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NBuenos Aires desde Madrid, España
por Alberto Costa »n
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Algo habrán hecho.
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Eíias Castelnuovo
Son tantas y tan desalentadoras las noticias que nos llegan todos los días desde Buenos Aires que uno no tiene más remedio que pensar, y eso que pensar, si es por cuenta propia, está casi prohibido.
Pero igual hay que pensar y si es posible en el origen, en la época en que Buenos Aires también era una fiesta. En la década de los 60, en los primeros 70, hasta el 73 que puede haber sido una especie de clímax, y después en el fatídico 74, el comienzo de aquella época en que uno recibía la noticia de la muerte o desaparición de algún amigo o conocido con dolor, pero con cierta naturalidad, y escuchaba, hasta dentro de su propia familia, que "esos", algo habrían hecho.

Era cierto. Ahora a 27 años del comienzo del terror, de la persecución, del exterminio o del destierro interior y exterior, tengo ganas de gritar que sí, que todos, los subversivos, sus colaboradores, los simpatizantes, los indiferentes y los tímidos, todos habían hecho algo, habían pensado. Habían visto que al hundirse Chile nos hundiríamos todos. Que lo del Palacio de la Moneda no era un hecho aislado, que si no se intentaba algo distinto, aunque sonara imposible, como toda utopía, el país terminaría, más o menos, como está ahora.

En 1976, entre otros, desaparecieron los escritores Haroldo Conti, Roberto Santoro, Oscar Barros, Lucina Alvarez, Enrique Coureau y Juan Carlos Higa.
No es que estos nombres agoten la lista de los escritores desaparecidos. Es que con estos trabajamos codo a codo, casi día a día, para formar la Agrupación Gremial de Escritores.

La de los escritores era sólo una parcela, pero era la nuestra. Empezamos el trabajo sólo Santoro y yo. Sábados y Domingos nos dedicábamos a visitar a escritores consagrados por sus obras y respetados por su posición democrática. Nuestro argumento era mínimo: escribir es un oficio y uno tiene derecho a vivir dignamente de su oficio. Para eso era importante formar la AGE, presentarse a elecciones en la SADE y ganarlas. Porque sí, porque juntos siempre seríamos más. Nos escuchaban y nosotros, ávidos, los escuchábamos, a Elías Castelnuovo que después fue nuestro candidato a Presidente de la SADE, que había sido de los primeros anarquistas del Río de la Plata que todavía usaba un corbatín negro anudado al cuello. Decía que él, desde siempre, había preferido estar equivocado junto al pueblo, que tener la razón y estar enfrentado al pueblo. Tenía 90 años cuando fuimos a su casa en Liniers y nos lo encontramos sobre una escalera apoyada contra la pared porque estaba poniendo unos rieles para unas cortinas.

También escuchábamos a David Viñas, que fue nuestro candidato a Secretario. Viñas enseñaba con pequeños detalles, por ejemplo, en una reunión con empanadas y vino, que nos organizaron en Junin o en Chacabuco, primero contó las bandejas y después nos dijo que calculáramos cuánta gente había, no vaya a ser que nos comiéramos alguna de más.
Me acuerdo que cuando lo visitamos a Bernardo Kordon nos recibió junto con su compañera de entonces que era chilena y, como nosotros éramos unos pibes, nos querían impresionar -y lo conseguían- porque ella le tocaba la bragueta cada vez que podía y él, coqueto, se reía y le decía, pero que haces, pórtate bien, luego veremos...

Hacíamos giras por la provincia de Buenos Aires, al estilo de las compañías de Radioteatro, en un fin de semana podíamos ir a dos o tres ciudades del interior y leíamos nuestros textos. Era increíble hasta un autobús llegamos a fletar, íbamos un montón: Luis Lucchi, David Viñas, Haroldo Conti, Santoro, Patiño y varios más.

Llegamos a crecer mucho, aunque no ganamos las elecciones en la SADE, metíamos miedo, éramos de los que, seguro, algo habríamos hecho, aunque claramente, a la vista de lo que leemos en los diarios y lo que nos cuentan los amigos, no fue suficiente. Y lo sabíamos, sabíamos casi desde el principio que perderíamos como en la guerra, pero ¿qué podíamos hacer? ¿Envaselinárselas?
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