?
¡Bah! Su buen amigo el concejal le resolvería
la papeleta. Cuantos favores intercambiados.
Una sólida amistad. Buen elemento ese
Pablo.
Las curvas iban haciéndose más
cerradas a medida que Carlo avanzaba por la
pista hacia la cadena montañosa.
Pisó el freno varias veces. Al igual
que cuando circulaba por Madrid, notó
que debía apretar a fondo el pedal. Pero
ahora apenas podía percibirse el efecto
de la frenada. Cambió a una marcha más
corta. No fue suficiente. El vehículo
escapaba por momentos a su control. Un sudor
frío humedeció su frente y sus
manos. Los nervios empezaron a dominarle y dieron
paso a una rigidez que le atenazaba los brazos
y las piernas. Un letrero indicaba en negro
sobre blanco la leyenda "Robregordo, 10
Km". La siguiente curva hizo que el Ferrari
sobregirara de la parte trasera. Casi fuera
del arcén, el conductor consiguió
enderezar la trayectoria. El rugido del motor
fue una clara protesta ante la subida de revoluciones
provocada por la reducción de marcha.
Dominado por la desesperación del momento,
a Carlo le importaba poco forzar el motor, pasarlo
de vueltas o que saliera ardiendo. Pugnaba por
salvar la vida y para ello había de frenar.
Frenar como fuera. Durante un instante que le
pareció una eternidad, Carlo decidió
arrimarse a la pared rocosa de la montaña,
cortada por la carretera en varias zonas.
Se hallaba en las estribaciones de la Sierra
madrileña, hendida por la Nacional como
si un hacha descomunal hubiera asestado un tajo
formidable.
–¡Dios, ayúdame! ¡
Dios, ayúdame! –repetía
para sí.
Pretendía rozar el lateral rocoso en
un loco intento de reducir la velocidad. Entró
en una curva pronunciada, en forma de horquilla.
Salir de ella a ciento ochenta kilómetros
por hora, resultó ser una empresa imposible.
La angustia de Carlo le llevó a la memoria
la imagen de Sara.
–"Cariño, estoy perdido. Recuérdame
siempre".
Esas palabras cruzaron su mente tres segundos
antes de romper el pretil. El coche rebotó
contra la roca y salió despedido hacia
el lado opuesto de la calzada girando sobre
sí mismo. Rebasó el borde del
precipicio llamado Barranca del Toro, a trescientos
metros sobre el suelo. Seguía girando
mientras surcaba el aire en un recorrido mortal
que terminó aplastándolo contra
las grandes rocas del fondo.
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