
Amadeo Gravino
Anibal “Pichuco” Troilo
Roberto Arlt
Roberto Grela |
El
tango es la consecuencia de una vibración
muy íntima de algo que nada tiene que ver
con lo intelectual. El tango surge del sentimiento,
de la intuición creadora y de diferentes
sensaciones. Expresa la sensibilidad y la emoción
más profunda del alma de todo un pueblo.
Es la piel, el corazón y la savia del porteño,
y subyace en el ser nacional. El Tango está
inserto en el aire de Buenos Aires y se propaga
a los cuatro puntos cardinales del país,
y es un clima espiritual que nutre a todo aquel
que esté estremecido por el sentimiento de
porteñidad. Se le adentra con la misma naturalidad
con que se respira. Es su necesidad vital; es un
hábito inconsciente. Y cuando todo esto se
convierte en música –con letras o no
(porque en la música misma ya está
revelada la esencia de la Tanguitud, que es lo que
identifica totalmente al amante de Buenos Aires
con su ciudad amada)– entonces él siente
que las voces de seres perdidos en ese ayer germinador,
la tristeza, el orgullo, el delirio y la angustia
–concentrados en millones de escenas y figuras
latentes en la memoria– se le entregan como
un legado salvaje que se proyecta dentro de su ser,
transformándolo en un cómplice de
su pasado, que –al fin de cuentas– no
es sino una parcela del ciclo incesante que moldea
su propia identidad; y ese ciclo es el “DESTINO
DE BUENOS AIRES”. Los poetas de esta ciudad,
y aquellos que volcaron su inspiración en
el orbe del tango, percibieron sensiblemente el
“DESTINO DE BUENOS AIRES”, como lo proclamara
en sus versos Atilio Jorge Castelpoggi... con estas
palabras:
“Calles donde nací –a la orilla
de un rosal y una glicina–,
que se mueren adentro de mi boca de muerto empecinado
en vivir.
Callejones para escupir el cielo, de tanto penar
sin remedio;
veredones llenos de escaleras de domingos,
de latas y riachuelos;
calles que alguna vez me costearon emociones
hasta el peso de una lagrima.
Aquí empezó la vida porque nos encontramos
(vos y yo, tal vez)...
de “caminito soleado” hasta un “dos
por cuatro”
orillero y romántico.
Paredones de madrugada o cafés de las tres
de la mañana.
Allí cantó Gardel sus serenatas con
letras de Le Pera.
Acá, Manzi estiró imágenes
del barrio de mis sueños...
Soltando a diez Malenas.
Y De Caro le abrió un porvenir al Tango.
¡Qué cosas me traen... pasar por las
esquinas sobradas de recuerdos!:
la casa que he vivido, los años de mi infancia,
o “el dolor de ya no ser”.
La carne, la piel, las formas, están grávidas
en el tiempo. La materia se convierte en una presencia
dotada de espíritu. Y el ritmo de una energía
elemental proyecta a los seres en el espacio, creándose
una dinámica llena de magias, de música
y de silencios, que posee los caracteres del misterio.
Es el misterio del sueño, del amor, de la
soledad y de la muerte... hecho Tango. Emana de
él el eco de un estallido que se expande
hacia las palpitaciones de un lenguaje decantado,
luminoso, sutil, que nos llega evocándonos
el movimiento subterráneo, secreto, que provoca
la eclosión de la vida. Es el duende de la
porteñidad quien nos fascina. Y sentimos
que se nos desgarran las entrañas. Y nos
deshacemos apasionadamente de nuestro Yo, ávidos
por atrapar la verdad que subyace en las profundidades
del ser. Y de ese lenguaje que se fue gastando a
través de nostalgias, de angustias, de hechizos,
de ensoñaciones, por medio de palabras, de
música, se desprende un vaho que es la sustancia
donde está concentrada la esencia de la poesía.
