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NBuenos Aires desde Madrid, España
por Alberto Costa »n
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Y en eso llegaron los "responsables".
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Mario Benedetti


Juan Carlos Onetti
En 1967 tuve la curiosa y, tal vez, dudosa suerte de ser invitado a un Congreso Cultural que se realizó en La Habana, Cuba, dentro del contexto de la Tricontinental. (Los nombres oficiales de ambos eventos eran más completos, pero no los recuerdo). Sí recuerdo que todo aquello estaba marcado por una carta de despedida de El Che Guevara, por su ausencia y por una consigna que se repetía con convicción, hagamos 2, 3, 100 Vietnams más. En el Congreso Cultural había dos ejes principales, uno encabezado por Lisandro Otero, que dirigía la Revista Cuba, y sostenía que había que soltar pinceles, lápices, instrumentos musicales, zapatillas de baile, máquinas de escribir, y cualquier otra cosa que no fuera un arma de combate. Lo único que hay que hacer es la revolución, lo demás vendrá por añadidura. En el otro eje estaba Mario Benedetti quien insistía en que un poema o un cuadro no harían la revolución, pero contribuirían a ella. (En algunos folletos vietnamitas de aquella época, en papel arroz, se leía: nuestros arquitectos arquitectan, nuestros músicos musican, nuestros poetas hacen poesía...) Yo quería hablar con Mario Benedetti, hablamos por teléfono y quedamos en reunirnos en su hotel al día siguiente, a la noche. A los dos nos esperaba una Jornada

de Trabajo Agrario Voluntaria. El estuvo todo el día trabajando con tomates, yo planté no sé cuantas matas de café. A pleno sol. Tropical. Nos encontramos en su hotel pero los dos volábamos de fiebre y teníamos la piel reventada. Decidimos postergar la charla. La vida es así, te hace pequeñas zancadillas, tan pequeñas que ni siquiera te das cuenta que son zancadillas.

Otero nos dio casi todo el material gráfica que publicamos en aquél número de Barrilete/Superman.

El mundo iba muy de prisa, nosotros teníamos mucha prisa y los que nos tenían en su punto de mira también. Al volver de La Habana, vía Praga, París. Me encontré con los primeros escarceos de lo que sería el Mayo del 68. Mi "guía" era Jean Michel Fossey, del Grupo Tel Quel, nos habíamos conocido en el congreso de La Habana.

Paseando por un Boulevard por el que se haría una de las grandes marchas de protesta vi tantos policías apostados que le dije, ¿Supongo que anularán la marcha, no? Y me dijo, ¿Porqué? Están acá porque vamos a hacer la marcha. Esa fue la lógica que marcó a nuestra generación, a nuestro quehacer. El enemigo nos vigila, sí, pero porque nos estamos moviendo, así que sigamos, porque por lo menos los inquietamos. Fue así en todo el tercer mundo, pero también en Europa y en pleno corazón de los EE UU. Era bastante lógico que Kissinger y sus jefes y sus subordinados y lacayos empezaran a pensar que tendrían que matar a dos o tres generaciones para poder parar aquello.

En Buenos Aires el triunfalismo era imparable. Los triunfalismos son terribles, te impiden ver y por eso mismo te impiden crear pensamiento. Sin proponértelo empezás a repetir consignas, a cantar estribillos, a sentirte inmortal. Patria o muerte, dos conceptos ajenos y casi etéreos.

Dentro de este marco nos volvimos a encontrar trabajando codo a codo con Santoro. Estaba desconocido. Era el más ultra de todos nosotros. Sus poemas te ponían la piel de gallina. Canto General.

Empezamos a charlar sobre la posibilidad de que nuestro compromiso con y por la Revolución Socialista tendría que ser mayor. Recordé mi charla frustrada con Benedetti, aunque ni él ni Onetti se salvaron de la persecución y del exilio.

El caso es que Santoro, Haroldo Conti, Oscar Barros, Marta Conti, Lucinda Álvarez y yo, nos propusimos buscar un contacto "orgánico" con el PRT. Hubieron dos o tres amigos más en estas charlas, pero opinaban que nuestro compromiso no debería salir de nuestro ámbito cultural. Yo estaba de acuerdo pero después de haber escrito que "El acto cultural más importante es hacer la Revolución", me lo había puesto difícil a mí mismo. Además, de verdad, teníamos mucha prisa.

El primer movimiento que hicimos nos debió hacer pensar, Santoro buscaba una cita formal con algún "responsable" del PRT y no había forma de conseguirla. Se me ocurrió una "porteñada", tenía un amigo del que no tenía que saber pero sabía que estaba muy metido eo ese partido, le conté ma postergación que estábamos aguantando y en una semana nos arregló la primera cita. Amiguismo. Igual que en cualquier otro partido.

En esa primera reunión contamos nuestra actividad y señalamos que queríamos enmarcarla dentro de la lucha general por la Revolución. Desde ahí tuvimos reuniones semanales con distintos "responsables" que, en vez de interesarse por nuestra actividad se interesaban por saber que otras cosas podríamos hacer, nos ofrecieron tareas de prensa y propaganda, solidaridad, panfleteo, y más y más. Recuerdo que yo renuncié a ese contacto orgánico cuando quisieron hacerme jurar una banderita en un mástil de 20 cms. Y recuerdo la cara desesperada de Oscar diciéndome 3-9. Acabo de cumplir 39 años, Lucinda está a punto de parir, y yo estoy metido en un baile en el que ya ni siquiera creo.

Ya no estábamos tan alegres. Estaban cayendo muchos compañeros y se nos empezaban a hacer espacios en blanco en los cuales podíamos pensar y aquello era terrible. Íbamos como kamikazes. Seguíamos consignas elaboradas por gente que no conocíamos. Nos bajaban órdenes, nos habíamos metido en un cambalache, o no habíamos salido nunca. ¿Qué hacer? Lo hecho, seguir adelante.
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