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NEl universo mágico del Tango
por Tomás Barna »n
« PAGINA INICAL DE TANGO
Paris y lo frances en el tango

Paris


Buenos Aires


Buenos Aires
La presencia de Paris en el TANGO se debe a varios motivos. Ante todo se origina porque para el argentino y –fundamentalmente– para el porteño, Paris es sinónimo de SUEÑO (del más bello y anhelado sueño) ya que en su imaginación la Ciudad Luz es la quintaesencia. de Buenos Aires: es la urbe donde la bohemia se hace carne, donde el romanticismo logra su eclosión, donde se palpa la angustia en su mayor intensidad, donde ha germinado el espíritu revolucionario, donde cristalizó uno de los primeros gritos de libertad. En esa gran ciudad se han consustanciado –desde los albores del siglo XIX– las vivencias más plenas del ser humano: el dolor y la alegría, las ansias de superación del individuo y los fracasos, la posibilidad de comunicación más amplia y profunda de los seres, y también el desgarramiento interior provocado por la soledad. Allí se entrelaza la luminosidad de los espíritus sensibles con el tono gris de la nostalgia que tantas veces se entronca con la melancolía. La literatura francesa contribuyó a despertar, especialmente en el hombre rioplatense, la avidez por gozar en Paris la intensidad de esa experiencia existencial. Rubén Darío introdujo en Hispoamérica la obra de notables poetas y narradores franceses del siglo XIX, tales como Henri Murger, Paul Verlaine, Charles Baudelaire, los simbolistas y los parnasianos, a lo que se debe agregar algunas novelas de Víctor Hugo, Emile Zola y Alexandre Dumas (hijo). En muchas páginas de las obras de estos autores se revela, esa verdad tan apetecida por el habitante de nuestras latitudes, quien experimenta, siente todo que acabo de mencionar... cuando realmente está imbuido de ese “espíritu tango” en el que se concentran los elementos vitales que vibran en la atmósfera parisiense. Estos elementos se proyectan y forjan sensaciones que laten –vívidamente– en la música y la poesía del TANGO.
En lo que concierne al sentimiento como asimismo a un estado de ánimo particular, el “espíritu tango” existía antes de que naciera la música y la poesía del tango. Desde François Villon y luego Aloysius Bertrand, pasando por Baudelaire y Verlaine, hasta Sartre y Jean Genet (incluyendo a Henry Miller, ciudadano espiritual de Paris), el “espíritu tango” (que es lo fundamental aquí) se mantuvo siempre presente, en absoluta vigencia. La obra y la vida de esos cronistas líricos de la existencia humana fue receptada por el habitante de ambas orillas del Río de la Plata (y luego, por extensión llego su eco hasta las ciudades y pueblos del interior de Argentina y Uruguay). Claro está que esto sucedió con aquellos que se sentían espiritualmente afines con los escritores citados por el hecho de compartir su concepción de la vida como así también sus inquietudes.
Los cenáculos, las tertulias, las cofradías, el considerar al CAFÉ como un segundo hogar en el que la soledad se alternaba con la fraternidad eran propios de Paris, pero También lo eran de Buenos Aires y Montevideo: se respiraba al unísono. Y aquí es donde entra a tallar el SUEÑO: Paris era la fuente, la generadora., Significaba, la consumación de un ideal.
Paris no entró en el tango impulsada por un fenómeno de esnobismo ni tampoco se trató de una especie de reconocimiento porque la capital de Francia le diera al tango sus cartas de nobleza cuando se maravilló y aceptó el nuevo baile ("le tangó”)
introducido en su seno por los “Niño bien” de la burguesía porteña, quienes comenzaron a bailarlo en los cabarets y otros locales danzantes de la Ciudad Luz allá por el año 1913. Y no hay que olvidar que el tango sentó sus reales en Paris, en 1907, mediante la presentación de Angel Villoldo (autor de “El Choclo"), Alfredo Gobbi y su esposa –chilena– Flora Rodríguez, quienes lo cantaban y bailaban, llevando a cabo allí las primeras grabaciones del género. Luego pasearon la danza del tango por Paris y Europa bailarines como “el vasco" Casimiro Aín y su compañera Peggy. Lo bailó Ricardo Güiraldes, y –desde los años 20– lo hicieron escuchar Eduardo Arolas, los hermanos Pizarro, Francisco Canaro, Bianco, Juan Bautista Deambroggio (“Bachicha”), y –desde 1928– el máximo: Carlos Gardel.
En el tango hay un poeta que es el equivalente espiritual de Baudelaire, sobresaliendo –tanto uno como el otro– mediante sus descripciones retratos y sensaciones expresados a través de un vibrante realismo poético: me refiero a Enrique Santos Discépolo.
