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Galway,
Irlanda, Lunes 13 de Junio de 1842 (Illustrated London News). Temprano
en la mañana, forzados por el hambre y la necesidad, los pobladores
de la ciudad atacan los depósitos de papa y distribuyen el
alimento entre sus familias. Más tarde, al comprobar la escasa
represión policial, se dirigen a los molinos de avena y se
llevan todas las bolsas. Durante todo el día, la ciudad es
sometida a los desmanes de una multitud encolerizada e ingobernable,
liderada principalmente por mujeres y niños, y apoyada por
una poderosa retaguardia de pescadores de Claddagh. El Jefe de Policía,
con su fuerza regular y el apoyo del Regimiento N° Treinta, no
puede contener a la multitud.Los atacantes someten a las fuerzas del
orden con una lluvia |
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aplicado hoy por
el FMI con la Argentina. El razonamiento de los gobernantes, ignorando
una historia de tres siglos de rapiña británica, es que
los irlandeses son perezosos por naturaleza, que no quieren ganarse
su propio pan. De este modo, el hongo de la papa se explica por una
"visitación" divina, un castigo del cielo. Dejan que
Irlanda se ayude a sí misma. El resultado de esta política
es dramático, con poblaciones enteras que desaparecen y pestes
que diezman la población de un modo alarmante. Más de
un millón de campesinos mueren por el hambre y las enfermedades
relacionadas. Los gobiernos siguientes reaccionan tímidamente
y comienza una pequeña asistencia y la ejecución de planes
de obras públicas para emplear a la gente. Pero es tarde, Irlanda
ya no será lo que era. La isla ha cambiado completamente, y la
mayoría de los irlandeses ha emigrado o muerto de hambre y enfermedades.
Irlanda tardará un siglo y medio en recuperar su crecimiento
demográfico (hace sólo ocho años dejó de
ser un país de emigrantes). Y su economía será
la de un país del tercer mundo hasta que la poderosa acción
combinada de la Unión Europea y de los Estados Unidos la sitúen
en una posición privilegiada hacia fines del siglo veinte.
Buenos Aires, Argentina,
Miércoles 19 de Diciembre del 2001 (Buenos Aires Herald y otros
medios). La ciudad fue alcanzada por una ola de saqueos que causó
heridos e innumerables pérdidas económicas. Los blancos
preferidos fueron los negocios de alimentos, pero también las
casas de electrodomésticos y de indumentaria. A pesar de la presencia
de mujeres y niños entre las personas que reclamaban comida,
se produjeron graves enfrentamientos con los agentes de seguridad. Las
grandes cadenas de supermercados optaron por entregar bolsas de comida
para apaciguar los ánimos, estando los policías entre
aquellos que recibían las bolsas. En un supermercado se vieron
escenas de policías y saqueadores pugnando por un corte de carne.
Los saqueos se
agravan durante la semana y el gobierno radical decide tomar medidas
más duras. Entre otras cosas, se declara el estado de sitio,
y se tolera una represión policial violenta e desenfrenada. Hay
muertos y heridos por decenas. En el interior la situación es
también muy grave. La inestabilidad es tal que el presidente
y su gobierno renuncian. Luego de desesperadas maniobras políticas
una asamblea legislativa compuesta por diputados y senadores de escasa
popularidad elige entre los abucheos y cacelorazos del pueblo a un nuevo
gobierno, tan desprestigiado como el anterior.
La analogía
con Irlanda no es perfecta. Existen algunas similitudes desde el punto
de vista económico pero también son muchas las diferencias.
Pero lo interesante es que unos 20.000 inmigrantes irlandeses llegaron
entre 1840 y 1880 al Río de la Plata, constituyendo de este modo
la única emigración organizada de irlandeses hacia un
país que no era de habla inglesa. Arribaron en el momento oportuno,
antes del crecimiento prodigioso que vivió la Argentina con el
cambio de siglo, y al lugar oportuno, comenzando la explotación
agropecuaria en las tierras más ricas de la pampa húmeda.
Estos inmigrantes venían con una mano atrás y otra adelante,
sin otra cosa que sus brazos para trabajar. Trabajaron dura e inteligentemente,
y lograron en general una posición privilegiada en la sociedad.
Hoy sus descendientes forman una comunidad bastante heterogénea
estimada por algunos en unas 500.000 personas. A pesar del éxito
de sus ancestros, como millones de otros argentinos, muchos de ellos
se encuentran hoy tras la búsqueda desesperada de estabilidad
de trabajo, alimento para sus familias, educación para hijos,
seguridad, salud. Aunque no mueren de hambre por las calles, en términos
relativos al progreso de la economía mundial, su pobreza puede
compararse a la miseria de aquellos irlandeses de mediados del siglo
diez y nueve. Y en muchos casos, hacen cola en la puerta de los consulados
extranjeros para obtener un pasaporte que les permita irse, emigrar
hacia países más ricos.
¿Es que
la emigración es el único camino? Tal vez lo sea para
el individuo. Para la nación en su conjunto es una derrota. Es
el silencio fantasmal, la muerte helada. Y para sus gobernantes y políticos,
sean del partido que sean, es la vergüenza secular de ser los responsables
históricos de este escandaloso empobrecimiento económico,
social y espiritual. La tristeza de un pueblo que alguna vez fue feliz.
La triste esperanza de saber que quizá sean nuestros nietos o
bisnietos los que podrán recuperar esa alegría. Triste.
Esperanza.
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