Las
palabras, como las personas, también suelen enfermarse.
Por lo tanto, intentaré el diagnóstico
de las que se escuchan dentro del ámbito hospitalario,
clasificándolas médicamente.
Hay palabras que empiezan mal y terminan bien, llevando
el problema en una letra, como si fuera una úlcera.
Por ejemplo, gómito por vómito y cangrena
por gangrena. Otras, en cambio, serían palabras
con hemorroides, o sea que empiezan bien pero llevan
el problema en su cola: quister por quiste, biopsis
por biopsia y diabetis por diabetes.
Están, también, aquellas que se nos presentan
como desadaptadas según el lugar y el momento
en que se las emplee. Por ejemplo: no es lo mismo hablar
de materia fiscal en un laboratorio de análisis
clínicos que en la Dirección General Impositiva.
Y no debemos olvidar tampoco las palabras con accidentes
de trabajo, en las que el accidente se produce, precisamente,
porque parece que cuesta trabajo pronunciarlas. Me refiero
a las mutiladas. Es así como escuchamos prosta
por próstata; apendis por apendicitis; varis
por várices y analis por análisis. Los
médicos, también solemos amputar y lo
hacemos por comodidad cuando decimos eritro por eritrosedimentación
o electro por electrocardiograma. Pero la comodidad
nos juega una mala pasada cuando decimos gesta por gestación.
Porque gesta significa un conjunto de hechos memorables
vividos por algún personaje.
Si en algo nos diferenciamos de las demás criaturas
es precisamente por el don de la palabra. Solamente
el hombre puede narrar un cuento, recitar un poema,
manifestar una opinión o decir una mentira. Esto
ya es suficiente para que seamos más cuidadosos
de la salud de nuestro lenguaje, y nos recuerda que
hablar bien no cuesta trabajo y nos reporta beneficios. |