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CUENTOS | Página 7
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LA DESQUICIADA
Por Marcelo D. Ferrer
juliana@abastonet.com.ar


–Falleció. Se fue del mundo como pasó por él, desapercibidamente. La encontraron un día después, en el desván, junto al viejo reloj que extrañamente funcionaba de nuevo. De vuelta aquí, su casa, quedó recluida en su cuarto; y como eran de Leticia los quehaceres, incluido llevarle a ella el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena, pues, al faltar Leticia estos días... Debieron dejarla donde estaba.
–En realidad, Dolores, había dejado el mundo hacía rato. La pobre se la pasaba en la mecedora de su pieza junto a la ventana sobre el pórtico con la expresión ansiosa de quien espera a alguien. Nadie más que Leticia le conversaba. Incluso, mientras estuvo en el hospicio, sólo Leticia la visitaba con asiduidad. En un rapto de claridad durante una de esas visitas, Dolores le había rogado a Leticia que la trajera a morir aquí; y ella, que la quería, cumplió su deseo.
A Dolores se le mezclaban sueños y recuerdos; a menudo no discernía si tal o cual situación la había soñado o vivido. Leticia solía ponerle el ancla a algunas cosas. Con otras, dada su menor edad, sólo podía aportar su parecer a la probabilidad de que hubieren ocurrido. Mientras Leticia no lo negara rotundamente, Dolores daba todo por cierto. A Leticia, sin importarle que las historias de Dolores fueren genuinas o soñadas, por igual disfrutaba de los relatos de su media hermana.
–Recuerdo cuando lo vi por primera vez; tan enorme como majestuoso dominando con su prominencia la sala. Era imposible pasar por allí y no girar la cabeza para mirar sus manecillas del tamaño de una persona. ¡Imagínate Leticia! Yo, con sólo tres añitos, frente a ese estrafalario monstruo de madera que a cada segundo cobraba vida como dando pasos directos hacia ti; toc! toc! toc! Por aquel tiempo no era como ahora, el terror podía matarla a una, incluso bajo las polleras de su propia madre. El espanto debía padecerse en absoluto silencio; como decía mamá: "no es de señoritas bien educadas andar haciendo bulla". Su aspecto era escalofriante debido a la talla que exhibía la madera de su porte; mucho más por las noches cuando el reflejo de la luna le sumaba relieves. Luego se detuvo. Semejante máquina; imperturbable, y por demás perseverante en dar por dos veces al día la hora exacta... Era juez y testigo con impávido mutismo. Parecía mirarte interrogativamente aún cuando no hubieras hecho ninguna macana. Lo peor era la mística que lo envolvía. Un día antes de morir mi padre, fue que dejó de funcionar. La terrible coincidencia era que a la misma hora del día siguiente: cinco y quince, fallecía papá. Celidonia me dijo un día que ese reloj y papá tenían el mismo carácter y que sólo él entendía su funcionamiento y admiraba. Entre la peonada se rumoreaba que el alma del patrón estaba ahí atrapada y que por las noches salía a recorrer el campo y las barracas. Cuando los peones venían a la casa, ya era rito que se quitaran la boina o el sombrero que llevaran, miraran a la mole de la pared sur de la sala, y agacharan su cabeza como saludando al ánima. Pero papá era un santo; y aunque era él el que daba las ordenes en la estancia, mamá era la que mandaba. Celidonia me lo dijo la noche del velatorio; ahí, donde la capilla ardiente: –¡un santo! Y ella sabía de esas cosas porque se la pasaba rezando y encendiendo velas por toda la casa. –¡Un santo! Y lo repetía a cada rato hasta incluso después que mamá volviera a casarse.
