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BUENOS AIRES DESDE EL MUNDO
GINEBRA, Suiza
por Edmundo Murray
edmundo_murray@hotmail.com
El mejor amigo del hombre:
especialmente en Ginebra.
ginebra
Una de las empresas de alimentos para perros, gatos y canarios más importante del mundo estima que en 2001, las ventas de esos productos en los Estados Unidos se incrementaron en casi 4%, alcanzando un total de 6.700 millones de dólares. Para los países miembros de la Unión Europea, las ventas también aumentaron, llegando a los 9.100 millones de dólares. El promedio por hogar en los Estados Unidos fue de 28 dólares mensuales, y de 39 dólares para los hogares europeos. Si sumamos otros gastos de las mascotas (honorarios de veterinario y peluquería, ropa, juguetes, guardería, impuestos, seguros), el gasto por hogar se eleva a 35 y 47 dólares mensuales en los EE.UU. y en Europa, respectivamente. Pero en Ginebra, Suiza (que todavía no forma parte de la Unión Europea), los perros son los bichos más privilegiados del mundo. De acuerdo a la estimación de la municipalidad, el gasto en mascotas por hogar asciende a 118 dólares mensuales. Y eso sin contar el impuesto de 20 dólares anuales que todo amo responsable y bien agradecido debe pagar por su perrito.

Recorro las prolijas góndolas del supermercado suizo Migros, en un barrio popular de Ginebra. Una anciana me pregunta dónde se encuentran los alimentos para perros. Le respondo que no sé, la ayudo a buscar. Laberinto de packaging y ofertas. Los encontramos fácilmente, en el mejor lugar del supermercado, de acuerdo a los cálculos de marketing, al lado de las cajas. Y me quedo mirando asombrado. No una, sino tres largas góndolas abarrotan todo tipo y marca de alimentos, productos, juguetes, vitaminas, y hasta el último grito de la moda en vestidos para invierno y verano (para perros y gatos). Frente a la tercera góndola están los productos para bebés. Una escasa media góndola surte de escasos pañales, jabones y mamaderas a las mamás del quartier (el que tiene más extranjeros y familias numerosas de Ginebra, según el website de la comuna).

Al volver a casa, recibo una carta desde Zurich. Viene firmada por el Dr. Christopher Anderegg, presidente de la Asociación por la Abolición de los Experimentos con Animales, y solicita mi cooperación económica para realizar una campaña publicitaria contra el uso de animales domésticos en los laboratorios de experimentación. Destacan las fotos de perros y gatos sufriendo distintas experiencias. Llamo al teléfono que indican, y un amable asistente me indica que no puede responder mi pregunta: ¿cuánto es el presupuesto de la campaña publicitaria que quieren realizar? Pero en tono off-the-record me cuenta que la carta que recibí fue enviada a cuatro millones de hogares en Suiza y en Alemania, y que esta campaña se realiza todos los años exitosamente. Rápido cálculo, cuatro millones de envíos como éste cuestan no menos de cuatro millones de francos suizos, unos 2,7 millones de dólares. Ellos no se arriesgan a perder dinero, así que por lo menos esperan unos tres millones de dólares en donaciones. Nuestra generosidad con los animales es asombrosa.

Los perritos de acá viven felices. No hay perros abandonados por las calles. Al contrario, señoras y señores en general mayores, llevando a su perro a pasear, hablándoles, acariciándolos, conversando con otros amos sobre las travesuras de sus pichichos. A veces, alguien se enoja con su petit chien, y lo reta, como a un niño. Con todo el cariño y la ternura de que es capaz el ser humano. Recogiendo las cacas en una bolsita que después irá cuidadosamente a la basura. Para que las calles se vean siempre limpias, hermosas. Para que nadie pise lo que no hay derecho a pisar en la ciudad modelo del mundo desarrollado.

Frente a toda esta inversión en amor, limpieza y presupuesto familiar para los perritos, ¿qué diría alguno de los 2.734.071 chicos argentinos que sobreviven bajo la línea de indigencia (Página/12 del 24 Mayo 2002)? ¿Qué dirían? Y ¿qué diría alguna de las ocho millones seiscientos cuarenta mil personas que según el Informe 2002 de la FAO mueren cada año de hambre (sí: 8.640.000 muertos, de hambre, todos los años)? ¿Qué dirían? ¿Calcularían tal vez que con lo que gastan los hogares norteamericanos y europeos en alimentar y mimar sus perritos, sobraría para terminar con el hambre en el mundo, al menos en las situaciones más críticas?

Dos de las desgracias humanas y naturales de las que más han escrito, y siguen escribiendo los historiadores son el Holocausto en la Europa Nazi (1933-1945) y la Gran Hambruna en Irlanda (1845-1849). En el primero, se calcula que murieron seis millones de judíos y judías asesinados en las cámaras de gas o exhaustos en los campos de trabajo forzado. En el segundo, aproximadamente un millón de irlandeses sucumbieron ante el hambre desatada por las crisis sucesivas en la cosecha de papa -causadas por un hongo- y por la irresponsable pasividad intencional del gobierno inglés, que en la misma época brillaba en la gloria económica del imperialismo victoriano. Pero ambos horrores no llegan a sumar el número de víctimas que cobra cada año el hambre en nuestro mundo, el de hoy, el de esta noche y el de mañana al despertar. El del asado, el vinito y los ravioles del domingo.

A veces tenemos la tendencia a utilizar una rara economía de la muerte: la vida de alguien con el que nos sentimos identificados -porque estamos más cerca de su cultura o raza o religión- vale más para nosotros que la vida de alguien que es distinto, diferente a nosotros. Así sentimos más cerca de nuestros perros (que al fin y al cabo cada amo se parece a su perro), que a esos ocho millones y medio que están muriendo de hambre.

¿Qué hacer? Jonathan Swift hubiera propuesto su irónica modestia para aliviar el hambre irlandés del siglo XVIII. En lugar de niños regordetes, que cada vez son menos, podemos ofrecer los perros de Ginebra a los hambrientos del mundo. Pero esto no pasa de una ironía (que Borges tomó en serio): matar o hacer sufrir a los animales es tan monstruoso como dejar morir de hambre a los seres humanos. No se trata de dejar de amar al perrito para que coma el hambriento. Pero sí de pensar que los que no tienen la suerte de ser perros en Ginebra, deben conformarse con ser humanos en sus países.

Vuelvo a hojear La Tribune de Genève, un viejo ejemplar, nota de tapa. A un castor hembra de quince kilos lo mordió un perro en Zurich. Ocho horas de tratamiento y volvió a su río. En Suiza hay 350 castores. Cálculo rápido: 350 x 15= cinco mil y algo kilos de carne de castor. No; es acá dentro, en nuestra conciencia -no en los perros, gatos o castores- donde está la solución. En nuestra generosidad para olvidar, aunque sea por un instante, nuestras cómodas vidas de burgueses y burguesas. En Ginebra, Somalia o Buenos Aires.

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2001, El Muro Cultural