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NST. JOHN´S, Terra Nova, Canada
por Eduardo Frank»n
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El día de las otras canoas.
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Hola, amigos.
Saludos desde la Terra Nova inglesa para el Buenos Aires mestizo, ese Buenos Aires de infinidad de culturas mayormente europeas, ese mosaico porteño de un sinfín de colores.

Espero hayan disfrutado de la información que les proporcioné hasta ahora acerca de los nativos indígenas (o aborígenes) de Terra Nova antes, durante y después de la llegada de los europeos liderados por Giovanni Caboto (o John Cabot, como le pusieron los ingleses).

Es posible que en mis textos haya mencionado en algún momento la palabra "indio". Si fue así, pido disculpas. Recuerden que el concepto de "indio" surgió porque Cristoforo Colombo -al igual que Caboto- creyó haber llegado a Asia cuando vio las tierras nuevas; pensó que había llegado a las costas de "las Indias", por lo que su primer impulso fue llamar a los nativos Indios, como si fuesen pobladores de la hoy República de la India. Recuerden que una de las cosas que buscaban los europeos -además de oro y riquezas- era una ruta nueva para llegar al Oriente y seguir comerciando, pues los Cartagineses habían bloqueado las vías.

En realidad, eso es lo que "indio" significa: ciudadano de la India. No debería endilgarse a los nativos americanos. Por error, los colonos europeos que luego irían llegando al llamado Nuevo Mundo continuaron dando el nombre de "indio" a los nativos que encontraron. Y esa costumbre se arraigó demasiado y hoy forma parte de la Historia. Es el mismo principio de la palabrita "americano" que sólo se le sitúa a los estadounidenses, cuando nosotros todos somos americanos, ciudadanos de este hemisferio, que es, al final de cuentas, la única América que existe. Lo demás hay que dividirlo en Norte, Centro y Sur América para luego subdividirlo en las naciones.

Por otro lado, si fuéramos a ser más específicos, tendríamos que aclarar que la tierra de Lincoln y de Washington es hoy en día los Estados Unidos de América, como lo indica su nombre oficial. Eso es correcto; pero no solamente Estados Unidos porque existen dos Estados Unidos más en el hemisferio americano: los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos del Brasil.

Sin embargo, para no ser pedantes y caer mal y no andar complicando mucho las cosas, es aceptable decir solamente Estados Unidos para los EUA y decir sólo México y Brasil para los otros.

Después de este preludio aclaratorio y volviendo a la palabra "indio", se me ha ocurrido, para finalizar estos capítulos sobre los indígenas, ofrecerles el texto de un cuento corto que terminé no hace mucho tiempo, precisamente por su relación directa con el "descubrimiento" de lo que luego sería América por parte de Colombo a nombre de los reyes de España.
(Ay, pobre Cristóbal, el señor Américo Vespucio le robó todas sus glorias).

Si me lo permiten, pues, con este cuento me despido hasta la próxima. Chau.

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EL DIA DE LAS OTRAS CANOAS
Por Eduardo Frank
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Mabay salta desde el peñasco, al pie de la loma, con la ligereza de su tiempo. Sobre los arbustos, humedecidos aún por el rocío, yace el agutí atravesado por la azagaya. Mabay sonríe complacido: es su primera caza a esa distancia en tierra. Había capturado flamencos una vez, con la cabeza escondida debajo de una calabaza en ríos y lagunas, y también utilizó el guaicán en el mar.

Agarra con fuerza la pieza y sus músculos jóvenes se tensan al levantarla al nivel de su rostro. La observa orondo, los ojos brillantes, y se da vuelta para mirar a su padre y los demás, que le sonríen y le hacen señas de victoria desde la piedra alta al borde de la meseta. Mabay sabe que se ha ganado una cuenta de semillas silvestres o de conchas, aunque no igual a la de su padre ni a las que utilizan los
cazadores y pescadores expertos. Aún no puede aspirar a esas; de seguro serán muy distintas a las que colocan sobre los que se van con los cemíes y son llevados a las cuevas. ¿Será como la del brujo?
Algún día se ganará un collar grande, después que el huevo radiante allá arriba salga varias veces más a alumbrar al cielo negro.

