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NBuenos Aires desde Madrid, España
por Alberto Costa »n
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De vuelta a casa.
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Vuelvo a esta columna después de algún tiempo y para fin de año volveré a Buenos Aires, de visita, después de casi 6 años. Faltar, hace 27 años que falto. En mi mundo interno ya no es ni “mi Buenos Aires querido”. Voy a viajar a una ciudad en la que viví mis primeros 36 años y que, ahora, es como una gran desconocida que además me da miedo.

No sé si ese miedo es un eco del que pasé entre 1974 y 1977, o del que pasé en la U-9 de La Plata, donde estuve encarcelado durante 13 meses. Nada grave, una simple y sencilla averiguación de antecedentes. No lo sé. Puede ser por el pasado o por mi viaje, casi inminente.

Hay pensamientos y sensaciones inevitables, que comienzan con la recomendación de proteger con plástico las valijas para intentar evitar que te afanen en la aduana, al que un pensamiento anacrónico, muy porteño de mi época, contesta “pero que decís, como me van a afanar a mí, si soy de la casa”.

Y lo cierto es que ya no soy “de la casa”, en el viaje anterior un taxista me dijo que se notaba que mi compañera y yo éramos extranjeros, ¿porque íbamos a La Recoleta? No. Por la forma de vestir y ¡por la forma de hablar¡ Acá en Madrid es inevitable escuchar que es imposible no darse cuenta de que somos porteños, por nuestra forma de hablar. O sea que no hablamos como se habla acá ni hablamos como se habla allá. Hablamos un porteño antiguo. Una nueva versión modificada del cocoliche.

Somos antiguos y vamos a una ciudad antigua, que seguramente ya no existe más. Por lo menos el Buenos Aires en el que yo pienso no existe más. Son jueguitos entre la memoria y los afectos, chocando con el tiempo y las largas ausencias. Voy a ir a una ciudad que no conozco y eso, siempre, da un poco de miedo.

Llegar de turistas a una ciudad en la que vive la mayoría de nuestra familia y los pocos amigos que quedaron vivos, y participar de la angustia cotidiana por la falta de medios, de estabilidad laboral y emocional, sin poder hacer nada y, seguramente, sin entender nada, se hace muy difícil.
Lo de aquel bolero que decía: “...no soy de acá ni soy de allá...” tiene una vigencia inesperada en mi percepción de este hecho. Me resulta evidente que hay una correspondencia directa con nuestro hablar, porque hablar es como pensar en voz alta y lo que entonces no se entiende –ni acá ni allá– es la forma de pensar, que devienen de los referentes que uno tiene en la cabeza y los hechos de la realidad que condicionan a algunos de esos referentes. La educación escolar, la sanidad pública, los transportes, las expectativas de trabajo, los proyectos, el futuro, ¿hablamos de lo mismo? Estoy seguro que no. Y la incomunicación también da miedo.

En la preocupación de muchos, entre los que estoy incluido, se hace imprescindible mantener viva la memoria histórica. En mi caso, este tema me hace pensar en aquello de los círculos concéntricos, o “en el otro Borges”, que decía el Maestro. A veces no sé a quien espera mi familia y mis amigos de Buenos Aires, porque yo no soy el mismo que salió de allá hace 27 años. Ni siquiera en la manera de pensar. Y seguramente a ellos les sucede algo similar. Con lo cual me encuentro en otro círculo en el que seguramente voy a escuchar referencias a mí, que yo no voy a reconocer como correspondientes a lo que yo creo que soy, o, mejor dicho, estoy, ahora, y yo diré cosas o manifestaré pensamientos o sentimientos que los demás, mis seres queridos, no reconocerán como correspondientes al Alberto que ellos recuerdan.

Con lo cual tendré que recurrir a uno de mis cambios, a mi reverencia por Jorge Luis Borges y todo su saber, y plagiarlo. Porque no sería una paráfrasis sino un plagio. Pero muy pequeño, tolerable. Me imagino que al llegar a Buenos Aires y mientras esté ahí, tendré que preguntarme si ese que habla o escucha soy yo o es el otro, “el flaco Costa”, el que ya no es.
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