Tres definiciones
de Buenos Aires, sólo tres entre miles, que recorren
nuestra propia imagen de porteños a lo largo de un siglo.
Cómo nos vimos en el siglo veinte influye en nuestra
imagen del siglo veintiuno. Pero ¿no es ya el momento
de cambiar?
En "Sin Rumbo" de Eugenio Cambaceres (1885), dice
el cornudo Conde Gorrini al protagonista Andrés: "Hermosa
ciudad Buenos Aires, señor, me ha dejado sorprendido.
-¿Usted cree?
-La belleza de sus edificios, el ruido, el vaivén, el
comercio que se observa en sus calles, esa multitud de tranvías
cruzándose sin cesar al ruido de sus cornetines, producen
en el extranjero una sensación extraña y curiosa,
un efecto nuevo de que no tenemos idea en nuestras antiguas
ciudades italianas. Yo amo el movimiento, la locomoción,
la vida activa, los viajes. [...] Aquí también,
según me ha informado el amigo Solari, la gente es muy
alegre". Más adelante, en el mismo libro, el porteño
narrador nos cuenta que "La Scala y el Colón eran
hoy las dos primeras escenas líricas del orbe; Buenos
Aires, el Petersburgo del arte musical". Así, no
queda duda para Cambaceres que nuestra Buenos Aires es tan europea
como París, Londres o Praga.
Segunda, la de la hermosa e imposible de encontrar "Geografía
de Buenos Aires" (1944), de Florencio Escardó. Allí,
nada menos que bajo el título Definición, el doctor
Escardó afirma que "Buenos Aires comienza en Madrid,
París, Londres, Nueva York, Milán
y termina
en la Avenida General Paz". Por si esto fuera poco, en
la página siguiente sostiene en tono científico:
"Es la ciudad blanca de una América mestiza. En
ella un negro es tan exótico como en Londres. Y un gaucho
también. En ese sentido, es mucho más blanca (blanquísima)
que Nueva York, que para conservarse blanca tiene que hacer
racismo a piedra y lodo. Tampoco tiene ni aindiados, ni mulatos.
Sus hombres y sus mujeres no poseen todos el mismo color ni
en la piel ni en el cabello, pero son blancos. Esto no constituye
un privilegio, sobre todo desde el punto de vista decorativo,
pero es una buena posibilidad eugénica". Es decir
que, si hubieran mestizos "aindiados" o mulatos, ¿las
posibilidades "eugénicas" no serían
tan buenas? Estas posibilidades de mejoramiento de la raza humana
a través del control de características heredables
fueron estudiadas por Mark H. Haller ("Eugenics: Hereditarian
Attitudes in American Thought", Rutgers University Press,
New Brunswick, New Jersey, 1984), quien explica que la eugenesia
representó una justificación científica
de las perspectivas norteamericanas reaccionarias, fascistas
y racistas que proliferaron hasta la guerra de Vietnam. El doctor
Escardó, seguidor de Charles R. Van Hise y del local
doctor Lombroso, creía que "las clases defectuosas
podrían desaparecer en una sola generación aplicando
los principios científicos de la eugenesia".
No extraña entonces que nuestra mirada de porteños
se entusiasme ante un Buenos Aires predominantemente blanco,
sin los colores, sabores, aromas de los complejos multirraciales
que se viven cotidianamente en Londres o en París (de
hecho Londres, la capital mundial de los restaurantes étnicos,
es mucho menos blanco de lo que imaginó el doctor Escardó,
y las "banlieues" de París son culturalmente
mucho más árabes que algunos barrios de Estambul).
Tercera definición, ineludible e íntima, la del
porteñísimo Borges en su poema Arrabal: "Los
años que he vivido en Europa son ilusorios, / yo estaba
siempre (y estaré) en Buenos Aires". Como es habitual,
podemos hacer muchas lecturas de sus versos. Me quedo con la
más superficial: vivir en Europa es vivir en Buenos Aires,
que es una ciudad europea transplantada al Nuevo Mundo.
Cambaceres, Escardó y Borges forman un coro de opiniones
similares que de ninguna manera está aislado. Millones
de porteños -desde fines del siglo diecinueve hasta principios
del siglo veintiuno- acariciamos en lo más íntimo
de nuestro corazón un sueño: Buenos Aires es europea.
Otras fantasías (el mejor fútbol del mundo, las
minas más lindas, la mejor carne, la actividad cultural
más intensa), poco a poco chocan con las realidades de
la aldea global y se deshacen a pedazos en dolorosos despertares.
Pero por alguna velada razón, creemos todavía
que nuestra hermosa y triste Buenos Aires sigue siendo una ciudad
europea, con una vida cultural y encantos que no encontramos
en ninguna otra parte de Latinoamérica.
Pícaros
Sueños
Recuerdo a Han, el almacenero de la esquina de Fernández
Moreno y Miró, cerca del Parque Chacabuco. Le habían
pintado en la persiana metálica de su boliche: "coreano
de mierda, volvé a tu patria". Me acuerdo que
bajé a saludarlo y me lamenté del grafitti.
"No impolta, soy chino no coleano". Así que
cuando poco después corrigieron y pintaron "Chino
puto", creí mi deber preguntarle cómo se
sentía. "No impolta, soy coleano no chino".
