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NST.
JOHN´S, Terra Nova, Canada |
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| El día
de las otras canoas. |
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Hola, amigos.
Saludos desde la Terra Nova inglesa para el Buenos Aires mestizo, ese Buenos
Aires de infinidad de culturas mayormente europeas, ese mosaico porteño
de un sinfín de colores.
Espero
hayan disfrutado de la información que les proporcioné hasta
ahora acerca de los nativos indígenas (o aborígenes) de Terra
Nova antes, durante y después de la llegada de los europeos liderados
por Giovanni Caboto (o John Cabot, como le pusieron los ingleses).
Es posible
que en mis textos haya mencionado en algún momento la palabra "indio".
Si fue así, pido disculpas. Recuerden que el concepto de "indio"
surgió porque Cristoforo Colombo -al igual que Caboto- creyó
haber llegado a Asia cuando vio las tierras nuevas; pensó que había
llegado a las costas de "las Indias", por lo que su primer impulso
fue llamar a los nativos Indios, como si fuesen pobladores de la hoy República
de la India. Recuerden que una de las cosas que buscaban los europeos -además
de oro y riquezas- era una ruta nueva para llegar al Oriente y seguir comerciando,
pues los Cartagineses habían bloqueado las vías.
En realidad,
eso es lo que "indio" significa: ciudadano de la India. No debería
endilgarse a los nativos americanos. Por error, los colonos europeos que
luego irían llegando al llamado Nuevo Mundo continuaron dando el
nombre de "indio" a los nativos que encontraron. Y esa costumbre
se arraigó demasiado y hoy forma parte de la Historia. Es el mismo
principio de la palabrita "americano" que sólo se le sitúa
a los estadounidenses, cuando nosotros todos somos americanos, ciudadanos
de este hemisferio, que es, al final de cuentas, la única América
que existe. Lo demás hay que dividirlo en Norte, Centro y Sur América
para luego subdividirlo en las naciones.
Por otro
lado, si fuéramos a ser más específicos, tendríamos
que aclarar que la tierra de Lincoln y de Washington es hoy en día
los Estados Unidos de América, como lo indica su nombre oficial.
Eso es correcto; pero no solamente Estados Unidos porque existen dos Estados
Unidos más en el hemisferio americano: los Estados Unidos Mexicanos
y los Estados Unidos del Brasil.
Sin embargo,
para no ser pedantes y caer mal y no andar complicando mucho las cosas,
es aceptable decir solamente Estados Unidos para los EUA y decir sólo
México y Brasil para los otros.
Después
de este preludio aclaratorio y volviendo a la palabra "indio",
se me ha ocurrido, para finalizar estos capítulos sobre los indígenas,
ofrecerles el texto de un cuento corto que terminé no hace mucho
tiempo, precisamente por su relación directa con el "descubrimiento"
de lo que luego sería América por parte de Colombo a nombre
de los reyes de España.
(Ay, pobre Cristóbal, el señor Américo Vespucio le
robó todas sus glorias).
Si me
lo permiten, pues, con este cuento me despido hasta la próxima.
Chau.
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| EL
DIA DE LAS OTRAS CANOAS |
| Por Eduardo
Frank |
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Mabay
salta desde el peñasco, al pie de la loma, con la ligereza de su
tiempo. Sobre los arbustos, humedecidos aún por el rocío,
yace el agutí atravesado por la azagaya. Mabay sonríe complacido:
es su primera caza a esa distancia en tierra. Había capturado flamencos
una vez, con la cabeza escondida debajo de una calabaza en ríos y
lagunas, y también utilizó el guaicán en el mar.
Agarra
con fuerza la pieza y sus músculos jóvenes se tensan al levantarla
al nivel de su rostro. La observa orondo, los ojos brillantes, y se da vuelta
para mirar a su padre y los demás, que le sonríen y le hacen
señas de victoria desde la piedra alta al borde de la meseta. Mabay
sabe que se ha ganado una cuenta de semillas silvestres o de conchas, aunque
no igual a la de su padre ni a las que utilizan los
cazadores y pescadores expertos. Aún no puede aspirar a esas; de
seguro serán muy distintas a las que colocan sobre los que se van
con los cemíes y son llevados a las cuevas. ¿Será como
la del brujo?
