
Patios de la
Habana Vieja, Cuba

Patios de la
Habana Vieja, Cuba

Patios de la
Habana Vieja, Cuba
Patio del palacio
de los Capitanes
Generales, La Habana
Vieja, Cuba

Patios de la casa
de la familia Ezeiza,
San Telmo,
Buenos Aires

Patios de la casa
de la familia Ezeiza,
San Telmo,
Buenos Aires

Patios de la casa
de la familia Ezeiza,
San Telmo,
Buenos Aires |
Todavía
quedan en Buenos Aires, al igual que en La Habana,
esos viejos patios que son como un remanso en
el agitado trajinar de la vida moderna.
Muchos habrán vivido, como yo, aunque no
en Buenos Aires ni en La Habana, su infancia en
estos amplios patios y visto en ellos transcurrir
escenas de felicidad recoleta, bajo un cielo cómplice
y la embriaguez que producen la diversa variedad
de plantas florales, árboles o enredaderas
que lo perfuman con su aroma. Su embaldosado rojo,
con los años avejentado y desteñido,
parece florecer con las lluvias, iluminándole
su rostro. El infaltable aljibe, en el centro
de su corazón, ya seco de tanto esperar
porque alguien lo reviva, como lo hacía
en épocas pretéritas el trinar de
canarios y variedad de otros pequeños emplumados
revoloteando en la pajarera, poniéndole
música a su alma, cual musas celestiales
que descienden de un imaginario olimpo.
Desde la vereda, el estrecho zaguán me
permite verlo florecer junto a helechos y malvones,
algún árbol de los que nunca faltan
y sus paredes cubiertas de enredaderas, donde
resaltan las diversas formas, tamaños y
colores de las campanillas o la blancura de los
jazmines del país, a través de la
puerta enrejada, con todo el arte de su artesanía
que pareciera proteger su intimidad de la curiosidad
de los transeúntes, ansiosos por descubrir
sus historias.
En ese momento me domina una nostálgica
visión evocativa, de recuerdos que me sofocan
y me transportan a momentos felices y de sueños,
donde la dicha fluía como un manantial
inextinguible.
Estos patios fueron conocedores y guardan el recuerdo
del pregón de los vendedores ambulantes,
pero también del lechero, que con sus tarros
llegaba hasta la cocina, ubicada en el otro extremo,
donde la abuela luchaba con su pantalla tratando
de avivar el fuego de la cocina a leña
o bien del brasero. El panadero o el carnicero,
que atravesaban el patio también, espiando
previamente que detrás de algún
macetón no apareciera sorpresivamente algún
can, entre guardián y juguetón,
que se le prendiera a alguna de las botamangas
de su pantalón.
Con sus puertas de calle y cancel, ubicadas en
cada extremo del zaguán, siempre abiertas,
era común que al golpeteo de manos de alguna
visita se le respondiera desde adentro con un
“adelante”, sin saber exactamente
quién era, pues en aquella época
todo visitante era bienvenido.
En verano, sobre todo cuando bajaba el sol, el
patio renacía a la vida y era el centro
de reunión de la familia y amistades entre
mate y mate, o alguna copita de licor o guindado
caseros, en veladas donde los acordes de algún
tango o alguna milonga embriagaban el aire con
sus ritmos, mientras las parejas bailaban entre
el círculo de sillas donde observaban,
con un guiño cómplice, sus mayores.
Las abuelas, mientras tanto, sacaban sus sillones
hamacas, tan comunes aún hoy en toda Cuba,
al patio y cuyo balanceo me transporta a esa época
de mi infancia.
Buenos Aires, la moderna y cosmopolita Buenos
Aires, al igual que La Habana, aún hoy
mantiene en San Telmo, Monserrat, Belgrano, Palermo
y la casi totalidad de sus barrios, se puede decir,
estos patios que rememoran el Buenos Aires aldea,
que parecieran estirar sus manos a través
del zaguán, para poder estrecharla a cuantos
allí se acerquen.
Esos patios hoy ya no son centro de esa vida familiar,
sino que forman parte de los llamados inquilinatos
en Buenos Aires y porterías, algunos de
ellos, en La Habana, albergando gentes de diversos
acentos y colores, pero ellos, los patios, generosos
y confidentes, saben guardar las cuitas de enamorados
y románticos o melancólicos, en
cada uno de los idiomas en que son recitadas.
Todo esto lo supieron pintar excelentemente, tanto
el poeta Evaristo Carriego como el payador Gabino
Ezeiza, dos almas de Buenos Aires, quienes les
rindieron homenaje con prosas nostálgicas,
que resaltaban la trascendencia que tenían
como escenario en la vida cotidiana de la ciudad. |