
Paris

Buenos Aires

Buenos Aires |
La
presencia de Paris en el TANGO se debe a varios
motivos. Ante todo se origina porque para el argentino
y –fundamentalmente– para el porteño,
Paris es sinónimo de SUEÑO (del más
bello y anhelado sueño) ya que en su imaginación
la Ciudad Luz es la quintaesencia. de Buenos Aires:
es la urbe donde la bohemia se hace carne, donde
el romanticismo logra su eclosión, donde
se palpa la angustia en su mayor intensidad, donde
ha germinado el espíritu revolucionario,
donde cristalizó uno de los primeros gritos
de libertad. En esa gran ciudad se han consustanciado
–desde los albores del siglo XIX– las
vivencias más plenas del ser humano: el dolor
y la alegría, las ansias de superación
del individuo y los fracasos, la posibilidad de
comunicación más amplia y profunda
de los seres, y también el desgarramiento
interior provocado por la soledad. Allí se
entrelaza la luminosidad de los espíritus
sensibles con el tono gris de la nostalgia que tantas
veces se entronca con la melancolía. La literatura
francesa contribuyó a despertar, especialmente
en el hombre rioplatense, la avidez por gozar en
Paris la intensidad de esa experiencia existencial.
Rubén Darío introdujo en Hispoamérica
la obra de notables poetas y narradores franceses
del siglo XIX, tales como Henri Murger, Paul Verlaine,
Charles Baudelaire, los simbolistas y los parnasianos,
a lo que se debe agregar algunas novelas de Víctor
Hugo, Emile Zola y Alexandre Dumas (hijo). En muchas
páginas de las obras de estos autores se
revela, esa verdad tan apetecida por el habitante
de nuestras latitudes, quien experimenta, siente
todo que acabo de mencionar... cuando realmente
está imbuido de ese “espíritu
tango” en el que se concentran los elementos
vitales que vibran en la atmósfera parisiense.
Estos elementos se proyectan y forjan sensaciones
que laten –vívidamente– en la
música y la poesía del TANGO.
En lo que concierne al sentimiento como asimismo
a un estado de ánimo particular, el “espíritu
tango” existía antes de que naciera
la música y la poesía del tango. Desde
François Villon y luego Aloysius Bertrand,
pasando por Baudelaire y Verlaine, hasta Sartre
y Jean Genet (incluyendo a Henry Miller, ciudadano
espiritual de Paris), el “espíritu
tango” (que es lo fundamental aquí)
se mantuvo siempre presente, en absoluta vigencia.
La obra y la vida de esos cronistas líricos
de la existencia humana fue receptada por el habitante
de ambas orillas del Río de la Plata (y luego,
por extensión llego su eco hasta las ciudades
y pueblos del interior de Argentina y Uruguay).
Claro está que esto sucedió con aquellos
que se sentían espiritualmente afines con
los escritores citados por el hecho de compartir
su concepción de la vida como así
también sus inquietudes.
Los cenáculos, las tertulias, las cofradías,
el considerar al CAFÉ como un segundo hogar
en el que la soledad se alternaba con la fraternidad
eran propios de Paris, pero También lo eran
de Buenos Aires y Montevideo: se respiraba al unísono.
Y aquí es donde entra a tallar el SUEÑO:
Paris era la fuente, la generadora., Significaba,
la consumación de un ideal.
Paris no entró en el tango impulsada por
un fenómeno de esnobismo ni tampoco se trató
de una especie de reconocimiento porque la capital
de Francia le diera al tango sus cartas de nobleza
cuando se maravilló y aceptó el nuevo
baile ("le tangó”)
introducido en su seno por los “Niño
bien” de la burguesía porteña,
quienes comenzaron a bailarlo en los cabarets y
otros locales danzantes de la Ciudad Luz allá
por el año 1913. Y no hay que olvidar que
el tango sentó sus reales en Paris, en 1907,
mediante la presentación de Angel Villoldo
(autor de “El Choclo"), Alfredo Gobbi
y su esposa –chilena– Flora Rodríguez,
quienes lo cantaban y bailaban, llevando a cabo
allí las primeras grabaciones del género.
Luego pasearon la danza del tango por Paris y Europa
bailarines como “el vasco" Casimiro Aín
y su compañera Peggy. Lo bailó Ricardo
Güiraldes, y –desde los años 20–
lo hicieron escuchar Eduardo Arolas, los hermanos
Pizarro, Francisco Canaro, Bianco, Juan Bautista
Deambroggio (“Bachicha”), y –desde
1928– el máximo: Carlos Gardel.
En el tango hay un poeta que es el equivalente espiritual
de Baudelaire, sobresaliendo –tanto uno como
el otro– mediante sus descripciones retratos
y sensaciones expresados a través de un vibrante
realismo poético: me refiero a Enrique Santos
Discépolo.
