Como
en el rapto de las Sabinas, el lunfardo entró al
territorio del diccionario para alzarse con un par de
palabras, a las que, paradójicamente, las hizo
suyas después de haberles masculinizado el artículo.
Se trata de unas pocas voces que fueron sacadas del “barrio
norte” del diccionario de la Real Academia para
ser llevada al suburbio.
Es así como la rana, con el significado de astuto,
avispado, sagaz y vivaracho, pasó a ser el rana;
la gallina el gallina, con la acepción de cobarde,
pusilánime, miedoso; y la chinche el chinche, designando
así al de mal carácter, al cabrero, al que
se enoja o irrita fácilmente.
Cuando se trata de alguien a quien consideramos listo,
vivo, rápido y despabilado, o que se muestra dispuesto
a prestar compañía y hacerle pata al otro,
decimos que es un pierna.
El careta, y ya no la careta, es el individuo desvergonzado,
caradura, atrevido, descarado, facha tosta o cara de piedra.
Y así algunas otras por el estilo: la púa
y el púa; la chaucha y el chaucha; la tuerca y
el tuerca; la campana y el campana, que es el que vigila
mientras otro roba y, por último, la papa y el
papa frita.
Palabras que, como las cautivas en tiempos de los malones,
ya no podrán regresar a sus páginas de origen.
Con sus cambios de significado y de género sus
antiguas vecinas ya no las reconocerían y, de hacerlo,
serían rechazadas, discriminadas, mal vistas. |