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NBuenos Aires desde La Habana, Cuba
por Carlos Raúl Carbajal»n
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Evocación de los viejos patios
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Patios de la
Habana Vieja, Cuba


Patios de la
Habana Vieja, Cuba


Patios de la
Habana Vieja, Cuba


Patio del palacio
de los Capitanes
Generales, La Habana
Vieja, Cuba


Patios de la casa
de la familia Ezeiza,
San Telmo,
Buenos Aires


Patios de la casa
de la familia Ezeiza,
San Telmo,
Buenos Aires


Patios de la casa
de la familia Ezeiza,
San Telmo,
Buenos Aires
Todavía quedan en Buenos Aires, al igual que en La Habana, esos viejos patios que son como un remanso en el agitado trajinar de la vida moderna.

Muchos habrán vivido, como yo, aunque no en Buenos Aires ni en La Habana, su infancia en estos amplios patios y visto en ellos transcurrir escenas de felicidad recoleta, bajo un cielo cómplice y la embriaguez que producen la diversa variedad de plantas florales, árboles o enredaderas que lo perfuman con su aroma. Su embaldosado rojo, con los años avejentado y desteñido, parece florecer con las lluvias, iluminándole su rostro. El infaltable aljibe, en el centro de su corazón, ya seco de tanto esperar porque alguien lo reviva, como lo hacía en épocas pretéritas el trinar de canarios y variedad de otros pequeños emplumados revoloteando en la pajarera, poniéndole música a su alma, cual musas celestiales que descienden de un imaginario olimpo.

Desde la vereda, el estrecho zaguán me permite verlo florecer junto a helechos y malvones, algún árbol de los que nunca faltan y sus paredes cubiertas de enredaderas, donde resaltan las diversas formas, tamaños y colores de las campanillas o la blancura de los jazmines del país, a través de la puerta enrejada, con todo el arte de su artesanía que pareciera proteger su intimidad de la curiosidad de los transeúntes, ansiosos por descubrir sus historias.

En ese momento me domina una nostálgica visión evocativa, de recuerdos que me sofocan y me transportan a momentos felices y de sueños, donde la dicha fluía como un manantial inextinguible.

Estos patios fueron conocedores y guardan el recuerdo del pregón de los vendedores ambulantes, pero también del lechero, que con sus tarros llegaba hasta la cocina, ubicada en el otro extremo, donde la abuela luchaba con su pantalla tratando de avivar el fuego de la cocina a leña o bien del brasero. El panadero o el carnicero, que atravesaban el patio también, espiando previamente que detrás de algún macetón no apareciera sorpresivamente algún can, entre guardián y juguetón, que se le prendiera a alguna de las botamangas de su pantalón.

Con sus puertas de calle y cancel, ubicadas en cada extremo del zaguán, siempre abiertas, era común que al golpeteo de manos de alguna visita se le respondiera desde adentro con un “adelante”, sin saber exactamente quién era, pues en aquella época todo visitante era bienvenido.

En verano, sobre todo cuando bajaba el sol, el patio renacía a la vida y era el centro de reunión de la familia y amistades entre mate y mate, o alguna copita de licor o guindado caseros, en veladas donde los acordes de algún tango o alguna milonga embriagaban el aire con sus ritmos, mientras las parejas bailaban entre el círculo de sillas donde observaban, con un guiño cómplice, sus mayores.

Las abuelas, mientras tanto, sacaban sus sillones hamacas, tan comunes aún hoy en toda Cuba, al patio y cuyo balanceo me transporta a esa época de mi infancia.

Buenos Aires, la moderna y cosmopolita Buenos Aires, al igual que La Habana, aún hoy mantiene en San Telmo, Monserrat, Belgrano, Palermo y la casi totalidad de sus barrios, se puede decir, estos patios que rememoran el Buenos Aires aldea, que parecieran estirar sus manos a través del zaguán, para poder estrecharla a cuantos allí se acerquen.

Esos patios hoy ya no son centro de esa vida familiar, sino que forman parte de los llamados inquilinatos en Buenos Aires y porterías, algunos de ellos, en La Habana, albergando gentes de diversos acentos y colores, pero ellos, los patios, generosos y confidentes, saben guardar las cuitas de enamorados y románticos o melancólicos, en cada uno de los idiomas en que son recitadas.

Todo esto lo supieron pintar excelentemente, tanto el poeta Evaristo Carriego como el payador Gabino Ezeiza, dos almas de Buenos Aires, quienes les rindieron homenaje con prosas nostálgicas, que resaltaban la trascendencia que tenían como escenario en la vida cotidiana de la ciudad.
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