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| BUENOS
AIRES DESDE EL MUNDO |
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| Las
Muchachas Suizas son Horribles |
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Vuelvo
impresionado por la extraordinaria fealdad de las muchachas
suizas.
Tienen las caras llenas de pecas, son muy cursis,
tienen manos y pies gigantescos… |
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Clichés,
prejuicios, o como quiera que se llame esta costumbre
de etiquetar a los demás y luego llenarlos de calificaciones
positivas o negativas. El cliché citado es de Borges,
un Borges adolescente escribiendo en una carta a los amigos
porteños sus impresiones desde Ginebra. Como si conociera
a todas las muchachas suizas. Como si fuera él la persona
más indicada para juzgar la belleza femenina helvética.
Y como si realmente las chicas suizas fueran tan feas.
El observador Georgie tal vez tenía un poder especial
para detectar extremidades femeninas tamaño baño. No lo
sabemos.
¿O habrá querido decir don Jorge Luis algo más? Con alguna
experiencia de leerlo podríamos sospechar un par de mensajes
torturados. Incluso un amor despechado, con aquella reacción
tradicional del "si ella no me dio ni la hora, todas son
horribles". También podría ser que ninguna chica lo hubiera
despechado, que ninguna le hubiera dirigido siquiera la
atención. Sería otro motivo para el comentario. Y una
tercera pista sería el orgullo porteño por las chicas
porteñas (y por todo lo porteño). Ellas sí tienen la proporción
divina en pies y manos. En fin, en Ginebra paso día a
día del trabajo a casa y de casa al trabajo frente al
cementerio des rois de Plainpalais, a metros de la tumba
del escritor. |
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Día a día
pensando ¿por qué habrá estimado tan bajo estas bellezas? Clichés.
"Ginebra, la ciudad de Borges". Propongo ahora un cambio de
papeles. Ellos son nosotros y nosotros somos ellos. Limpios,
organizados, nos gusta ser formales y educados. Estamos orgullosos
de nuestra confederación, nuestra patria, nuestra bandera que
lucimos por todos lados. Esta cruz blanca sobre un pleno rojo
simboliza mucho más que una patria limpia y ordenada (y cristiana,
dicho sea de paso).
Es verdad que nos costó muchos siglos, pero al fin conseguimos
la paz entre nosotros. No importa el cantón de origen, la lengua
o el credo religioso, un suizo es suizo en todos lados, con
los mismos derechos y obligaciones. Y las mismas ventajas. Somos
neutrales, nos mantenemos al margen de cualquier conflicto.
Esto, en sí mismo, es positivo. Pero ocurre que esta política
también nos margina de Europa y del mundo. A pesar de nuestra
costumbre centenaria de recibir exiliados políticos y económicos,
nos da miedo el inmigrante. Puestos a elegir, en general, preferimos
un suizo como vecino, colega o novio de nuestra hija. Y si es
blanco y germánico, mejor. Claro que este temor no es privativo
de los suizos, y hay que ver que somos bastante más tolerantes
a la inmigración que otros países europeos que nos rodean. Bueno,
para ser sinceros, hay por aquí unas cuantas ollas podridas.
Y no de fondue, precisamente. En el emporio de la banca privada
duermen muchos dineros mal habidos, sucios y en muchos casos,
manchados de sangre, enfermedad y sufrimientos ajenos. Pero
todo defecto se compensa con una virtud: somos tal vez la gente
más discreta del mundo.
En cuanto a ellos... difícil tarea. A primera vista, el país
más europeo de América del Sur, como si los españoles y portugueses
no fueran europeos. Y como si el hecho de ser europeo fuera
una virtud con respecto al indígena americano. El tango, el
fútbol, la carne. En este nivel, nos gusta especialmente su
naturaleza. Las montañas y la selva y la puna son algo único,
que atrae hasta la pasión (y eso que un suizo apasionado puede
parecer raro). Pero yendo un poco más allá, por Dios, qué lío.
Es un caos. No se los decimos nunca, pero esa es la verdad.
¡Y el tráfico! Es para desanimar hasta a un planificador de
tránsito suizo. Y la gente: abierta, simpática, amistosa, bulliciosa
y algo triste. Es verdad, Borges no para de hablar de eso, un
valor muy importante para ellos es la amistad. A veces, demasiado
importante, como ocurre a sus políticos y a Martín Fierro. También
son contradictorios, se quejan siempre, prometen demasiado y
luego no pueden cumplir. Son complicados, impulsivos, llenos
de excusas. Y algo que nos llama mucho la atención: todo ese
enorme país parece terminar en las orillas de Buenos Aires.
El interior del país vive totalmente ignorado. Para un porteño,
sólo otro porteño parece ser argentino. Y al resto, claro, no
le gusta. A esta ignorancia habría que agregar también la que
manifiestan hacia el resto del continente. Dejando de lado tres
o cuatro comentarios por las chicas chilenas y por las playas
brasileras, la misma actitud porteña se proyecta hacia América
Latina.
Llama la atención es esta manía del prejuicio con hondas raíces
artísticas. Es otro caso de la realidad que imita al arte. Queremos
creer que los argentinos son así, como Martín Fierro. Y logramos
creerlo. Llegamos a creerlos a todos grandes bailarines de tango,
y valientes compadritos, y habilidosos jugadores de fútbol y
de polo. Y ellos nos creen a todos discípulos de Guillermo Tell,
limpios, organizados, esforzándonos más por la comunidad que
nosotros mismos.
Es una pena vivir de clichés. Nos impide abrirnos, conocer gente
nueva. Nos enfoca la vista en la hoja que cae o en la flor que
nace, pero nos impide mirar el conjunto de los colores del bosque.
Y también nos impide ver las luminosas chicas suizas. Como a
Borges. |
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Carta de Jorge Luis Borges de 1917 citada
por Alejandro Vaccaro,
"Georgie 1899-1930", Editorial Proa Alberto Casares, Buenos
Aires (1996) |
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