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NBuenos Aires desde La Habana, Cuba
por Carlos Raúl Carbajal»n
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La Biblia y El Calefón.
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Volví a la Argentina, después de cinco años, y me encontré con un montón de cosas nuevas y otras no tanto, pero que me hicieron pensar sobre el papel del escritor.
De regreso en casa, en La Habana, gozando del aire caribeño, el calor tropical y un aromático tabaco, recordaba palabras de "Gabo" García Márquez, muy admirado aquí en Cuba, referido a que el escritor es parte del pueblo, se nutre de éste y como consecuencia su obra nunca podrá estar desligada de él: sus pesares, sus esperanzas, sus ilusiones, sus luchas, sus utopías.
Argentina, como muchos otros países del primer, tercer o vaya a saber cuantos mundos más, no ha podido escapar a las consecuencias nefastas de las políticas neoliberales, implementadas por nuestra "Madre patria" e instrumentadas por los "Virreyes" de turno.
En los casi cuatro meses que permanecí residiendo en mi antiguo barrio de San Telmo, fui testigo del récord de ver cinco presidentes en la "Rosada". Un récord digno del Guiness, ¡Vamos Argentina todavía!.
En Buenos Aires se dio un fenómeno que los empresarios del turismo no supieron visualizar; las Asambleas barriales.
Concurrí a cuantas se organizaron en el barrio: plaza Dorrego, parque Lezama y la de México y Chacabuco. Un verdadero zoológico: algún falso ¿o no? periodista europeo, que prioritariamente quería fotografiar a todo el mundo, algún grupito de turistas nocturnos europeos, en este último caso en la de la turística plaza Dorrego, curiosos, más que interesados en saber que trataban un grupo de "sudacas"; hasta que, por parte del establishment, comenzaron a tenerlas en cuenta y aparecer, a partir de ello, los canales de televisión, los provocadores y claro está, no podían faltar, los "servicios".
Es lindo ver que el pueblo pierde el temor y la inhibición. La falta de credibilidad en los políticos, de todo pelo y linaje, hasta de los que no lo tienen, resalta, expresado en el postulado común: "que se vayan todos".
Es lindo ver la unión de todos: clase media, venida a menos, comerciantes empobrecidos, pobres, miserables, desocupados, viejos y jóvenes unidos contra un sistema que condena a la desesperanza, y sus epígonos, la clase política en general.
Entristece las colas, sobre todo de jóvenes, matrimonios con hijos, por horas, en las puertas de las embajadas extranjeras tratando de conseguir una visa para emigrar, aunque con posterioridad, en el país elegido, muchos sean engañados y terminan deambulando como Moisés en el desierto.
Entristece los niños y niñas, de hasta cinco o seis años, vendiendo en las calles, trenes y subtes, o simplemente intentando limpiar el parabrisas de algún automóvil detenido circunstancialmente en un semáforo, o la prostitución de menores, controladas por su proxeneta a la vista de todos, sin que la policía intervenga. Como me dijera un amigo, "quizás porque para ello recibe su ¨cometa¨".
Entristece, por las tardecitas, ver como "ejércitos" de desocupados, hombres, mujeres, jóvenes o niños revuelven, en las calles, las bolsas de residuos de los consorcios para ver si encuentran alguna lata, plástico o cartón para vender por monedas y poder comprar comida a cambio.
La biblia y el calefón. Puerto Madero, arrancado a San Telmo, con sus lujosos edificios, restaurantes y su casino flotante y el viejo barrio con sus hoteluchos de quinta, con familias sin trabajo y sin dinero para pagarlos, que son arrojados a la calle, desaprensivamente, con sus trastos y sus pequeños hijos.
Los trabajadores argentinos están en default, algunos hace ya muchos años, aunque la clase media "recién ahora se da cuenta" porque seguramente nunca leyeron a Bertold Bretch y hoy, en hora buena, les dan ese abrazo esperanzado que rubrica cada Asamblea barrial.
Cosas de este mundo en crisis; los políticos acorralados, en sus castillos de cristal, por miedo a la furia de un pueblo explotado, empobrecido y sin futuro, y el pueblo deliberando en las calles, como en 1810 ó el París de 1793.
Un amigo de una de las Asambleas me decía entusiasmado que esto se parecía a los "soviets" de 1917 o los Comités de la Revolución Francesa. "Olvidate", le respondí, "no vaya a ser que haya algún servicio disfrazado de Gardel dentro de un cuadro, y termines siendo boleta". Pero lo cierto es que el pueblo organizado en comisiones de trabajo, "sacándole" solares al Gobierno Municipal para comenzar a organizar huertas o clubes de trueques, o en comisiones de derechos humanos, salud, educación, desocupados, espacios verdes, cuentapropistas, compras comunitarias, hasta las que realizan charlas-debates con invitados especiales, propiciando una reforma de la Constitución o las que proponen un estricto control de los funcionarios, son un verdadero avance democrático de un pueblo que permaneció dormido y atemorizado por años.
Las marchas a Plaza de Mayo, o los cortes de calles, con esa nueva "vedette" que es la cacerola (cacerolazos), del cual mi hija de tres años se volvió fanática, son una postal casi diaria en la ciudad.
Muchos se preguntan para que diablos sirve eso, aparte de abollar aluminio. La verdad, no supe que contestarles; pero lo cierto es que, analizándolo objetivamente, ha tenido un gran valor en la formación de conciencia, de que la fuerza de una República reside en la unión de su pueblo.
Buenos Aires era distinta, algo había cambiado. Sus carnavales no fueron este año el bucólico caminar de la gente viendo a las murgas dar saltos como canguros, solamente. Había alegría y había ímpetu en sus cánticos, expresando el nuevo estado de ánimo del pueblo y cada murga era la representación juvenil, genuina de cada barrio, que no aceptan morir aplastados en la desesperanza, a que la conduce el sistema.
Discepolín, viejo Discepolín, te quedaste corto con tu cambalache del siglo XX, pero éste siglo XXI recién parido, parece querer acomodar la vidriera del nuevo cambalache, para que sus luces y marquesinas comiencen a reflejar otra realidad.
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