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| BUENOS
AIRES DESDE EL MUNDO |
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| Catedral
al sur. |
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La
vida, que en la aldea giraba en torno a la plaza Mayor, se extendió
hacia el sur por la calle Mayor, actual Defensa, constituyendo el núcleo
poblacional de los actuales barrios de Monserrat y San Telmo que son,
por tanto, los más ligados a la historia de Buenos Aires desde
sus inicios.
El
barrio de Monserrat aparece como de fronteras imprecisas, pues la generalidad
de los habitantes de Buenos Aires consideran a San Telmo como extendiéndose
desde la plaza de Mayo hacia el sur, hasta el parque Lezama. Lo cierto
es que los límites suelen fundirse y confundirse, incluso sus
características, nacidas de un mismo origen.
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Monserrat,
Av. Belgrano esquina Chacabuco
(Foto de 1958) |
Debido a que
en sus suburbios, durante los carnavales, se concentraban allí
los negros esclavos para candombear, se conocía a Monserrat
como "el barrio del tambor".
Baluarte
del Rosismo y testigo silencioso entre rejas y glicinas de hazañas,
odios y amores incondicionales por el Restaurador: "Por tus
amores degollaría / hasta el porteño más federal
/ Juán Manuel mismo te adoraría / ¡oh! Mazorquera
de Monserrat", ha quedado inmortalizado con versos como estos,
que hablan de esas pasiones.
Hoy, a
pesar del avance de la arquitectura, aún se encuentran infinidad
de casas con patios de dos plantas, con su aljibe en el centro, las
habitaciones rodeándolo y los malvones dándole su colorido.
Esto, que es la simbología de la ciudad-museo de Trinidad,
aquí en Cuba, es más común en San Telmo, aunque
no faltan tampoco los históricos conventillos que albergaron
a los miles de inmigrantes llegados a principios del siglo pasado.
En el segundo
lustro de la década del sesenta llegué a Buenos Aires,
con la idea de seguir una carrera universitaria, a vivir en uno de
esos conventillos, llamados normalmente pensiones.
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Hacía poco
que el ex--dictador Onganía se había proclamado "Emperador"
y uno de sus "debilidades" fue reprimir a los universitarios
y muy especialmente a los de sociología, a quienes calificaba
de "demonios comunistas", antes de cerrar la facultad y dejarnos
en la calle.
No recuerdo
bien ahora quien guió mis pasos hasta una de esas pensiones-conventillos
para varones, que todavía las hay por esas zonas de Monserrat
y San Telmo, pero fui a parar a una en la calle Bolívar entre
Moreno y Belgrano.
Por esa época,
¡que tiempos aquellos que no volverán!, se servía
almuerzo y cena en la propia habitación. y hasta dos bañitos
tenía, por si alguien se quedaba dormido en uno de los "tronos"
después de una noche de juerga, con una duchita eléctrica
cada uno que ni para regularlas tenían. De los más baratos,
imaginate, y al igual que en la colimba, o te quemabas hasta los huesos
o hacías que te bañabas.
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Cabildo
de la Ciudad Buenos Aires. |
Que mescolanza
era aquello. El viejo Vicente, jubilado. El "negro" Herrera,
mendocino, tipógrafo él. El "gordo" Jorge,
taxista y el "flaco" Quiroga, chofer de la línea
2, con quienes armábamos unas trenzadas de truco fenomenales.
Nunca nos
faltó la buena comida los sábados por la noche y domingos
al mediodía, pues el "alemán" Orli, que trabajaba
en el City Hotel, a una cuadra, nos traía la "sobritas".
El viejo
Vicente era "medio brujo" y como tal se ocupaba de nuestra
salud. Por ejemplo, la gripe y los resfríos se curaban con
vino tinto tibio y frazadas sobre el cuerpo para conservar el calor,
mientras timbeábamos. Es de imaginar con el "pedo"
que terminaban algunos.
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Vivían también
un par de estudiantes sanjuaninos, homosexuales. El que hacía
de mujer se enojaba con el compañero cuando éste lo mandaba
a lavar su ropa al piletón.
