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NBuenos Aires desde La Habana, Cuba
por Carlos Raúl Carbajal»n
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Historia de mercados
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Hace años, cuando anduve de paseo por Asunción, la pintoresca, tropical y subdesarrollada capital guaraní, hubo algo que llamó la atención de mi romántico y aventurero espíritu; el grandioso mercado Petirossi, que me hizo recordar aquellos de Medio Oriente, de las películas claro está, donde los mercaderes ofrecían sus mercancías, desde comidas, alhajas, sahumerios y telas, pasando por sus camellos o sus mujeres u odaliscas si fuere menester.

El Petirossi ocupa dos manzanas, al aire libre, cerrado perimetralmente por locales donde se venden generalmente telas de todo el mundo, prendas para cualquier sexo y edad, y los maravillosos tejidos de ñandutí. En su interior, infinidad de sendas trazadas entre los puestos, asentados directamente en el piso, sobre paños, al igual como lo hacen los artesanos en distintos parques de Buenos Aires, están recubiertas por un techo de arpillera o lonas, para proteger a los transeúntes vaya a saber de qué.

Lo cierto es que inmerso entre el aroma de los sahumerios, de los vendedores de yuyos o de las frituras hechas con grasa rancia, hay que habituar bien el olfato para no salir disparado y a meter la ropa que uno lleva, en una tina con agua perfumada.

Allí, el espacio de cada puestero se mezcla con la basura de los que limpian las viandas que ofrecen al público, el desparramo de los que buscan algo entre los deshechos con los perros que se pasean como en el mejor de los mundos, el olor de las frituras con el humo de la parrilla repleta de chorizos y el olor penetrante de la transpiración de los changarines con el griterío que inunda el aire, como un coro de loros barranqueros. Nunca me imaginé que llegaría a ver, otra vez en mi vida, nada igual.

Igual no, pero parecido… La Habana, con los nuevos tiempos, abrió las puertas de los agros mercados al pequeño agricultor y productor agrario. Cuatro Caminos, Marianao, Del Mónaco son los más importantes y que me disculpen los amigos de algún municipio, si me olvido de alguno de importancia significativa.

De ellos, el de Cuatro Caminos es el más importante. No es como los de Medio Oriente, claro está, ni siquiera como el Petirossi, a cielo abierto, donde cada mercader va ocupando su puesto cuando aún las estrellas están altas, para acceder al mejor lugar, o alguno ni siquiera lo abandona por las noches, para no perder el mismo. Acá, de acuerdo a las reglas urbanas y al momento de la civilización en que vivimos, los puestos se alquilan y hay servicio de limpieza y vigilancia.

Eso dicen, porque según Barbarita, inquilina de un puesto, donde ofrece frijoles de todos los colores y otras viandas y legumbres, la seguridad nunca se ha visto y la limpieza: “¡Bueno, tú puedes verlo chico!” En fin, changarines que te chocan, basura por doquier, carne de puerco o carnero, como dicen acá, revolcada al sol y por el piso, esperando para ser colgada en un gancho y los aromas dulcificando todo.

De acuerdo con la crisis, las puertas están copadas por las vendedoras de cuanta cosa hayan podido sustraer de las tiendas con divisas, los cambiadores clandestinos de divisas y los chulos con sus jineteras que, a la vez que ofrecen sus productos, con el otro ojo bichan para ver si no aparece alguna patrulla, para “desaparecer”.

En el recuerdo me transporto al Abasto, cuando niño, por entonces no se conocía el significado de la palabra shopping y ni siquiera si existía. Cuando ingresabas se sentía ese aroma a campo, resaltado por aquellos óleos medio diluidos por la suciedad y los años de los azulejos, representando escenas de carros aparcados en sus calles laterales y las fondas. Si hasta la voz de Carlitos parecía inundarlo todo.

Pero claro, desde que nos subimos a la nube del primer mundo, a Carlitos lo indigestaron con una hamburguesa contaminada y a todos los negocios los bautizaron con un nombrecito extranjero, porque está más acorde con el lugar. ¿Viste gordi?

Bueno, al menos el viejo mercado de San Telmo, ¡así es mi barrio!, no sufrió esa metamorfosis; si bien sólo quedan unos poquitos puestos de venta de frutas y verduras, para que los turistas extranjeros, del primer mundo vean, con curiosidad, que era un mercado.

¿Quieres que te confiese algo Barbarita? No hay nada mejor que un buen bocadito de carne de puerco con cebollitas y una latica de cerveza en medio de este romántico caos.

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