Es la voz del tango que fluye como un río
tumultuoso que parece surgir de lo más recóndito
de la tierra. Su canto nos conduce más allá
de la vida y de la muerte, en una búsqueda
de las raíces del hombre –raíces
que habrán de llevarlo al encuentro con su
destino, con lo absoluto–.
Ese estremecimiento provocado por una tremenda fuerza
telúrica que corre por los laberintos secretos
de la memoria, fue captado por los amantes del tango
y por los sentidores de Buenos Aires, como el poeta
Amadeo Gravino, quien –en su “NOSTALGIA
URBANA”– nos murmura su recordación
así:
“¡Del río brotan tantas historias!:
la infancia, “la ñata contra el vidrio”,
la nostalgia de calles grises, angostas, desparejas,
este recuerdo rojo de malvones,
el ruido de los carros contra el alba,
los grillos, el violín de la noche,
su paso desnudo en la rayuela,
mi salto despeinado en el potrero...
Son apuntes mojados de tristeza
para guardar la identidad del color sepia
en la ciudad del desencanto.”
El río completó la tarea del mar...
asentando en Buenos Aires ese aluvión inmigratorio
que fue poblando la ciudad “color de león”,
fusionándose con el nativo. La entrada natural
ha sido el puerto.
Entre el manto ocre del Río de la Plata y
las últimas estribaciones de la pampa –acunada
en barro, amasada con la levadura excepcional de
diversas razas– se gestó esa esencia
llamada Tango. Y allí encontró su
cause toda una forma de sentir, de expresarse, de
ser, que es la síntesis maravillosa de la
angustia y la alegría de existir. Su voz
es la voz de un pueblo que fusiona en sí
el ansia, el dolor, las vicisitudes y las luchas
cotidianas de todos los pueblos; es decir, del ser
humano. Por eso su música, su poesía,
su danza, atraen, fascinan, conmueven a los habitantes
de los cuatro puntos cardinales de nuestro planeta.
Este es uno de los motivos fundamentales que le
permiten al Tango ser comprendido, sentido y amado.
También lo es porque concentra la sustancia
de la existencia. Como el ser humano, es tierno
y sensual, romántico y sexual, sencillo y
a la vez profundo, realista e idealista. Y se proyecta
más allá de los límites vitales
del ser humano, porque es atemporal como las aguas
del río; y posee la misma melancolía
que surge de la complicidad entre el amor y la muerte,
propia de las aguas semiestancadas de ciertos arroyos,
esa melancolía lenta, punzante –como
el tiempo detenido– característica
de lo que fuera el arroyo Maldonado y de lo que
siempre es el Riachuelo.
El porteño hizo palpable, a través
del Tango, esa verdad elemental que captó
Gastón Bachelard: “Para ciertas almas
el agua es la materia de la desesperanza”.
Y yo añadiría que el agua es la receptora
de todos los secretos del porteño. El lenguaje
de los primeros habitantes de las orillas del puerto
de Buenos Aires, de los pioneros de las riberas
del Riachuelo y de los gestadores de Palermo (a
la vera del arroyo Maldonado) condensaba la estremecedora
vibración de los seres y las cosas que mueren
y se transforman.
El Tango –con su microcosmos sonoro, poético
y metafísico– le confirma al porteño
(y por extensión a todo argentino que no
se haya dejado arrebatar su identidad) la certeza
de su criollidad esencial, le allana la senda para
encontrarse consigo mismo, le facilita la comunicación
con sus hermanos de inquietudes, los funde bajo
su conjuro ritual, les redescubre la sencillez de
su veta sentimental y les ofrece la posibilidad
de una liberación. Aquí es donde llegamos
a palpar que el Tango es el revelador de la Tanguitud,
que –como bien lo definiera el sociólogo
Julio Mafud– “es todo un estilo de vida.
Toda una metafísica y una psicología
que sostienen una suma de características
rioplatenses y argentinas”.
