
Lavanderas y barcos pescadores en el Río
de La Plata a orillas de
la Ciudad de Buenos
Aires en 1847.
Óleo de Rudolf Carlsen
Un día de viento en
el Balneario Municipal
de Buenos Aires.
Dibujo de Oresteds
Acquarone
Vista del Malecón en
La Habana

Vista del Malecón en
La Habana |
La
diferencia en la aplicación del idioma entre
Cuba y Argentina, hace que muchas veces una discusión
semántica finalice en una consulta con el
diccionario.
El idioma que hablamos, ¿es el español,
como dicen acá y en toda América o,
por el contrario, es el castellano, como nos enseñan
en Argentina que debe decirse?
La planta de entrada de un edificio, si estamos
en Cuba, es el primer piso; pero si nos trasladamos
a la Argentina será la planta baja. Del bajo,
salvo que sea una persona bajita, por estos pagos
no se le conoce otro significado, así es
que vayamos directamente al diccionario.
Bajo: (música) Sonido grave o instrumento
musical.
Bajo Fondo: Barrio donde viven los profesionales
del delito.
Tierra Baja: Que se ve sólo de muy cerca.
Piso Bajo: De la casa que tiene dos o más
pisos.
Bajío: Terreno bajo.
Bajo: (geog) La parte de un río cercana a
su desembocadura.
Este último caso comprendería la parte
de tierra inundadle, colindante con el curso del
río.
Seguramente, nadie que se lo proponga encontraría
el bajo en La Habana, rodeada de un malecón
de cemento que la protege de las incursiones del
mar; ni quizás en Buenos Aires, a pesar de
que diariamente miles incursionen por ese “bajo”
(Paseo Colón o Leandro N. Alem) que, por
supuesto, no siempre fue como ahora.
Allá a lo lejos, en la colonia, se extendía
entre el arroyo 3º del Sur o Zanjón
de Granados, como se le llamaba, cuyo curso corre
por debajo de la actual calle Chile, para desembocar
en el Plata, y el parque Lezama.
Era el bajo con relación a la barranca agreste
y escarpada, que lo circundaba y desde cuya cima,
donde sobresalían, entre el verde de su vegetación,
la primera fila de casas con sus miradores y la
cúpula de la iglesia de Nuestra Señora
de Belén, observarlo deparaba un colorido
espectáculo, con la inmensidad del río
y el cielo como telón de fondo de ese escenario
natural en el que se movían diversos actores:
Las lavanderas cumplían sus tareas en los
piletones naturales formados por la subida de las
mareas, entre cantos bulliciosos y sonoras carcajadas
o bien entre el griterío desenfrenado de
las grescas en que generalmente se trenzaban, cuando
no, ahuyentando a los grupos de muchachotes que
disfrutaban manchándoles las ropas recién
lavadas, con el barro de la orilla. A ellas se agregaban
el trajinar de los pescadores internándose
en el agua con sus caballos y redes o los aguateros
con sus carromatos.
Allá por la década de 1860, la construcción
del viaducto de hierro del ferrocarril a la Ensenada,
el cual finalizaba su recorrido, entre nubes de
vapor y humo y el estupor de los habitantes del
bajo, en la estación Casa Amarilla, entonces
situada en la esquina de las actuales avenidas Paseo
Colón y Garay, le dio al bajo una nueva fisonomía.
A comienzo de los años `70, si la memoria
no me es infiel, se fue delineando lo que hoy es
la avenida Paseo Colón, con una sola acera,
al pié de la barranca y una estrecha calzada
sobre la cual se tendieron las primeras vías
de tranvías que cruzaban el barrio, tirados
por caballos y que llevaban al vecino “pueblo”
de la Boca, ese de Quinquela, Banchero y la fainá
genovesa.
A fines de esa década, cuando se inicia la
construcción del Puerto Madero, el bajo experimentó
una gran transformación al ser la orilla
del río trasladada artificialmente mil metros
más adentro. El Paseo Colón adquirió
el ancho propio de una avenida, construyéndosele
la vereda que le faltaba y la parroquia de San Pedro
González Telmo, aprovechando parte del terreno
ganado al río, extendió su predio
hasta la actual avenida Huergo, que la separaba
de la zona portuaria.
El barrio, sin embargo, adquirió un nuevo
dinamismo y la vida marinera, fuente de la formación
del mismo, renació con ímpetu al quedar
la nueva dársena y los diques dentro de su
influencia geográfica.
La construcción del puerto, no obstante,
provocó un total divorcio visual entre los
habitantes del barrio y ese escenario natural que
otrora brindara la naturaleza, que en parte se vio,
posteriormente, compensado con la construcción
del balneario público, con su malecón,
su bella rambla y jardines, para regocijo de todos
los porteños, que podíamos disfrutarlo
como solaz esparcimiento los fines de semana.
Pero… llegó la modernidad y primero,
en los años `60 (del mil novecientos), a
Boca Juniors se le ocurrió hacer una ciudad
deportiva que nunca llevó a cabo, salvo un
par de instalaciones, pero que rellenó el
río con toda la basura de Buenos Aires y
alrededores durante años y que dio nacimiento
a la Reserva Ecológica. ¿De algún
modo había que bautizarla, o no?
Posteriormente, durante el auge del neoliberalismo,
en el período de gobierno de Méndez
o “el innombrable” como dicen mis hijas,
pues según ellas no se quieren manchar la
lengua pronunciando su nombre, se levantó
desde las cenizas el nuevo Puerto Madero con los
depósitos de su dársena convertidos
en oficinas y restaurantes, sin faltar su c asino
flotante y sus yates anclados en sus diques, símbolos
de la vida fácil, el narcotráfico
financiando al nuevo puerto de la lujuria, el desenfreno
y la corrupción, culturas diferentes de aquellas
fundadoras del barrio
y … menos mal que la isla flotante no llegó
a levantarse. |