A
27 años y 13 mil kilómetros de distancia
de Buenos Aires me siento casi invalidado para opinar.
Sin embargo leo la columna de mi amigo Patiño
y me doy cuenta que estoy incluido en ella, entiendo
entonces que algo podré decir. Por mi propia
cuenta y a mi cargo, por supuesto. Me doy cuenta que
Patiño se pelea con alguien que niega la existencia
de la generación del 60. No sé quién
puede negar su existencia, yo también formé
parte de ella. Como tantos otros a los que nunca conocí.
Quizás en este punto es donde no me siento identificado
con la posición de Patiño. Y es el punto
que me sirve para pelearme, pero no con Patiño
que siempre tuvo muchísima más calma que
yo, sino conmigo. Porque tanto repetir aquello de “describe
tu aldea y describirás el mundo”, me llevó
a confundir mi aldea con el mundo.
La parte de mi vida que le puede interesar a alguien
más que a mí es la que tiene que ver con
la poesía y con el mundillo de los escritores.
Es una época que va de 1962 a 1974. Buenos Aires
en ese período y en ese ámbito era mi
aldea. Y, evidentemente, no era el mundo. Pertenecí
a la generación del 60 porque empecé a
publicar y a militar en aquellos años. Y aquello,
mirado desde 27 años y 13 mil kilómetros
de distancia no fue una maravilla, ni mucho menos. Se
nota hasta en la manera que digo mi aldea, no sé
cuántos éramos, pero sé que éramos
muchos los que considerábamos que era sólo
nuestra aldea. En realidad éramos algo así
como una bolsa de gatos. En la que, como en Cambalache,
estábamos todos mezclados, pero ignorándonos.
Cada grupo tenía su propio kiosco que, por supuesto,
era el único y más válido representante
de todo lo que pudiera definir la coherencia y la autenticidad.
Por eso no me siento bien encuadrado por Patiño
en la totalidad de la generación del 60. Con
una aparente voluntariedad constitutiva. Dentro de ésta
hay una subdivisión, Barrilete. Ahí sí
que estuve yo, esa subdivisión me define mejor,
aunque no me quite la vergüenza.
Porque en aquella época discutíamos mucho
sobre la poesía y el compromiso y tal vez sea
cierto que lo más importante para un poeta sea
la búsqueda, y el encuentro, de su propia palabra.
Nosotros, los de Barrilete, lo hicimos. Según
las posibilidades de cada uno. En mi caso demoré
unos 10 o 15 años en darme cuenta y reconocer
públicamente que un verso de mi poema “Si
llego a morir” era insoportablemente autoritario.
En aquella época, parece ser, que yo de verdad
pensaba que la tristeza debía ser prohibida por
decreto oficial. Y eso que alguna muchacha me habló
tier-namente de mis ojos tristes.
Lo que me pregunto es si además de la búsqueda
de la palabra propia no debimos haber tenido más
cuidado con el proceso que generan las palabras. Me
pregunto si las palabras pueden surgir sin que se haya
organizado un determinado sistema de ideas. El compromiso,
para nosotros, era de militancia activa, en “la
izquierda”, en la que quería hacer parir
a la historia, adelantar los acontecimientos naturales,
como quien dice. Desde ahí, si de verdad pensábamos
en la necesidad de un régimen político
autoritario, la malsonante dictadura del proletariado,
entonces se entiende la posibilidad de un decreto oficial
que prohíba la tristeza. En tal caso ¿cuál
es la palabra propia cuando uno está inmerso
en un grupo endogámico con lenguaje “conveniente”?
¿Podemos hablar de las maravillas de nuestros
hallazgos estéticos, llanos, directos, comprometidos,
sin sentirnos involucrados en los disparates que propuso
y llevó a cabo nuestra generación? ¿Qué
es eso de evitar la teoría de los dos demonios?
¿Es que va a ser menos genocida la brutal dictadura
que torturó, asesinó e hizo desaparecer
a 30 mil contemporáneos, si nosotros nos hacemos
cargo de nuestro “descuido”, al compartir,
o consentir, que se considerara justa la práctica
de la violencia “revolucionaria”?
Personalmente pienso que mantener viva la memoria histórica
es imprescindible para que en algún momento podamos
emprender el futuro, pero mantenerla viva implica el
análisis de nuestro funcionamiento también,
casi diría que es el que más nos importa,
porque con el resultado de nuestro análisis podremos
ser útiles en algún momento. Por ejemplo
ahora, cuando se está votando al menos malo de
todos, ¿dónde está la izquierda?
¿Qué pasó? ¿Porqué
no hay votantes para una patria socialista?
Casi no me atrevo, pero es importante decirlo, el poeta
debe buscar la belleza y nada más bello que la
verdad. Nosotros sabíamos que muchas cosas no
estaban bien, no eran verdaderas, y callábamos.
Y lo que es más terrible seguimos, en aquella
época y ahora, defendiendo ideas “convenientes”.
Y se paga un precio. La “hermosa rosa roja del
Caribe”, que fue nuestro faro, hoy encarcela a
los disidentes y fusila a “los cabecillas”.
Y no es de ahora. Ya lo sabíamos y callamos.
Siguiendo esa línea, ¿quién nos
va a escuchar? ¿A quién podemos interesar?
¿Quién puede creerse que el hombre nuevo
nacerá de callar, mentir y otorgar? |