No está habitado por la Tanguitud sólo
quien compone, escribe o ejecuta un tango, o lo
canta o lo baila, sino asimismo aquel ser que “vive
y encarna” la vibración existencial
que concentra en sí la manifestación
tanguística.
Un tango puede emocionar al habitante de cualquier
lugar del planeta, pero para sentir un tango con
todo su contenido humano... hay que haber vivido
profundamente Buenos Aires, y caminado lentamente
sus barrios, asimilado esa sensación de ausencia,
de humildad, de dolor, de tierra bravía que
se desprende de las baldosas flojas de algunas veredas,
del empedrado de muchas de sus calles, sensación
que nos llega desde la lejanía de un Café
rezagado o desde el estremecido olor a pampa que
aún deja escapar algún “viejo
baldío”... tal como lo describiera
–en un tango– el poeta Víctor
Lamanna, con música de Roberto Grela, y lo
dejara –bien grabado– Pablo Lozano,
el 10 de agosto de 1956, cantando con la orquesta
dirigida por Aníbal Troilo (“Pichuco”).
Uno
de los más sensibles “sentidores”
de Buenos Aires (el escritor Roberto Arlt) decía
que “para vagar por las calles porteñas
hay que estar por completo despojado de prejuicios
y ser escéptico como esos perros que tienen
mirada de hambre”. Y el Tango –que
transfiere ese sentir– posee al amante de
Buenos Aires, lo hechiza y le brinda la hermosa
posibilidad de entregarse a un exorcismo.
Yo diría que Buenos Aires, el porteño
y la Tanguitud son las tres claves para un misterio
llamado Tango, aunque el término Tanguitud
tiene un alcance más amplio de lo que uno
pueda imaginar y acrece la riqueza humana que
contiene el propio Tango.
Me podrán preguntar porqué elegí
el vocablo Tanguitud en ves de “Tanguidad”.
Se debe a que me resulta más esotérico
y, desde luego, más visceral (como el Tango
mismo). En esto se asemeja al concepto que encierra
el neologismo “Negritud” –del
que hablara el poeta africano Aimé Césaire–.
Y con qué acierto lo define la ensayista
italiana Meri Franco-Lao cuando dice “que
despierta las sensaciones de angustia, soledad,
desgarramiento, agregándole el incienso
del tabaco, el sonido tortuoso del bandoneón,
grises paisajes de otoño, velos de lejanía,
humos de alcohol, calles lluviosas de recuerdo,
desazón interior, inmovilidad en la penumbra,
búsqueda de algo que se perdió y
no se sabe qué es.”
En cuanto a lo que atañe a la Tanguitud
llego a la conclusión de que en ella reside
la esencia del alma porteña, pero también
es un sentimiento que se aloja en el espíritu
de los argentinos, de los pobladores de ambas
orillas del Río de la Plata y de los habitantes
de cualquier latitud de nuestro planeta, siempre
que estén dotados de una sensibilidad que
les permita palpar todo lo que concierne al ser
humano y a la vida, vibrando y conmoviéndose
hasta el hueso... por eso mismo.
Este es el momento de sumergirnos, de lleno, en
el espacio y el tiempo en donde fermentó
esa esencia poético-musical llamada Tango.
Las aguas que rodeaban a la marea humana formada
por los inmigrantes europeos y los últimos
gauchos –en complicidad con los vientos
de la pampa y con la vegetación salvaje
que eran su compañía– les
proyectaban el espectro de su soledad, les hablaban
de distancias sin fin, les murmuraban sus propios
secretos subterráneos, hasta que la naturaleza
circundante selló su torrente de ecos profundos
con un silencio que se asemejó al espanto.
De ese silencio, de esa inmovilidad, surgió
el poder indefinible de una necesidad en esos
hombres: la búsqueda de su identidad primaria
y de el amor (con su carga riquísima de
ternura y de erotismo). Y esos seres tuvieron
que imponer –con un ardor apasionado–
la justificación de su condición
humana. Y utilizaron, como arma, el culto del
coraje. Y los instintos primitivos se amalgamaron
con un anhelo de dignidad muy peculiar creándose,
así, en ese ámbito, un sentido distinto
de la moral. Allí broto el arrabal porteño
–cuna del Tango–. Y nacieron sus primeros
personajes: el Compadre y el Compadrito.
