

"Los guajiros del
ejército rebelde
hacen su entrada
en la Habana". |
No
quiero macanear a nadie. Todo mi compromiso político
hasta ir a la cárcel y posteriormente al exilio
en Madrid, donde permanezco ya por voluntad propia,
fue así, de refilón.
Entre el 74 y el 75, una serie de medidas oficiales
y extra oficiales hicieron que la revista Crisis
estuviera con el cierre sobre la cabeza, como
aquella espada. Eduardo Galeano, que era su director,
convocó a una recolección de firmas para pedir
por la continuidad de la revista. Yo fui junto
con unos cuantos amigos, hicimos sociales, y cuando
me tocó firmar se acercó Eduardo Galeano, a quién
no conocía más que de nombre, a pedirme que por
favor no firmara porque lo comprometía (sic).
Aquello, al margen de lo que yo sintiera en lo
personal, en aquel momento y ahora mismo, me dejó
la necesidad de reflexionar sobre mi funcionamiento
cotidiano. Necesidad que fui postergando hasta
estar en la cárcel. Lo que sonaba más o menos
obvio era que en las venas abiertas de América
Latina no había suficiente espacio como para que
estuviera yo, y eso que Crisis no era precisamente
de derechas.
Parece ser que en una doble o triple vida que
me reprochaba mi amigo Patiño -muchísimo más de
una vez me dijo que tenía que optar entre literatura
o política- con quien en ese momento co-dirigíamos
la revista Barrilete, en la que también nos sucedían
cosas muy curiosas, como por ejemplo que al sacar
el número de Superman/Esso, el imprentero nos
llamara muy preocupado y pidiendo disculpas porque
sin querer habían impreso toda la tirada en papel
ilustración, nos dijo que si no le rechazábamos
el trabajo nos lo dejaba al mismo precio que el
que habíamos convenido. Así salió ese número de
la revista. Y al día siguiente la gente se preguntaba
de dónde habíamos sacado la guita para esa empresa.
Ya no se usaba aquello del oro de Moscú, pero
claro, quedaba Cuba o el PRT. Un tal Brocato y
su amigo, que me suena Ardiles, pero no, era algo
parecido -a quien le preocupaba muchísimo que
yo me pudiera cambiar de camisa todos los días:
me las contaba-, los dos escribían en el órgano
político del PST la sección cultural y se preguntaban,
en el titular, ¿De dónde saca el dinero
Alberto Costa?. Como para no ir en cana. Lo curioso
es que Brocato y su afín compartían con nosotros
la AGE (Agrupación Gremial de Escritores) pero
así eran las cosas en aquella época.
El día aquél que Galeano decidió que yo lo comprometía
debí haber parado la mano, pero no había tiempo
para nada, mucho menos para pensar en cuidarse
o en irse, la consigna era Patria o Muerte y nadie
quería morirse. Aunque algunos, más prudentes,
se tomaban el avión.
Lo que a mí me parecía difícil de entender era
mi grado de compromiso, porque de verdad yo leí
por primera vez un libro sobre socialismo en un
colegio privado de Ramos Mejía, el Colegio Ward.
Totalmente yanqui, hasta animadoras teníamos,
y orquesta y campus y uniformes y biblioteca,
tan completa que hasta tenía un libro sobre socialismo.
Uno de Alfredo Palacios que no recuerdo cómo se
llama. Esto era en 1958, en la prehistoria. Pero
yo ya tenía 16 años y estaba enamorado, (va por
ti Marta Giacosa), y ella estaba adoctrinada por
un tal Klein que para mí que era comunista. Decidí
salvarla de tal peligro, así que me puse a estudiar
socialismo para poder demostrarle que aquello
estaba mal y no le convenía. Dieciséis años.
Al final me hice amigo de Klein, me pasó más material
de lectura y terminamos organizando una gran movida
a favor de la enseñanza laica en un colegio protestante
privado y privativo.
En 1959 entraron en La Habana Fidel, el Che, Camilo
y... nuestra ilusión.
Yo seguí durante algún tiempo en el PS, nos hicimos
amigos con Juan Carlos Coral y llegué a frecuentar
al mismísimo Palacios quien un día, muy enfermo,
con el peluquín torcido, señalando a una vieja
que limpiaba la casa me dijo: "ve Costa, si me
hubiera casado tendría que compartir la cama con
alguien semejante". Palacios tenía cuarentonas
que iban a visitarlo, cambiarlo y acicalarlo.
Inentendible para mí, en aquella época. A mi amor
de entonces, de los inicios, amor que no llegó
ni a ser platónico, no volví a verla, pero la
recuerdo. Ya ven. - |