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| BUENOS
AIRES DESDE EL MUNDO |
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| Minifaldas
en Buenos Aires |
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Aquella,
nuestra primera mañana en Buenos Aires, no habíamos programado
nada en especial. Descansaríamos del vuelo desde Santiago
y, ya al caer la tarde, cumpliríamos con la primera de
muchas reuniones, entre informales y circunspectas, que
pactáramos por anticipado y vía "imeil" con una serie
de intelectuales porteños con quienes conversaríamos de
las posibilidades de integrar culturalmente nuestros países.
Carlos, capitán de esta empresa y uno de los más entusiastas
y sinceros latinoamericanistas que he conocido, tenía
(y tiene) muy claras
ideas al respecto. |
"Antes de
embarcarnos en tantas reuniones y antes que el tiempo termine
de ganarnos y no podamos hacer nada, acompáñame, te muestro
Buenos Aires y, de paso, me ayudas a escoger una falda que le
quiero comprar a la Poli...".
Una vez liquidado
el frugal "desayuno americano" que amablemente nos sirvieron
en el "Victory", abandonamos nuestra estancia en "Maipú al 800"
y nos lanzamos a recorrer las calles (para mí, primerizo, desconocidas
y, para él, resabidas de caminadas en viajes previos), no pude
dejar de sorprenderme. O todas las mujeres feas de Buenos Aires
habían sido víctimas de alguna epidemia o, sencillamente, no
ha pisado jamás suelo porteño ninguna dama poco agraciada. No
hubo Eva en las calles menor del metro setenta, todas lucían
largas y sedosas cabelleras, piernas definitivas, ojos insondables
y gestos aristocráticos que me hacían dudar entre mi torpeza
que pensaba que todas eran unas pitucas creídas y mi debilidad
que me aseguraba que la hermosura había congregado en ese rincón
del mundo a todas sus vírgenes. Embobado, caminaba como sobre
nubes por el paseo Lavalle y me asombraba de la variedad de
formas que podía adquirir la belleza en esas calle plétoras
de féminas deslumbrantes, vestidas, y ese detalle me sorprendió
más, como de fiesta un día cualquiera de la semana. Un muy helado
jugo de frutas llegó justo a tiempo para nivelar mi temperatura.
En medio de esta visión, que dejó muy clara mi condición de
ciudadano de un país mayoritariamente mestizo, reflexioné: "¿De
dónde saldrá esa manía muy humana de dejarse seducir por todas
aquellas razas ajenas a la nuestra y, en cambio, tomar en menos
a la que abunda a nuestro alrededor?" No es raro, por ejemplo,
ver a turistas gringos en Lima o en Cuzco emparejados con las
hijas de Huayna Capac, lo mismo que nuestros compatriotas son
víctimas felices de las hijas de Europa. ¿Amor por lo escaso?
Tarea para los sociólogos.
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En
fin, así, en mitad de una fiebre controlada a medias
por el mentado jugo de frutas, Carlos me condujo a lo
que mis ojos supusieron el paraíso del cual se habla
en los textos sagrados. Una doble mampara de vidrio
se abrió como por encanto a nuestro paso. Traspasado
el umbral, en un ambiente refrescado artificialmente
por un oportuno aire acondicionado, en medio de una
serie de espejos en semicírculo que daban la impresión
de un gran coliseo alfombrado de rojo y gratamente iluminado
se alzaba un hermoso mostrador de lunas transparentes
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y, ante él,
sobre una silla de metal, alta, de esas que se colocan frente
a las barras de los bares que se han vuelto famosos por las
películas "joliwudenses", se erguía, principesca, magnífica
e inenarrable, una porteña de al menos ciento ochenta centímetros,
de rubia e inacabable cabellera, ojos azules como cielo pampeano
al mediodía, labios rojos, vastos y tentadores, piel de seda,
armada de un conjunto de cuero que dejaba libre a la mirada
unas piernas soberbias, blancas como algodón, torneadas, con
una línea y una perfección que las anoréxicas modelos de pasarela
envidiarían.
Salí de mi estupor cuando una voz de cristal nos recibió. "Muy
buenos días, ¿buscan algo en particular?", preguntó la bella
y mientras yo tartamudeaba una respuesta, Carlos, ducho en las
maravillas bonaerenses, contestó: "Buenos días, ando buscando
una minifalda de cuero para mi esposa...". "Y, ¿cómo es ella?",
respondió, "¿será como yo?", preguntó mientras desembarcaba
de la silla metálica su volumetría y la lucía coqueta, imperturbable
y provocativa, frente a estos dos turistas convertidos, por
gracia de ella, en devotos fieles de la virgen de la tienda.
"Sssí...", respondió casi tartamudeando mi experimentado amigo
ya amedrentado por el monumento parlante que nos cerraba el
paso. "Síganme, por favor" nos dijo mientras llevaba su humanidad
hacía una escalera en semicírculo de la que yo, cegado, no me
había percatado aún. Parafraseando a Lorca "no debo decir, por
hombre" lo que mis ojos vieron cuando ella subió las gradas,
sin dejar que nosotros, como caballeros, la precediéramos. Si
el primer piso se me antojó el cielo cristiano, ya en la segunda
planta nos encontramos en el mismísimo paraíso musulmán, plétoro
de mujeres hermosas luciendo ropas de cuero de las más variadas
formas. Paralizado por la impresión, ni me percaté cuando la
señorita le fue enseñando las minifaldas a Carlos mientras mi
amigo, gran chileno, iba descartando las prendas que figuraba
impropias o inadecuadas para su mujer hasta que, finalmente,
dijo entusiasta "ésta". Como llevada por un vértigo, la dama
se alejó rumbo a unos cuartos cuyas puertas eran cortinas y
allí, en los vestidores y lejos de nuestras indiscretas miradas,
se probó el mencionado adminículo. Cuando salió vestida con
la minifalda negra que dejaba muy poco a la imaginación Carlos,
todo un señor o todo un distraído (nunca lo supe) declaró: "¡perfecto!",
mientras la bella volvía a los vestidores con la misma rapidez
de un suspiro. "¡Cómo que perfecto!" dije airado. "La falda
está perfecta, le va a quedar impecable a la Poli", respondió
él sin percatarse de mi furia creciente. "¡Cómo que perfecto!",
repetí, "si debimos hacerla modelar toda la mañana...". Carlos
rió con ganas. La chica volvió, pasamos a la caja, le maltrataron
sin consideración la tarjeta de crédito a mi amigo y salimos
despedidos por la sonrisa inmensa y perfecta de la porteña y
una desazón que iba inundando mi ya no tan joven entusiasmo.
Caminé desconcertado. "Pero, Carlos...", intenté decir mientras
él, sabio y fiel amigo, me hacía ingresar al "Palacio de las
papas fritas". Un inolvidable bife de chorizo consoló mis penas. |
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