Si
andamos por el mundo veríamos cómo en
muchos sitios el desarrollo de la tecnología
moderna y la expansión demográfica han
dado como resultado la extinción de muchas áreas
verdes para dar paso a gigantes bloques de metal, acrílico
y concreto que forman la materia básica de las
llamadas "grandes ciudades" en los países
más desarrollados. Igualmente, la explotación
–a veces indiscriminada– de la industria
maderera ha tenido consecuencias drásticas debido
a la deforestación.
Las
áreas verdes, siempre se ha dicho, son sinónimo
de salud tanto física como mental para el humano,
además de ayudar a la preservación de
todas las especies de animales marinos y terrestres.
Pero, por desgracia, las áreas verdes no tienen
otro remedio que convivir con la realidad de la expansión
humana y tecnológica.
Como
mucha gente en otras partes, los bonaerenses se han
dado cuenta de la importancia de poder disfrutar de
espacios libres en busca de solaz e independizarse un
poco de las sombras producidas por los altos edificios
que esconden el calor del sol, especialmente en los
inviernos. Parece que se trata de una cuestión
de colores: abandonar el gris cotidiano y correr hacia
el verde abierto al azul.
Debo
transmitir a los porteños que, afortunadamente
para nosotros, esta agravante situación no existe
en St. John's. Somos una ciudad de aproximadamente 180
mil habitantes y sólo hay unos cuantos edificios
altos en el centro de la ciudad y algunos otros, diseminados
en los alrededores de la urbe. El resto de los espacios,
formado por barrios de casas de madera y techos inclinados
para escurrir la nieve, brinda ampliamente la luz solar
por doquier, amén de los amplios espacios verdes
formados por trails, los caminitos para andar, y parques
suficientes donde crece, entre otros, el árbol
nacional del Canadá, el arce, cuya hoja forma
el emblema al centro de la bandera, escoltada por dos
listas rojas.
Incluso
en las grandes urbes canadienses se han edificado parques
y caminitos, pues la conciencia del aerobismo está
bien arraigada en la mayoría de los canadienses,
de la misma manera que ha ocurrido en Buenos Aires en
los últimos años, como lo expresara Germinal
Nogués: "El aerobismo pobló los bosques
de Palermo de improvisados atletas corriendo maratones".
Pero
en St. John's no hay las grandes plazas que posee Buenos
Aires. Sólo en algunos parques las escuelas organizan
juegos de balonpié entre los alumnos, y los mayores
disfrutan de pequeños estadios al aire libre
para practicar sus deportes. No sólo el fútbol;
el hockey es también el deporte nacional en Canadá
y, particularmente, el de los terranovenses, que se
juega patinando sobre el hielo. Claro, la temporada
oficial de hockey es en invierno, pero los más
pequeños han creado la versión en césped
o sobre el pavimento de las calles de sus barrios.
Existen
en este campo otras similitudes entre ambas ciudades.
Es parte de la naturaleza humana. En Buenos Aires los
mayores desarrollan dos juegos tradicionales: el ajedrez
y las bochas. Esto último consiste en una competencia
de lanzamiento de bolas de madera. Por acá lanzan
herraduras hacia una vara de hierro . . . ¿Y
qué decir de los espectáculos musicales?
En reducidos espacios preparados para el montaje de
escenarios, en el centro de la ciudad y en áreas
alrededor de la bahía, acá se ofrecen
espectáculos musicales y teatrales durante la
primavera y el verano; exactamente que en Buenos Aires.
Aunque, naturalmente, en Buenos Aires esto sucede en
plazas de mayor extensión, pero no olvidemos
que la edificación colonial siguió los
mismos patrones por doquier: calles angostas y curvadas,
sin planificación de un verdadero carácter
urbano, que fueron dejando pequeños acres de
terrenos baldíos por toda la ciudad (terrenos
incultos, como dicen los bonaerenses), que también
los llaman "huecos", aunque con el tiempo
la gente, al darles la importancia que tienen, les concedió
el título de plazas. Así, los conocidos
huecos de Zamudio, de Doña Engracia y de los
Cabecitas son las actuales plazas Lavalle, Libertad
y Vicente López.
En
St. John's, los "huecos" dejados por la estructura
colonial en las afueras del centro son hoy sitios donde
sólo se han situado asientos (bancos) para el
disfrute del sol – tan escaso aquí–
y de la lectura. Y al igual que en Buenos Aires, las
plazas construidas en las últimas dos décadas
en St. John's forman parte de la concepción de
la urbe moderna, por lo que se utilizan solamente como
amplias zonas de parqueo para el estacionamiento de
los vehículos de aquellos que vienen todos los
días a hacer sus compras en los establecimientos
comerciales que las rodean.
Este
es el caso de la Plaza Churchill, la Plaza Sobey (un
gigante pulpo empresarial del Canadá Atlántico),
la Plaza de Torbay y los espacios frente a los supermercados
en serie, aquí llamados Village Mall y Avalon
Mall. Algo parecido ocurre frente a las estaciones ferroviarias
y las terminales de transporte colectivo de carretera
en Buenos Aires (la isla de Terra Nova no posee ferrocarril).
Tanto aquí como allá estas plazas vomitan
el mismo traqueteo urbano; sitios de paso, confluencias
de muchedumbres (aunque el concepto de muchedumbre es
mucho más vasto en Buenos Aires que en St. John's).
Pero
aun con las diferencias obligatorias, la gente que afluye
a estas plazas de cemento son los empleados, empresarios,
oficiantes, etc., que siempre andan apurados como si
andar así fuese una ley biológica o un
decreto de gobierno. En Buenos Aires son las plazas
Once, Retiro, Constitución, Flores y Barrancas
de Belgrano. En estos sitios se pueden ver vendedores
ambulantes de todo tipo, amén de los pibes que
tratan de sobrevivir lustrando calzado, limpiando los
parabrisas de los autos o abriendo las puertas de los
taxis a los pasajeros.
Buenos
Aires tiene en la actualidad alrededor de 550 paseos
públicos, entre plazas, parques, plazoletas,
canteros y jardines que cubren un total de mil 78 hectáreas.
St. John's posee también su Jardín Botánico,
de casi mil hectáreas de extensión, muy
cerca del popular centro comercial de Avalon, además
de sus dos parques principales: el Banen y el Bowring
(en este último los chicos se desplazan sobre
las lomas de nieve con sus canoas de invierno).
Sin
embargo, tanto en St. John's como en el resto de la
isla las extensiones verdes constituyen lo natural,
diríase que lo abundante. Para ustedes, según
algunos entendidos en la materia, harían falta
mil hectáreas de plazas en Buenos Aires
–particularmente las llamadas "vecinales"–
para satisfacer las necesidades de la población.
La Organización Mundial de la Salud recomienda
la conservación de diez metros cuadrados de verde
por habitante y en Buenos Aires hay en la actualidad
poco más de dos metros cuadrados.
Espero
que en un futuro cercano se realicen en Buenos Aires
las modificaciones pertinentes para que los porteños
puedan disfrutar de una vida más sana y menos
cargada de los estrés que conlleva la alta tecnología
de las urbes grises. |