El
tango era... antes de ser. Porque el tango se identifica
con lo infinito y con el todo. Es el alba, el crepúsculo...
y es la noche, la luz y la sombra. Es el aire, el fuego,
la tierra y el agua. Es la energía que precede
a la creación y es la energía que modifica,
sin cesar, lo creado. Es la vida... y es la muerte. Es
la tristeza, la soledad, pero también es la amistad
y la alegría de amar. Es el espíritu. primigenio
que buscó un lugar en la inmensidad del espacio
con el anhelo de poder adquirir cuerpo para transmitirle
al ser humano el mensaje de su misterio, haciéndolo
tangible.
Y fue en Buenos Aires, allá. por 1880, donde se
produjo el milagro: la gestación de esa esencia
llamada TANGO. Y allí encontró su cauce
toda una forma de sentir, de expresarse, de ser, que es
la síntesis maravillosa de la angustia y la alegría
de existir.
En las orillas del puerto de Buenos Aires y en la zona
sureña de los arrabales de la ciudad, allá
por las postrimerías del siglo XIX, hormigueaban
los desheredados: hombres sin trabajo, ex combatientes
de las guerras nacionales, otros... perseguidos por la
justicia, prostitutas, los últimos gauchos y gran
parte de la ola inmigratoria que se iba asentando en la
Capital que crecía a pasos agigantados. Estos seres
se fueron amalgamando con un sector del criollaje que
se sentía cada vez más marginado por la
sociedad.
Comenzaba a escribirse allí –en medio del
desarraigo que unía, en cierto modo, a esa gente–
la primera página de la historia del tango. El
barrio típicamente inmigrante era la Boca, a poca
distancia del puerto y a orillas del Riachuelo. La mayoría
de sus habitantes eran oriundos de Italia (sobre todo
de Génova.). Y en ese ámbito se hallaba
el eje de la vida nocturna de la denominada época
prohibida del tango. Ello se debía a que esta danza
–en sus comienzos– se la practicaba en los
bajos fondos de la ciudad, en bailetines, piringundines
y prostíbulos.
En el centro mismo de la Boca –en la famosa esquina
de Suárez y Necochea– había cuatro
Cafés que competían presentando a algunas
de Ios primeros músicos importantes del tango:
Francisco Canaro, Roberto Firpo, Vicente Lo Duca y Eduardo
Arolas.
El arrabal fue el paisaje interior del que germinó
este arte singular: el TANGO, producto de un nuevo fermento
de necesidades engendrados por la convivencia de un mundo
de razas disímiles (españoles, italianos,
polacos, rusos, judíos, árabes, franceses
y criollos).
Dos primeros acordes del tango se escucharon interpretados
en tres instrumentos: guitarra, flauta y violín
(los tríos primitivos). A veces se agregaba un
arpa pequeña. Hasta que encontró su voz,
su “médium”, por obra y gracia del
bandoneón, a quien el hombre rioplatense le supo
injertar su propia respiración, sus latidos, su
nostalgia, ciertos tintes melancólicos, sus sueños
y su forma peculiar de expresarse.
Desde el "pardo" Sebastián Ramos Mejía
–uno de los primeros bandoneonistas–, pasando
por Chiappe, Arolas, Juan Maglio "Pacho", Maffia,
Láurenz, Carlos Marcucci, Ciriaco Ortiz, Ruggiero
y el inefable Aníbal Troilo (“Pichuco”),
hasta los vanguardistas Rovira y Piazzolla, el lenguaje
musical del tango fue "in crescendo”, enriquecido
por músicos excepcionales de la talla artística
de Julio De Caro, Fresedo, Di Sarli, Gobbi, Salgán
y Lucio Demare, entre otros. Y en el plano vocal brilla,
por supuesto, el máximo, el maestro de los cantores
e –incluso– de los músicos de tango:
Carlos Gardel.
Con estilos, concepciones, escuelas distintas, el tango
ha avanzado por el camino que se supo abrir, siendo siempre
fiel a su soplo esencial, de raíz criolla, sin
perder jamás su fuerza y autenticidad visceral. |