–Una noche, después de tres años de fallecer papá, estando en mi habitación de la planta alta, siento que una voz me llama: Dolores... Dolores; tal que me levanto de la cama y cuando me disponía a bajar las escaleras rumbo a la planta baja, la voz se repite venida del cuarto de mamá: Dolores... Dolores. Al asomarme a su puerta, la vi a ella bajo las sábanas abrazada a papá. Eso fue lo que le conté cuando me desperté sobre su falda. Ella había estado tratando de reanimarme calentándome del frío de la mañana. Cuentan que Celidonia, que se levantaba antes de que el gallo cacareara, me había encontrado en el piso de la sala, durmiendo o atontada. Mamá insistió con que había sido un mal sueño. Pero entre la peonada el rumor creció, sobre todo cuando a los pocos días se repitió y al poco de repetirse, volvió a suceder. Fue entonces que mamá me llevó de visita a lo de una tal Clotilde Belloso que decía que curaba de esos males provocados por la luz mala. La tal Clotilde era una anciana de huesos vencidos apoyada sobre un bastón con una rara cara en el mango de nácar. Hablaba y hablaba en un murmullo mientras tosía al unísono diciendo palabras que ni mamá, ni Celidonia, comprendían para nada. De resultas volvimos a casa con unos yuyos con los cuales había que hacer un té para que yo lo ingiriera todas las noches una hora antes de que me despacharan para la cama. Celidonia fue perseverante con el preparado de la pócima y yo dócil en tomarla. Las pesadillas no regresaron, salvo la noche de bodas de mamá, que ante tanto ajetreo, me dormí antes de que Celidonia la preparara, y ella, apiadándose de mí por haber adquirido padrastro sin chistar siquiera, me puso en mi cama sin dármela. A media noche, la voz me visitó: Dolores... Dolores. Esa vez no me levanté de la cama y evité todo comentario al respecto. Siete meses después nacías vos, Leticia, y tu llegada me llenó de inspiración.
El mito del reloj se expandió para luego disiparse por completo. Antes de que Leticia comenzara a deambular por la casa, don Raimundo –padrastro de Dolores–, lo mandó quitar de la sala. Su orden había sido que hicieran con él una fogata, pero Dolores hizo tanta bulla y Celidonia la consintió tanto, que don Raimundo desistió y mandó que lo llevaran al desván.
–Celidonia se fue apagando como una vela inspirada a un santo. La vieja Celidonia, que había comenzado sus servicios bajo las ordenes de la abuela Victoria, al fallecer ésta en tiempos del cólera, a poco de nacer mamá, se había convertido en el alma máter de la casa. Ella sola, con la anuencia del desconsolado viudo, había sacado adelante la familia. Para cuando yo nací, Celidonia tenía enorme influencia sobre todos; mamá la respetaba como hubiera respetado a su propia madre, aunque Celidonia cuidaba bien su rol de criada. Cuando don Raimundo contrajo enlace con nuestra madre, la autoridad de Celidonia se fue apagando. Una mañana el gallo cacareó antes de que Celidonia encendiera la estufa de la cocina; al poco tiempo, gastada y enferma, dios prefirió que estuviera con él. Hasta que Celidonia quedó postrada en su cama, todas las noches sin fallar una, me había preparado mi té; ella lo llamaba: "el conjuro de ánimas".
–Cada domingo mientras todos hacían la siesta, recorría los jardines rebosantes de las flores que cultivaba Celidonia; que, en homenaje a su ausencia, prodigaban belleza y perfume: clavelinas, gladiolos, rosas, conejitos, flor del cerezo, margaritas, violetas, pensamientos, crisantemos... Las reunía en ramos por colores para adornar el acceso al pórtico y los estribos de la hamaca; me hacía con ellas un delicado arreglo en el cabello, y descontando segundos a la ansiedad, lo esperaba. Yo era una dulce joven, de dieciocho años enamorada. Él, sobrino de los Álvarez Hunzué, venía a cortejarme con el permiso de mamá y de don Raimundo, todos los domingos a la sexta. De Impecable ambo, pañuelo al cuello y sombrero bombé, Florencio –que así se llamaba– era un joven entusiasta de la política, aunque no cuajara con el malandrinaje del ambiente. Pero a mí poco me importaba eso, mi impaciencia adolescente deseaba que llegara. Una tarde, habiendo retornado las pesadillas, sentados en la hamaca bajo el pórtico, le conté. Al parecer fue un desvarío para él, mucho más cuando fue rumor que me levantaba por las noches, subía al desván y hablaba sola hasta que, exhausta, me dormía junto al viejo reloj. Un domingo, en lugar de venir él, llegó el capataz de los Hunzué; me entregó una carta con unas dispensas que trascendían la ausencia de ese día. Luego de unos meses, supe que andaba en amoríos con la hija del médico. Una pena aguda se me instaló en el pecho. Como el pueblo era chico, los rumores de nuestro desencuentro se esparcieron con rapidez. Al poco tiempo era Dolores la desquiciada, o, sencillamente, la desquiciada.
