
Julio Cortázar

Julio Cortázar |
Hace
unos días, un estudiante me preguntaba por
mis narradores favoritos. Yo mencioné, entre
otros, a Julio Cortázar. Pero el muchacho
quiso saber los motivos de mi preferencia, y yo,
en respuesta, le escribí algo parecido a
esto:
La insatisfacción y la ironía de Borges
ante la imposibilidad de aprehender el mundo y la
vida se resuelve en Julio Cortázar en una
búsqueda desenfadada de aquello que el maestro
alcanzó a intuir, mas no a desarrollar en
sus escritos: Cortázar abre puertas y ventanas
y se precipita a través de ellas, indagando
por la realidad completa, es decir, empieza a bucear
en aquella otra realidad, en la no apariencial,
que es la que puede proporcionar las claves de muchos
enigmas y misterios, y no solamente evidenciar nuevos
interrogantes.
Cierto es que, ya a finales del siglo XIX los románticos
habían iniciado el largo proceso de desencadenar
las fuerzas ocultas del yo, exaltando el pathos
ante un mundo que ellos consideraban excesivamente
racionalista. Y los surrealistas dieron el paso
siguiente, al anular los límites "naturales"
entre lo racional y lo irracional, lo objetivo y
lo subjetivo, el sueño y la vigilia, el azar
y el cálculo...
Desde entonces, la literatura, o al menos buena
parte de ella, parece haberse impuesto como meta,
ya no tanto la expresión de lo individual
en el ser humano, sino (y siguiendo en buena parte
a Jung) más bien el restablecimiento de éste
a sus lejanos orígenes.
Ahora bien, a partir de las últimas décadas
que hemos vivido, con toda la carga de la "postmodernidad"
y la miseria (no únicamente económica)
a escala planetaria, es ya una certeza que el pobre
ser humano (así, a lo Vallejo) está
llegando, no al fin de la historia, como se pregonó
hace unos años, pero sí a algo mucho
más terrible, al fin de la fe: las grandes
utopías caen, y cuesta mucho sustituirlas.
Ante semejante encrucijada se hace cada vez más
patente la tendencia y la necesidad -muchas veces
inconsciente- de volver a las raíces, a los
mitos, a los arquetipos; en suma, a la parte oscura
del individuo. Y no son precisamente los estadistas
ni los empresarios, quienes atisban por esa hendidura
que nunca logró soldar del todo ni el mayor
confort ( ya podemos "vacacionar" en una
estación espacial) ni la mayor desgracia
humana (y acabamos de sufrir el derrumbamiento de
los símbolos visibles de Estados Unidos y
de Occidente, como se ha dicho). No. Son los artistas
quienes ponen a trabajar sus intuiciones para devolvernos
un esbozo del paraíso perdido, esto es, de
la unidad del ser humano consigo mismo y con lo(s)
demás.
Es en esta coyuntura cuando aparece la obra de Cortázar,
portadora de ese otro enfoque. Pensemos, por ejemplo,
en sus "instrucciones" para llorar, para
tener miedo, para subir escaleras... (hay que repensarlo
todo y actuar como si lo hiciéramos por primera
vez, parece susurrarnos Julio). O pensemos también
en textos tan deliciosos como éste:
"Y si de pronto una polilla se para al borde
de un lápiz y late como un fuego ceniciento,
mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando
su corazón pequeñísimo, y la
oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal
congelado, no todo está perdido."
LA OTRA MIRADA
"El mundo es siempre una manera de mirar",
ha dicho nuestro autor; esto es, que si lo hacemos
adecuadamente, vamos a descubrir imágenes
sumergidas (como la famosa catedral poetizada por
Debussy) en nosotros mismos y a nuestro alrededor:
descubriremos nexos increíbles entre el mundo
de los humanos, y entre éste y el del animal
(allí están para recordárnoslo,
los cuentos de BESTIARIO, de FINAL DE JUEGO, de
HISTORIAS DE CRONOPIOS Y DE FAMAS,...); entre el
mundo de la vigilia y el del sueño; incluso,
entre el mundo ficticio de la literatura y el que
acostumbramos llamar "real" (estamos pensando
en la inolvidable pieza Continuidad de los parques,
por ejemplo, en la que, seguramente se apoyan otros
textos tan novedosos como el guión de La
rosa púrpura del Cairo, de Woody Allen.
De este modo, liberando ya totalmente la escritura
literaria, Cortázar nos revela, de manera
convincente (hay teorías científicas
que explican algunos de los supuestos del escritor)
la existencia de una realidad múltiple, entre
luminosa y tenebrosa, entre mística y elemental;
lo que va, desde luego, en detrimento de la plana
concepción que generalmente tenemos de la
vida y de nosotros mismos; de lo que quizá
deseamos que sea, para evitarnos sobresaltos y retos...
Para sentirnos protegidos, cómodos y dueños
de nuestro destino (y del destino de nuestros semejantes).
Cuestionar todas las implicaciones que conlleva
esta última postura, acomodadiza, "light",
postmoderna es, pues, el arranque de la literatura
de Julio Cortázar.
Y el motivo de mi admiración por su obra. |