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NBuenos Aires desde Madrid, España
por Alberto Costa »n
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Quiero asumir mi vergüenza.
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A 27 años y 13 mil kilómetros de distancia de Buenos Aires me siento casi invalidado para opinar. Sin embargo leo la columna de mi amigo Patiño y me doy cuenta que estoy incluido en ella, entiendo entonces que algo podré decir. Por mi propia cuenta y a mi cargo, por supuesto. Me doy cuenta que Patiño se pelea con alguien que niega la existencia de la generación del 60. No sé quién puede negar su existencia, yo también formé parte de ella. Como tantos otros a los que nunca conocí. Quizás en este punto es donde no me siento identificado con la posición de Patiño. Y es el punto que me sirve para pelearme, pero no con Patiño que siempre tuvo muchísima más calma que yo, sino conmigo. Porque tanto repetir aquello de “describe tu aldea y describirás el mundo”, me llevó a confundir mi aldea con el mundo.

La parte de mi vida que le puede interesar a alguien más que a mí es la que tiene que ver con la poesía y con el mundillo de los escritores. Es una época que va de 1962 a 1974. Buenos Aires en ese período y en ese ámbito era mi aldea. Y, evidentemente, no era el mundo. Pertenecí a la generación del 60 porque empecé a publicar y a militar en aquellos años. Y aquello, mirado desde 27 años y 13 mil kilómetros de distancia no fue una maravilla, ni mucho menos. Se nota hasta en la manera que digo mi aldea, no sé cuántos éramos, pero sé que éramos muchos los que considerábamos que era sólo nuestra aldea. En realidad éramos algo así como una bolsa de gatos. En la que, como en Cambalache, estábamos todos mezclados, pero ignorándonos. Cada grupo tenía su propio kiosco que, por supuesto, era el único y más válido representante de todo lo que pudiera definir la coherencia y la autenticidad. Por eso no me siento bien encuadrado por Patiño en la totalidad de la generación del 60. Con una aparente voluntariedad constitutiva. Dentro de ésta hay una subdivisión, Barrilete. Ahí sí que estuve yo, esa subdivisión me define mejor, aunque no me quite la vergüenza.

Porque en aquella época discutíamos mucho sobre la poesía y el compromiso y tal vez sea cierto que lo más importante para un poeta sea la búsqueda, y el encuentro, de su propia palabra. Nosotros, los de Barrilete, lo hicimos. Según las posibilidades de cada uno. En mi caso demoré unos 10 o 15 años en darme cuenta y reconocer públicamente que un verso de mi poema “Si llego a morir” era insoportablemente autoritario. En aquella época, parece ser, que yo de verdad pensaba que la tristeza debía ser prohibida por decreto oficial. Y eso que alguna muchacha me habló tier-namente de mis ojos tristes.

Lo que me pregunto es si además de la búsqueda de la palabra propia no debimos haber tenido más cuidado con el proceso que generan las palabras. Me pregunto si las palabras pueden surgir sin que se haya organizado un determinado sistema de ideas. El compromiso, para nosotros, era de militancia activa, en “la izquierda”, en la que quería hacer parir a la historia, adelantar los acontecimientos naturales, como quien dice. Desde ahí, si de verdad pensábamos en la necesidad de un régimen político autoritario, la malsonante dictadura del proletariado, entonces se entiende la posibilidad de un decreto oficial que prohíba la tristeza. En tal caso ¿cuál es la palabra propia cuando uno está inmerso en un grupo endogámico con lenguaje “conveniente”?

¿Podemos hablar de las maravillas de nuestros hallazgos estéticos, llanos, directos, comprometidos, sin sentirnos involucrados en los disparates que propuso y llevó a cabo nuestra generación? ¿Qué es eso de evitar la teoría de los dos demonios? ¿Es que va a ser menos genocida la brutal dictadura que torturó, asesinó e hizo desaparecer a 30 mil contemporáneos, si nosotros nos hacemos cargo de nuestro “descuido”, al compartir, o consentir, que se considerara justa la práctica de la violencia “revolucionaria”?

Personalmente pienso que mantener viva la memoria histórica es imprescindible para que en algún momento podamos emprender el futuro, pero mantenerla viva implica el análisis de nuestro funcionamiento también, casi diría que es el que más nos importa, porque con el resultado de nuestro análisis podremos ser útiles en algún momento. Por ejemplo ahora, cuando se está votando al menos malo de todos, ¿dónde está la izquierda? ¿Qué pasó? ¿Porqué no hay votantes para una patria socialista?

Casi no me atrevo, pero es importante decirlo, el poeta debe buscar la belleza y nada más bello que la verdad. Nosotros sabíamos que muchas cosas no estaban bien, no eran verdaderas, y callábamos. Y lo que es más terrible seguimos, en aquella época y ahora, defendiendo ideas “convenientes”. Y se paga un precio. La “hermosa rosa roja del Caribe”, que fue nuestro faro, hoy encarcela a los disidentes y fusila a “los cabecillas”. Y no es de ahora. Ya lo sabíamos y callamos. Siguiendo esa línea, ¿quién nos va a escuchar? ¿A quién podemos interesar? ¿Quién puede creerse que el hombre nuevo nacerá de callar, mentir y otorgar?
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