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NBuenos Aires desde Florencia, Italia
por Francesco Luti»n
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Los ojos de Beppo.
Traducción de Pilar Sánchez Laílla Versión en Italiano »
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Giuseppe Pontiggia (Beppo)
y Francesco Luti

Con un retraso imperdonable debido a motivos personales, querría presentarme de nuevo a los amigos de El Muro con una “columna” estrechamente unida a Argentina. Estaba meditándola cuando, ante la inminencia de escribirla, me ha sorprendido de improviso la noticia de la muerte de mi amigo el escritor Giuseppe Pontiggia. Apenas han pasado dos semanas (hoy que escribo esto es 10 de julio) y he de decir que todavía no soy muy consciente de su ausencia. Pontiggia era y es un gran escritor. No es que lo diga yo, lo dicen sus años de carrera, los prestigiosos premios a nivel internacional (Premio Strega, Premio Satira Politica, Premio Super Flaiano, Premio Palazzo al Bosco, Premio Brancati, Premio Rhegium Julii, Premio Pen Club, Premio Casentino, Premio Campiello y Premio Nietzsche), las variadísimas traducciones de sus títulos. Lo dicen muy bien sus palabras tan medidas, pulidas y cuidadas: Pontiggia era un auténtico escritor como quedan pocos hoy en día en Italia.

Beppo, así lo llamaban sus amigos, me había escrito una carta fechada el 15 de junio. Era nuestro modo de matener el contacto y de dialogar. Una vez más, después de haber leído atentamente mis trabajos de traducción y mi prosa narrativa, tenía para mí frecuentemente palabras de elogio y de consejo. Reiteraba siempre que la literatura formaba parte de mi “carácter-destino” y que esto era un “don raro y preciado”. Leía mis textos y, algunas semanas después, siempre puntual, me hacía llegar su carta, la cual yo esperaba siempre con ansia y

curiosidad. Beppo nunca se repetía en sus juicios ni en sus comparaciones, es más, sabía encontrar cada vez palabras nuevas para describir sus impresiones acerca de mis trabajos.

Durante estos años he establecido contacto con otros escritores; algunos son amigos, pero ninguno antes de Beppo me había demostrado tanto interés por mis trabajos y esto he de decir que ha sido siempre para mí un gran motivo de orgullo.

Y ahora me encuentro aquí, triste y rabioso por no tenerlo ya a 300 km de distancia (vivía en Milán), y por no poder ya recibir una de sus cartas. A mí la muerte de las personas queridas me da rabia, un gran rabia, porque la vida es cruel cuando se da la vuelta a la cara de la moneda. Y la rabia cuando se mezcla con la tristeza hace aún más daño.

He comprado los periódicos del día después de la muerte de Beppo. Parece casi imposible pero he leído de golpe más de 15 artículos en los principales periódicos nacionales. Distintos artículos, cada uno con su sello, pero lo que más me ha emocionado ha sido una foto reciente de Beppo. Tenía aquella sonrisa agradable, pero los ojos eran distintos, más cansados, más desgastados, probablemente por la incidencia de la enfermedad. Yo, en cambio los recordaba diferentes: tan vivos, en un hombre tan alto y fuerte ellos eran como dos puntos pequeños y vivarachos, que me seguían mientras hablaba de literatura.

Recuerdo cuando vino a Murcia (en España) en la primavera de 1995, donde entonces me encontraba trabajando como lector de italiano. Pasamos dos días junto a los amigos españoles. Cuando antes de ir a cenar nos quedábamos hablando solos por la calle de regreso al hotel, Beppo se abría. Hombre de pocas palabras dichas a voces, esquivo y tímido, me contaba sus experiencias en el banco de joven y me animaba a seguir el camino que más me gustase. Ha sido uno de los pocos que me ha animado a seguir mi auténtica pasión: la literatura. Una de aquellas conversaciones, debo admitirlo, ha permitido que de mi actividad de abogado cambiase con un giro imprevisto de 180º la dirección de mi vida, hacia un lugar incierto.

Quiero también rememorar una tarde murciana en la que Beppo me pidió que lo acompañase a una librería. Pontiggia era un gran colleccionista de libros: en Milán había tenido que alquilar una segunda casa para colocarlos: tenía cerca de 40.000. Después de las entrevistas volamos rápidamente por la calle Santo Cristo y acabamos en Diego Marin en la librería. Había un libro suyo en una bonita edición en la traducción española: creo que era Grijalbo con la portada en naranja. A pesar de su imponente volumen subía las escaleras con agilidad para coger, comprobar y ojear los textos. Compró una preciosa y pesada edición de Borges, y una Santayana, y alguna cosa más que ahora no recuerdo.
Hablamos del arte de escribir, de los libros que estábamos leyendo, y Pontiggia escuchaba a este muchachete al que le gustaba hablar de literatura. Estrechamos la amistad, una amistad sincera que a pesar de la diferencia de edad era muy natural.

Ahora que Beppo no está más entre nosotros permanecerá fijo el recuerdo de un gran exponente de la lengua y de la literatura italiana, probablemente uno de los dos o tres nombres que sobrevivirán a las modas, a las lluvias del tiempo. Entre sus libros más conocidos hay que recordar: El arte de la fuga (1968), El jugador invisible (1978), La muerte en el banco (1979), La gran noche (que a pesar del célebre Premio Strega, Beppo quiso reescribirlo completamente, póstumo signo de su gran dote: la humildad); después Vida de hombres no famosos (1993) pasando por otros hasta el celebradísimo Nacidos dos veces del 2000, un libro extraordinario que describe como ningún otro la condición del minusválido en la sociedad actual, probablemente el libro italiano más bonito de los últimos diez años. Permanecerá siempre conmigo el ejemplo de un gran escritor y de una extraordinaria y sencilla persona.
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