–Mamá deambulaba su pena: ¡no era posible que yo hubiera perdido la coherencia! Entonces fue al boticario en consulta para que éste reeditara la pócima de doña Clotilde Belloso, cuya fórmula, yacía sepultada junto a Celidonia. Volvió con unos yuyos que perseverantemente me dio por un tiempo. Jamás tuvieron efecto, simplemente, por las noches, cuando la voz... me levantaba de mi cama, iba al desván y allí me quedaba; luego, regresaba a mi cuarto a esperar la mañana. Sospecho que mamá conocía mis salidas a hurtadillas porque la madera rechinaba, y porque seguía siendo, en el rumor, la desquiciada.
–Una de tantas noches que la voz me llama, voy al desván. Me encuentro con el imperturbable péndulo del reloj, que en quietud de ancla fondeada, brillaba. Entonces abro la portezuela de vidrios biselados y me reflejo en su bronce como una niña de seis años. Aún con la experiencia que había adquirido en ánimas, me aterré. Me convencí luego que estaba soñando y una paz ingrávida se adueñó de mí. Tanto énfasis se daba a mis desquicios, que poco a poco fui perdiendo el discernimiento sobre mis actos y sueños. Sin embargo, al día siguiente regresé donde el péndulo; opaco por el arrumbe de los años y el polvo del ático. No parecía el mismo. Dispuesta a hallar su mensaje, revisé palmo a palmo el viejo reloj. La madera del techo del cajón del péndulo estaba suelta; la quité. Metí mi mano entre el polvo y las telarañas, y palpé un objeto, que no siendo parte de la estructura, estaba suelto.
"Año de 1898. Diario de Melania Harters."
"1898 me halla casi mujer... Mmh, mujer."
"6 de enero: Papá regresó de su ida a Buenos Aires con un carruaje nuevo. Según me dijo, ese carruaje viene directamente de Inglaterra y pertenecía a un duque de no sé donde, amigo de no sé quien, que es pariente de una abuela que no conozco. Por suerte estará para mi cumpleaños y podré bajar las escaleras tomada de su brazo. El vestido que está cociendo Celidonia –en máximo secreto– promete ser una belleza; a juzgar por el tiempo que le dedica –que ni duerme siquiera dado que sus candelabros continúan encendidos hasta tarde– lo terminará pronto. "
"10 de enero: Hoy Celidonia me hizo la primera prueba del vestido que es digno de una princesa. Estoy muy contenta, pero más ansiosa de que llegue el día de la fiesta. Hay algo que me preocupa: cuando papá estuvo en Buenos Aires se entrevistó con un pariente de los Menéndez Carmona a quienes invitó a mi fiesta; vendrán con su hijo Fernando. Celidonia cree que me han prometido para casamiento; pero que ella misma se va a ocupar de echar al tal Fernando si es que no lo encuentra digno de una princesa."
"18 de enero: En un rato estarán aquí los invitados. Ya siento los pasos de Celidonia que viene para fajarme. Estoy nerviosa por el tal Fernando, o mejor dicho, simplemente: estoy nerviosa."