El río, la pampa y la urbe creciente –en
aquella “Gran Aldea” que era el Buenos
Aires de finales del siglo XIX– se fueron
fusionando vertiginosamente dentro de un marco
heterogéneo y agresivo. Los puntos candentes
del arrabal no sólo existían en
la periferia de la ciudad, sino a un paso del
centro: en los barrios de San Telmo y Montserrat,
donde el candombe callejero alternaba con el tango
prostibulario. San Telmo y Palermo eran barrios
eminentemente criollos, poblados por guapos (que
eran los “taitas” del arrabal), prevaleciendo
esa característica también en la
zona sur (Pompeya, Puente Alsina, el Barrio de
las Ranas, Parque Patricios y Mataderos). Abundaban
allí los reñideros de gallos y los
bailetines. Y se oían tangos típicos
de los burdeles, con títulos que se referían
a dichos ámbitos, tales como “Dame
la lata”, “La c...ara de la l...una”
o “El Queco”.
El barrio típicamente inmigrante –con
un porcentaje abrumador de italianos (sobre todo
genoveses)– era La Boca, a un paso del puerto
y a orillas del Riachuelo. En las inmediaciones
del puerto (en el Bajo de Retiro –y hasta
Barracas–), el Paseo de Julio (actualmente
Avenida Leandro N. Alem y Paseo Colón)
era el fondeadero de rufianes, prostitutas, marineros,
gente de hampa, compadritos y aventureros de toda
laya. Desarrollaban, en ese lugar, su actividad:
pulperías, burdeles y bailongos, lo mismo
que en Dock Sud, Constitución, los Corrales
Viejos y –más cerca del Centro–
en Balvanera y en los alrededores de la esquina
de Junín y Lavalle (el barrio de los prostíbulos
con mayoría de “pupilas” polacas
y francesas). El eje de la vida nocturna de aquella
denominada “época prohibida del tango”
fue La Boca, y su apogeo duró hasta aproximadamente
1915, girando alrededor de la famosa esquina de
Suárez y Necochea. Cuatro Cafés
competían allí presentando a algunos
de los primeros músicos importantes del
tango: Francisco Canaro, Roberto Firpo, Vicente
Lo Duca y Eduardo Arolas.
Al hablar de Tango debemos destacar la diferencia
que hay entre arrabal y suburbio, algo que con
tanta precisión señaló el
escritor Osvaldo Rossler cuando dijo: “El
Suburbio se refiere fundamentalmente a una situación
geográfica; es la periferia de la ciudad.
El Arrabal es algo más sustancial, más
visceral que eso. Es una forma de vida. No es
un lugar, sino una fatalidad. Es la encarnación
del hambre, de la miseria, de la soledad.”
Lo que sucede es que el habitante del arrabal
extravertía su dolor en el almacén,
en la pulpería, en el bailongo, en el peringundín
(local con despacho de bebidas en el que se bailaba
y se ejercía la prostitución), en
el prostíbulo o en los cafetines del puerto
y de sus adyacencias.
El Arrabal es un paisaje interior del que germinará
una fascinante “flor del mal” (el
LUNFARDO) –enriquecedora del idioma–.
Del Arrabal surgirá un arte singular: el
Tango –producto de una alquimia compleja
cuyos elementos sustanciales son: un río,
una llanura, un barro, un clima muy definidos,
una vegetación, un cielo y hasta una luna
muy peculiares, y un nuevo fermento de necesidades
engendradas por la convivencia de seres pertenecientes
a razas disímiles–. Por ello es que
el escritor uruguayo Horacio Ferrer aseveró
con tanta exactitud: ”El Tango no es una
habanera aporteñada ni una continuación
de la milonga, ni un tango español adaptado;
el Tango es otra música, porque obedece
a una tensión espiritual distinta”.
