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BUENOS AIRES DESDE EL MUNDO
LIMA, Perú
por José Luis Mejía Huamán
jlmh@ezperu.com
A los Poetas, El Muro y Güerrin
 
Aquella noche estuvimos invitados a un café (de los muchos lugares bohemios e intelectuales que -felizmente- aún quedan en Buenos Aires) cuyo nombre me pareció inolvidable, "A los poetas" fue un lugar revelador. Ubicado entre Sarmiento y Paraná, preciso en la esquina, con un sótano a la manera de los viejos bares de clásicas películas gringas, donde se escondían los perseguidos por la policía, velaban el sueño de la infracción decenas de litros de aguardiente o, sencillamente, se organizaban las más animadas partidas de naipes al margen de la ley, este sótano, sin embargo, estaba destinado a un fin largamente más noble que el de garito arrabalero. Adecuadamente iluminado, nos recibió un ambiente amplio y cómodo, donde una docena de mesas, plácidamente distribuidas, formaban una media luna frente a otra mayor, más larga, más sólida, más prosaica, con sillas a solo uno de los lados, dando la cara a las primeras, haciendo las veces de escenario o estrado de honor, con dos o tres micrófonos dispuestos para el uso de los contertulios. No sé si recuerdo una agradable música ambiental -un tango instrumentalizado, tal vez- pero si es seguro que la sensación de armonía llenaba el ambiente.

Esa noche estábamos reunidos medio centenar de locos para presentar a la comunidad porteña el tercer número de "El Muro", una revista cultural cuyo nombre me recordaba inevitablemente la paradójica obra de Sartre, a quien recurrí en mi lejana adolescencia para que, junto a su buen amigo-rival Camus, pusiera en tela de juicio mi obligación de existir. El ambiente bonaerense, tan europeo, tan parisién, tan distinto y distante de los tradicionales paisajes americanos, contribuyó enormemente a sustentar esa idea.

Por esos días acaba de (re)conocer, en persona y en el abrazo, al capitán de este proyecto literario nacido de la inquietud de un grupo de escritores argentinos. Y digo "(re)conocer" porque hacían ya muchas lunas que mantenía con él largos y cordiales diálogos epistolares. En aquel tiempo (largo en la media del avance tecnológico, breve en los años transcurridos e inmenso en la medida del afecto y el respeto) era un privilegio el uso de computadoras, "e-mails" y "modems", y podíamos disfrutar todavía de la intimidad de aquellas cartas que viajaban atravesando los Andes uniendo Buenos Aires y Lima.

José Kameniecki, abanderado -entonces y ahora- de la cultura sin márgenes ni fronteras, se había desvelado toda una semana preparando la presentación de "El Muro", coincidente con el arribo a la capital argentina de Carlos Aránguiz, otro enamorado de la integración latinoamericana a través de los quiebres y requiebres de la lengua de Cervantes, fundador, conciencia y guía de "Francachela", ese proyecto inmenso que hasta el día de hoy lucha y se esfuerza por estrechar los lazos de la confraternidad literaria mundial. De más estar decir que junto a este dúo dinámico, mi presencia no era más que la del cronista que, sin exponerse demasiado, acompaña a los conquistadores para luego hacerse famoso narrando sus hazañas.

Esa noche fue memorable. Se reunieron casi un centenar de locos (¿hay alguien más desadaptado que un narrador, un pintor o un poeta?) que con inmenso cariño y respeto escucharon las intervenciones, algunas largas y enjundiosas, otras precisas e intensas, de todos aquellos que se colocaron en la mentada mesa de conducción. La más importante -para nosotros, por su anuncio- fue la de Carlos, quien hizo pública la incorporación de José al equipo de Francachela.

¿Hubo vino? No lo recuerdo. Porque, abstemio desde adolescente, soy poco dado a rememorar las delicias de Baco. Sin embargo, todos nos embriagamos allí de calor y poesía, de afecto y literatura. Recuerdo con claridad la distinguida y amable presencia de Daniel Andina, un amante de los libros capaz de hallar, en perdidos anaqueles de las bibliotecas o en medio de inmensas librerías de viejo, el título aquel que hemos estado buscando hace tanto. Junto a él, Luis Calvo, animador cultural y tenaz editor, más joven y locuaz, hacía honores a la diosa poesía, acompañándonos con toda su "troupé" de poetas vocingleros y animosos que le dieron a la reunión una sensación de fiesta.

Allí no acabó la noche. Luego tomar unas copas y degustar algún piqueo, fuimos invitados al Güerrin, una pizzería de esas antiguas que huele a masa horneada y queso derretido. Caminamos varias calles, que se pierden en el laberinto de mi infiel memoria, y en animado grupo (reducido ya a una veintena de íntimos y entusiastas amigos de -y por- la literatura) llegamos al local.

Acostumbrado a la comida chatarra (que ha convertido a la pobre pizza en un producto de consumo masivo, en locales absurdamente iluminados, con coloridas luces de neón, carteles y letreros inmensos, y todo el aparatoso "merchandising" de "pines", gorritos, mandiles y lapiceros), quedé sorprendido ante la parquedad de este restaurante sencillo, popular -pero nunca populoso-, donde decenas de personas colmaban las infinitas mesas que se iban sucediendo mientras avanzábamos enamorándonos del aroma impecable de las pizzas inmensas, calentitas y recién horneadas, que paseaban de la mano de inacabables mozos atendiendo a los comensales.

Una escalera abrió el camino hacia un segundo ambiente. Subimos el grupo animoso y nos encontramos con una larga mesa, servida y dispuesta, que estaba esperando nuestra llegada. Fue la primera vez que comí una fugazzeta, delicia compuesta por una masa aromática y generosa, cebolla blanca y derretidísma mozzarela. ¡Una sinfonía!

Un vino, que jamás probé, selló esa espléndida noche en Buenos Aires.

 
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2001, El Muro Cultural