| Resulta
extraordinario pensar cómo un poeta como Rodolfo Wilcock
pudo conseguir utilizar dos lenguas diferentes con la misma
maestría. La poesía, generalmente, va acompañada
de la lengua recibida en la infancia, con los sonidos y las
imágenes absorbidas de niño. En este mi escrito
"argentino" quiero, precisamente, recordar la figura
de Rodolfo Wilcock que nació en Buenos Aires en 1919,
de padre inglés y madre de origen italiano. Figura de
relieve en el panorama de las letras de los años sesenta
en las facetas de poeta, narrador, ensayista, traductor, historiador
de costumbres y autor teatral. Wilcock llegó a Italia
en 1958, después de graduarse en ingeniería en
la capital de Argentina, llevándose a nuestro país
el equipaje de joven intelectual y de poeta "discípulo"
de Borges.
Wilcock
comenzó a colaborar con algunos periódicos y
revistas, entre ellas, "Il Mondo", "La Voce
Repubblicana", "Sipario" e "La Nazione"
de Florencia. Precisamente a Florencia Wilcock iba a menudo
a encontrarse con su amigo Eugenio Montale. El futuro Premio
Nobel de literatura, Montale, vivía cerca de la Plaza
Beccaria enfrente de la sede del periódico "La
Nazione". La pasión de ambos por la poesía
y por las traducciones era el "plato fijo" de la
casa de Montale. Y de Montale, Wilcock era también
uno de sus más estrechos colaboradores, dándose
prisa la mayor parte de las veces en el trabajo de redacción
del poeta de los "huesos de sepia".
Verdaderamente
Wilcock fue un poeta de fina sensibilidad crepuscular; muchas
de sus recopilaciones poéticas fueron publicadas primero
en español y, sucesivamente traducidas por él
mismo al italiano. Se recuerdan: "Primer libro de poemas
y canciones" (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1940),
"Ensayos de poesía lírica" (López,
Buenos Aires, 1945), "Los hermosos dias" (Emecé,
Buenos Aires, 1946), "Sexto" (ibid., 1953), "Luoghi
comuni" (Il Saggiatore, Milano, 1961), "Poesie"
(Guanda, Parma, 1963), "La parola morte" (Einaudi,
Torino, 1968), "Italienisches Liederbuch. 34 poesie d'amore"
(Rizzoli, Milano, 1974).
Como novelas
se recuerdan: "Il tempio etrusco" (ibid. 1973) y
los cuentos "Fatti inquietanti" (Bompiani, Milano,
1960), "Lo stereoscopio dei solitari" (Adelphi,
Milano, 1972), "I due allegri indiani" (ibid. 1973),
"Parsifal, i racconti del 'Caos'" (ibid. 1974),
"L'ingegnere" (Rizzoli, Milano, 1975), "Il
libro dei mostri" (Adelphi, Milano, 1978), e "La
sinagoga degli iconoclasti" (ibid., 1972) una recopilación
de biografías imaginarias.
El trabajo
de narrador reveló una notable capacidad ecléctica
que tendía a conjugar realismo exasperado y cualidad
fantástica, ironía y crueldad, sentido de la
sorpresa y gusto erudito, hasta el límite de una evidente
extravagancia. Su narrativa era recorrida por una mezcla singular
de crueldad y visiones. Sobre el gusto de la cita erudita
y de la argucia, en los últimos años prevaleció
una vena de exasperada y profunda amargura.
Parte de sus obras teatrales se recogen en "Teatro in
prosa e in versi" (Bompiani, Milano, 1962). Ediciones
póstumas son: "L'abominevole donna delle nevi
e altre commedie" (Adelphi, Milano, 1982)y "Le nozze
di Hitler e Maria Antonietta nell'inferno" (Lucarini,
Roma, 1985).
Importante
fue también su actividad de traductor: Marlowe, Shakespeare,
el Joyce de "Finnegan's Wake", "Por las calles
de Londres" de Virginia Woolf, y sus obras maestras en
inglés. Después, los amigos Bioy Casares y Jorge
Luis Borges; finalmente Jean Genet e Samuel Beckett. Todo
ello para completar el cuadro de una trayectoria significativa
para la literatura internacional del siglo pasado, un camino
compuesto por lenguas diferentes que se han mezclado entre
ellas en un amasijo literario que ha expresado uno de los
intelectuales más importantes del panorama del veinte.
Wilcock
se apagó en Lubriano en la provincia de Viterbo en
1978. Me gusta recordarlo en los versos de un amigo suyo,
el actor y poeta Vittorio Gassman, en una poesía desconocida
para la mayoría.
Meta-milonga per Rodolfo Wilcock e il suo gatto
Rodolfo
Wilcock: non so d'altra mente
più geometrica e più mercuriale;
non so se mai ci fu intellettuale
tanto mortuariamente intelligente.
Non è un caso si fosse formato
con Luis Borges e con Bioy Casares,
alchimisti del dedalo quadrato,
della grande rovina circolare.
Tanto meno è casuale che sia
Parola morte la vetta simmetrica,
la più sua tra le sfide poetiche,
e il paradigma di un'alta pazzia.
Non è un caso che la sua iterazione
si alleasse allo zeugma e all'anàstrofe,
che l'anagramma e l'epìstrofe
suoni in lui naturale scansione;
che da quel criptico ritmo
parole-larve (non parole) nascessero;
«FUTSIRI»
«SERTYVED»
e
declinassero
i geroglifici del gran logaritmo.
Non stupisce se in cose e persone
il contatto col suo segreto cifrario
inoculava il germe visionario,
l'assurdo unicum della mutazione.
Nello spoglio salone a Velletri
(parlavano di Marlowe da ore)
sussultò e tacque il Visitatore
entro il guizzo dei moccoli tetri:
perché gli era parso passare
un gatto grosso dalla rossa pancia
e: «Mi annoio!
» imprecare
«SERTYVED!» con perfetta pronuncia.
«Ma io
ho visto un gatto
» esclamò
stropicciandosi gli occhi. E Rodolfo,
un po' seccato: «È la solita solfa.
Sì, è il mio gatto, che c'è?» bofonchiò.
«Ecco, un gatto
ma è un gatto che parla!»
E il poeta: «Non sempre, però».
Voltò pagina e un blank-verse citò
riprendendo il discorso su Marlowe
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