El
lenguaje médico, como tantos otros, ha tenido
sus oscilaciones a través del tiempo. Hubo una
época en que se usaba el griego y hubo otra en
la que gobernó el latín. Pero para el
pueblo, entre nosotros, y lunfardo por medio, hay palabras
que nacen con la espontaneidad de un estornudo y que,
dentro de una aparente sinonimia, nos ofrecen ciertos
matices diferenciales que el médico debe saber
interpretar. Por ejemplo, no es lo mismo el paciente
que dice estar “palmado” o tener “una
palma bárbara”, generalmente refiriéndose
a lo que el médico conoce por astenia o cansancio,
que aquel otro que se siente “chacado” o
“achacado”, queriendo significar con ello
que se siente realmente enfermo. Y no hablemos del que
está “fundido”, porque en este caso
el diálogo sería con los familiares.
Y en este punto es donde reparo en las reales sinonimias:
“chacado” o “achacado” también
significa asaltado, robado, afanado; “fundido”,
en su primera acepción, quiere decir insolvente,
el que lo ha perdido todo; y “palmado” es
lisa y llanamente el que no tiene un mango y está
“en la palmera”.
A todo esto, me pregunto por qué los médicos
ahora estudian tanta estadística, investigación
operativa y cuadros de insumo-producto, al mismo tiempo
que los economistas, afanándose y ufanándose,
siguen sin darse cuenta de que los únicos que
cuentan son, precisamente, los achacados, los fundidos
y los que están en la palmera. Y el que así
no lo crea, que arroje la primera moneda. |