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BUENOS AIRES DESDE EL MUNDO
GINEBRA, Suiza
por Edmundo Murray
edmundo_murray@hotmail.com
Y a la París de América Latina,
¿se le apagaron las luces?
 
A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
la juzgo tan eterna como el agua y el aire.
Jorge Luis Borges, Fundación Mítica de Buenos Aires.
 
Tres definiciones de Buenos Aires, sólo tres entre miles, que recorren nuestra propia imagen de porteños a lo largo de un siglo. Cómo nos vimos en el siglo veinte influye en nuestra imagen del siglo veintiuno. Pero ¿no es ya el momento de cambiar?
En "Sin Rumbo" de Eugenio Cambaceres (1885), dice el cornudo Conde Gorrini al protagonista Andrés: "Hermosa ciudad Buenos Aires, señor, me ha dejado sorprendido.
-¿Usted cree?
-La belleza de sus edificios, el ruido, el vaivén, el comercio que se observa en sus calles, esa multitud de tranvías cruzándose sin cesar al ruido de sus cornetines, producen en el extranjero una sensación extraña y curiosa, un efecto nuevo de que no tenemos idea en nuestras antiguas ciudades italianas. Yo amo el movimiento, la locomoción, la vida activa, los viajes. [...] Aquí también, según me ha informado el amigo Solari, la gente es muy alegre". Más adelante, en el mismo libro, el porteño narrador nos cuenta que "La Scala y el Colón eran hoy las dos primeras escenas líricas del orbe; Buenos Aires, el Petersburgo del arte musical". Así, no queda duda para Cambaceres que nuestra Buenos Aires es tan europea como París, Londres o Praga.
Segunda, la de la hermosa e imposible de encontrar "Geografía de Buenos Aires" (1944), de Florencio Escardó. Allí, nada menos que bajo el título Definición, el doctor Escardó afirma que "Buenos Aires comienza en Madrid, París, Londres, Nueva York, Milán… y termina en la Avenida General Paz". Por si esto fuera poco, en la página siguiente sostiene en tono científico: "Es la ciudad blanca de una América mestiza. En ella un negro es tan exótico como en Londres. Y un gaucho también. En ese sentido, es mucho más blanca (blanquísima) que Nueva York, que para conservarse blanca tiene que hacer racismo a piedra y lodo. Tampoco tiene ni aindiados, ni mulatos. Sus hombres y sus mujeres no poseen todos el mismo color ni en la piel ni en el cabello, pero son blancos. Esto no constituye un privilegio, sobre todo desde el punto de vista decorativo, pero es una buena posibilidad eugénica". Es decir que, si hubieran mestizos "aindiados" o mulatos, ¿las posibilidades "eugénicas" no serían tan buenas? Estas posibilidades de mejoramiento de la raza humana a través del control de características heredables fueron estudiadas por Mark H. Haller ("Eugenics: Hereditarian Attitudes in American Thought", Rutgers University Press, New Brunswick, New Jersey, 1984), quien explica que la eugenesia representó una justificación científica de las perspectivas norteamericanas reaccionarias, fascistas y racistas que proliferaron hasta la guerra de Vietnam. El doctor Escardó, seguidor de Charles R. Van Hise y del local doctor Lombroso, creía que "las clases defectuosas podrían desaparecer en una sola generación aplicando los principios científicos de la eugenesia".
No extraña entonces que nuestra mirada de porteños se entusiasme ante un Buenos Aires predominantemente blanco, sin los colores, sabores, aromas de los complejos multirraciales que se viven cotidianamente en Londres o en París (de hecho Londres, la capital mundial de los restaurantes étnicos, es mucho menos blanco de lo que imaginó el doctor Escardó, y las "banlieues" de París son culturalmente mucho más árabes que algunos barrios de Estambul).
Tercera definición, ineludible e íntima, la del porteñísimo Borges en su poema Arrabal: "Los años que he vivido en Europa son ilusorios, / yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires". Como es habitual, podemos hacer muchas lecturas de sus versos. Me quedo con la más superficial: vivir en Europa es vivir en Buenos Aires, que es una ciudad europea transplantada al Nuevo Mundo.
Cambaceres, Escardó y Borges forman un coro de opiniones similares que de ninguna manera está aislado. Millones de porteños -desde fines del siglo diecinueve hasta principios del siglo veintiuno- acariciamos en lo más íntimo de nuestro corazón un sueño: Buenos Aires es europea. Otras fantasías (el mejor fútbol del mundo, las minas más lindas, la mejor carne, la actividad cultural más intensa), poco a poco chocan con las realidades de la aldea global y se deshacen a pedazos en dolorosos despertares. Pero por alguna velada razón, creemos todavía que nuestra hermosa y triste Buenos Aires sigue siendo una ciudad europea, con una vida cultural y encantos que no encontramos en ninguna otra parte de Latinoamérica.