Y de esa música nace, naturalmente, una
danza procaz, sensual, –desahogo de una
soledad compartida entre dos marginales: un malevo
y una puta–.
En aquellos años iniciales del Tango se
solían percibir imágenes como ésta:
En un peringundín... el rojo violáceo
de un farol (en la entrada) se funde con el rojo
cristalino de un vaso de vino, mientras un vaho
turbio cargado de humo y alcohol se eleva desde
el lomo de las mesas destartaladas. Un trío
con guitarra, flauta y violín... ejecuta
los compases chispeantes de uno de los primeros
tangos.
En el aire se entremezcla una humedad pegajosa
con el denso humo del tabaco, haciéndose
dueños del ámbito... un olor acre
y el rumor salvaje propio de esas leoneras. Sobre
el ocre estremecido de un piso de tierra se estrechan,
se separan y se vuelven a enlazar dos sierpes
humanas. Ese macho y esa hembra están gestando
–al conjuro de un mágico contrapunto–
una nueva coreografía. Bailarín
y bailarina –con sus cuerpos fundidos y
la mente liberada de todo pensamiento– se
hechizan mutuamente de una manera casi irracional,
y sus piernas y sus pies adquieren la misteriosa
sabiduría de los brujos. Tras el ocho y
el doble ocho nace la infinita variedad de las
figuras. De pronto detienen su andar. Quedan en
suspenso, pero sin soltarse (el CORTE). Y se suceden
las variaciones: LA QUEBRADA, LA CORRIDA, LA SENTADA,
LA ASENTADA, LA MEDIALUNA, LA LUSTRADA, EL BALANCEO,
EL CUATRO, LAS TOCADAS, LA PATADITA (en el trasero
de la mujer). Y EL PASO CRUZADO...
Lo que propongo aquí no es que nos internemos
en los meandros de la historia del Tango, sino
bucear en los abismos de su espíritu, de
su esencialidad, para ir en busca de la Tanguitud,
lo que sólo podremos hallar sondeando el
misterio de Buenos Aires y en el alma de su habitante.
Tal vez la clave resida en el vocablo “Compadre”.
¿Por qué es “compadre”
el tango en su música, en su danza y hasta
–muchas veces– en sus letras? ¿Por
qué esa insolencia, ese acento fanfarrón?
Precisamente la marginalidad (es decir: la miseria,
el desamparo, la soledad de aquellos seres que
vivieron en el ambiente donde se acunó
el tango) los hizo resentidos, rebeldes, desafiantes.
Y debieron transformarse en envalentonados para
poder afirmar su existencia, para tener todo el
derecho a exclamar: “¡aquí
estamos!”, y... “¡somos!”.
Y se produjo en ellos un fenómeno de transferencia
que les permitió mostrar su valor mediante
acciones capaces de despertar la admiración.
El amor tierno era una actitud claudicante. El
honor, la madre, la mujer, la amistad, el respeto
por un ser a quien se admira (como en el caso
del protagonista de la obra de teatro de Samuel
Eichelbaum, “Un Guapo Del Novecientos”),
se lo defendían jugándose la vida.
Macho era sinónimo de hombría. Significaba
ser hombre en toda su integridad. De ahí
el duelo criollo, que –en sus comienzos–
llegó a ser un enfrentamiento entre dos
rivales con una pierna de un contrincante atada
a una de su enemigo circunstancial... como muestra
de coraje aún mayor. Así era el
“guapo”, el “compadre”
de los años iniciales del Tango. La líbido
rayaba en el paroxismo del sacrificio, tocaba
los dinteles de la muerte... en aras del honor.
De este modo actuaban, en el arrabal porteño,
tanto el hombre como la mujer.
De ese tiempo compadre surge un arte compadre:
el TANGO.
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