En
la Roma imperial, en el barrio de Suburra, habitado por
esclavos, prostitutas, gentes de baja estofa y malandras
de todo tipo, se hablaba un latín degenerado que
fue calificado con el gráfico nombre de “sórdida
verba”. Esta era también la lengua de los
proletarios, o sea de los ciudadanos muy pobres cuya única
contribución al estado consistía en la prole
o hijos para las guerras. Era un habla marginal.
Entre nosotros, el lunfardo parece haber tenido un ámbito
de origen no muy distinto, sobre todo si nos atenemos
a la definición que nos da el Diccionario de la
Real Academia Española: Lenguaje de la gente de
mal vivir, propio de Buenos Aires y sus alrededores y
que posteriormente se ha extendido entre algunas gentes
del pueblo.
Y ahora, cuando al mismo diccionario se le da la real
gana de abrirle cada vez más las puertas al lunfardo,
cabe la siguiente reflexión: si la Academia aceptara
todos los lunfardismos, al reconocérsele categoría
digna estas palabras perderían toda su gracia.
A propósito, un amigo del barrio sostiene que el
lunfardo no existe. Y no existe porque ya no es tabú.
Tabú, me decía, es una palabra polinesia
que tiene dos significados opuestos: el de lo sagrado
o consagrado y el de lo inquietante, peligroso, prohibido,
impuro. En polinesio, lo contrario de “tabú”
es “noa”, o sea, lo ordinario, lo que es accesible
a todo el mundo. El lunfardo era tabú y se ha convertido
en noa. Ya no es peligroso, ya no es sagrado, ya no es
impuro. Cada vez son más los gentiles hombres que
lo hablan sin siquiera saber que lo hablan. |