| Los zapatos
hundiéndose en el recalentado pavimento de Cabildo y
Lacroze, el sudor recorre tu rostro sofocado bajo las diminutas
hojas del jacarandá. Un colectivo ruge cerca, demasiado
cerca. Ya estás acostumbrado al ruido pero necesitas
algo de paz, sombra, sosiego.
Te acuerdas
ahora de aquel viento helado que venía del lago, la
"bise". La gente huyendo del frío, la mirada
fija en las calles solitarias de Ginebra, luchando sin éxito
contra el aire que llega sin obstáculos desde el polo
norte. Y el silencio: un velo invisible sobre los coches,
las conversaciones, el río, los árboles. Hasta
el viento era silencioso, invisible, sin mover las ramas,
sin levantar una falda, las chicas vestidas de negro, marrón
y gris, los viejos sin ojos en el borde del lago, los peces,
cigüeñas esbeltas y vacías, estatuas y
depósitos bancarios, organizaciones internacionales
repartiéndose el botín de los pobres del mundo,
políticas de desarrollo para los países más
ricos, migajas de vergüenza para los más débiles.
Esperando
el segundo colectivo porque el primero pasó veloz,
atiborrado de pasajeros molestos. La gente impaciente, alguno
rumiando, dos señoras comentan sus desgracias en voz
alta, casi gritando para poder oírse. Hablan al mismo
tiempo, así va el país, si nos tratan de esta
manera imagínese a los que no pueden pagar el transporte,
es culpa de los radicales, los peronistas, los coreanos, la
burocracia del gobierno. Lo que falta es educación,
antes no era así, ahora todo es un gran negocio.
Mientras
te esfuerzas para leer tu libro, se acerca aquel chico a pedirte
una moneda. Tiene unos seis años, la madre está
más allá, esperando que saques la billetera
para darle la moneda. Ella es muy joven, vestida con una falda
de raso amarillenta. Te muestra las piernas haciéndote
pensar en las chicas del puerto. Sonríe tristemente.
Las muchachas
del Pâquis: jamás una sonrisa, un color, una
melodía, una flor. Esa mirada dura, sin estrellas,
sexo caro y rápido entre las sombras. Cemento y tarde
gris en el viento de Ginebra. Una copa o dos, no hay nada
de que hablar. Botas rojas y brillantes, altas, por arriba
de las rodillas. Un top verde en colores pastel, la falda
de pana negra, el pelo también rojo. Vous n'avez pas
de la monnaie? Los banqueros privados, los gerentes de los
banqueros, los clientes de los banqueros, los proveedores
de los banqueros. El hijo del banquero. En Suiza la prostitución
es una profesión legal, con seguro de desempleo, impuestos
y jubilación. El proxeneta es tolerado por la ley,
en forma de propietario de hotel, restaurante, bar. Ellas
han llegado en los últimos cinco o seis años.
Vienen de Rusia, Kosovo, Albania, Serbia. También de
República Dominicana, Cuba, Burkina Faso, Vietnam,
Brasil. Las más buscadas, de acuerdo al banquero argentino,
son nórdicas, blancas, depiladas y sin olor. Chicas
de pueblitos rurales del interior de Suecia, Dinamarca, Noruega.
Las de Finlandia se hacen pasar por escandinavas. Llegan con
permiso de residencia para trabajar como "fille au pair",
conocen alguien poderoso en un sofisticado bar, elegante,
cool. El poderoso las lleva a una fiesta privada, y al salir
pueden comprarse un vestido nuevo, una moto, un viaje al sol
de España. Son caras, divertidas. Y hablan inglés
sin acento, las nórdicas.
Pero en
Flores eran dulces, amables, te enseñaban algunas palabras
en coreano, recetas de pastas fritas, frases enteras que aprendías
sin dificultad. Y les enseñabas español, inglés,
guitarra. En Córdoba y Corrientes el peligroso colectivo
te escupe con esfuerzo hacia la calle. Otra vez el sol insoportable.
Una promotora de jubilación privada te sonríe
como la chica de las piernas. Hasta puedes creer que es a
ti a quien se dirige. Te gustaría que deje de mirarte,
acercar tu cuerpo al suyo, besarla, pasar la lengua por esos
dientes blancos, perfectos, sentir su cuerpo bajo la minifalda
azul y la camisa blanca del uniforme.
Nunca
has visto promotoras en Suiza. La publicidad es escasa e inútil.
Obvia. Los comercios cierran a las siete. En Ginebra hay sólo
un shopping, cerrado los domingos. Y en las tardes hay borrachos,
putas de Europa Oriental, mercenarios, inmigrantes, suicidas,
diplomáticos de ironía fina y fina hipocresía,
familias de generaciones de banqueros protestantes, sobrios
y gentiles abogados, aburridos, avaros, de mirada estricta
y comportamiento intachable. Hay también vendedores
de ilusiones, ilusiones pequeñas, de laboratorio, ilusiones
que jamás llegaron a ser otra cosa que una cara fantasía.
Y líderes desilusionados, predicadores roncos, políticos
sin sonrisa, profesores que tartamudean con inteligencia y
poco tacto, enfermeras sin uniforme, niños que no juegan,
escuelas en silencio. Y calles bajo la sombra de los grandes
plátanos, parques higiénicos y bien diseñados,
mansiones de seis pisos y edificios respetuosos.
Pero en
Ginebra falta algo. En Ginebra no hay pobres. No hay nadie
tirado en la calle, pidiendo pan, paz, trabajo. Esos viejos
de vestidos grasientos durmiendo la siesta de un aromo con
flores de oro. Los chicos de la banda en Parque Chacabuco,
"el chabón que mata por un faso" y la Negra
y Coco y Rulo y Stradi, con dos entradas a los 16 años.
El ex torturador que ahora enseña Derecho en la facultad.
La madre aún espléndida que llora a su hijo
aún desaparecido. No hay. No hay y parece (sólo
parece) que nunca los ha habido. Seres humanos, carne, huesos
con estrellas en los dientes.
Hombres,
mujeres, miradas, sudor, miedo, amor. No hay. No.
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