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| BUENOS
AIRES DESDE EL MUNDO |
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FLORENCIA,
Italia |
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Francesco Luti |
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al castellano de Pilar Sánchez Laílla |
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Yo
sólo quería ver al Diego jugar
Con o sin lagrimas de sal
Al Diego
jugar tan sólo un poquito
Para que no muera mi sueño infinito
Francesco
Luti
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Los amigos de El
Muro me piden artículos referidos a Florencia y Buenos Aires. Pido disculpas
por si a veces no cumplo con mi deber, pero deben saber que no soy un
buen alumno y que mi cabeza frecuentemente se distrae en seguir recuerdos
no siempre reconducibles a estas dos ciudades. De mi infancia pasada
en una casa del Viale dei Mille en Florencia, recuerdo la terraza del
quinto piso. Desde aquella posición se veía la verde colina de Fiesole
y, justo debajo, una parte del campo, la "cancha", como la llamáis en
Argentina. Vivía en el barrio de Campo di Marte con mi familia, a veinte
metros del Estadio Municipal donde, un domingo tras otro transcurrían
siempre los partidos de la Fiorentina, mi equipo.
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En
aquella "cancha" he visto muchos jugadores argentinos. Cuando
tenía once años llegó a la Fiorentina Daniel
Ricardo Bertoni. Daniel, de Bahía Blanca, era un muchacho simpático.
Un año después vino el "Caudillo" Passarella,
que vivía a pocos metros de mi casa; una figura importante,
un campeón del mundo. Lo esperé para un autógrafo
el día de su llegada. Tenía doce años, mi padre
y mi madre estaban preocupados porque era ya la hora de la comida
y yo aún no había vuelto a casa. Florencia estaba sumida
en el calor de julio, yo era un muchacho que había esperado
toda la mañana con el corazón lleno de emoción
la llegada del campeón con cara de indio.
Algunos años después llegó a la ciudad de Dante
el "Pelado de La Rioja", Ramón Ángel Díaz.
Hicimos amistad; el "Pelado" hablaba poco, pero cuando chutaba
con el pie izquierdo era mortal. Pasábamos juntos unas largas
medias horas hablando de su tierra, del Río de la Plata, de
los goles a Gatti en el estadio Monumental.
Entonces fui creciendo y llegaron Derticia, La Torre, después
Batistuta, para nosotros los florentinos Bati-gol, pero era ya otro
el modo de entender el juego del fútbol. |
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Sin embargo, ahora
quiero contarles otra historia de fútbol, ligada a Buenos Aires
y a Florencia:
"Érase una vez
Un rey! -dirán rápidamente mis pequeños lectores.
No, muchachos, habéis fallado. Érase una vez un tronco
de madera."
Quiero parafrasear el inicio de un libro universal: "Las aventuras
de Pinocho", que Carlo Lorenzini, artísticamente conocido
como Collodi, escribe en su pequeña casa de Florencia a finales
del siglo XIX. Collodi, para poder pagar sus innumerables deudas de juego,
reescribió varias veces el final de su libro, aunque murió
igualmente pobre.
Quiero comenzar con Pinocho porque también la historia que voy
a contar es un cuento, para grandes y pequeños. Un cuento que
viví primero de pequeño y que después continúo
viviéndolo dentro de mí ahora que soy mayor, cuando vuelvo
a recordar mi adolescencia, a los amigos que he perdido en el camino
y que no volveré a ver. |
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"Érase
una vez…
Un rey! -diréis vosotros, no, no aún. Érase una vez Buenos Aires,
y en Buenos Aires había un barrio pobre, y en el barrio pobre había
una chavola de metal, y dentro de la chavola había un balón barato
y junto al balón barato, había un pie y tras el pie un muchacho que
dormía encogido con "un pied près de mon cœur!", para decirlo al modo
de Rimbaud. |
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Aquel muchacho
se llamaba Diego Armando Maradona. Aunque en mi vida sólo estoy
seguro de muy pocas cosas, puedo afirmar que será difícil
volver a ver a un futbolista tan habilidoso. Vi jugar a Diego por primera
vez en Florencia, en agosto de 1981. La selección nacional de
Menotti había venido a mi ciudad para jugar un partido amistoso.
Venció 5 a 2 contra la Fiorentina que en aquel año había
casi conquistado el escudeto (el título de campeón de la
liga italiana). Un equipo muy fuerte, aquél entrenado por Giancarlo
"Picchio" De Sisti.
En la selección argentina había un muchachito, un pibe,
pero no era un pibe cualquiera, un "pibe de oro" de 19 años
que con la pelota siempre en su pie izquierdo andaba a una velocidad
increíble. Diego metió dos goles, uno de los cuales fue
antológico: túnel en el área a Viercowod e izquierda
inmediata bajo el cuadrante de la portería, con el portero Giovanni
Galli inmóvil. No se había visto jamás un jugador
así. Incluso en aquel estadio por el que habían pasado
Garrincha, Pelé, Di Stefano, Puskas, Julinho, Mazzola y otros
tantos campeones.
Volví a ver a Diego jugar en Florencia en el invierno de 1985.
Venció el Nápoles con otra de sus perlas preciosas en medio
de la hierba helada de aquel día: un tiro al vuelo en diagonal
con Galli todavía inmóvil.
Otras veces tuve la oportunidad de ver a Diego, hablamos. Estaba siempre
rodeado de personas, pero un día conseguí darle uno de
mis libros que hablaba de fútbol y de "mis" campeones.
Me dio las gracias, hablamos unos minutos enfrente del hotel donde se
alojaba el Nápoles; eran ya altas horas de la noche, nos saludamos
con una sonrisa y después Diego desapareció engullido por
la puerta del ascensor. Durante unos pocos minutos había tenido
delante de mí a un muchacho, que después fuera el futbolista
más importante del mundo era sólo una cuestión particular.
Tenía una sonrisa en su rostro, una sonrisa triste como un tango.
Continué, también por mis andaduras periodísticas,
yendo al estadio de Florencia, a pocos metros de la casa donde viví
los primeros diez años de mi vida. En los jardines de alrededor
pasé tanto tiempo persiguiendo un balón. A veces me sorprendo
preguntándome si quizá ese amor infinito por el fútbol
está aún, escondido en alguna parte dentro de mí.
Lo imagino sepultado por la tierra de un juego que ya no es más
un juego, sino un negocio lleno de intereses, de millones, de doping
y de personajes que es mejor no recordar.
He visto a muchos campeones correr en el rectángulo del Campo
di Marte, y, aunque buenos, sin embargo no han logrado remover mis emociones
como cuando estaba Diego. Lo he visto llorar en Buenos Aires el 10 de
noviembre de este año, en su partido de despedida del fútbol.
El campo era otro (su "Bombonera" en el barrio de la Boca);
y era otro Diego, un Diego herido por la vida, una vida más grande
que él.
Me he preguntado también cuándo acabará este deporte
(que de algún modo está ya acabado), una "locura"
colectiva amada por millones de personas en todo el mundo. Quién
sabe qué día sin fecha todos los futbolistas abandonarán
la escena, viejos ya, y entonces como en una buena película los
diversos Briegel, Matthaus, Gentile, Passarella, Garrincha se quitarán
el maquillaje para salir de escena. Ese día le tocará a
Diego quedarse para el último monólogo, un instante...
para siempre, antes de que caiga el telón con la lágrima
infinita de Pierrot sobre el rostro.
Gracias Pibe por haber hecho soñar a un niño, cuidáte! |
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