| Una
de las empresas de alimentos para perros, gatos y canarios más
importante del mundo estima que en 2001, las ventas de esos
productos en los Estados Unidos se incrementaron en casi 4%,
alcanzando un total de 6.700 millones de dólares. Para
los países miembros de la Unión Europea, las ventas
también aumentaron, llegando a los 9.100 millones de
dólares. El promedio por hogar en los Estados Unidos
fue de 28 dólares mensuales, y de 39 dólares para
los hogares europeos. Si sumamos otros gastos de las mascotas
(honorarios de veterinario y peluquería, ropa, juguetes,
guardería, impuestos, seguros), el gasto por hogar se
eleva a 35 y 47 dólares mensuales en los EE.UU. y en
Europa, respectivamente. Pero en Ginebra, Suiza (que todavía
no forma parte de la Unión Europea), los perros son los
bichos más privilegiados del mundo. De acuerdo a la estimación
de la municipalidad, el gasto en mascotas por hogar asciende
a 118 dólares mensuales. Y eso sin contar el impuesto
de 20 dólares anuales que todo amo responsable y bien
agradecido debe pagar por su perrito.
Recorro
las prolijas góndolas del supermercado suizo Migros,
en un barrio popular de Ginebra. Una anciana me pregunta dónde
se encuentran los alimentos para perros. Le respondo que no
sé, la ayudo a buscar. Laberinto de packaging y ofertas.
Los encontramos fácilmente, en el mejor lugar del supermercado,
de acuerdo a los cálculos de marketing, al lado de
las cajas. Y me quedo mirando asombrado. No una, sino tres
largas góndolas abarrotan todo tipo y marca de alimentos,
productos, juguetes, vitaminas, y hasta el último grito
de la moda en vestidos para invierno y verano (para perros
y gatos). Frente a la tercera góndola están
los productos para bebés. Una escasa media góndola
surte de escasos pañales, jabones y mamaderas a las
mamás del quartier (el que tiene más extranjeros
y familias numerosas de Ginebra, según el website de
la comuna).
Al
volver a casa, recibo una carta desde Zurich. Viene firmada
por el Dr. Christopher Anderegg, presidente de la Asociación
por la Abolición de los Experimentos con Animales,
y solicita mi cooperación económica para realizar
una campaña publicitaria contra el uso de animales
domésticos en los laboratorios de experimentación.
Destacan las fotos de perros y gatos sufriendo distintas experiencias.
Llamo al teléfono que indican, y un amable asistente
me indica que no puede responder mi pregunta: ¿cuánto
es el presupuesto de la campaña publicitaria que quieren
realizar? Pero en tono off-the-record me cuenta que la carta
que recibí fue enviada a cuatro millones de hogares
en Suiza y en Alemania, y que esta campaña se realiza
todos los años exitosamente. Rápido cálculo,
cuatro millones de envíos como éste cuestan
no menos de cuatro millones de francos suizos, unos 2,7 millones
de dólares. Ellos no se arriesgan a perder dinero,
así que por lo menos esperan unos tres millones de
dólares en donaciones. Nuestra generosidad con los
animales es asombrosa.
Los
perritos de acá viven felices. No hay perros abandonados
por las calles. Al contrario, señoras y señores
en general mayores, llevando a su perro a pasear, hablándoles,
acariciándolos, conversando con otros amos sobre las
travesuras de sus pichichos. A veces, alguien se enoja con
su petit chien, y lo reta, como a un niño. Con todo
el cariño y la ternura de que es capaz el ser humano.
Recogiendo las cacas en una bolsita que después irá
cuidadosamente a la basura. Para que las calles se vean siempre
limpias, hermosas. Para que nadie pise lo que no hay derecho
a pisar en la ciudad modelo del mundo desarrollado.
Frente
a toda esta inversión en amor, limpieza y presupuesto
familiar para los perritos, ¿qué diría
alguno de los 2.734.071 chicos argentinos que sobreviven bajo
la línea de indigencia (Página/12 del 24 Mayo
2002)? ¿Qué dirían? Y ¿qué
diría alguna de las ocho millones seiscientos cuarenta
mil personas que según el Informe 2002 de la FAO mueren
cada año de hambre (sí: 8.640.000 muertos, de
hambre, todos los años)? ¿Qué dirían?
¿Calcularían tal vez que con lo que gastan los
hogares norteamericanos y europeos en alimentar y mimar sus
perritos, sobraría para terminar con el hambre en el
mundo, al menos en las situaciones más críticas?
Dos
de las desgracias humanas y naturales de las que más
han escrito, y siguen escribiendo los historiadores son el
Holocausto en la Europa Nazi (1933-1945) y la Gran Hambruna
en Irlanda (1845-1849). En el primero, se calcula que murieron
seis millones de judíos y judías asesinados
en las cámaras de gas o exhaustos en los campos de
trabajo forzado. En el segundo, aproximadamente un millón
de irlandeses sucumbieron ante el hambre desatada por las
crisis sucesivas en la cosecha de papa -causadas por un hongo-
y por la irresponsable pasividad intencional del gobierno
inglés, que en la misma época brillaba en la
gloria económica del imperialismo victoriano. Pero
ambos horrores no llegan a sumar el número de víctimas
que cobra cada año el hambre en nuestro mundo, el de
hoy, el de esta noche y el de mañana al despertar.
El del asado, el vinito y los ravioles del domingo.
A
veces tenemos la tendencia a utilizar una rara economía
de la muerte: la vida de alguien con el que nos sentimos identificados
-porque estamos más cerca de su cultura o raza o religión-
vale más para nosotros que la vida de alguien que es
distinto, diferente a nosotros. Así sentimos más
cerca de nuestros perros (que al fin y al cabo cada amo se
parece a su perro), que a esos ocho millones y medio que están
muriendo de hambre.
¿Qué
hacer? Jonathan Swift hubiera propuesto su irónica
modestia para aliviar el hambre irlandés del siglo
XVIII. En lugar de niños regordetes, que cada vez son
menos, podemos ofrecer los perros de Ginebra a los hambrientos
del mundo. Pero esto no pasa de una ironía (que Borges
tomó en serio): matar o hacer sufrir a los animales
es tan monstruoso como dejar morir de hambre a los seres humanos.
No se trata de dejar de amar al perrito para que coma el hambriento.
Pero sí de pensar que los que no tienen la suerte de
ser perros en Ginebra, deben conformarse con ser humanos en
sus países.
Vuelvo
a hojear La Tribune de Genève, un viejo ejemplar, nota
de tapa. A un castor hembra de quince kilos lo mordió
un perro en Zurich. Ocho horas de tratamiento y volvió
a su río. En Suiza hay 350 castores. Cálculo
rápido: 350 x 15= cinco mil y algo kilos de carne de
castor. No; es acá dentro, en nuestra conciencia -no
en los perros, gatos o castores- donde está la solución.
En nuestra generosidad para olvidar, aunque sea por un instante,
nuestras cómodas vidas de burgueses y burguesas. En
Ginebra, Somalia o Buenos Aires.
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