En muchísimas letras de tango se evidencian recursos (y en algunos casos originalidades) propios de movimientos literarios surgidos en Francia o bien en Alemania, pero en más de una ocasión sus autores se anticiparon al nacimiento de dichas corrientes. Ya desde el segundo decenio del siglo XX Pascual Contursi (en 1917) dio a conocer su tango “Mi noche triste” (con el que Carlos Gardel crea el tango-canción, dando la clave de cómo se debe cantar un tango). La letra de "Mi noche triste" es un anticipo de la Nueva Novela Francesa("Nouveau Roman") que hizo eclosión en Francia durante los años 50. En ese tango, y algunos otros del mismo autor, –como sucedería poco más de tres decenios después con la corriente literaria mencionada– los objetos comparten el protagonismo con el personaje principal, dado que en ellos se proyecta la soledad y la tristeza que padece el hombre en el cuarto en que habita ("bulín” o "cotorro”).
Hagamos una pequeña disquisición para señalar que en la década de los 40 fueron surgiendo tangos que resultaron auténticos poemas expresionistas, impresionistas y existencialistas –obras de autores de la talla de Homero Manzi, Cátulo Castillo y Celedonio Flores–. En esos mismos años el surrealismo en el tango se hizo presente mediante la profundidad y el esplendor de la poesía de Homero Expósito, Siempre por la senda surrealista, pero entrando de lleno en el orbe onírico, delirante –aunque como una proyección de la realidad más concreta– aparece en el tango la poesía a la vez romántica y descarnada de Horacio Ferrer (una amalgama de los espíritus de Verlaine y Lautreamont).
Entre los que le cantaron en versos, con más entrega, al amor, se destacan José María Contursi (hijo de Pascual), Luis Rubinstein, Carlos Bahr y Héctor Marcó.
Un autor singular –poeta y músico–, quien abordó una amplia temática manejando desde el lenguaje más abstrusamente lunfardo hasta hacernos disfrutar del lirismo más acendrado, fue Enrique Cadícamo. Ochenta de sus 99 años de vida los dedicó al tango. Su existencia se extendió a lo largo de todo el siglo XX. Llego a ser el más prolífico de los autores de este género.
Y a no olvidar (¡qué difícil es no caer en alguna omisión!) a Francisco Garcia Jiménez, otro singular poeta que puso de relieve, en cada tango, la esencia de la porteñidad.
Sería extraño no hallar –en la obra de los autores citados– algún pasaje sin la presencia de Paris a de algo concerniente al espíritu francés. Como no mencionar algunos de los innumerables tangos en donde Paris o lo que atañe a lo francés se pone de manifiesto en ciertos casos ya desde el título, como sucede con: “Comme il faut", “El Marne”, "Champagne Tango", “Griseta", "Margo", "Marion”, "Claudinette", “Francesita", “Recuerdo", "Madame Yvonne", “Yvette”, “Mimi Pinson”, “Margarita Gautier”, "Corrientes y Esmeralda", “Sos de Chiclana”, “Muñeca Brava", “A Montmartre", "Mañanitas de Montmartre", “La que murió en Paris”, "Anclao en Paris", "Sueño de Paris", “Te fuiste a Paris", "En las noches d e Paris", “Moulin Rouge", “Sans souci”. Y nos detenemos aquí, porque la lista es muy larga.
Recordemos que el tango adquirió credencial de baile y música de salón, en Paris. Sólo llegó a ser aceptado por la sociedad rioplatense luego de que –en 1913– lo descubrieran en Francia en medio de la fascinación que produjo su música y especialmente su danza.
El primer auge del tango floreció, en Paris, durante los años 20, por intermedio de las orquestas típicas argentinas que allí lo interpretaron. Luego su embrujo se fue extendiendo a casi toda Europa. Y a partir de 1928 CARLOS GARDEL hechizó a los franceses con su arte vocal, su riqueza expresiva, lo sugestivo de su presencia y el soplo extraño de la esencia de la tanguidad que él proyectó –luminosamente– en el espíritu de quienes le escuchaban.
Después... la segunda guerra mundial impidió que en el Viejo continente se conociera la época de oro del tango (la famosa "Dé cada del 40"). Al promediar el decenio de los años 50 el rock desplazó al tango. Y en la década de los 60 se fue desvaneciendo hasta tocar los lindes de la desaparición definitiva. Pero en noviembre de 1981, en Paris –¡cuándo no!– se plasmó su resurrección: unos fervorosos soñadores y amantes del tango abrieron la primera tanguería de Europa en el corazón mismo de la Ciudad Luz. Se llamó "Trottoirs de Buenos Aires" ("Veredas de Buenos Aires”); su padrino espiritual fue Julio Cortázar –autor de la letra de un tango con ese título–.
De aquel remezón tanguero surgió, dos años más tarde, el espectáculo "Tango Argentino” que triunfo en el Teatro Musical de Paris. El éxito resultó tan amplio y rotundo que el tango se propagó por el mundo entero, y –una vez más– se repitió la historia: si Paris lo aceptó y vibró bajo su conjuro, el tango logró también renacer de sus cenizas en su propia tierra, a orillas del Río de la Plata, allí donde supo dar sus primeros pasos impregnados de un extraño sortilegio... allá por el año 1880.
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