Mabay se estremece cada vez que su padre lo lleva a escuchar las historias del brujo. Todos los mayores se hincan de rodillas a su alrededor para tomar el cusubí sagrado y se introducen lentamente dentro de un pasado muy viejo, cuando allí vivían los iñeri, que se marcharon hace mucho tiempo al mundo del Gran Cemí, y los dioses mágicos emisarios de Yukiyú, que vivieron con ellos por un tiempo. Habían llegado una vez en canoas enormes por el aire y les transmitieron mucha sabiduría. Poco antes de partir en sus canoas que volaban como los abejorros, les entregaron regalos y se llevaron muchas cosas que los iñeri les dieron como recuerdo de este mundo de abajo.

Mas todo eso se ha perdido ya, cubierto por la bruma del tiempo. Sólo quedan las figuras de piedra, de barro o de hueso de manatí, agachadas, con las manos sobre el vientre. Son las imágenes de aquellos dioses que un día se marcharon y jamás regresaron, y que tenían que agacharse para hablar con los iñeri porque eran tan altos que sus cabezas querían tocar las nubes.

Cuando el día se hace más brillante, Mabay va hacia el mar. El titán salado ondula majestuoso en aquel apacible lugar que su pueblo llama Bariay. La resaca barre la playa con un suave siseo y las olas chocan contra sus rodillas y forman una espuma burbujeante, para luego regresar en punticos claros como las estrellas hasta desaparecer. Varias veces ha tenido que salir corriendo del caney al llamado urgente de los otros, que vienen para anunciar una arribazón de peces, y quiere encontrar un cobo bien grande para hacer un guamo y llamar a los cazadores que estén lejos cuando él vea los peces mientras ayuda a su padre a tejer redes para la pesca.

Por las noches el agua y el cielo se unen en una masa muy negra que forma el mundo impenetrable de Juracán, amo de los ríos y de los mares. Por eso protege a los maboyas. La noche anterior, Toney, el naboría de su padre, vino a decir que había visto canoas muy grandes a lo lejos, en la línea oscura del agua que se une con el cielo. Y Mabay se puso muy contento y fue donde el behique y le informó que los dioses que vivieron con los iñeri habían regresado, pero vio a Omay muy
pensativo. Luego, con el rostro pintado del negro zumo de la jagua, el brujo se reunió con la gente y le oyó hablar de cuando los dioses buenos vinieron en sus
canoas que volaban como los pájaros. Que las canoas de los maboyas no pueden volar y son éstos quienes se acercan por el agua, sigilosos, para traer la desgracia con sus cuerpos y caras pintados de colores de guerra, invaden los bateyes y se llevan a los niños y a las mujeres.

Mabay se acuerda de Yucahuguamá, el dios que una vez dijo que su gente desaparecería y muchos guerreros de los dioses malignos vendrían cubiertos con atuendos más duros que las conchas. Siempre sintió miedo de aquel vaticinio. ¿Serán estos los espíritus malignos que acompañan a Juracán? Pero Juracán no necesita de canoas para venir por el mar. El puede convertirse en un pez enorme que los arrastrará a las aguas para devorarlos. Quienes utilizan canoas para andar sobre el mar son los hombres, porque las canoas de los emisarios de Yukiyú vienen solamente desde arriba, del mundo de ellos, más allá del manto de humo que a veces cubre el cielo. Los que Toney había visto debieron ser hombres como ellos, quizás hablen en lengua extraña, pero jamás serán como Juracán y los maboyas.

Ahora, cuando va a mirar de nuevo hacia el horizonte, su rostro de tierna avidez se conmueve con la sorpresa: más acá de la línea oscura del mar ve las enormes canoas que asustaron tanto a Toney.

Son tres.
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