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| BUENOS
AIRES DESDE EL MUNDO |
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| Gardel
se quedó en Medellin |
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| No
importa si nació en Tolouse, en Buenos Aires o en Tacuarembó,
no importa si su tierra natal era Francia, Argentina o Uruguay.
Lo cierto es que por estos días se celebró en Medellín (en "Homero
Manzi", en la "Casa Gardeliana" y no sé en cuántos lugares más)
el 66º aniversario de la muerte trágica de Carlos Gardel, ese
mítico personaje que a lo largo y ancho de la geografía colombiana
ha sonado mucho más que Hugo del Carril, Agustín Irusta, Juan
Pulido, Agustín Lara con su voz gangosa, Ortiz Tirado y su voz
de tenor o Juan Arvizu con su voz de seda. Pues en esta ciudad
murió un 24 de junio de 1935, y por eso nunca llegó a Cali ~ciudad
a la que se alistaba a despegar el avión mientras hacía el carreteo~
no en un siniestro aéreo sino en un accidente de tránsito ocurrido
en la pista de un aeropuerto. Durante muchos años viví al frente
de ese aeropuerto y al tomar diariamente el bus que me conducía
al centro de Medellín podía ver el escenario donde muchos años
atrás sucedió el lamentable suceso, luego de que doce días antes
el Circo Teatro España lo vio cantar, durante tres noches seguidas,
entre otras canciones, Sus ojos se cerraron y el mundo sigue
andando..., con unos récords de taquilla que no habían logrado
ni los toreros más famosos que solían visitar la ciudad. |
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"Tango
rojo"
un óleo de Jorge Botero |
Y
bien, ¿cómo fue el accidente?, nos preguntamos varios
amigos en el salón Versalles, de la calle Junin, cuyo
propietario es un argentino amante del tango y fundador
de la Casa Gardeliana en el barrio Manrique que también
habité en mi adolescencia. En un ensayo escribí, a propósito
de la muerte del padre de nuestro gran pensador Estanislao
Zuleta, ocurrida en el mismo accidente, que el trimotor
F-31 en el que viajaba el popular tanguista argentino
se enrumbó hacia el extremo sur de la pista del Aérodromo
de Medellín, posteriormente llamado Aeropuerto Olaya Herrera,
del barrio Las Playas. El piloto accionó el motor y el
aparato comenzó a tomar velocidad. De repente, una fuerte
ola de viento proveniente de la parte accidental, donde
se hallaba el terminal aéreo, azotó de costado al avión
y lo hizo precipitar contra el trimotor Manizales que
calentaba motores y uno de cuyos pasajeros era Estanislao
Zuleta Ferrer. Los dos aviones chocaron en la pista, estallando
en pedazos. |
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Desde el barrio Manrique se observó una bola de fuego que semejaba
un sol anaranjado y humeante. En su finca "Otraparte", del municipio
de Envigado, el pensador Fernando González se quedó mirando
la luminosidad de las llamas, inocente de que consumían a un
amigo suyo. Estanislao Zuleta Ferrer era un abogado con muchos
intereses intelectuales que había participado en tertulias con
Fernando González y otros amigos. A pesar de ser antioqueño
vivía con su familia en Bogotá. En ese día fatal su esposa Margarita
abordó el tranvía con una niña y un bebé de sólo cuatro meses,
nacido en Medellín y también llamado Estanislao (que a la postre
sería quizá la figura intelectual mas brillante de Colombia
en el siglo XX ), para dirigirse al Campo de Aviación de Techo
de Bogotá. Allí recibió la noticia de la muerte de su marido.
Cierta vez, estando niño, le pregunté a mi padre (hermano del
tío Neftalí, quien tenía un almacén de discos en mi pueblo natal
Santa Rosa de Cabal ~cuando eran de acetato negro y 78 r.p.m.~
y vendía especialmente música de tango y con su melodiosa voz
les cantaba fragmentos a sus clientes para inducirlos a la compra)
cómo había sido la muerte del "Zorzal criollo". Mi padre me
respondió que mientras el avión hacía el carreteo Gardel comenzó
a acicalarse, por lo cual el piloto lo tildó de afeminado y
ese hecho derivó en un altercado que dio al traste con el despegue
de la pista de aterrizaje. Y aquella tarde sabatina en el salón
Versalles, cuando nos preguntamos por qué los aviones habían
chocado, alguien aclaró ~dándole la razón a mi padre por una
versión que yo siempre creí era otro mito~ que Gardel, cuya
vanidad era inocultable, se estaba echando gomina en el pelo
y por ello el piloto lo quiso tratar de "marica", motivo por
el cual Gardel sacó un revólver y le disparó, y al perder su
rumbo el trimotor F-31 se estrelló contra el avión Manizales
que esperaba su turno de salida en la pista.
