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NEl universo mágico del Tango
por Tomás Barna »n
« PAGINA INICAL DE TANGO
Buenos Aires, el porteño y la tanguitud:
tres claves para un misterio denominado... Tango

Amadeo Gravino


Anibal “Pichuco” Troilo


Roberto Arlt


Roberto Grela
El tango es la consecuencia de una vibración muy íntima de algo que nada tiene que ver con lo intelectual. El tango surge del sentimiento, de la intuición creadora y de diferentes sensaciones. Expresa la sensibilidad y la emoción más profunda del alma de todo un pueblo. Es la piel, el corazón y la savia del porteño, y subyace en el ser nacional. El Tango está inserto en el aire de Buenos Aires y se propaga a los cuatro puntos cardinales del país, y es un clima espiritual que nutre a todo aquel que esté estremecido por el sentimiento de porteñidad. Se le adentra con la misma naturalidad con que se respira. Es su necesidad vital; es un hábito inconsciente. Y cuando todo esto se convierte en música –con letras o no (porque en la música misma ya está revelada la esencia de la Tanguitud, que es lo que identifica totalmente al amante de Buenos Aires con su ciudad amada)– entonces él siente que las voces de seres perdidos en ese ayer germinador, la tristeza, el orgullo, el delirio y la angustia –concentrados en millones de escenas y figuras latentes en la memoria– se le entregan como un legado salvaje que se proyecta dentro de su ser, transformándolo en un cómplice de su pasado, que –al fin de cuentas– no es sino una parcela del ciclo incesante que moldea su propia identidad; y ese ciclo es el “DESTINO DE BUENOS AIRES”. Los poetas de esta ciudad, y aquellos que volcaron su inspiración en el orbe del tango, percibieron sensiblemente el “DESTINO DE BUENOS AIRES”, como lo proclamara en sus versos Atilio Jorge Castelpoggi... con estas palabras:

“Calles donde nací –a la orilla de un rosal y una glicina–,
que se mueren adentro de mi boca de muerto empecinado en vivir.
Callejones para escupir el cielo, de tanto penar sin remedio;
veredones llenos de escaleras de domingos,
de latas y riachuelos;
calles que alguna vez me costearon emociones
hasta el peso de una lagrima.
Aquí empezó la vida porque nos encontramos (vos y yo, tal vez)...
de “caminito soleado” hasta un “dos por cuatro”
orillero y romántico.
Paredones de madrugada o cafés de las tres de la mañana.
Allí cantó Gardel sus serenatas con letras de Le Pera.
Acá, Manzi estiró imágenes del barrio de mis sueños...
Soltando a diez Malenas.
Y De Caro le abrió un porvenir al Tango.
¡Qué cosas me traen... pasar por las esquinas sobradas de recuerdos!:
la casa que he vivido, los años de mi infancia,
o “el dolor de ya no ser”.

La carne, la piel, las formas, están grávidas en el tiempo. La materia se convierte en una presencia dotada de espíritu. Y el ritmo de una energía elemental proyecta a los seres en el espacio, creándose una dinámica llena de magias, de música y de silencios, que posee los caracteres del misterio. Es el misterio del sueño, del amor, de la soledad y de la muerte... hecho Tango. Emana de él el eco de un estallido que se expande hacia las palpitaciones de un lenguaje decantado, luminoso, sutil, que nos llega evocándonos el movimiento subterráneo, secreto, que provoca la eclosión de la vida. Es el duende de la porteñidad quien nos fascina. Y sentimos que se nos desgarran las entrañas. Y nos deshacemos apasionadamente de nuestro Yo, ávidos por atrapar la verdad que subyace en las profundidades del ser. Y de ese lenguaje que se fue gastando a través de nostalgias, de angustias, de hechizos, de ensoñaciones, por medio de palabras, de música, se desprende un vaho que es la sustancia donde está concentrada la esencia de la poesía. Es la voz del tango que fluye como un río tumultuoso que parece surgir de lo más recóndito de la tierra. Su canto nos conduce más allá de la vida y de la muerte, en una búsqueda de las raíces del hombre –raíces que habrán de llevarlo al encuentro con su destino, con lo absoluto–.

Ese estremecimiento provocado por una tremenda fuerza telúrica que corre por los laberintos secretos de la memoria, fue captado por los amantes del tango y por los sentidores de Buenos Aires, como el poeta Amadeo Gravino, quien –en su “NOSTALGIA URBANA”– nos murmura su recordación así:

“¡Del río brotan tantas historias!:
la infancia, “la ñata contra el vidrio”,
la nostalgia de calles grises, angostas, desparejas,
este recuerdo rojo de malvones,
el ruido de los carros contra el alba,
los grillos, el violín de la noche,
su paso desnudo en la rayuela,
mi salto despeinado en el potrero...
Son apuntes mojados de tristeza
para guardar la identidad del color sepia
en la ciudad del desencanto.”