"19 de enero: Todavía floto por los aires al ritmo de la orquesta. Fue la mejor fiesta que jamás haya tenido. Todo el mundo estaba allí haciendo sendero para que luego de bajar por las escaleras como una princesa dentro de un mágico vestido, pasara entre la gente y recibiera bendiciones, saludos y congratulaciones. Al final de la pasarela lo vi a él. Desde que mis ojos lo hallaron no pudieron dejarlo de mirar; bello, elegante y refinado. Me enamoré en cinco pasos; los que di hasta recibir su reverencia y un beso en mi mano. ¡Fernando! –susurraron mis labios–Pero me petrifiqué cuando él dijo su nombre: Raimundo Menéndez Belssi. "
"27 de enero: Sueño con Raimundo. Desde el día de la fiesta no lo he vuelto a ver. Resuenan en mis oídos las breves palabras que conversé con él y que robaron mi corazón. Mañana vendrá Fernando de visita. Es un señor muy dulce y de buena familia; parece responsable e inteligente, pero es bastante más grande que yo. Mi corazón le pertenece a Raimundo."
"30 de abril. Apreciado diario: desde la última vez no he encontrado los ánimos suficientes para relatarte mi tragedia. Aquel 27 de enero, papá y Fernando conversaron por una hora en la biblioteca; al cabo de ese tiempo, Celidonia vino por mí. Papá me anunció que Fernando había solicitado permiso para cortejarme y que él se lo había concedido seguro de mi asentimiento. Simplemente baje mi cabeza y consentí. Luego me dijo que tal cosa sucedería en el mes de mayo, cuando él –por Fernando– pusiera algunas cosas en orden en Buenos Aires. Esa noche me prometí que al día siguiente hablaría con papá para expresarle mis dudas y confesarle mis sentimientos. Le diría de Raimundo. Incluso le diría, que me había propuesto, que si lo consentía yo, hablaría con él por una venia de visitas. Pero papá partió de madrugada hacia Inglaterra. Celidonia le preparó un baúl de urgencia. Mi salvación es Celidonia, ella tiene ascendencia con papá... Sólo que aún faltan dos meses para que papá regrese, y pasado mañana, Fernando me visitará por primera vez."
"10 de mayo: mi vida finaliza. Fernando, en comunicación epistolar con papá, ha acordado la fecha de la boda. ¡Oh Dios querido! me he convertido en dos personas: la que posee un alma y ama, que está junto a Raimundo; la vacía de esperanza e inerte, es la que se casará con Fernando. ¡Celidonia ven en mi ayuda!"
Dolores volvió a poner el pequeño cuaderno lleno de polvo en donde antes estaba: sosteniendo el contrapeso del péndulo de bronce e impidiendo que el reloj funcionara. Le temblaban las manos. No se atrevía a continuar leyendo; al menos, no lo haría hoy. Quizá nunca.
Al día siguiente Dolores amaneció afiebrada; para el mediodía, deliraba. En su delirio se veía aprisionada entre las páginas del diario de su madre. La aguja mayor del inmenso reloj lo atravesaba; espesa y brutal la sangre chorreaba desde las hojas hasta la alfombra formando una isla, verde... como un vómito de muerte. Un vestido negro de niña venía extendido entre dos brazos delante de la transfigurada cara de su madre; a su lado, Celidonia, con su pócima. El silencio era hielo. La aguja del minutero, como blandida desde los cielos por un samurai, asestaba un golpe, y otro, y otro. Un pequeño reloj caía al suelo junto con a su cadena de oro: cinco y quince, y la asfixia mural de la caoba con mueca sórdida reflejando en el cristal biselado la hora: cinco y quince. De sus manos unas flores con aroma a Celidonia, y la grava y el mármol y aquel epitafio que ya no recordaba.
–Desperté en un internado en Buenos Aires con escaso uso de mi lógica; mamá estaba junto a mí con la pócima: "El conjuro de ánimas". La bebí, y al hacerlo, elevé un rezo a dios... y a papá, que era santo... y a Celidonia... que tanto amó a mi madre.

