Carlos Alberto Vespoli

E s c r i t o r . A r g e n t i n o
 
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COMENTARIO DE "PIEDRITAS O ESTRELLITAS"
   
Es el primer libro del cuarteto poético iniciado en 1958. Todas estas obras responden a una concepción crítica: la poesía como acto intencional que define el proyecto histórico de la libertad del hombre y cuyo fenómeno artístico radica en la oposición a la prosa. De ahí que P. O E., en su faz técnica, se aparte de los estilos actuales de poesía discursiva y reivindique a la forma de canción - ya sea tradicional o nueva- como una de las claves de esta oposición. Luego de la Segunda Guerra, interpretada como "la comunicación de un contenido psíquico", la poesía entró en el incierto destino actual de ser un coloquio discursivo, casi un relato -como reacción a la lírica hermética de tipo simbolista- o simplemente una prosa abstracta que encabalga imágenes en el sentido lineal de todo discurso. Entre la narración y la demiurgia, la poesía se disuelve en la prosa, su antítesis esencial, dado
que el fenómeno poético moderno no sucede como comunicación alguna y menos de un contenido psíquico (a priori que luego se traduciría en poesía), sino que, a lo sumo, funciona como la exposición visionaria, casi la exclamación, de un signo cultural común a todos -una imagen del mundo- cuyo código de interpretación total se completa en el otro, el lector de poesía, dentro del marco de la historicidad. La vigencia y modernidad de la canción está presente a lo largo de toda la obra, pero se sintetiza con mayor vigor en La Noche en Cloro, homenaje a San Juan de la Cruz, donde las "viejas" liras renacentistas rinden plenamente en una visión trágica del mundo contemporáneo. Como resultante, toda esta poesía es cantable, ligada como en los orígenes a la oralidad del hombre, a su capacidad de habla sonora por sobre el acto de lectura, que incluso de este modo puede enriquecerse si el lector es "de los que saben leer silenciosamente en voz alta."

Aunque la preocupación por la forma, el tono del estremecimiento y el poder sonoro visual de las palabras, remitan al campo de la lírica moderna, la coralidad general y la posibilidad de escenificación permanente hacen que nos acerquemos por momentos a la poesía épico-dramática. Todo comienza a poblarse de personajes y de cosas, o mejor dicho, "las palabras quieren ser de sangre, desarrollar una persona, llenar un acto". Irisarri, la insolación (en cuyo centro el yo se encuentra en plena noche en cloro) las propias piedritas o estrellitas (todas las cosas del mundo y cada una de ellas), los vagos, el señor de las usinas, el surubí (que es el sol de América natal visto contrariamente como cuerpo cósmico del agua en vez del aire o del cielo), la locura, que los camioneros juran haber visto revuelta en los cereales con un rubí de hilo sisal entre las piernas, y hasta la vida, como una tontita reventada que nos sigue a cualquier parte, nacen visualizados a partir de las palabras. Fundan un continente mítico, simultáneo a la propia poesía que los hace posibles y en donde el poeta no es más que un "simple vividor de lo mismo". En realidad, aquí no deberíamos hablar de mitos suburbanos sino de poéticas de cosas y personas formando un cuerpo de significados, que, si bien son reales, en su todo y en sus interrelaciones, aparecen como una visión del universo y de la situación humana en el tiempo.

Esta integración de imaginerías trágicas visualizadas por las palabras, al apartarse de toda concepción abstracta reflexiva, no tiene antecedentes en la última poesía argentina. Si aquí hay ideas, o si en algún momento se piensa algo, esto resulta de la acción, se desprende del hecho. Todas las poesías de P. o E. Parecen "verse". Operan como si estuviesen filmadas, como si las cosas sucedieran realmente fuera del territorio de la imaginación, en la realidad misma.

No se trata de imágenes surrealistas, sino de "visiones miméticas alógicas", pero que se presentan con técnicas realistas, a veces, con una precisión y descripción típicamente objetivas. Cada cosa es verosímil porque es posible. Tal cual se la ve, se la proyecta reiteradamente. De este modo se convierte por si misma en estribillo de canción y cada estribillo puede por sí mismo entregar su propio cuerpo de canción.

... Así sucesivamente, cada cosa va siendo piedrita o estrellita, cada una cuerpo y acción que va a fundirse amorosamente en otro cuerpo, en un proceso similar al de la energía por el universo. Ahora bien, de la misma manera en que el tiempo aparece como "el verdadero autor nunca visualizado de estas canciones", la relación amorosa entre los cuerpos de significados se nos ofrece desde el comienzo como la acción generadora del poetizar. Ya en el subtítulo de la obra sabemos que se trata de una canción de amor. Toda poesía auténtica ha sido siempre una poesía amorosa. Está a favor de algo que se ama; o en contra de algo, por ausencia de amor. De la canción inicial a la final (que idéntica al universo, acaba comenzando) cada una de las piedritas o estrellitas se desplazan alrededor de diversos actos eróticos vistos siempre como la relación primera entre el poeta y la vida, entre el hombre y la muerte, entre la sangre y el suelo... Porque todo poetizar es amoroso, "y eso mismo hace la tierra al girar por el espacio. Se revuelca, se abre, se agota cantando..."