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NBuenos Aires desde Madrid, España
por Alberto Costa »n
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Primer acercamiento a un cierto recuerdo.
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Roberto Santoro
Mi Buenos Aires es sólo recuerdo. Además, parcial y subjetivo. En los últimos 23 años, 6 meses y 13 días estuve en Buenos Aires, de cuerpo presente, 45 días. No se nada de aquella ciudad que me circulaba por las venas. Todo es recuerdo. Creo que fui conociendo la ciudad como una forma de alejarme de la casa de mis viejos. Se me fue la mano: a los 21 me casé y me fui a vivir a la casa de mis suegros. Por las razones que hayan sido, aquello duró poco; entonces sí, buscando mi propio horizonte encontré el centro de Buenos Aires. Empecé a trabajar en una agencia de publicidad en la que ví -no me atrevo a decir que conocí- a Enrique Wernique. Era el primer escritor édito que conocía en vivo y en directo. Encima era un auténtico "maldito" nacional. Yo lo espiaba, sabía que tomaba su primera ginebra a las 10 de la mañana, "para estar lúcido", llegó a decirme un día. Era algo generacional, supongo, porque Luis Luchi decía cosas parecidas, como que estando sobrio era un imbécil, que bebiendo adquiría lucidez. Opiniones personales y parecidas.

Ya ni me acuerdo de cómo me enteré que El Grillo de Papel, grupo literario y revista, se reunían en el Café Tortoni. Fui recibido medianamente bien, como el nuevo, como el aspirante a nuevo. En aquella época, con aquella remota edad, me interesaba más ver a los escritores que leer o escuchar lo que escribían. Me acuerdo que Humberto Costantini aparecía por ahí. Era veterinario, y le gustaba decírselo a todo aquel que lo escuchara. Pero el liderazgo lo tenía Abelardo Castillo y era indiscutible. Nunca nos caímos bien. A mí me costó empezar a hablar en aquel grupo, bastante numeroso. Con el tiempo leí algún relato y un par de poemas, pero lo que más recuerdo fue la primera reunión después del nacimiento de mi hijo Pablo, yo no entendía muy bien eso de ser padre, Castillo me preguntó: "y qué tal el pibe", y yo le dije "muy bien, pesó 3 kilos 750 gramos", y ahí me dijo: "y con eso no me decís nada". Cómo nada, el más flaco de todos nosotros pesaba más de 50 kilos, una persona de menos de 4 kilos era rara, no "nada". No sé, a mí desde pendejo me preocupaba la calidad humana de los intelectuales y, de verdad, lo que estaba empezando a ver no me gustaba nada.

Después El Grillo se convirtió en El Escarabajo de Oro y hubo movida entre los directores, no quedó la misma gente. Para esa época el negro Patiño me invitó a una reunión de El Barrilete.

Aquello ya fue otra cosa. El pelado Santoro encandilaba. Nunca había visto, ni leído, a alguien que se tomara el oficio de poeta tan en serio. Trabajaba las palabras, los versos, los ritmos, el sentido, en fin, era un trabajador a conciencia, lo curioso es que su poesía siempre se leía con poco esfuerzo, ese era el testimonio de su gran trabajo. También estaban, Martín Campos (un heredero de los malditos), Horacio Salas, y el increíble Felipe Reisin, el que señaló definitivamente que el bandoneón sonaba triste porque hizo un viaje demasiado rápido entre Westfalia y Balvanera. Rafael Vasquez (con ese) y Alicia Dellepiane Rawson. Había muchos más, pero mi recuerdo es guiado por mi afecto de aquella época. Ahora los afectos son distintos, claro, pero es que todos somos distintos, algunos están tan distintos que hasta se murieron y a veces sin aviso.

El espacio es reducido, pero sirve como contención ya que éste no es más que el embrión de lo que yo vi, en el mundo literario de Buenos Aires, hasta que no vi más nada porque me encarcelaron y me obligaron al exilio que continúa todavía hoy, porque el exilio es un tajo, no hay forma de recuperarse.
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