| Aquella
noche estuvimos invitados a un café (de los muchos lugares
bohemios e intelectuales que -felizmente- aún quedan
en Buenos Aires) cuyo nombre me pareció inolvidable,
"A los poetas" fue un lugar revelador. Ubicado entre
Sarmiento y Paraná, preciso en la esquina, con un sótano
a la manera de los viejos bares de clásicas películas
gringas, donde se escondían los perseguidos por la policía,
velaban el sueño de la infracción decenas de litros
de aguardiente o, sencillamente, se organizaban las más
animadas partidas de naipes al margen de la ley, este sótano,
sin embargo, estaba destinado a un fin largamente más
noble que el de garito arrabalero. Adecuadamente iluminado,
nos recibió un ambiente amplio y cómodo, donde
una docena de mesas, plácidamente distribuidas, formaban
una media luna frente a otra mayor, más larga, más
sólida, más prosaica, con sillas a solo uno de
los lados, dando la cara a las primeras, haciendo las veces
de escenario o estrado de honor, con dos o tres micrófonos
dispuestos para el uso de los contertulios. No sé si
recuerdo una agradable música ambiental -un tango instrumentalizado,
tal vez- pero si es seguro que la sensación de armonía
llenaba el ambiente.
Esa noche
estábamos reunidos medio centenar de locos para presentar
a la comunidad porteña el tercer número de "El
Muro", una revista cultural cuyo nombre me recordaba
inevitablemente la paradójica obra de Sartre, a quien
recurrí en mi lejana adolescencia para que, junto a
su buen amigo-rival Camus, pusiera en tela de juicio mi obligación
de existir. El ambiente bonaerense, tan europeo, tan parisién,
tan distinto y distante de los tradicionales paisajes americanos,
contribuyó enormemente a sustentar esa idea.
Por esos
días acaba de (re)conocer, en persona y en el abrazo,
al capitán de este proyecto literario nacido de la
inquietud de un grupo de escritores argentinos. Y digo "(re)conocer"
porque hacían ya muchas lunas que mantenía con
él largos y cordiales diálogos epistolares.
En aquel tiempo (largo en la media del avance tecnológico,
breve en los años transcurridos e inmenso en la medida
del afecto y el respeto) era un privilegio el uso de computadoras,
"e-mails" y "modems", y podíamos
disfrutar todavía de la intimidad de aquellas cartas
que viajaban atravesando los Andes uniendo Buenos Aires y
Lima.
José
Kameniecki, abanderado -entonces y ahora- de la cultura sin
márgenes ni fronteras, se había desvelado toda
una semana preparando la presentación de "El Muro",
coincidente con el arribo a la capital argentina de Carlos
Aránguiz, otro enamorado de la integración latinoamericana
a través de los quiebres y requiebres de la lengua
de Cervantes, fundador, conciencia y guía de "Francachela",
ese proyecto inmenso que hasta el día de hoy lucha
y se esfuerza por estrechar los lazos de la confraternidad
literaria mundial. De más estar decir que junto a este
dúo dinámico, mi presencia no era más
que la del cronista que, sin exponerse demasiado, acompaña
a los conquistadores para luego hacerse famoso narrando sus
hazañas.
Esa noche
fue memorable. Se reunieron casi un centenar de locos (¿hay
alguien más desadaptado que un narrador, un pintor
o un poeta?) que con inmenso cariño y respeto escucharon
las intervenciones, algunas largas y enjundiosas, otras precisas
e intensas, de todos aquellos que se colocaron en la mentada
mesa de conducción. La más importante -para
nosotros, por su anuncio- fue la de Carlos, quien hizo pública
la incorporación de José al equipo de Francachela.
¿Hubo
vino? No lo recuerdo. Porque, abstemio desde adolescente,
soy poco dado a rememorar las delicias de Baco. Sin embargo,
todos nos embriagamos allí de calor y poesía,
de afecto y literatura. Recuerdo con claridad la distinguida
y amable presencia de Daniel Andina, un amante de los libros
capaz de hallar, en perdidos anaqueles de las bibliotecas
o en medio de inmensas librerías de viejo, el título
aquel que hemos estado buscando hace tanto. Junto a él,
Luis Calvo, animador cultural y tenaz editor, más joven
y locuaz, hacía honores a la diosa poesía, acompañándonos
con toda su "troupé" de poetas vocingleros
y animosos que le dieron a la reunión una sensación
de fiesta.
Allí
no acabó la noche. Luego tomar unas copas y degustar
algún piqueo, fuimos invitados al Güerrin, una
pizzería de esas antiguas que huele a masa horneada
y queso derretido. Caminamos varias calles, que se pierden
en el laberinto de mi infiel memoria, y en animado grupo (reducido
ya a una veintena de íntimos y entusiastas amigos de
-y por- la literatura) llegamos al local.
Acostumbrado
a la comida chatarra (que ha convertido a la pobre pizza en
un producto de consumo masivo, en locales absurdamente iluminados,
con coloridas luces de neón, carteles y letreros inmensos,
y todo el aparatoso "merchandising" de "pines",
gorritos, mandiles y lapiceros), quedé sorprendido
ante la parquedad de este restaurante sencillo, popular -pero
nunca populoso-, donde decenas de personas colmaban las infinitas
mesas que se iban sucediendo mientras avanzábamos enamorándonos
del aroma impecable de las pizzas inmensas, calentitas y recién
horneadas, que paseaban de la mano de inacabables mozos atendiendo
a los comensales.
Una escalera
abrió el camino hacia un segundo ambiente. Subimos
el grupo animoso y nos encontramos con una larga mesa, servida
y dispuesta, que estaba esperando nuestra llegada. Fue la
primera vez que comí una fugazzeta, delicia compuesta
por una masa aromática y generosa, cebolla blanca y
derretidísma mozzarela. ¡Una sinfonía!
Un vino,
que jamás probé, selló esa espléndida
noche en Buenos Aires.
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