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BUENOS AIRES DESDE EL MUNDO
LIMA, Perú
por José Luis Mejía Huamán
jlmh@ezperu.com
Minifaldas en Buenos Aires
 
 
Aquella, nuestra primera mañana en Buenos Aires, no habíamos programado nada en especial. Descansaríamos del vuelo desde Santiago y, ya al caer la tarde, cumpliríamos con la primera de muchas reuniones, entre informales y circunspectas, que pactáramos por anticipado y vía "imeil" con una serie de intelectuales porteños con quienes conversaríamos de las posibilidades de integrar culturalmente nuestros países. Carlos, capitán de esta empresa y uno de los más entusiastas y sinceros latinoamericanistas que he conocido, tenía (y tiene) muy claras ideas al respecto.
"Antes de embarcarnos en tantas reuniones y antes que el tiempo termine de ganarnos y no podamos hacer nada, acompáñame, te muestro Buenos Aires y, de paso, me ayudas a escoger una falda que le quiero comprar a la Poli...".

Una vez liquidado el frugal "desayuno americano" que amablemente nos sirvieron en el "Victory", abandonamos nuestra estancia en "Maipú al 800" y nos lanzamos a recorrer las calles (para mí, primerizo, desconocidas y, para él, resabidas de caminadas en viajes previos), no pude dejar de sorprenderme. O todas las mujeres feas de Buenos Aires habían sido víctimas de alguna epidemia o, sencillamente, no ha pisado jamás suelo porteño ninguna dama poco agraciada. No hubo Eva en las calles menor del metro setenta, todas lucían largas y sedosas cabelleras, piernas definitivas, ojos insondables y gestos aristocráticos que me hacían dudar entre mi torpeza que pensaba que todas eran unas pitucas creídas y mi debilidad que me aseguraba que la hermosura había congregado en ese rincón del mundo a todas sus vírgenes. Embobado, caminaba como sobre nubes por el paseo Lavalle y me asombraba de la variedad de formas que podía adquirir la belleza en esas calle plétoras de féminas deslumbrantes, vestidas, y ese detalle me sorprendió más, como de fiesta un día cualquiera de la semana. Un muy helado jugo de frutas llegó justo a tiempo para nivelar mi temperatura.

En medio de esta visión, que dejó muy clara mi condición de ciudadano de un país mayoritariamente mestizo, reflexioné: "¿De dónde saldrá esa manía muy humana de dejarse seducir por todas aquellas razas ajenas a la nuestra y, en cambio, tomar en menos a la que abunda a nuestro alrededor?" No es raro, por ejemplo, ver a turistas gringos en Lima o en Cuzco emparejados con las hijas de Huayna Capac, lo mismo que nuestros compatriotas son víctimas felices de las hijas de Europa. ¿Amor por lo escaso? Tarea para los sociólogos.

En fin, así, en mitad de una fiebre controlada a medias por el mentado jugo de frutas, Carlos me condujo a lo que mis ojos supusieron el paraíso del cual se habla en los textos sagrados. Una doble mampara de vidrio se abrió como por encanto a nuestro paso. Traspasado el umbral, en un ambiente refrescado artificialmente por un oportuno aire acondicionado, en medio de una serie de espejos en semicírculo que daban la impresión de un gran coliseo alfombrado de rojo y gratamente iluminado se alzaba un hermoso mostrador de lunas transparentes

y, ante él, sobre una silla de metal, alta, de esas que se colocan frente a las barras de los bares que se han vuelto famosos por las películas "joliwudenses", se erguía, principesca, magnífica e inenarrable, una porteña de al menos ciento ochenta centímetros, de rubia e inacabable cabellera, ojos azules como cielo pampeano al mediodía, labios rojos, vastos y tentadores, piel de seda, armada de un conjunto de cuero que dejaba libre a la mirada unas piernas soberbias, blancas como algodón, torneadas, con una línea y una perfección que las anoréxicas modelos de pasarela envidiarían.

Salí de mi estupor cuando una voz de cristal nos recibió. "Muy buenos días, ¿buscan algo en particular?", preguntó la bella y mientras yo tartamudeaba una respuesta, Carlos, ducho en las maravillas bonaerenses, contestó: "Buenos días, ando buscando una minifalda de cuero para mi esposa...". "Y, ¿cómo es ella?", respondió, "¿será como yo?", preguntó mientras desembarcaba de la silla metálica su volumetría y la lucía coqueta, imperturbable y provocativa, frente a estos dos turistas convertidos, por gracia de ella, en devotos fieles de la virgen de la tienda. "Sssí...", respondió casi tartamudeando mi experimentado amigo ya amedrentado por el monumento parlante que nos cerraba el paso. "Síganme, por favor" nos dijo mientras llevaba su humanidad hacía una escalera en semicírculo de la que yo, cegado, no me había percatado aún. Parafraseando a Lorca "no debo decir, por hombre" lo que mis ojos vieron cuando ella subió las gradas, sin dejar que nosotros, como caballeros, la precediéramos. Si el primer piso se me antojó el cielo cristiano, ya en la segunda planta nos encontramos en el mismísimo paraíso musulmán, plétoro de mujeres hermosas luciendo ropas de cuero de las más variadas formas. Paralizado por la impresión, ni me percaté cuando la señorita le fue enseñando las minifaldas a Carlos mientras mi amigo, gran chileno, iba descartando las prendas que figuraba impropias o inadecuadas para su mujer hasta que, finalmente, dijo entusiasta "ésta". Como llevada por un vértigo, la dama se alejó rumbo a unos cuartos cuyas puertas eran cortinas y allí, en los vestidores y lejos de nuestras indiscretas miradas, se probó el mencionado adminículo. Cuando salió vestida con la minifalda negra que dejaba muy poco a la imaginación Carlos, todo un señor o todo un distraído (nunca lo supe) declaró: "¡perfecto!", mientras la bella volvía a los vestidores con la misma rapidez de un suspiro. "¡Cómo que perfecto!" dije airado. "La falda está perfecta, le va a quedar impecable a la Poli", respondió él sin percatarse de mi furia creciente. "¡Cómo que perfecto!", repetí, "si debimos hacerla modelar toda la mañana...". Carlos rió con ganas. La chica volvió, pasamos a la caja, le maltrataron sin consideración la tarjeta de crédito a mi amigo y salimos despedidos por la sonrisa inmensa y perfecta de la porteña y una desazón que iba inundando mi ya no tan joven entusiasmo. Caminé desconcertado. "Pero, Carlos...", intenté decir mientras él, sabio y fiel amigo, me hacía ingresar al "Palacio de las papas fritas". Un inolvidable bife de chorizo consoló mis penas.
 
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2001, El Muro Cultural