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BUENOS AIRES DESDE EL MUNDO
LA HABANA, Cuba
por Carlos Raúl Carbajal
carbajalcarlosr@hotmail.com
Catedral al sur.
 

La vida, que en la aldea giraba en torno a la plaza Mayor, se extendió hacia el sur por la calle Mayor, actual Defensa, constituyendo el núcleo poblacional de los actuales barrios de Monserrat y San Telmo que son, por tanto, los más ligados a la historia de Buenos Aires desde sus inicios.
El barrio de Monserrat aparece como de fronteras imprecisas, pues la generalidad de los habitantes de Buenos Aires consideran a San Telmo como extendiéndose desde la plaza de Mayo hacia el sur, hasta el parque Lezama. Lo cierto es que los límites suelen fundirse y confundirse, incluso sus características, nacidas de un mismo origen.

   

Monserrat, Av. Belgrano esquina Chacabuco
(Foto de 1958)

Debido a que en sus suburbios, durante los carnavales, se concentraban allí los negros esclavos para candombear, se conocía a Monserrat como "el barrio del tambor".
Baluarte del Rosismo y testigo silencioso entre rejas y glicinas de hazañas, odios y amores incondicionales por el Restaurador: "Por tus amores degollaría / hasta el porteño más federal / Juán Manuel mismo te adoraría / ¡oh! Mazorquera de Monserrat", ha quedado inmortalizado con versos como estos, que hablan de esas pasiones.
Hoy, a pesar del avance de la arquitectura, aún se encuentran infinidad de casas con patios de dos plantas, con su aljibe en el centro, las habitaciones rodeándolo y los malvones dándole su colorido. Esto, que es la simbología de la ciudad-museo de Trinidad, aquí en Cuba, es más común en San Telmo, aunque no faltan tampoco los históricos conventillos que albergaron a los miles de inmigrantes llegados a principios del siglo pasado.
En el segundo lustro de la década del sesenta llegué a Buenos Aires, con la idea de seguir una carrera universitaria, a vivir en uno de esos conventillos, llamados normalmente pensiones.

   

Hacía poco que el ex--dictador Onganía se había proclamado "Emperador" y uno de sus "debilidades" fue reprimir a los universitarios y muy especialmente a los de sociología, a quienes calificaba de "demonios comunistas", antes de cerrar la facultad y dejarnos en la calle.
No recuerdo bien ahora quien guió mis pasos hasta una de esas pensiones-conventillos para varones, que todavía las hay por esas zonas de Monserrat y San Telmo, pero fui a parar a una en la calle Bolívar entre Moreno y Belgrano.
Por esa época, ¡que tiempos aquellos que no volverán!, se servía almuerzo y cena en la propia habitación. y hasta dos bañitos tenía, por si alguien se quedaba dormido en uno de los "tronos" después de una noche de juerga, con una duchita eléctrica cada uno que ni para regularlas tenían. De los más baratos, imaginate, y al igual que en la colimba, o te quemabas hasta los huesos o hacías que te bañabas.

   

Cabildo de la Ciudad Buenos Aires.

Que mescolanza era aquello. El viejo Vicente, jubilado. El "negro" Herrera, mendocino, tipógrafo él. El "gordo" Jorge, taxista y el "flaco" Quiroga, chofer de la línea 2, con quienes armábamos unas trenzadas de truco fenomenales.
Nunca nos faltó la buena comida los sábados por la noche y domingos al mediodía, pues el "alemán" Orli, que trabajaba en el City Hotel, a una cuadra, nos traía la "sobritas".
El viejo Vicente era "medio brujo" y como tal se ocupaba de nuestra salud. Por ejemplo, la gripe y los resfríos se curaban con vino tinto tibio y frazadas sobre el cuerpo para conservar el calor, mientras timbeábamos. Es de imaginar con el "pedo" que terminaban algunos.