Pícaros Sueños
Recuerdo a Han, el almacenero de la esquina de Fernández Moreno y Miró, cerca del Parque Chacabuco. Le habían pintado en la persiana metálica de su boliche: "coreano de mierda, volvé a tu patria". Me acuerdo que bajé a saludarlo y me lamenté del grafitti. "No impolta, soy chino no coleano". Así que cuando poco después corrigieron y pintaron "Chino puto", creí mi deber preguntarle cómo se sentía. "No impolta, soy coleano no chino". Ante mi pasmado patriotismo, Han me dijo muy sonriente: "Coleano o chino, yo soy polteño como vos".
El almacenero oriental (¿te acordás hermano, cuando los almaceneros y los porteros eran todos gallegos?) me enseñó una lección elemental: se puede ser porteño sin ser europeo. Pero mi limitado entendimiento de Palermo todavía asociaba Buenos Aires con Europa. "¡Basta ver la arquitectura!" decía él, "Madrid en Avenida de Mayo, París en Barrio Norte, Londres en Belgrano". Pero mis ojos se acostumbraron veloces a los interminables paseos en bicicleta buscando árboles imposibles: cien barrios porteños, de los que habitualmente sólo conocemos tres o cuatro. Y así, poco a poco, mi mente palermitana tuvo que comenzar a ceder ante la evidencia: la arquitectura "europea" (si es que eso existe), se concentraba en algunos sectores mínimos de la ciudad. Las casas bajas, grises y tristes abundan en Buenos Aires, mucho más que lo que queremos imaginar. Además, los pocos ejemplos que van quedando de ese aire europeo que nos llena la boca, son cada vez más ahogados por los edificios de apartamentos espantosos, por horrores que parecen más la concepción de un contador enloquecido con los costos de construcción que el diseño de un arquitecto de mínimo buen gusto.
Dejemos de lado por demasiado ingenuos aquellos sueños de las minas más lindas (basta ver a las argentinas de compras por París), el mejor fútbol (de eso no sé nada) o la mejor carne (un bife en Caracas o un chuletón en Bilbao hacen olvidar cualquier parrillada).
Concentrémonos en otro sueño: la intensa actividad cultural de Buenos Aires. ¿Es que ningún porteño visitó Bogotá y sintió circular por sus venas la cultura más profunda que se puede vivir en América Latina? ¿Nadie se dio una vueltita por México, Lima, San Pablo, Bogotá, La Habana? ¿Alguno se tomó el trabajo de comparar la temporada lírica del Colón con las óperas de Miami? (sí, Miami, la capital de América Latina, ofrece mejor ópera que Buenos Aires). Ni siquiera entremos en discusión con lo de la cultura, qué es la cultura, si es la cultura indígena o la europea lo que debemos favorecer, etc. Porque perderíamos tiempo y páginas sin llegar a alguna conclusión. Sólo quedémonos en eso de la "actividad cultural", cantidad de eventos culturales, aunque arbitraria como medida pero eficiente para caer en cuenta que Buenos Aires está muy, muy lejos de otras capitales latinoamericanas.

Europa, América
Y ¿por qué no soñar que Buenos Aires es una ciudad africana o asiática? Ridículo, ¿no? Es la misma sensación que viven los europeos cuando les decimos que Buenos Aires es una ciudad "europea". Peor aún, cuando la conocen. Digo "peor" porque se asombran de ver una ciudad hermosa y única, y también de comprobar que los porteños nos desesperamos por decir que no es latinoamericana.
Tal vez creemos que por ser "europea" es buena, bonita, culta. Cliché. "Bueno, bonito y culto" es relativo a los gustos personales de cada uno. Y bueno, bonito, culto es algo que muchos visitantes se asombran de no encontrar en Europa. Unas cuantas fotos de Londres, Roma o Budapest bien promocionadas por la industria turística internacional no esconden la mugre, el odio racial, la pobreza, la tibia mentalidad burguesa que opina sabiamente sobre todo pero que no hace nada para cambiar. La pregunta es ¿por qué intentar parecernos a Europa? ¿Seguimos pensando como los románticos del siglo XIX que hay que copiar el modelo europeo para construir un modelo americano? Pero ya lo sabemos, no somos europeos; somos latinoamericanos, y no precisamente de los mejores. Y si no es el modelo europeo, deberá ser el americano: ni McDonald's diseminando sus efluvios fritos por nuestras calles, ni Nike invadiendo la geografía adolescente con su woosh, ni siquiera la vieja Coca-Cola refrescando mejor que una buena cerveza en verano. No, ninguno de ellos imaginaron esta Buenos Aires perdiendo su identidad y su personalidad para adquirir la de la nueva Roma. Cool!
El presidente Sarmiento y el intendente Alvear, cada uno a su turno, importaron plátanos y gorriones para que Buenos Aires fuera más europea. Pero fue el arquitecto Thays, mucho más europeo que Sarmiento y Alvear, el que utilizó las especies autóctonas como jacarandá, palo borracho o aguaribay para dotar a Buenos Aires de una personalidad única en el mundo. La ciudad de los árboles, podría decir Homero.
Los porteños nos esforzamos por ignorar esta personalidad, sentimos a nuestra ciudad más europea porque nos sentimos nosotros mismos más europeos. Vale decir, creemos con ingenuidad racista que somos menos latinos, menos bolitas, menos negros, menos chinos que los demás latinoamericanos. Somos únicos en nuestra aporreada pedantería porteña, la isla europea de América Latina. Pero cuidado: las especies demasiado exclusivas se extinguen rápidamente. Muy rápidamente.

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