Ante mi pasmado patriotismo, Han me dijo muy sonriente: "Coleano
o chino, yo soy polteño como vos".
El almacenero oriental (¿te acordás hermano,
cuando los almaceneros y los porteros eran todos gallegos?)
me enseñó una lección elemental: se puede
ser porteño sin ser europeo. Pero mi limitado entendimiento
de Palermo todavía asociaba Buenos Aires con Europa.
"¡Basta ver la arquitectura!" decía
él, "Madrid en Avenida de Mayo, París en
Barrio Norte, Londres en Belgrano". Pero mis ojos se
acostumbraron veloces a los interminables paseos en bicicleta
buscando árboles imposibles: cien barrios porteños,
de los que habitualmente sólo conocemos tres o cuatro.
Y así, poco a poco, mi mente palermitana tuvo que comenzar
a ceder ante la evidencia: la arquitectura "europea"
(si es que eso existe), se concentraba en algunos sectores
mínimos de la ciudad. Las casas bajas, grises y tristes
abundan en Buenos Aires, mucho más que lo que queremos
imaginar. Además, los pocos ejemplos que van quedando
de ese aire europeo que nos llena la boca, son cada vez más
ahogados por los edificios de apartamentos espantosos, por
horrores que parecen más la concepción de un
contador enloquecido con los costos de construcción
que el diseño de un arquitecto de mínimo buen
gusto.
Dejemos de lado por demasiado ingenuos aquellos sueños
de las minas más lindas (basta ver a las argentinas
de compras por París), el mejor fútbol (de eso
no sé nada) o la mejor carne (un bife en Caracas o
un chuletón en Bilbao hacen olvidar cualquier parrillada).
Concentrémonos en otro sueño: la intensa actividad
cultural de Buenos Aires. ¿Es que ningún porteño
visitó Bogotá y sintió circular por sus
venas la cultura más profunda que se puede vivir en
América Latina? ¿Nadie se dio una vueltita por
México, Lima, San Pablo, Bogotá, La Habana?
¿Alguno se tomó el trabajo de comparar la temporada
lírica del Colón con las óperas de Miami?
(sí, Miami, la capital de América Latina, ofrece
mejor ópera que Buenos Aires). Ni siquiera entremos
en discusión con lo de la cultura, qué es la
cultura, si es la cultura indígena o la europea lo
que debemos favorecer, etc. Porque perderíamos tiempo
y páginas sin llegar a alguna conclusión. Sólo
quedémonos en eso de la "actividad cultural",
cantidad de eventos culturales, aunque arbitraria como medida
pero eficiente para caer en cuenta que Buenos Aires está
muy, muy lejos de otras capitales latinoamericanas.
Europa,
América
Y ¿por qué no soñar que Buenos Aires
es una ciudad africana o asiática? Ridículo,
¿no? Es la misma sensación que viven los europeos
cuando les decimos que Buenos Aires es una ciudad "europea".
Peor aún, cuando la conocen. Digo "peor"
porque se asombran de ver una ciudad hermosa y única,
y también de comprobar que los porteños nos
desesperamos por decir que no es latinoamericana.
Tal vez creemos que por ser "europea" es buena,
bonita, culta. Cliché. "Bueno, bonito y culto"
es relativo a los gustos personales de cada uno. Y bueno,
bonito, culto es algo que muchos visitantes se asombran de
no encontrar en Europa. Unas cuantas fotos de Londres, Roma
o Budapest bien promocionadas por la industria turística
internacional no esconden la mugre, el odio racial, la pobreza,
la tibia mentalidad burguesa que opina sabiamente sobre todo
pero que no hace nada para cambiar. La pregunta es ¿por
qué intentar parecernos a Europa? ¿Seguimos
pensando como los románticos del siglo XIX que hay
que copiar el modelo europeo para construir un modelo americano?
Pero ya lo sabemos, no somos europeos; somos latinoamericanos,
y no precisamente de los mejores. Y si no es el modelo europeo,
deberá ser el americano: ni McDonald's diseminando
sus efluvios fritos por nuestras calles, ni Nike invadiendo
la geografía adolescente con su woosh, ni siquiera
la vieja Coca-Cola refrescando mejor que una buena cerveza
en verano. No, ninguno de ellos imaginaron esta Buenos Aires
perdiendo su identidad y su personalidad para adquirir la
de la nueva Roma. Cool!
El presidente Sarmiento y el intendente Alvear, cada uno a
su turno, importaron plátanos y gorriones para que
Buenos Aires fuera más europea. Pero fue el arquitecto
Thays, mucho más europeo que Sarmiento y Alvear, el
que utilizó las especies autóctonas como jacarandá,
palo borracho o aguaribay para dotar a Buenos Aires de una
personalidad única en el mundo. La ciudad de los árboles,
podría decir Homero.
Los porteños nos esforzamos por ignorar esta personalidad,
sentimos a nuestra ciudad más europea porque nos sentimos
nosotros mismos más europeos. Vale decir, creemos con
ingenuidad racista que somos menos latinos, menos bolitas,
menos negros, menos chinos que los demás latinoamericanos.
Somos únicos en nuestra aporreada pedantería
porteña, la isla europea de América Latina.
Pero cuidado: las especies demasiado exclusivas se extinguen
rápidamente. Muy rápidamente.
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