Vuelvo
a esta columna después de algún tiempo
y para fin de año volveré a Buenos Aires,
de visita, después de casi 6 años. Faltar,
hace 27 años que falto. En mi mundo interno ya
no es ni “mi Buenos Aires querido”. Voy
a viajar a una ciudad en la que viví mis primeros
36 años y que, ahora, es como una gran desconocida
que además me da miedo.
No sé si ese miedo es un eco del que pasé
entre 1974 y 1977, o del que pasé en la U-9 de
La Plata, donde estuve encarcelado durante 13 meses.
Nada grave, una simple y sencilla averiguación
de antecedentes. No lo sé. Puede ser por el pasado
o por mi viaje, casi inminente.
Hay pensamientos y sensaciones inevitables, que comienzan
con la recomendación de proteger con plástico
las valijas para intentar evitar que te afanen en la
aduana, al que un pensamiento anacrónico, muy
porteño de mi época, contesta “pero
que decís, como me van a afanar a mí,
si soy de la casa”.
Y lo cierto es que ya no soy “de la casa”,
en el viaje anterior un taxista me dijo que se notaba
que mi compañera y yo éramos extranjeros,
¿porque íbamos a La Recoleta? No. Por
la forma de vestir y ¡por la forma de hablar¡
Acá en Madrid es inevitable escuchar que es imposible
no darse cuenta de que somos porteños, por nuestra
forma de hablar. O sea que no hablamos como se habla
acá ni hablamos como se habla allá. Hablamos
un porteño antiguo. Una nueva versión
modificada del cocoliche.
Somos antiguos y vamos a una ciudad antigua, que seguramente
ya no existe más. Por lo menos el Buenos Aires
en el que yo pienso no existe más. Son jueguitos
entre la memoria y los afectos, chocando con el tiempo
y las largas ausencias. Voy a ir a una ciudad que no
conozco y eso, siempre, da un poco de miedo.
Llegar de turistas a una ciudad en la que vive la mayoría
de nuestra familia y los pocos amigos que quedaron vivos,
y participar de la angustia cotidiana por la falta de
medios, de estabilidad laboral y emocional, sin poder
hacer nada y, seguramente, sin entender nada, se hace
muy difícil.
Lo de aquel bolero que decía: “...no soy
de acá ni soy de allá...” tiene
una vigencia inesperada en mi percepción de este
hecho. Me resulta evidente que hay una correspondencia
directa con nuestro hablar, porque hablar es como pensar
en voz alta y lo que entonces no se entiende –ni
acá ni allá– es la forma de pensar,
que devienen de los referentes que uno tiene en la cabeza
y los hechos de la realidad que condicionan a algunos
de esos referentes. La educación escolar, la
sanidad pública, los transportes, las expectativas
de trabajo, los proyectos, el futuro, ¿hablamos
de lo mismo? Estoy seguro que no. Y la incomunicación
también da miedo.
En la preocupación de muchos, entre los que estoy
incluido, se hace imprescindible mantener viva la memoria
histórica. En mi caso, este tema me hace pensar
en aquello de los círculos concéntricos,
o “en el otro Borges”, que decía
el Maestro. A veces no sé a quien espera mi familia
y mis amigos de Buenos Aires, porque yo no soy el mismo
que salió de allá hace 27 años.
Ni siquiera en la manera de pensar. Y seguramente a
ellos les sucede algo similar. Con lo cual me encuentro
en otro círculo en el que seguramente voy a escuchar
referencias a mí, que yo no voy a reconocer como
correspondientes a lo que yo creo que soy, o, mejor
dicho, estoy, ahora, y yo diré cosas o manifestaré
pensamientos o sentimientos que los demás, mis
seres queridos, no reconocerán como correspondientes
al Alberto que ellos recuerdan.
Con lo cual tendré que recurrir a uno de mis
cambios, a mi reverencia por Jorge Luis Borges y todo
su saber, y plagiarlo. Porque no sería una paráfrasis
sino un plagio. Pero muy pequeño, tolerable.
Me imagino que al llegar a Buenos Aires y mientras esté
ahí, tendré que preguntarme si ese que
habla o escucha soy yo o es el otro, “el flaco
Costa”, el que ya no es. |