Un coche fúnebre de la funeraria más elegante de Medellín llegó
al anfiteatro de la Facultad de Medicina de la Universidad de
Antioquia, a fin de que adecuaran el cadáver de Gardel, ya que
no habían podido tapar el ataúd por las contracturas originadas
por el fuego. A la entrada de una de las salas del anfiteatro,
en la segunda mesa, yacía un cuerpo marcado con el número 11,
envuelto en una sábana en la que estaba abrochado con gancho
de nodriza un pequeño papel blanco con letras rojas escritas
a mano que decía: "Carlos Gardel". Los restos estaban hechos
un tizón humano puesto sobre una mesa de disección, mientras
que otros cuerpos yacían en el suelo. Sin embargo, a lo que
quedaba del cantante de tangos y actor de cine (de Nueva York,
donde filmaba sus películas, vinieron unos meses después de
su muerte filmes como "Cuesta abajo", "Luces de Buenos Aires"
y "Melodía de arrabal" ) lo habían identificado por el buen
estado de su dentadura, una cadena de oro en la muñeca izquierda,
un chaleco abollonado con plumas de pato, y especialmente por
una cadena de plata que pendía de sus ropas, con unas llaves
y una chapetica con la siguiente inscripción: "Carlos Gardel
- Jean Jaures 735 - Buenos Aires".
Después de la velación y de las honras fúnebres en la Iglesia
de La Candelaria, un antioqueño, Tartarín Moreira, autor de
los tangos "Malditos celos", "En la calle" y otros que fueron
grabados por Agustín Magaldi, fue el encargado de escribir el
nombre del artista en la bóveda recién cubierta de cemento del
Cementerio de San Pedro.
Un amigo mío que había estado en Buenos Aires reforzando su
formación profesional, me habló cierta vez de la afinidad entre
bonaerenses y antioqueños, de la simpatía entre ellos por cuanto
comparten un gusto común: el fútbol y el tango. Nos atrevíamos
a afirmar que en Medellín, la ciudad donde murió Gardel, debía
haber mayor fiebre por el tango que en los mismos arrabales
de Buenos Aires. Y ni se diga de los miles de jugadores argentinos
que han militado en clubes colombianos de fútbol.
Un viernes en la noche fuimos a conversar al café-bar de un
parque. El lugar me trajo un grato recuerdo. Fue allí donde
una de mis hermanas me invitó, junto a mi madre, para celebrarme
el único título que he obtenido en mi vida: bachiller. Al fondo
una fuente luminosa cuyas aguas emergían en distintas direcciones
delineando figuras geométricas variadas. Junto a ella los mimos
acostumbraban hacer sus presentaciones de marcados gestos a
un público carente de cultura y escaso de diversión sana. Más
al fondo la catedral que se erguía majestuosa en ladrillo puro.
Al parque iban personas sin oficio definido y parejas que en
las bancas trenzaban los brazos en sus cuellos, saboreaban la
fragancia de unos besos y susurraban palabras de amor.
Tomamos un café ~que para nosotros los colombianos es una bebida
que significa tanto como el mate para los argentinos~ con croissant
de pollo. Hablamos del orgullo europeo de los argentinos y de
su simpatía por Medellín donde había un amor exacerbado por
el gemido del bandoneón. «Cuando el tango llegó a Medellín,
la pequeña villa estaba preparada para recibir una música que
coincidía con la situación emocional y social que el tango cantaba»,
escribió un estudioso del tema. El amigo me hizo referencia
a un comentario que le hice una semana antes, tomando café capuchino
en el mismo lugar, en el sentido de que en nuestra cultura antioqueña
existe mucho feminismo, una adoración por el himen de la mujer.
Ahora me pregunto: ¿ocurrirá lo mismo en Buenos Aires, si tenemos
en cuenta que compartimos unos ideales y unas problemáticas
comunes como la violencia en las barriadas? ¿También en esa
gran ciudad existirá, como aquí, una fijación a la madre? Aunque
al tango no le es ajeno ningún tema, refleja marcadamente la
ausencia de la mujer, el desengaño de ella: ¡Si aquella boca
mentía el amor que me ofrecía, por aquellos ojos brujos yo habría
dado siempre más, dice Gardel en "Cuesta abajo", con letra de
su compositor Alfredo Lepera.