El río completó la tarea del mar... asentando en Buenos Aires ese aluvión inmigratorio que fue poblando la ciudad “color de león”, fusionándose con el nativo. La entrada natural ha sido el puerto.

Entre el manto ocre del Río de la Plata y las últimas estribaciones de la pampa –acunada en barro, amasada con la levadura excepcional de diversas razas– se gestó esa esencia llamada Tango. Y allí encontró su cause toda una forma de sentir, de expresarse, de ser, que es la síntesis maravillosa de la angustia y la alegría de existir. Su voz es la voz de un pueblo que fusiona en sí el ansia, el dolor, las vicisitudes y las luchas cotidianas de todos los pueblos; es decir, del ser humano. Por eso su música, su poesía, su danza, atraen, fascinan, conmueven a los habitantes de los cuatro puntos cardinales de nuestro planeta. Este es uno de los motivos fundamentales que le permiten al Tango ser comprendido, sentido y amado. También lo es porque concentra la sustancia de la existencia. Como el ser humano, es tierno y sensual, romántico y sexual, sencillo y a la vez profundo, realista e idealista. Y se proyecta más allá de los límites vitales del ser humano, porque es atemporal como las aguas del río; y posee la misma melancolía que surge de la complicidad entre el amor y la muerte, propia de las aguas semiestancadas de ciertos arroyos, esa melancolía lenta, punzante –como el tiempo detenido– característica de lo que fuera el arroyo Maldonado y de lo que siempre es el Riachuelo.

El porteño hizo palpable, a través del Tango, esa verdad elemental que captó Gastón Bachelard: “Para ciertas almas el agua es la materia de la desesperanza”. Y yo añadiría que el agua es la receptora de todos los secretos del porteño. El lenguaje de los primeros habitantes de las orillas del puerto de Buenos Aires, de los pioneros de las riberas del Riachuelo y de los gestadores de Palermo (a la vera del arroyo Maldonado) condensaba la estremecedora vibración de los seres y las cosas que mueren y se transforman.

El Tango –con su microcosmos sonoro, poético y metafísico– le confirma al porteño (y por extensión a todo argentino que no se haya dejado arrebatar su identidad) la certeza de su criollidad esencial, le allana la senda para encontrarse consigo mismo, le facilita la comunicación con sus hermanos de inquietudes, los funde bajo su conjuro ritual, les redescubre la sencillez de su veta sentimental y les ofrece la posibilidad de una liberación. Aquí es donde llegamos a palpar que el Tango es el revelador de la Tanguitud, que –como bien lo definiera el sociólogo Julio Mafud– “es todo un estilo de vida. Toda una metafísica y una psicología que sostienen una suma de características rioplatenses y argentinas”.

No está habitado por la Tanguitud sólo quien compone, escribe o ejecuta un tango, o lo canta o lo baila, sino asimismo aquel ser que “vive y encarna” la vibración existencial que concentra en sí la manifestación tanguística.

Un tango puede emocionar al habitante de cualquier lugar del planeta, pero para sentir un tango con todo su contenido humano... hay que haber vivido profundamente Buenos Aires, y caminado lentamente sus barrios, asimilado esa sensación de ausencia, de humildad, de dolor, de tierra bravía que se desprende de las baldosas flojas de algunas veredas, del empedrado de muchas de sus calles, sensación que nos llega desde la lejanía de un Café rezagado o desde el estremecido olor a pampa que aún deja escapar algún “viejo baldío”... tal como lo describiera –en un tango– el poeta Víctor Lamanna, con música de Roberto Grela, y lo dejara –bien grabado– Pablo Lozano, el 10 de agosto de 1956, cantando con la orquesta dirigida por Aníbal Troilo (“Pichuco”).

Uno de los más sensibles “sentidores” de Buenos Aires (el escritor Roberto Arlt) decía que “para vagar por las calles porteñas hay que estar por completo despojado de prejuicios y ser escéptico como esos perros que tienen mirada de hambre”. Y el Tango –que transfiere ese sentir– posee al amante de Buenos Aires, lo hechiza y le brinda la hermosa posibilidad de entregarse a un exorcismo.

Yo diría que Buenos Aires, el porteño y la Tanguitud son las tres claves para un misterio llamado Tango, aunque el término Tanguitud tiene un alcance más amplio de lo que uno pueda imaginar y acrece la riqueza humana que contiene el propio Tango.

