Fue
San Telmo, desde la segunda mitad del siglo XIX, cuna
de taitas, pero también de payadores y poetas,
que le dieron su brillo e inmortalidad, con su prosa.
El más notorio de ellos fue Gabino Ezeiza, nacido
en el barrio cuando recién amanecía el
año 1858.
De ascendencia negra y cuna humilde, adquirió
celebridad como payador y autor de más de quinientas
composiciones, que el mismo interpretaba.
Según afirman ciertos investigadores, ya en el
año 1872 incursionaba en el arte de la payada,
siendo considerado el más antiguo payador del
Río de la Plata.
Sus virtudes y hazañas fueron famosas y frecuentes
sus encuentros con otros payadores, en esa lucha verbal
del contrapunto.
Ezeiza se enfrentó con José Betinotti,
en 1902, en un circo que funcionaba en Venezuela y Maza,
en el barrio de Boedo. La justa terminó convirtiendo
a Betinotti, que se iniciaba entonces en el arte popular,
en discípulo de Gabino. Con anterioridad, en
1891, había sostenido con Nemesio Trejo una payada
que resultó memorable, pues duró tres
noches.
Gabino Ezeiza tenía, al decir de Rodolfo Senet
“una aptitud estupenda, increíble, para
hacer versos. Los improvisaba, así, en el momento,
y como tenía un oído perfecto para la
medida, la cadencia y la rima, le salían sonoros”.
Recuerda Senet que allá por 1900, estando él
por Dolores, llegó Gabino a dar un recital de
canto y guitarra. “Le propuse presentarle, ya
que no existía contrincante, cuando empezara
a improvisar, diversas imágenes en una pantalla
de teatro, con el sistema de proyecciones luminosas
para que él, que las vería junto al público,
las describiera cantando. Gabino, sin averiguar los
motivos que les serían expuestos, aceptó
y el éxito alcanzado fue de tal magnitud que
su actuación, programada para dos horas, duró
el doble”.
De él escribió Francisco Pi y Suñer:
“Fue el trovador de la pampa. En aquellos tiempos
de escasísima población en que la Argentina
vivía la vida de los pueblos pastores, fue el
bardo errante y vagabundo que iba con su guitarra de
rancho en rancho y de pulpería en pulpería,
glosando los acontecimientos más notables, recordando
los altos hechos de los hombres ilustres, llevando a
todas partes las palpitaciones del alma nacional. Hijo
del pueblo y entre el pueblo criado, se identificaba
con el paisano, con el hombre del pueblo y en forma
poética y solemne le cantaba sus cuitas y sus
alegrías, sus esperanzas y sus anhelos”.
Gabino, como todos los juglares del pueblo, murió
pobre, en su vieja casa del barrio de Flores, allá
por 1916, cuando orillaba los 59 años.
Una de sus palladas más sentidas, fue aquella
dedicada a su hija Matilde, que tituló:
LA HIJA DEL PAYADOR
Con su permiso señores
voy á templar mi instrumento
para cantar un momento
si se dignan escuchar.
Haré todo lo posible
porque es mi deber notorio
cantarle noble auditorio
algo que os pueda agradar.
Pero que podré cantarte
que se iguale á mi deseo,
si lo que canto es tan feo
que hasta á mi me causa horror?
Desearía del poeta
la inspiración de Cervantes,
la de Espronceda ó del Dante
para cantarte mejor.
Canta el jilguerillo alegre
entre el bosque enmarañado
sin sentirse desgraciado
porque un nido formó.
Canta la torcaz doliente
buscando á su compañera
y la dicha que le espera
he sabido buscar yo.
Soy la morocha que canta
cuando amanece la aurora,
soy la calandria voladora
por el espacio sin fin.
Y que al ver en lontananza
mi esperanza más sublime,
soy la calandria que gime
y la que sabe sentir.
Soy la morocha que canta
cuando el pesar la acongoja,
soy la que canta una estrofa
dirigida al pampero,
morocha soy no lo niego
muy bajito es mi color;
no soy como aquella flor
que por su esplendor domina
soy la morocha argentina
soy la hija del payador |