Medellín ~denominada "La ciudad de la eterna primavera"~ le
rinde culto al tango y la magia de su sonido, a ese producto
que florece en ambas orillas del Río de La Plata (Buenos Aires
y Montevideo), a esa música que brotó un tanto desesperada en
la ciudad y en la que también se inscriben el vals, la milonga
y el candombe. El bandoneón, símbolo de la expresión tanguera
~si bien ha sido desplazado de la mayoría de emisoras por géneros
musicales como la salsa y el vallenato~ continúa gimiendo con
su nostalgia en bares de barrios tangueros como Manrique (donde
mensualmente se hacía una tango-vía), Antioquia, Colón, Aranjuez,
Buenos Aires y el tenebroso barrio Guayaquil asociado a prostitutas,
y en municipios colindantes como Envigado, Bello e Itaguí. Todavía
se oyen a los reyes del fox como la orquesta típica de Enrique
Rodríguez y las interpretaciones de Armando Moreno. Y ni hablar
de todos los artistas del tango proveniente del país del sur
que nos visitaron, secundados por compositores que tenían su
anclaje cultural en la campiña argentina, y de las academias
de baile de tango que existen en nuestra ciudad y perpetúan
esa expresión sensual y complicada ~y por momentos vulgar~ de
unos movimientos que en buena parte provienen de los fandangos
de los negros.
Porque el tango nació en los suburbios de Buenos Aires, tuvo
su gestación popular en la retorta de los emigrantes europeos,
los trovadores criollos, y hacia 1917 le dio cabida a las letras
que lo hicieron famoso en la voz de Gardel y llegó primero a
París antes que al centro de esa ciudad y le dio la vuelta al
mundo antes de coronarse en la capital bonaerense como un pensamiento
triste que se podía bailar, según la expresión de Discépolo
(el autor de "Cambalache": Siglo veinte, cambalache, problemático
y febril) ; como esa ráfaga, esa diablura que los atareados
años desafía, según un poema de Borges; como unas rimas para
la memoria colectiva con su sabor agridulce, con la alegre tristeza
de su compañía.
Otro elemento de la cultura tanguera, además de los argentinismos,
los términos de la hípica y del folclor, más los provincianismos
del Río de La Plata, es el lunfardo, un dialecto de la ciudad
que surge en el bajo mundo como una creación original de la
gente común y que con los años se cuela en todos los estratos
sociales. En nuestro medio antioqueño muchas de esas palabras
llegaron para quedarse y se hicieron coloquiales y corrientes,
aunque varíe un poco su significado. En efecto, la palabra "bacán"
(Tu presencia de bacana puso calor en mi nido, dice Gardel en
"Mano a mano") significa en lunfardo una persona rica, acomodada,
mientras que en nuestro lenguaje popular tiene el sentido de
una persona solidaria, acogedora y amable. Y enriquecieron nuestro
idioma palabras como "arrastre" (influencia de una persona sobre
otra), "arrugado" (bandoneón, apocado, acobardado), "bacán"
(hombre adinerado, que mantiene a una mujer), "balconear" (mirar
sin participar en lo visto), "bandearse" (pasarse, cruzarse
de una parte a otra), "cabrear" (rabiar, enojarse), "cachar"
(asir, embromar, engañar a uno), "cachirulo" (tonto), "cambalache"
(tienda de compra y venta de objetos usados; enredo, desorden,
mezcla de cosas de diferente clase; junte de lo bueno con lo
malo), "chivato" (soplón), etc.
Gardel no pudo volver a Buenos Aires con su formidable voz,
su personalidad y su simpatía, que tanto impactaron a las gentes
de Medellín. No pudo Volver con la frente marchita... Las nieves
del tiempo platearon mi sien. Sentir que es un soplo la vida...
El señor Jaime González, testigo de los hechos, en un escrito
que aparece con el nombre de "Documento Gardeliano No. 1", afirma:
«Los restos de Gardel fueron trasladados a Buenos Aires por
su apoderado Armando Defino en diciembre de 1935 (o sea seis
meses después de su muerte). En la exhumación del cadáver estuvimos
presentes Ignacio y yo y poseo una foto, en la cual aparecemos,
que no me deja mentir. El ataúd conteniendo los restos de Gardel
fue empacado en una gran caja de madera forrada con zinc y emprendió
luego el largo viaje por tren, bus, a lomo de mula y finalmente
por tren de Cali al puerto de Buenaventura en el Pacífico en
donde fue embarcado a Nueva York vía Panamá... De Medellín a
Buenaventura tardó cinco días el recorrido. En la población
intermedia de Riosucio el pueblo pidió que lo velaran de nuevo
y así se hizo. Finalmente en Nueva York fue embarcado a Buenos
Aires con una escala y recibimiento apoteósico en Montevideo
a donde habían ido a recibirlo importantes personalidades del
Río de la Plata entre los cuales estaban Francisco Canaro y
la señora Bertha Gardes».
Y en Buenos Aires le hicieron un entierro de primera, seguramente
comparable al de Juan Domingo Perón. Y aunque se llevaron su
cuerpo a la capital porteña, su alma parece haberse quedado
en Medellín. Pero el viajero que huye, tarde o temprano detiene
su andar..., dice Gardel en el tango "Volver". |
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