
El grupo Barrilete
Arriba: Roberto Santoro,
Alberto Costa, Rafael
Vasquez y Enrique
Courau. Abajo: Rubén
Cáccamo y Carlos
Patiño.

Fútbol de Barrilete |
Esa
era la consigna del grupo Barrilete. Estaba escrito
en la cola del barrilete que hacía de logotipo.
Ahora, a más de 35 años de distancia,
pienso que no nos dimos cuenta que el piolín
no era elástico, pero en aquellos años
los límites eran el desafío, eran
como la soga, estaban para saltárselos.
Santoro trabajaba en el Sindicato de Músicos,
tal vez por eso empezamos a pensar en la SADE
(Sociedad Argentina De Escritores) como en nuestro
sitio natural, tenía que ser nuestro sindicato.
Éramos todos escritores, "rantes"
por vocación, "muchachos de barrio"
que escribían poesía, y no teníamos
porqué hacernos a un lado y dejar nuestra
casa sólo para los Aristócratas
de la Literatura. El principio era asociarnos
y para eso había que tener, como mínimo,
un libro publicado. Nos hicimos Editorial. En
realidad eran ediciones de autor, pero con el
sello de Editorial Barrilete.
Por este motivo, en 1965, publiqué mi primer
libro: "Lo que duele". Hice la presentación
en la librería Falbo, en una Galería
de la calle Florida. Aquello fue muy curioso,
Falbo sabía organizar esas presentaciones,
había mucha gente, recuerdo la presencia
de Bernardo Verbitsky porque después me
escribió una carta comentando poemas de
mi libro y dándome mucho ánimo,
y la del político Juan Carlos Coral que
editaba un periódico: "Los de abajo",
en el que publiqué un artículo,
típico de aquella época, titulado,
ni más ni menos que: El acto cultural más
importante es la revolución. También
cantó, acompañada a la guitarra
por Oscar Matus, su marido y editor, en esa época,
su primera época, Mercedes Sosa.
Algún tiempo más tarde Matus nos
editó un disco con poemas de Santoro, Patiño,
Margarita Belgrano y míos. Los músicos
eran, como nosotros, pibes que empezaban: Núñez
Palacio a la guitarra y Oscar Mederos al bandoneón.
Se llamó Buenos Aires vuelta y vuelta.
No tengo ni uno. Y por no tener, no tengo recuerdo
del nombre del genial diagramador e ilustrador
de las tapas. Le pido disculpas. Cuando me secuestraron
quemaron todos mis archivos, como para que no
quede de mí ni la memoria.
Desde acá, 2001, parece que todos éramos
"pibes que empezaban", porque en la
presentación de un libro con Faja de Honor
de la SADE -cuando estaba en la calle Méjico,
en una casa colonial, con aljibe y todo- también
cantó una muchacha que estaba empezando:
Susana Rinaldi.
Lo difícil es describir el entusiasmo y
la pasión con que vivíamos cada
hecho, y eran muchos, tantos que se entremezclan.
En lo que cuento hay algunas alteraciones cronológicas
-no más de algunos meses o algún
año- debidas a la falta de ficheros y a
la intensidad de cada etapa. Una fue la anterior
a Onganía, la siguiente llegó hasta
el 73 y la última, la que parecía
la del triunfo, culminó con el secuestro,
el asesinato, la desaparición, o el exilio,
de casi todos los integrantes de nuestro grupo
y de nuestra generación.
Pero no lo sabíamos, y cuando lo supimos
ya no podíamos parar. Salimos a remontarnos
y en eso estábamos.
Vuelvo atrás. Onganía todavía
estaba en algún cuartel. Nosotros queríamos
desarrollarnos como escritores entendidos como
trabajadores de la cultura. Y como trabajadores
queríamos nuestro sindicato y ahí
estaba: la SADE. Estábamos en plena campaña
de afiliación y no era fácil. Los
escritores jóvenes se mostraban reacios
y los no tan jóvenes desconfiaban de nosotros.
Éramos raros. Distintos.
En
nuestra revista publicábamos a los poetas
del tango, a Discépolo, Homero Manzi, Evaristo
Carriego, y otros. No era muy usual verlos en
revistas literarias.
También visitamos en su casa a Leopoldo
Marechal, que nos recibió con su mono de
obrero puesto y nos dijo que lo hacía siempre
que se ponía a escribir, para él
la escritura era un trabajo, y se ponía
el mono para trabajar. Como cualquiera.
Después
sí vino el golpe de Onganía, y empezaron
los resquemores. Algunos eran más cuidadosos
que otros. En Barrilete publicamos nuestro repudio
y algunos de los integrantes se fueron. Nada que
reprocharles. Ahora. En aquel momento nos puteamos.
Los que nos quedamos nos fuimos haciendo más
radicales.
En algún momento alguien trajo unos poemas
que habían escrito en Salta algunos integrantes
de la guerrilla de Massetti. La discusión
fue muy dura. De pronto entró en cuestión
el tema de la calidad de los escritos publicables
en Barrilete. Nos dábamos manija entre
nosotros y la mayoría decidió que
había que publicarlos por su valor testimonial,
no por su valor poético. Eran cosas de
aquella época. El pelado Santoro, fundador
de Barrilete, se fue, junto con otros cuantos.
Nos quedamos Patiño, yo, y algún
otro. Y comenzó otra etapa, la anteúltima. |