El
seseo, las dos veces con ese, a diferencia del que se
escribe las dos veces con ce, que es un defecto de dicción,
es algo ya aceptado que nos lleva a pronunciar la ce o
la zeta como ese. Muy arraigado entre nosotros, es el
que nos lleva a decir sanahoria en vez de zanahoria; sángano
en vez de zángano y saparrastroso en lugar de zaparrastroso.
El yeísmo, por su parte, es algo que también
tenemos incorporado y que consiste en pronunciar la elle
como ye, diciendo, por ejemplo, “gayina”,
por gallina; “poyo”, por pollo; “caye”,
por calle o yobaca, por llobaca. Forma parte de nuestra
manera de hablar.
Pero el yeísmo tiene sus trampas. Y fue precisamente
en una de ellas en la que cayó un cantor. La anécdota
me la contó Edmundo Rivero.
Corría el año 35. Fue en un viejo club del
barrio de Saavedra, en un festival en el que actuaban
cantores y guitarreros de la zona. A Rivero le tocó,
entonces, acompañar a un zorzal con berretín
de cantor, que, previamente, le pidió ensayar el
tango “Margarita Gautier”. Lo hicieron; y
al llegar a la parte que dice “he traído
el ramillete de camelias ya marchitas”, el cantor,
en lugar de decir camelias dijo “cameyas”.
Rivero le hizo notar el error, pero el hombre, ofendido
en su hombría, se limitó a responder que
solamente un cantor maricón diría camelias,
en lugar de cameyas. |