Con
respecto a los vulgarismos empleados por los pacientes,
y que han originado más de una anécdota
hospitalaria, recordaré el caso de un señor
que pedía que le tomaran “la presión
sanguinaria”; y aquel otro que estaba dispuesto
a “pagar lo que fuese por un suero entero”,
después de haber escuchado que el médico
le pedía a la enfermera un suero dextrosado.
Pero, trataré de ser justo y fuerza es reconocer
que el lenguaje de los médicos no se halla exento
de estas anormalidades. Por lo tanto, intentando someter
a diagnóstico estos padecimientos de la expresión
verbal, comenzaré por las transmutaciones del
sexo.
Así, por ejemplo, muchas veces los médicos
masculinizamos palabras tan femeninas como una mariposa,
y decimos “el” sístole por “la”
sístole, “el” diástole por
“la” diástole, “el” dermis
por “la” dermis, “el” esperma
por “la” esperma y “el” eczema
por “la” eczema.
Por el contrario, a veces feminizamos sin compasión
palabras masculinas, y decimos “la” orden
del día por “el” orden del día.
Enema, en su acepción exonerativa, es “el”
enema, como “el” edema, “el”
teorema, “el” dilema, vertiendo así
al género masculino como es costumbre, el género
neutro de los respectivos vocablos griegos. Pero el
Diccionario de la Real Academia Española autoriza
la feminización del término enema, siempre
dentro de la acepción exonerativa. Por lo tanto,
es lo mismo “el” enema que “la”
enema. Este podría ser un caso de hermafroditismo.
Otro caso aparentemente similar para un observador distraído,
pero que evidentemente no lo es, lo tenemos en “la”
coma y “el” coma. Porque “la”
coma es una pausa en la oración y “el”
coma es una pausa seguida de una oración. |