CARLO Y LA MUERTE
Por Marcos Manuel Sánchez
fabioroco@wanadoo.es


A las cinco en punto de la tarde, Carlo subía al asiento de conductor de "la máquina". Un intenso aroma a tapicería de cuero le envolvió de inmediato.
Fue como si se sumergiera en otra dimensión. Todavía resonaban en su mente las palabras de Sara:
–Ve con prudencia, Carlo. Esa máquina es como un cohete con ruedas...
–No exageres. Lo probaré por la carretera secundaria. A estas horas no hay trafico.
–No dediques mucho tiempo a esto, Carlo.
–¿Y por qué no vienes? El coche admite dos plazas...
–No me apetece, de veras.
–Vale. No le des más vueltas, cariño. Estaré de regreso antes de las seis.
Él la besó en los labios, un gesto que martillearía la memoria de ella durante mucho tiempo.
El último beso. Durante años, Sara se repetiría multitud de veces las mismas preguntas ¿Por qué no le retuvo más tiempo? Habrían podido hacer el amor durante horas, en la intimidad del dormitorio que desde ese día ya no volverían a compartir. Si ella hubiese insistido un poco más. Lo suficiente para que él abandonara la idea de subirse a esa máquina.
–Dios, ¿por qué no le quitaste de la cabeza esa locura? –se torturaba interiormente.
–"Ve con prudencia, cariño..."–. Las palabras se desvanecieron en sus pensamientos cuando Carlo giró la llave de contacto.
El bólido rugió anunciando su afán de conquista del asfalto. Quinientos cincuenta caballos de potencia ofrecen bastantes posibilidades al afortunado conductor que quiera experimentar nuevas sensaciones.
Con tacto muy suave, Carlo introdujo la primera marcha y posó el pie sobre el acelerador. El Ferrari F60 se revolucionó hasta 6500 vueltas y salió disparado hacia la Avenida de América. Al principio le costó trabajo dominar los envites de la "macchina" a cada presión sobre el pedal. Después comenzó a sacarle sustancia a la experiencia. Aprendió que debía soltar enseguida el embrague y solo dejar caer el peso del pie. Así consiguió una respuesta dócil del vehículo.
Únicamente cada vez que había de parar ante un semáforo y aminoraba la marcha, le parecía que al accionar el freno debía apretar el pedal más de la cuenta. Le sorprendió un poco que la frenada no fuera tan precisa como el resto de los controles.
Tomó el desvío hacia la Nacional Uno, dirección Burgos. Sensaciones nunca antes vividas pasaban por su mente. La excitación de la velocidad. La brutal aceleración al cambiar de marcha.
Un gozo indefinible le mantenía eufórico.
A su cabeza acudían fugaces recuerdos de su infancia, cuando se escapaba con la moto de su padre para recorrer la adoquinada Vía San Giovanni, de su querido San Gimignano. A pesar del traqueteo producido al rodar por la irregular superficie, aquel niño disfrutaba como nadie de la experiencia. El cosquilleo que le subía por los brazos a sus doce años, con la Benelli a sesenta kilómetros por hora, llegaba a erizarle el cabello.
Una excitación similar embargaba sus sentidos al volante de la máquina. Pero esta vez se desplazaba por una autovía recién asfaltada a ciento noventa kilómetros por hora, con visos claros de alcanzar mucho más merced a la formidable aceleración brindada por el propulsor de inyección multipunto.
Carlo dejó pasar el desvío hacia la carretera de Colmenar, donde pensaba visitar las obras del Polideportivo que dos meses antes comenzó a construir Fakirsa.
Le pareció mejor idea continuar unos pocos kilómetros más.
El color rojo fuego de la carrocería relucía bajo el sol de la tarde como un diamante. Carlo deseaba sacarle jugo a aquel proyectil con ruedas. En su muñeca, las manecillas del reloj Swiss Army marcaban las cinco y veinticinco. Necesitaba más tiempo para hacerse con el control de la máquina. Habituado al sencillo manejo de su viejo Alfa Romeo 95, le llevaría un buen rato domar a este pura sangre.