En muchísimas letras de tango se evidencian
recursos (y en algunos casos originalidades) propios
de movimientos literarios surgidos en Francia o
bien en Alemania, pero en más de una ocasión
sus autores se anticiparon al nacimiento de dichas
corrientes. Ya desde el segundo decenio del siglo
XX Pascual Contursi (en 1917) dio a conocer su tango
“Mi noche triste” (con el que Carlos
Gardel crea el tango-canción, dando la clave
de cómo se debe cantar un tango). La letra
de "Mi noche triste" es un anticipo de
la Nueva Novela Francesa("Nouveau Roman")
que hizo eclosión en Francia durante los
años 50. En ese tango, y algunos otros del
mismo autor, –como sucedería poco más
de tres decenios después con la corriente
literaria mencionada– los objetos comparten
el protagonismo con el personaje principal, dado
que en ellos se proyecta la soledad y la tristeza
que padece el hombre en el cuarto en que habita
("bulín” o "cotorro”).
Hagamos una pequeña disquisición para
señalar que en la década de los 40
fueron surgiendo tangos que resultaron auténticos
poemas expresionistas, impresionistas y existencialistas
–obras de autores de la talla de Homero Manzi,
Cátulo Castillo y Celedonio Flores–.
En esos mismos años el surrealismo en el
tango se hizo presente mediante la profundidad y
el esplendor de la poesía de Homero Expósito,
Siempre por la senda surrealista, pero entrando
de lleno en el orbe onírico, delirante –aunque
como una proyección de la realidad más
concreta– aparece en el tango la poesía
a la vez romántica y descarnada de Horacio
Ferrer (una amalgama de los espíritus de
Verlaine y Lautreamont).
Entre los que le cantaron en versos, con más
entrega, al amor, se destacan José María
Contursi (hijo de Pascual), Luis Rubinstein, Carlos
Bahr y Héctor Marcó.
Un autor singular –poeta y músico–,
quien abordó una amplia temática manejando
desde el lenguaje más abstrusamente lunfardo
hasta hacernos disfrutar del lirismo más
acendrado, fue Enrique Cadícamo. Ochenta
de sus 99 años de vida los dedicó
al tango. Su existencia se extendió a lo
largo de todo el siglo XX. Llego a ser el más
prolífico de los autores de este género.
Y a no olvidar (¡qué difícil
es no caer en alguna omisión!) a Francisco
Garcia Jiménez, otro singular poeta que puso
de relieve, en cada tango, la esencia de la porteñidad.
Sería extraño no hallar –en
la obra de los autores citados– algún
pasaje sin la presencia de Paris a de algo concerniente
al espíritu francés. Como no mencionar
algunos de los innumerables tangos en donde Paris
o lo que atañe a lo francés se pone
de manifiesto en ciertos casos ya desde el título,
como sucede con: “Comme il faut", “El
Marne”, "Champagne Tango", “Griseta",
"Margo", "Marion”, "Claudinette",
“Francesita", “Recuerdo",
"Madame Yvonne", “Yvette”,
“Mimi Pinson”, “Margarita Gautier”,
"Corrientes y Esmeralda", “Sos de
Chiclana”, “Muñeca Brava",
“A Montmartre", "Mañanitas
de Montmartre", “La que murió
en Paris”, "Anclao en Paris", "Sueño
de Paris", “Te fuiste a Paris",
"En las noches d e Paris", “Moulin
Rouge", “Sans souci”. Y nos detenemos
aquí, porque la lista es muy larga.
Recordemos que el tango adquirió credencial
de baile y música de salón, en Paris.
Sólo llegó a ser aceptado por la sociedad
rioplatense luego de que –en 1913– lo
descubrieran en Francia en medio de la fascinación
que produjo su música y especialmente su
danza.
El primer auge del tango floreció, en Paris,
durante los años 20, por intermedio de las
orquestas típicas argentinas que allí
lo interpretaron. Luego su embrujo se fue extendiendo
a casi toda Europa. Y a partir de 1928 CARLOS GARDEL
hechizó a los franceses con su arte vocal,
su riqueza expresiva, lo sugestivo de su presencia
y el soplo extraño de la esencia de la tanguidad
que él proyectó –luminosamente–
en el espíritu de quienes le escuchaban.
Después... la segunda guerra mundial impidió
que en el Viejo continente se conociera la época
de oro del tango (la famosa "Dé cada
del 40"). Al promediar el decenio de los años
50 el rock desplazó al tango. Y en la década
de los 60 se fue desvaneciendo hasta tocar los lindes
de la desaparición definitiva. Pero en noviembre
de 1981, en Paris –¡cuándo no!–
se plasmó su resurrección: unos fervorosos
soñadores y amantes del tango abrieron la
primera tanguería de Europa en el corazón
mismo de la Ciudad Luz. Se llamó "Trottoirs
de Buenos Aires" ("Veredas de Buenos Aires”);
su padrino espiritual fue Julio Cortázar
–autor de la letra de un tango con ese título–.
De aquel remezón tanguero surgió,
dos años más tarde, el espectáculo
"Tango Argentino” que triunfo en el Teatro
Musical de Paris. El éxito resultó
tan amplio y rotundo que el tango se propagó
por el mundo entero, y –una vez más–
se repitió la historia: si Paris lo aceptó
y vibró bajo su conjuro, el tango logró
también renacer de sus cenizas en su propia
tierra, a orillas del Río de la Plata, allí
donde supo dar sus primeros pasos impregnados de
un extraño sortilegio... allá por
el año 1880. |