Hace
años, cuando anduve de paseo por Asunción,
la pintoresca, tropical y subdesarrollada capital guaraní,
hubo algo que llamó la atención de mi
romántico y aventurero espíritu; el grandioso
mercado Petirossi, que me hizo recordar aquellos de
Medio Oriente, de las películas claro está,
donde los mercaderes ofrecían sus mercancías,
desde comidas, alhajas, sahumerios y telas, pasando
por sus camellos o sus mujeres u odaliscas si fuere
menester.
El Petirossi ocupa dos manzanas, al aire libre, cerrado
perimetralmente por locales donde se venden generalmente
telas de todo el mundo, prendas para cualquier sexo
y edad, y los maravillosos tejidos de ñandutí.
En su interior, infinidad de sendas trazadas entre los
puestos, asentados directamente en el piso, sobre paños,
al igual como lo hacen los artesanos en distintos parques
de Buenos Aires, están recubiertas por un techo
de arpillera o lonas, para proteger a los transeúntes
vaya a saber de qué.
Lo cierto es que inmerso entre el aroma de los sahumerios,
de los vendedores de yuyos o de las frituras hechas
con grasa rancia, hay que habituar bien el olfato para
no salir disparado y a meter la ropa que uno lleva,
en una tina con agua perfumada.
Allí, el espacio de cada puestero se mezcla con
la basura de los que limpian las viandas que ofrecen
al público, el desparramo de los que buscan algo
entre los deshechos con los perros que se pasean como
en el mejor de los mundos, el olor de las frituras con
el humo de la parrilla repleta de chorizos y el olor
penetrante de la transpiración de los changarines
con el griterío que inunda el aire, como un coro
de loros barranqueros. Nunca me imaginé que llegaría
a ver, otra vez en mi vida, nada igual.
Igual no, pero parecido… La Habana, con los nuevos
tiempos, abrió las puertas de los agros mercados
al pequeño agricultor y productor agrario. Cuatro
Caminos, Marianao, Del Mónaco son los más
importantes y que me disculpen los amigos de algún
municipio, si me olvido de alguno de importancia significativa.
De ellos, el de Cuatro Caminos es el más importante.
No es como los de Medio Oriente, claro está,
ni siquiera como el Petirossi, a cielo abierto, donde
cada mercader va ocupando su puesto cuando aún
las estrellas están altas, para acceder al mejor
lugar, o alguno ni siquiera lo abandona por las noches,
para no perder el mismo. Acá, de acuerdo a las
reglas urbanas y al momento de la civilización
en que vivimos, los puestos se alquilan y hay servicio
de limpieza y vigilancia.
Eso dicen, porque según Barbarita, inquilina
de un puesto, donde ofrece frijoles de todos los colores
y otras viandas y legumbres, la seguridad nunca se ha
visto y la limpieza: “¡Bueno, tú
puedes verlo chico!” En fin, changarines que te
chocan, basura por doquier, carne de puerco o carnero,
como dicen acá, revolcada al sol y por el piso,
esperando para ser colgada en un gancho y los aromas
dulcificando todo.
De acuerdo con la crisis, las puertas están copadas
por las vendedoras de cuanta cosa hayan podido sustraer
de las tiendas con divisas, los cambiadores clandestinos
de divisas y los chulos con sus jineteras que, a la
vez que ofrecen sus productos, con el otro ojo bichan
para ver si no aparece alguna patrulla, para “desaparecer”.
En el recuerdo me transporto al Abasto, cuando niño,
por entonces no se conocía el significado de
la palabra shopping y ni siquiera si existía.
Cuando ingresabas se sentía ese aroma a campo,
resaltado por aquellos óleos medio diluidos por
la suciedad y los años de los azulejos, representando
escenas de carros aparcados en sus calles laterales
y las fondas. Si hasta la voz de Carlitos parecía
inundarlo todo.
Pero claro, desde que nos subimos a la nube del primer
mundo, a Carlitos lo indigestaron con una hamburguesa
contaminada y a todos los negocios los bautizaron con
un nombrecito extranjero, porque está más
acorde con el lugar. ¿Viste gordi?
Bueno, al menos el viejo mercado de San Telmo, ¡así
es mi barrio!, no sufrió esa metamorfosis; si
bien sólo quedan unos poquitos puestos de venta
de frutas y verduras, para que los turistas extranjeros,
del primer mundo vean, con curiosidad, que era un mercado.
¿Quieres que te confiese algo Barbarita? No hay
nada mejor que un buen bocadito de carne de puerco con
cebollitas y una latica de cerveza en medio de este
romántico caos. |