Carlo no tuvo que hacer uso del freno desde que dejó atrás el casco urbano. La retención del motor al levantar el pie del acelerador resultaba más que suficiente para adaptar la velocidad al fluido ritmo con que discurría el tráfico a esas horas.
La ruta le llevaba hacia la zona de la Sierra. Aunque sus picos más altos no se elevaban mucho más allá de los dos mil metros, los barrancos y despeñaderos que jalonaban la carretera imponían respeto a cualquier viajero.
A la altura de la cuesta de El Molar, Carlo empezó a comprobar, maravillado, la fuerza con la que el propulsor del Ferrari F 60 era capaz de impulsar aquel ingenio mecánico, fruto de la más avanzada tecnología.

El velocímetro marcaba doscientos diez kilómetros por hora.
¿Qué pudo inducir a aquel hombre tranquilo, equilibrado y poco amigo de asumir riesgos inútiles, a correr disparado a los mandos de un bólido?
Sensaciones, quizá. Sensaciones de una intensidad que nunca antes (si acaso en la niñez conduciendo la Benelli verde y plata) había llegado a experimentar.
–Es Inevitable sucumbir, ¿eh Carlo? –preguntaba su conciencia. Total, por una vez que juegues a ser chico malo no has de sentirte culpable–. ¿Quién no ha sido atraído por lo prohibido, por traspasar la línea de lo correcto? ¿Incumplir una norma de tráfico? ¡Bah! Su buen amigo el concejal le resolvería la papeleta. Cuantos favores intercambiados. Una sólida amistad. Buen elemento ese Pablo.
Las curvas iban haciéndose más cerradas a medida que Carlo avanzaba por la pista hacia la cadena montañosa.
Pisó el freno varias veces. Al igual que cuando circulaba por Madrid, notó que debía apretar a fondo el pedal. Pero ahora apenas podía percibirse el efecto de la frenada. Cambió a una marcha más corta. No fue suficiente. El vehículo escapaba por momentos a su control. Un sudor frío humedeció su frente y sus manos. Los nervios empezaron a dominarle y dieron paso a una rigidez que le atenazaba los brazos y las piernas. Un letrero indicaba en negro sobre blanco la leyenda "Robregordo, 10 Km". La siguiente curva hizo que el Ferrari sobregirara de la parte trasera. Casi fuera del arcén, el conductor consiguió enderezar la trayectoria. El rugido del motor fue una clara protesta ante la subida de revoluciones provocada por la reducción de marcha. Dominado por la desesperación del momento, a Carlo le importaba poco forzar el motor, pasarlo de vueltas o que saliera ardiendo. Pugnaba por salvar la vida y para ello había de frenar. Frenar como fuera. Durante un instante que le pareció una eternidad, Carlo decidió arrimarse a la pared rocosa de la montaña, cortada por la carretera en varias zonas.
Se hallaba en las estribaciones de la Sierra madrileña, hendida por la Nacional como si un hacha descomunal hubiera asestado un tajo formidable.
–¡Dios, ayúdame! ¡ Dios, ayúdame! –repetía para sí.
Pretendía rozar el lateral rocoso en un loco intento de reducir la velocidad. Entró en una curva pronunciada, en forma de horquilla. Salir de ella a ciento ochenta kilómetros por hora, resultó ser una empresa imposible. La angustia de Carlo le llevó a la memoria la imagen de Sara.
–"Cariño, estoy perdido. Recuérdame siempre".
Esas palabras cruzaron su mente tres segundos antes de romper el pretil. El coche rebotó contra la roca y salió despedido hacia el lado opuesto de la calzada girando sobre sí mismo. Rebasó el borde del precipicio llamado Barranca del Toro, a trescientos metros sobre el suelo. Seguía girando mientras surcaba el aire en un recorrido mortal que terminó aplastándolo contra las grandes rocas del fondo.

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