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BUENOS AIRES DESDE EL MUNDO
GINEBRA, Suiza
por Edmundo Murray
edmundo_murray@hotmail.com
Con la metáfora a otra parte
 
Los zapatos hundiéndose en el recalentado pavimento de Cabildo y Lacroze, el sudor recorre tu rostro sofocado bajo las diminutas hojas del jacarandá. Un colectivo ruge cerca, demasiado cerca. Ya estás acostumbrado al ruido pero necesitas algo de paz, sombra, sosiego.

Te acuerdas ahora de aquel viento helado que venía del lago, la "bise". La gente huyendo del frío, la mirada fija en las calles solitarias de Ginebra, luchando sin éxito contra el aire que llega sin obstáculos desde el polo norte. Y el silencio: un velo invisible sobre los coches, las conversaciones, el río, los árboles. Hasta el viento era silencioso, invisible, sin mover las ramas, sin levantar una falda, las chicas vestidas de negro, marrón y gris, los viejos sin ojos en el borde del lago, los peces, cigüeñas esbeltas y vacías, estatuas y depósitos bancarios, organizaciones internacionales repartiéndose el botín de los pobres del mundo, políticas de desarrollo para los países más ricos, migajas de vergüenza para los más débiles.

Esperando el segundo colectivo porque el primero pasó veloz, atiborrado de pasajeros molestos. La gente impaciente, alguno rumiando, dos señoras comentan sus desgracias en voz alta, casi gritando para poder oírse. Hablan al mismo tiempo, así va el país, si nos tratan de esta manera imagínese a los que no pueden pagar el transporte, es culpa de los radicales, los peronistas, los coreanos, la burocracia del gobierno. Lo que falta es educación, antes no era así, ahora todo es un gran negocio.

Mientras te esfuerzas para leer tu libro, se acerca aquel chico a pedirte una moneda. Tiene unos seis años, la madre está más allá, esperando que saques la billetera para darle la moneda. Ella es muy joven, vestida con una falda de raso amarillenta. Te muestra las piernas haciéndote pensar en las chicas del puerto. Sonríe tristemente.

Las muchachas del Pâquis: jamás una sonrisa, un color, una melodía, una flor. Esa mirada dura, sin estrellas, sexo caro y rápido entre las sombras. Cemento y tarde gris en el viento de Ginebra. Una copa o dos, no hay nada de que hablar. Botas rojas y brillantes, altas, por arriba de las rodillas. Un top verde en colores pastel, la falda de pana negra, el pelo también rojo. Vous n'avez pas de la monnaie? Los banqueros privados, los gerentes de los banqueros, los clientes de los banqueros, los proveedores de los banqueros. El hijo del banquero. En Suiza la prostitución es una profesión legal, con seguro de desempleo, impuestos y jubilación. El proxeneta es tolerado por la ley, en forma de propietario de hotel, restaurante, bar. Ellas han llegado en los últimos cinco o seis años. Vienen de Rusia, Kosovo, Albania, Serbia. También de República Dominicana, Cuba, Burkina Faso, Vietnam, Brasil. Las más buscadas, de acuerdo al banquero argentino, son nórdicas, blancas, depiladas y sin olor. Chicas de pueblitos rurales del interior de Suecia, Dinamarca, Noruega. Las de Finlandia se hacen pasar por escandinavas. Llegan con permiso de residencia para trabajar como "fille au pair", conocen alguien poderoso en un sofisticado bar, elegante, cool. El poderoso las lleva a una fiesta privada, y al salir pueden comprarse un vestido nuevo, una moto, un viaje al sol de España. Son caras, divertidas. Y hablan inglés sin acento, las nórdicas.

Pero en Flores eran dulces, amables, te enseñaban algunas palabras en coreano, recetas de pastas fritas, frases enteras que aprendías sin dificultad. Y les enseñabas español, inglés, guitarra. En Córdoba y Corrientes el peligroso colectivo te escupe con esfuerzo hacia la calle. Otra vez el sol insoportable. Una promotora de jubilación privada te sonríe como la chica de las piernas. Hasta puedes creer que es a ti a quien se dirige. Te gustaría que deje de mirarte, acercar tu cuerpo al suyo, besarla, pasar la lengua por esos dientes blancos, perfectos, sentir su cuerpo bajo la minifalda azul y la camisa blanca del uniforme.

Nunca has visto promotoras en Suiza. La publicidad es escasa e inútil. Obvia. Los comercios cierran a las siete. En Ginebra hay sólo un shopping, cerrado los domingos. Y en las tardes hay borrachos, putas de Europa Oriental, mercenarios, inmigrantes, suicidas, diplomáticos de ironía fina y fina hipocresía, familias de generaciones de banqueros protestantes, sobrios y gentiles abogados, aburridos, avaros, de mirada estricta y comportamiento intachable. Hay también vendedores de ilusiones, ilusiones pequeñas, de laboratorio, ilusiones que jamás llegaron a ser otra cosa que una cara fantasía. Y líderes desilusionados, predicadores roncos, políticos sin sonrisa, profesores que tartamudean con inteligencia y poco tacto, enfermeras sin uniforme, niños que no juegan, escuelas en silencio. Y calles bajo la sombra de los grandes plátanos, parques higiénicos y bien diseñados, mansiones de seis pisos y edificios respetuosos.

Pero en Ginebra falta algo. En Ginebra no hay pobres. No hay nadie tirado en la calle, pidiendo pan, paz, trabajo. Esos viejos de vestidos grasientos durmiendo la siesta de un aromo con flores de oro. Los chicos de la banda en Parque Chacabuco, "el chabón que mata por un faso" y la Negra y Coco y Rulo y Stradi, con dos entradas a los 16 años. El ex torturador que ahora enseña Derecho en la facultad. La madre aún espléndida que llora a su hijo aún desaparecido. No hay. No hay y parece (sólo parece) que nunca los ha habido. Seres humanos, carne, huesos con estrellas en los dientes.

Hombres, mujeres, miradas, sudor, miedo, amor. No hay. No.

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2001, El Muro Cultural