Algún día se ganará un collar grande, después
que el huevo radiante allá arriba salga varias veces más a
alumbrar al cielo negro.
Mabay
se estremece cada vez que su padre lo lleva a escuchar las historias del
brujo. Todos los mayores se hincan de rodillas a su alrededor para tomar
el cusubí sagrado y se introducen lentamente dentro de un pasado
muy viejo, cuando allí vivían los iñeri, que se marcharon
hace mucho tiempo al mundo del Gran Cemí, y los dioses mágicos
emisarios de Yukiyú, que vivieron con ellos por un tiempo. Habían
llegado una vez en canoas enormes por el aire y les transmitieron mucha
sabiduría. Poco antes de partir en sus canoas que volaban como los
abejorros, les entregaron regalos y se llevaron muchas cosas que los iñeri
les dieron como recuerdo de este mundo de abajo.
Mas
todo eso se ha perdido ya, cubierto por la bruma del tiempo. Sólo
quedan las figuras de piedra, de barro o de hueso de manatí, agachadas,
con las manos sobre el vientre. Son las imágenes de aquellos dioses
que un día se marcharon y jamás regresaron, y que tenían
que agacharse para hablar con los iñeri porque eran tan altos que
sus cabezas querían tocar las nubes.
Cuando
el día se hace más brillante, Mabay va hacia el mar. El titán
salado ondula majestuoso en aquel apacible lugar que su pueblo llama Bariay.
La resaca barre la playa con un suave siseo y las olas chocan contra sus
rodillas y forman una espuma burbujeante, para luego regresar en punticos
claros como las estrellas hasta desaparecer. Varias veces ha tenido que
salir corriendo del caney al llamado urgente de los otros, que vienen para
anunciar una arribazón de peces, y quiere encontrar un cobo bien
grande para hacer un guamo y llamar a los cazadores que estén lejos
cuando él vea los peces mientras ayuda a su padre a tejer redes para
la pesca.
Por
las noches el agua y el cielo se unen en una masa muy negra que forma el
mundo impenetrable de Juracán, amo de los ríos y de los mares.
Por eso protege a los maboyas. La noche anterior, Toney, el naboría
de su padre, vino a decir que había visto canoas muy grandes a lo
lejos, en la línea oscura del agua que se une con el cielo. Y Mabay
se puso muy contento y fue donde el behique y le informó que los
dioses que vivieron con los iñeri habían regresado, pero vio
a Omay muy
pensativo. Luego, con el rostro pintado del negro zumo de la jagua, el brujo
se reunió con la gente y le oyó hablar de cuando los dioses
buenos vinieron en sus
canoas que volaban como los pájaros. Que las canoas de los maboyas
no pueden volar y son éstos quienes se acercan por el agua, sigilosos,
para traer la desgracia con sus cuerpos y caras pintados de colores de guerra,
invaden los bateyes y se llevan a los niños y a las mujeres.
Mabay
se acuerda de Yucahuguamá, el dios que una vez dijo que su gente
desaparecería y muchos guerreros de los dioses malignos vendrían
cubiertos con atuendos más duros que las conchas. Siempre sintió
miedo de aquel vaticinio. ¿Serán estos los espíritus
malignos que acompañan a Juracán? Pero Juracán no necesita
de canoas para venir por el mar. El puede convertirse en un pez enorme que
los arrastrará a las aguas para devorarlos. Quienes utilizan canoas
para andar sobre el mar son los hombres, porque las canoas de los emisarios
de Yukiyú vienen solamente desde arriba, del mundo de ellos, más
allá del manto de humo que a veces cubre el cielo. Los que Toney
había visto debieron ser hombres como ellos, quizás hablen
en lengua extraña, pero jamás serán como Juracán
y los maboyas.
Ahora,
cuando va a mirar de nuevo hacia el horizonte, su rostro de tierna avidez
se conmueve con la sorpresa: más acá de la línea oscura
del mar ve las enormes canoas que asustaron tanto a Toney.
Son
tres. |
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