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BUENOS AIRES DESDE EL MUNDO
GINEBRA, Suiza
por Edmundo Murray
edmundo_murray@hotmail.com
Las Muchachas Suizas son Horribles
 
Vuelvo impresionado por la extraordinaria fealdad de las muchachas suizas.
Tienen las caras llenas de pecas, son muy cursis,
tienen manos y pies gigantescos…
 
Clichés, prejuicios, o como quiera que se llame esta costumbre de etiquetar a los demás y luego llenarlos de calificaciones positivas o negativas. El cliché citado es de Borges, un Borges adolescente escribiendo en una carta a los amigos porteños sus impresiones desde Ginebra. Como si conociera a todas las muchachas suizas. Como si fuera él la persona más indicada para juzgar la belleza femenina helvética. Y como si realmente las chicas suizas fueran tan feas. El observador Georgie tal vez tenía un poder especial para detectar extremidades femeninas tamaño baño. No lo sabemos.
¿O habrá querido decir don Jorge Luis algo más? Con alguna experiencia de leerlo podríamos sospechar un par de mensajes torturados. Incluso un amor despechado, con aquella reacción tradicional del "si ella no me dio ni la hora, todas son horribles". También podría ser que ninguna chica lo hubiera despechado, que ninguna le hubiera dirigido siquiera la atención. Sería otro motivo para el comentario. Y una tercera pista sería el orgullo porteño por las chicas porteñas (y por todo lo porteño). Ellas sí tienen la proporción divina en pies y manos. En fin, en Ginebra paso día a día del trabajo a casa y de casa al trabajo frente al cementerio des rois de Plainpalais, a metros de la tumba del escritor.
Día a día pensando ¿por qué habrá estimado tan bajo estas bellezas? Clichés. "Ginebra, la ciudad de Borges". Propongo ahora un cambio de papeles. Ellos son nosotros y nosotros somos ellos. Limpios, organizados, nos gusta ser formales y educados. Estamos orgullosos de nuestra confederación, nuestra patria, nuestra bandera que lucimos por todos lados. Esta cruz blanca sobre un pleno rojo simboliza mucho más que una patria limpia y ordenada (y cristiana, dicho sea de paso).
Es verdad que nos costó muchos siglos, pero al fin conseguimos la paz entre nosotros. No importa el cantón de origen, la lengua o el credo religioso, un suizo es suizo en todos lados, con los mismos derechos y obligaciones. Y las mismas ventajas. Somos neutrales, nos mantenemos al margen de cualquier conflicto. Esto, en sí mismo, es positivo. Pero ocurre que esta política también nos margina de Europa y del mundo. A pesar de nuestra costumbre centenaria de recibir exiliados políticos y económicos, nos da miedo el inmigrante. Puestos a elegir, en general, preferimos un suizo como vecino, colega o novio de nuestra hija. Y si es blanco y germánico, mejor. Claro que este temor no es privativo de los suizos, y hay que ver que somos bastante más tolerantes a la inmigración que otros países europeos que nos rodean. Bueno, para ser sinceros, hay por aquí unas cuantas ollas podridas. Y no de fondue, precisamente. En el emporio de la banca privada duermen muchos dineros mal habidos, sucios y en muchos casos, manchados de sangre, enfermedad y sufrimientos ajenos. Pero todo defecto se compensa con una virtud: somos tal vez la gente más discreta del mundo.
En cuanto a ellos... difícil tarea. A primera vista, el país más europeo de América del Sur, como si los españoles y portugueses no fueran europeos. Y como si el hecho de ser europeo fuera una virtud con respecto al indígena americano. El tango, el fútbol, la carne. En este nivel, nos gusta especialmente su naturaleza. Las montañas y la selva y la puna son algo único, que atrae hasta la pasión (y eso que un suizo apasionado puede parecer raro). Pero yendo un poco más allá, por Dios, qué lío. Es un caos. No se los decimos nunca, pero esa es la verdad. ¡Y el tráfico! Es para desanimar hasta a un planificador de tránsito suizo. Y la gente: abierta, simpática, amistosa, bulliciosa y algo triste. Es verdad, Borges no para de hablar de eso, un valor muy importante para ellos es la amistad. A veces, demasiado importante, como ocurre a sus políticos y a Martín Fierro. También son contradictorios, se quejan siempre, prometen demasiado y luego no pueden cumplir. Son complicados, impulsivos, llenos de excusas. Y algo que nos llama mucho la atención: todo ese enorme país parece terminar en las orillas de Buenos Aires. El interior del país vive totalmente ignorado. Para un porteño, sólo otro porteño parece ser argentino. Y al resto, claro, no le gusta. A esta ignorancia habría que agregar también la que manifiestan hacia el resto del continente. Dejando de lado tres o cuatro comentarios por las chicas chilenas y por las playas brasileras, la misma actitud porteña se proyecta hacia América Latina.
Llama la atención es esta manía del prejuicio con hondas raíces artísticas. Es otro caso de la realidad que imita al arte. Queremos creer que los argentinos son así, como Martín Fierro. Y logramos creerlo. Llegamos a creerlos a todos grandes bailarines de tango, y valientes compadritos, y habilidosos jugadores de fútbol y de polo. Y ellos nos creen a todos discípulos de Guillermo Tell, limpios, organizados, esforzándonos más por la comunidad que nosotros mismos.
Es una pena vivir de clichés. Nos impide abrirnos, conocer gente nueva. Nos enfoca la vista en la hoja que cae o en la flor que nace, pero nos impide mirar el conjunto de los colores del bosque. Y también nos impide ver las luminosas chicas suizas. Como a Borges.
 
Carta de Jorge Luis Borges de 1917 citada por Alejandro Vaccaro,
"Georgie 1899-1930", Editorial Proa Alberto Casares, Buenos Aires (1996)
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2001, El Muro Cultural