Con
el nombre de anagrama, designan los gramáticos
lo que los porteños conocemos por vesre, o sea
la transposición de las letras de una palabra.
Y esto no es algo privativo del lunfardo, pues casi todos
los argots han recurrido a variaciones de este tipo con
el fin de deformar palabras y crear, de esta manera, otras
nuevas.
Con respecto a la palabra original, la forma vésrica
no cambia su significado, y lo único que logra
es una especie de disfraz, una especie de camuflaje del
vocablo primitivo. Estas transformaciones vésricas
pueden ser consideradas bromas o juegos idiomáticos,
en parte emparentados con las lenguas infantiles, tales
como la jerigonza o jeringozo, que es como lo llamamos
nosotros desde que lo aprendimos.
El hablar de esta forma se inició entre nosotros
en el último cuarto del siglo XlX y, como recurso
festivo, fue muy utilizado por saineteros y autores teatrales
populares.
Los vesres que continúan circulando en estos días
no son pocos. Recordemos algunos:
Feca, feca con chele; lorca; rope; gomía; troesma;
sope; jonca, de jonca -de cajón- con el sentido
de cosa segura, evidente; jermu; nami; gotán; yobaca;
zabeca; grone; trompa; orre, por reo; ispa, por país;
todos ellos seguidos de un largo etcétera.
Y, para recordar que nada nuevo hay bajo el sol, digamos
ahora que la palabra tordo, por doctor, ya la utilizaba
don Luis de Góngora, en España, hace cuatrocientos
años. |