   

Vivían también un par de estudiantes sanjuaninos, homosexuales. El que hacía de mujer se enojaba con el compañero cuando éste lo mandaba a lavar su ropa al piletón.
Otro marica, que cantaba español en los tablados de la avenida de Mayo, vivía muy angustiado pues su padre lo había rajado de su casa rosarina cuando se enteró de su homosexualidad. Al pobre "gaita", en un cumpleaños del hijo de Rosa, la dueña de la pensión, jodiendo, le metí un tiro con un rifle de aire comprimido, que le habían regalado al muchachito, en un brazo y fuimos a parar todos al hospital Argerich.
Recuerdo que a Rubén, el hijo de la dueña, lo teníamos como a una princesa árabe. Era fanático de Boca, entonces Carlos y su hermano, sanjuaninos ellos y Julio, boxeador aficionado que llegó a realizar varias peleas de semifondo en el Luna Park y así fueron las palizas que se llevó y los lentes ahumados que tenía que usar para disimularlas, lo acompañábamos a la cancha, pues la vieja, con tal de que se lo cuidáramos, nos preparaba sandwiches y a veces hasta matambres, sin contar con lo que nos esperaba al regreso.

   

Plaza de Trinidad, Cuba.

El otro "viejo" del conventillo era Antonio, marxista confeso. Tenía un cuadro de Marx sobre su cama (cada habitación tenía cuatro, una mesita donde comíamos, con sus sillas y un ropero para todos). Un buen día se presenta la "cana" para una requisa. No recuerdo a quien andaban buscando, pues en los conventillos de la vuelta, sobre la calle Moreno, siempre había quilombo y cada dos por tres caían los patrulleros. Lo cierto es que el suboficial a cargo se interesa por el retrato y "Tony" no tuvo mejor idea que decirle que era un cuadro de su abuelito, ya fallecido. No sé si le creyó o no, pero lo cierto es que zafamos de casualidad.

   

Allí vivieron compañeros que luego resultaron ilustres. Benito, un muchachito cordobés de baja estatura y pocas palabras, que era imposible adivinar que pensaba. Siempre con la misma ropa; no recuerdo bien cual de los "vagos" le decía: "ché, córdoba, lavate las medias que ya se paran solas". Años después me enteré que había sido identificado como uno de los jefes de columna del ERP y muerto en Tucumán.
Los otros que integraban el "plantel" eran los hermanos de Santa Lucía Juán Luis y Orlando Ferreres. Este último, integrante del equipo del ministro Cavallo, fungió en varias ocasiones como funcionario de Estado.
La característica fundamental del barrio son los centros políticos coloniales como el cabildo, la casa de gobierno, la plaza de Mayo e infinidad de iglesias y conventos como el de San Ignacio, levantado en el predio otorgado por Juán de Garay a los jesuitas.
En 1783, luego de producirse la expulsión de éstos, se funda allí el Real Colegio de San Carlos, en donde se formaron muchos de los revolucionarios de Mayo; siendo durante las Invasiones Inglesas un foco de actividad cívica y militar.
El de San Francisco, en el sitio también otorgado por Garay a los franciscanos, cercano a la plaza Mayor y el centro cívico, o el de Santo Domingo, estrechamente ligado a la historia de la ciudad, fundamentalmente a la defensa de Buenos Aires durante la segunda Invasión Inglesa, en que fue derrumbada una de sus torres, reconstruída posteriormente y en cuyo atrio se encuentra el mausoleo de Manuel Belgrano.
Pero, el centro neurálgico del barrio lo constituye la avenida de Mayo. Con la expropiación para su ejecución culminaba el éxodo de la vieja aristocracia criolla, que había comenzado su emigración dos décadas antes, buscando poner distancia del bajo proletariado que se había radicado en la zona más baja del sur. Aquí quedaban los negros, pardos y morenos que habitaban, con sus candombes, la orilla de la ciudad desde los tiempos de la colonia.
La comunidad española hace de la avenida de Mayo y Monserrat un lugar de encuentro, en instituciones de ese origen. Cafés como el Tortoni, teatros como el Avenida, símbolos vigentes de aquel esplendor, e infinidad de hoteles, en donde lo antiguo y lo moderno, el arrabal y el centro se unen en un abrazo.

 
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