Otro marica,
que cantaba español en los tablados de la avenida de Mayo, vivía
muy angustiado pues su padre lo había rajado de su casa rosarina
cuando se enteró de su homosexualidad. Al pobre "gaita",
en un cumpleaños del hijo de Rosa, la dueña de la pensión,
jodiendo, le metí un tiro con un rifle de aire comprimido, que
le habían regalado al muchachito, en un brazo y fuimos a parar
todos al hospital Argerich.
Recuerdo que a Rubén, el hijo de la dueña, lo teníamos
como a una princesa árabe. Era fanático de Boca, entonces
Carlos y su hermano, sanjuaninos ellos y Julio, boxeador aficionado
que llegó a realizar varias peleas de semifondo en el Luna Park
y así fueron las palizas que se llevó y los lentes ahumados
que tenía que usar para disimularlas, lo acompañábamos
a la cancha, pues la vieja, con tal de que se lo cuidáramos,
nos preparaba sandwiches y a veces hasta matambres, sin contar con lo
que nos esperaba al regreso.
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Plaza
de Trinidad, Cuba. |
El otro "viejo"
del conventillo era Antonio, marxista confeso. Tenía un cuadro
de Marx sobre su cama (cada habitación tenía cuatro,
una mesita donde comíamos, con sus sillas y un ropero para
todos). Un buen día se presenta la "cana" para una
requisa. No recuerdo a quien andaban buscando, pues en los conventillos
de la vuelta, sobre la calle Moreno, siempre había quilombo
y cada dos por tres caían los patrulleros. Lo cierto es que
el suboficial a cargo se interesa por el retrato y "Tony"
no tuvo mejor idea que decirle que era un cuadro de su abuelito,
ya fallecido. No sé si le creyó o no, pero lo cierto
es que zafamos de casualidad.
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Allí vivieron
compañeros que luego resultaron ilustres. Benito, un muchachito
cordobés de baja estatura y pocas palabras, que era imposible
adivinar que pensaba. Siempre con la misma ropa; no recuerdo bien cual
de los "vagos" le decía: "ché, córdoba,
lavate las medias que ya se paran solas". Años después
me enteré que había sido identificado como uno de los
jefes de columna del ERP y muerto en Tucumán.
Los otros
que integraban el "plantel" eran los hermanos de Santa Lucía
Juán Luis y Orlando Ferreres. Este último, integrante
del equipo del ministro Cavallo, fungió en varias ocasiones como
funcionario de Estado.
La característica
fundamental del barrio son los centros políticos coloniales como
el cabildo, la casa de gobierno, la plaza de Mayo e infinidad de iglesias
y conventos como el de San Ignacio, levantado en el predio otorgado
por Juán de Garay a los jesuitas.
En 1783, luego
de producirse la expulsión de éstos, se funda allí
el Real Colegio de San Carlos, en donde se formaron muchos de los revolucionarios
de Mayo; siendo durante las Invasiones Inglesas un foco de actividad
cívica y militar.
El de San
Francisco, en el sitio también otorgado por Garay a los franciscanos,
cercano a la plaza Mayor y el centro cívico, o el de Santo Domingo,
estrechamente ligado a la historia de la ciudad, fundamentalmente a
la defensa de Buenos Aires durante la segunda Invasión Inglesa,
en que fue derrumbada una de sus torres, reconstruída posteriormente
y en cuyo atrio se encuentra el mausoleo de Manuel Belgrano.
Pero, el centro
neurálgico del barrio lo constituye la avenida de Mayo. Con la
expropiación para su ejecución culminaba el éxodo
de la vieja aristocracia criolla, que había comenzado su emigración
dos décadas antes, buscando poner distancia del bajo proletariado
que se había radicado en la zona más baja del sur. Aquí
quedaban los negros, pardos y morenos que habitaban, con sus candombes,
la orilla de la ciudad desde los tiempos de la colonia.
La comunidad
española hace de la avenida de Mayo y Monserrat un lugar de encuentro,
en instituciones de ese origen. Cafés como el Tortoni, teatros
como el Avenida, símbolos vigentes de aquel esplendor, e infinidad
de hoteles, en donde lo antiguo y lo moderno, el arrabal y el centro
se unen en un abrazo.
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