DISCIPLINAS i
Literatura i
Artes Pásticas i
Música i
Danza i
Teatro i
Cine i
Fotografía i
Arquitectura i
SECCIONES i
Agenda Cultural i
Direccionario i
Publicaciones i
Concursos i
Página Abierta i
DESDE EL MUNDO i
MEMORIA URBANA i
COLUMNISTAS i
SERVICIOS i
PERSONALES i
SALZBURGO i
MATANZAS i
BUENOS AIRES DESDE EL MUNDO
MANAGUA, Nicaragua
por Nicasio Urbina
urbina@tulane.edu
Buenos Aires desde el lado de aquí.
 
  He conocido únicamente Buenos Aires a través de su literatura. Nací en el Hospital de Lomas de Zamora y fui bautizado en la Catedral de Buenos Aires, cuando mis padres andaban por aquellas latitudes exiliados por la dinastía de los Somozas. Nunca viví en Buenos Aires porque mi madre se trasladó a Mar del Plata llevándonos a mi hermano y a mí, y mi padre se fue para Cuba y Venezuela a organizar la invasión que había de liberar Nicaragua del yugo dictatorial de Anastasio Somoza. Partimos luego de la Argentina cuando yo tenía dos años y no tengo en mi mente ningún recuerdo de la Argentina. Todo mi imaginario de Buenos Aires proviene de mis lecturas de los textos literarios argentinos. Para mí Buenos Aires es una ciudad eminentemente literaria: es la ciudad de Ernesto Sábato, de Jorge Luis Borges, de Julio Cortázar, es el Buenos Aires de Leopoldo Marechal y de Rubén Darío. No hay en mi vida ninguna otra ciudad que tenga más recuerdos literarios que Buenos Aires. Toda mi vida está marcada por diferentes lecturas de escritores argentinos, y cada uno de ellos me ha dado una imagen diferente de Buenos Aires. Cada una de esas construcciones verbales de esa ciudad mágica y encantadora, son el total de las representaciones que poseo de Buenos Aires. Para Darío, Buenos Aires era de todas las ciudades "la más grande de lengua castellana", así la llama en su crónica "Artistas argentinos", y la califica como "la magnífica ciudad de Buenos Aires" (Obras completas IV, 849). La Buenos Aires que yo heredé de Darío era la ciudad más feliz de la tierra, la ciudad donde encontró un grupo de amigos fieles y talentosos, donde encontró las condiciones culturales para desarrollarse y encontró lectores para su obra, y finalmente encontró el medio de subsistencia confiable y segura en La Nación de Buenos Aires. Casi podría pensar que Darío amaba más Buenos Aires que París.

Mi recorrido por Buenos Aires se lo debo a Ernesto Sábato. Desde mi adolescencia la presencia de Sábato en mi vida ha sido muy importante, y le dediqué muchas horas de lectura por veinte años. Mi decisión de ser escritor la tomé bajo la tutela y guía de El escritor y sus fantasmas. Más adelante recorrí las calles de Buenos Aires con Juan Pablo Castel y María Iribarne. Pasé muchas horas en el Parque Lezama, sentado con Martín y con Alejandra, y recorrí las noches y los subterráneos de Buenos Aires con Fernado Vidal Olmos. Entrar a La Perla del Once, caminar por Rivadavia o por Bartolomé Mitre, y sentarse en el café a espiar la casa de Celestino Iglesias, son algunas de las actividades que he compartido en Buenos Aires. Santos Lugares y Capitán Olomos han tenido para mí siempre una significación muy grande, en parte debido al hecho que nunca los he visto. Mi imagen de esos lugares está marcada por las filosofías y lo que representan Ernesto Sábato y Bruno. Eso es al mismo tiempo lo más lindo de todo y lo más triste, pero es así como funcionan los signos. Mi libro La significación del género: estudio semióticos de los ensayos y las novelas de Ernesto Sábato son prueba de esas expriencias.

Con Julio Cortázar conocí una Buenos Aires totalmente diferente. Una Buenos Aires asediada por lo desconocido y por lo ignorado, tentada siempre por lo fantástico y por la locura. La Buenos Aires de Bestiario o la Buenos Aires de Rayuela. No sé cuál de las dos ha tenido más influencia en mi vida, cuál ha marcado de forma más determinante mis sueños y mis trabajos. Sufrir el calor del verano con Oliveira, luchando por enderezar clavos en una baldosa, enloquecer en el circo o recuperar la lucidez en la clínica, mientras se le ponen rulemanes a la vida con la esperanza de que en algún momento caiga, o ver desde la ventana la rayuela y sentir toda la ansiedad de cielo.

La Buenos Aires de Borges es por supuesto la más nostálgica, la más reflexiva. Una ciudad mítica que se hace eterna como el aire y el agua. Los arrabales cobraron para mí otro significado cuando leí a Borges, porque es en Borges donde el arrabal cobra toda su importancia, se impone a la ciudad, se alegoriza. Y fue Borges quien despertó en mí la curiosidad por el Paseo de Julio. ¿Qué puede haber ahí que haya llevado a Borges a compararlo con el infierno? Nadie sabía ver la hermosura de las calles como Borges, aún ya ciego. Recordemos aquel poema de Fervor de Buenos Aires que se titula "Barrio recuperado" donde el acto de ver o no ver, se convierte en el acto inicial del poema y marca toda la experiencia de una tormenta vespertina. "Nadie vio la hermosura de la calle" dice el poeta, "hasta que pavoroso en clamor / se derrumbó el cielo verdoso". Esa belleza que no logramos ver en las cosas hasta que desaparece, por un fatal destino de los signos, que significan por la ausencia del referente, por ese vacío irrebasable que se da entre el significado y el significante. La Buenos Aires de Borges es apacible y filosófica, muy diferente a mis otras dos Buenos Aires, la del infernal descenso a las cloacas del espíritu, o la del vuelo por los cielos de la imaginación y el deseo.

Ahora que tengo planes de viajar a Buenos Aires en el mes de abril y mayo, me parece que todo lo que espero ver, y sé que nunca he visto, lo tuviera ya en mi recuerdo. Sé que hay una distancia muy grande entre la imaginación y la realidad, que la ciudad por la que voy a caminar no es la misma que ha pervivido en mi imaginación desde la juventud. Sé que la desilusión y el desengaño se mezclarán con el asombro y con la admiración. Pero no puedo evitar pensar como Borges, que los años que he vivido lejos de Buenos Aires son ilusorios, que yo estaba siempre y estaré en Buenos Aires.
 
<< INTRODUCCION SIGUIENTE >>
 
2001, El Muro Cultural