Me podrán preguntar porqué elegí el vocablo Tanguitud en ves de “Tanguidad”. Se debe a que me resulta más esotérico y, desde luego, más visceral (como el Tango mismo). En esto se asemeja al concepto que encierra el neologismo “Negritud” –del que hablara el poeta africano Aimé Césaire–. Y con qué acierto lo define la ensayista italiana Meri Franco-Lao cuando dice “que despierta las sensaciones de angustia, soledad, desgarramiento, agregándole el incienso del tabaco, el sonido tortuoso del bandoneón, grises paisajes de otoño, velos de lejanía, humos de alcohol, calles lluviosas de recuerdo, desazón interior, inmovilidad en la penumbra, búsqueda de algo que se perdió y no se sabe qué es.”

En cuanto a lo que atañe a la Tanguitud llego a la conclusión de que en ella reside la esencia del alma porteña, pero también es un sentimiento que se aloja en el espíritu de los argentinos, de los pobladores de ambas orillas del Río de la Plata y de los habitantes de cualquier latitud de nuestro planeta, siempre que estén dotados de una sensibilidad que les permita palpar todo lo que concierne al ser humano y a la vida, vibrando y conmoviéndose hasta el hueso... por eso mismo.

Este es el momento de sumergirnos, de lleno, en el espacio y el tiempo en donde fermentó esa esencia poético-musical llamada Tango. Las aguas que rodeaban a la marea humana formada por los inmigrantes europeos y los últimos gauchos –en complicidad con los vientos de la pampa y con la vegetación salvaje que eran su compañía– les proyectaban el espectro de su soledad, les hablaban de distancias sin fin, les murmuraban sus propios secretos subterráneos, hasta que la naturaleza circundante selló su torrente de ecos profundos con un silencio que se asemejó al espanto. De ese silencio, de esa inmovilidad, surgió el poder indefinible de una necesidad en esos hombres: la búsqueda de su identidad primaria y de el amor (con su carga riquísima de ternura y de erotismo). Y esos seres tuvieron que imponer –con un ardor apasionado– la justificación de su condición humana. Y utilizaron, como arma, el culto del coraje. Y los instintos primitivos se amalgamaron con un anhelo de dignidad muy peculiar creándose, así, en ese ámbito, un sentido distinto de la moral. Allí broto el arrabal porteño –cuna del Tango–. Y nacieron sus primeros personajes: el Compadre y el Compadrito.

El río, la pampa y la urbe creciente –en aquella “Gran Aldea” que era el Buenos Aires de finales del siglo XIX– se fueron fusionando vertiginosamente dentro de un marco heterogéneo y agresivo. Los puntos candentes del arrabal no sólo existían en la periferia de la ciudad, sino a un paso del centro: en los barrios de San Telmo y Montserrat, donde el candombe callejero alternaba con el tango prostibulario. San Telmo y Palermo eran barrios eminentemente criollos, poblados por guapos (que eran los “taitas” del arrabal), prevaleciendo esa característica también en la zona sur (Pompeya, Puente Alsina, el Barrio de las Ranas, Parque Patricios y Mataderos). Abundaban allí los reñideros de gallos y los bailetines. Y se oían tangos típicos de los burdeles, con títulos que se referían a dichos ámbitos, tales como “Dame la lata”, “La c...ara de la l...una” o “El Queco”.

El barrio típicamente inmigrante –con un porcentaje abrumador de italianos (sobre todo genoveses)– era La Boca, a un paso del puerto y a orillas del Riachuelo. En las inmediaciones del puerto (en el Bajo de Retiro –y hasta Barracas–), el Paseo de Julio (actualmente Avenida Leandro N. Alem y Paseo Colón) era el fondeadero de rufianes, prostitutas, marineros, gente de hampa, compadritos y aventureros de toda laya. Desarrollaban, en ese lugar, su actividad: pulperías, burdeles y bailongos, lo mismo que en Dock Sud, Constitución, los Corrales Viejos y –más cerca del Centro– en Balvanera y en los alrededores de la esquina de Junín y Lavalle (el barrio de los prostíbulos con mayoría de “pupilas” polacas y francesas). El eje de la vida nocturna de aquella denominada “época prohibida del tango” fue La Boca, y su apogeo duró hasta aproximadamente 1915, girando alrededor de la famosa esquina de Suárez y Necochea. Cuatro Cafés competían allí presentando a algunos de los primeros músicos importantes del tango: Francisco Canaro, Roberto Firpo, Vicente Lo Duca y Eduardo Arolas.

Al hablar de Tango debemos destacar la diferencia que hay entre arrabal y suburbio, algo que con tanta precisión señaló el escritor Osvaldo Rossler cuando dijo: “El Suburbio se refiere fundamentalmente a una situación geográfica; es la periferia de la ciudad. El Arrabal es algo más sustancial, más visceral que eso. Es una forma de vida. No es un lugar, sino una fatalidad. Es la encarnación del hambre, de la miseria, de la soledad.”

