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NBuenos Aires desde Cuenca, Ecuador
por Sara Vanégas Coveña »n
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Almorzando con Luisa Valenzuela.
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Conozco a Luisa Valenzuela desde 1986. Fue entonces cuando me encontré con ella, con su literatura, en Madrid, en la Biblioteca Hispánica del Instituto de Cooperación Iberoamericana, mientras investigaba nombres y obras representativas del cuento latinoamericano. Me topé, en esa ocasión, con un texto suyo ya clásico, AQUÍ PASAN COSAS RARAS, parte de un volumen que fuera escrito, posteriormente lo supe, "en aquel '75 aciago", en la época negra de Argentina.

Ése fue mi encuentro inicial con Luisa. Y, aunque no volví a saber de ella en años, a no ser por noticias sobre sus escritos y viajes, tampoco pude nunca olvidar la atmósfera singular de la historia de Mario y Pedro, en aquél café. Y es que la autora nos presenta los hechos -cotidianos- de una manera tan extraordinaria, plena de magia y poesía, humor y ternura; con ese toque tan entrañablemente humano, que inmediatamente nos involucra y nos vuelve cómplices de su escritura.

Ya en 2000, Alicia Yánez (una de las más grandes narradoras ecuatorianas), conocedora de mi viaje a Argentina, me pide entregar su última novela, Y AMARLE PUDE ... a su amiga Luisa Valenzuela, "si se encuentra en Buenos Aires".

Con esta recomendación, una vez en suelo bonarense, Elvira Ibargüen me proporciona el número telefónico de Luisa, y pronto acordamos con ella un almuerzo: Será el sábado próximo.

El sábado, entonces, estoy puntual en su casa. Luisa sale a recibirme con una gran sonrisa de bienvenida (Inmediatamente me siento en confianza).

Tras conversar y picar un poco, me invita a conocer su biblioteca, un amplio y bello espacio lleno de libros y recuerdos de todo tipo, entre los que sobresalen máscaras (alguna ecuatoriana entre ellas) y reproducciones de lagartijas.

Ante su entusiasmo por la colección última: lagartijas dibujadas, en pequeñas esculturas o como detalle de algún objeto, recuerdo aquel viejo mito australiano relacionado con los Watikutjara, que considera a los humanos descendientes de esos dioses primarios en forma de lagartija, con manos casi de hombre. Luisa me escucha con atención y se interesa grandemente por el mito.

Pasamos luego a la mesa: riquísimo vino, ensalada de verduras, papas y, por supuesto, un gran pedazo de carne de res a medio cocer; todo ello, sazonado con la viva conversación de Luisa.

Después del almuerzo, ella me obsequia AQUÍ PASAS COSAS RARAS y otros libros, y me encarga una recopilación de sus cuentos para Alicia (Yo le dejo mi ANTOLOGÍA PERSONAL).

Me acompaña, luego, a esperar el ómnibus de regreso a casa de Elvira. Y nos despedimos con un abrazo.
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