Lo que sucede es que el habitante del arrabal extravertía su dolor en el almacén, en la pulpería, en el bailongo, en el peringundín (local con despacho de bebidas en el que se bailaba y se ejercía la prostitución), en el prostíbulo o en los cafetines del puerto y de sus adyacencias.

El Arrabal es un paisaje interior del que germinará una fascinante “flor del mal” (el LUNFARDO) –enriquecedora del idioma–.

Del Arrabal surgirá un arte singular: el Tango –producto de una alquimia compleja cuyos elementos sustanciales son: un río, una llanura, un barro, un clima muy definidos, una vegetación, un cielo y hasta una luna muy peculiares, y un nuevo fermento de necesidades engendradas por la convivencia de seres pertenecientes a razas disímiles–. Por ello es que el escritor uruguayo Horacio Ferrer aseveró con tanta exactitud: ”El Tango no es una habanera aporteñada ni una continuación de la milonga, ni un tango español adaptado; el Tango es otra música, porque obedece a una tensión espiritual distinta”. Y de esa música nace, naturalmente, una danza procaz, sensual, –desahogo de una soledad compartida entre dos marginales: un malevo y una puta–.

En aquellos años iniciales del Tango se solían percibir imágenes como ésta: En un peringundín... el rojo violáceo de un farol (en la entrada) se funde con el rojo cristalino de un vaso de vino, mientras un vaho turbio cargado de humo y alcohol se eleva desde el lomo de las mesas destartaladas. Un trío con guitarra, flauta y violín... ejecuta los compases chispeantes de uno de los primeros tangos.

En el aire se entremezcla una humedad pegajosa con el denso humo del tabaco, haciéndose dueños del ámbito... un olor acre y el rumor salvaje propio de esas leoneras. Sobre el ocre estremecido de un piso de tierra se estrechan, se separan y se vuelven a enlazar dos sierpes humanas. Ese macho y esa hembra están gestando –al conjuro de un mágico contrapunto– una nueva coreografía. Bailarín y bailarina –con sus cuerpos fundidos y la mente liberada de todo pensamiento– se hechizan mutuamente de una manera casi irracional, y sus piernas y sus pies adquieren la misteriosa sabiduría de los brujos. Tras el ocho y el doble ocho nace la infinita variedad de las figuras. De pronto detienen su andar. Quedan en suspenso, pero sin soltarse (el CORTE). Y se suceden las variaciones: LA QUEBRADA, LA CORRIDA, LA SENTADA, LA ASENTADA, LA MEDIALUNA, LA LUSTRADA, EL BALANCEO, EL CUATRO, LAS TOCADAS, LA PATADITA (en el trasero de la mujer). Y EL PASO CRUZADO...

Lo que propongo aquí no es que nos internemos en los meandros de la historia del Tango, sino bucear en los abismos de su espíritu, de su esencialidad, para ir en busca de la Tanguitud, lo que sólo podremos hallar sondeando el misterio de Buenos Aires y en el alma de su habitante. Tal vez la clave resida en el vocablo “Compadre”. ¿Por qué es “compadre” el tango en su música, en su danza y hasta –muchas veces– en sus letras? ¿Por qué esa insolencia, ese acento fanfarrón? Precisamente la marginalidad (es decir: la miseria, el desamparo, la soledad de aquellos seres que vivieron en el ambiente donde se acunó el tango) los hizo resentidos, rebeldes, desafiantes. Y debieron transformarse en envalentonados para poder afirmar su existencia, para tener todo el derecho a exclamar: “¡aquí estamos!”, y... “¡somos!”. Y se produjo en ellos un fenómeno de transferencia que les permitió mostrar su valor mediante acciones capaces de despertar la admiración. El amor tierno era una actitud claudicante. El honor, la madre, la mujer, la amistad, el respeto por un ser a quien se admira (como en el caso del protagonista de la obra de teatro de Samuel Eichelbaum, “Un Guapo Del Novecientos”), se lo defendían jugándose la vida. Macho era sinónimo de hombría. Significaba ser hombre en toda su integridad. De ahí el duelo criollo, que –en sus comienzos– llegó a ser un enfrentamiento entre dos rivales con una pierna de un contrincante atada a una de su enemigo circunstancial... como muestra de coraje aún mayor. Así era el “guapo”, el “compadre” de los años iniciales del Tango. La líbido rayaba en el paroxismo del sacrificio, tocaba los dinteles de la muerte... en aras del honor. De este modo actuaban, en el arrabal porteño, tanto el hombre como la mujer.
De ese tiempo compadre surge un arte compadre: el TANGO.

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