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| BUENOS
AIRES DESDE EL MUNDO |
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| Rumor
de cigarras (I) |
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Hace pocos
días viajaba en autobús con destino a mi oficina en una distribuidora
de libros. En la emisora que acompañaba de vallenatos al chofer
se interrumpió la música para darle paso a una noticia. Es raro
que una emisora de vallenatos suspenda su programación para
darle cabida a una noticia y por ello pensé que no podría ser
cualquier noticia. Hablaron de que los argentinos la estaban
viendo color de hormiga con la situación económica, una verdadera
crisis que había desatado una depresión generalizada. Que la
depresión se había convertido en un problema de salud pública.
"Como aquí en Colombia", me dije, pues vivimos una crisis económica
sólo comparable a la depresión mundial de 1929.
Como se sabe, la cigarra produce una estridulación monótona
~hace poco lo sentimos en una finca en compañía de unos poetas~,
producen un coro ruidoso que parece repeler a los pájaros, producido
por el golpeteo de una membrana semejante a un tambor que los
machos tienen en la base del abdomen. Esas señales ultrasónicas
suenan como un permanente quejido, como uno de esos quejidos
que suelen emitir colombianos y argentinos. Es indudable lo
de la crisis económica, pero esa crisis se acentúa mucho más
cuando se piensa que el "vil" metal, el llamado históricamente
"estiércol del diablo", es el centro de la vida, casi lo único
importante en el mundo.
Ernesto Sábato, en su monumental novela "Sobre héroes y tumbas",
puso al narrador a decir lo siguiente, sobre el asunto del dinero
en Argentina: «Con billetes sobre la mesa, nada se negaba en
este país. Si uno tenía fortuna, aunque fuese un bandolero,
lo llenaban de atenciones, era un señor, un caballero... Al
país lo habían prostituido los gringos y ésta ya no era la nación
que llevara la libertad a Chile y Perú» (Edición de Seix Barral,
pág. 228).
Y ni hablar de lo que significa el dinero para los colombianos.
Un consejo de los padres a los hijos: «Mijo, hay que conseguir
la plata honradamente, pero si no la consigue honradamente,
consígala». El consumismo contribuye en gran medida a la extinción
de los valores. En la sobrevaloración del tener sobre el ser
se promueve el consumismo, destinado a asegurar la reproducción
del capital de un modo cada vez mayor. Vivimos en la época del
hacer semblante, de que la imagen, el dinero y las buenas conexiones
son lo que importa. Las tarjetas de crédito han comenzado a
dar la medida de lo que vale una persona.
En Colombia también se sigue el modelo del pragmatismo norteamericano,
donde al otro se lo valora por los servicios que pueda prestar,
donde los candidatos presidenciales prefieren asesorarse de
publicistas, de cirujanos plásticos, de asesores o decoradores
de imagen, en lugar de ideólogos. La vida se ha reducido a dos
cosas: dinero y estética. Ya se sabe, cuando hay un vacío de
principios, un mínimo de valores éticos, estos deben estar cubiertos
por un máximo de valores estéticos y monetarios.
El consumismo hace que en el negocio de los armamentos se fomenten
ideologías contrarias a las propias, para vender más armas.
En las denominadas "potencias" existe un desordenado afán de
lucro de los fabricantes de armas, que cada vez son más sofisticadas
para matar. Con esto no quiero decir que los países civilizados
son los únicos fabricantes de la muerte. La pulsión de muerte,
el goce mortífero, es propio de todos los sujetos, sean éstos
de países desarrollados o de países en proceso de desarrollo.
A juzgar por lo que escucho y leo sobre la vida en Argentina
~país al que nunca he visitado~, además de llevar el signo pesos
en la mirada, hay otro elemento común con los colombianos: el
pesimismo. Las declaraciones que un político le concedió a un
periódico retrata la desvaloración de nuestros habitantes, de
su profundo pesimismo: «Los colombianos nunca estamos cerrando
un negocio sino un negocito, no ahorramos para comprar una casa
sino una casita, no pensamos en tener carro sino carrito, no
buscamos hacer plata sino platica, en el café no pedimos un
tinto sino un tintico..., los viajes no son viajes sino viajecitos,
las fincas no son fincas sino finquitas, en la burocracia no
aspiramos a un cargo sino a un puestico y cuando de romances
se trata hay que 'levantarse una viejita'».
Y Sábato hace decir a uno de sus personajes en la mencionada
novela: «Los argentinos somos pesimistas (decía Bruno) porque
tenemos grandes reservas de esperanzas y de ilusiones, pues
para ser pesimista hay que previamente haber esperado algo.
Esto no es un pueblo cínico, aunque está lleno de cínicos y
acomodados; es más bien un pueblo de gente atormentada, que
es todo lo contrario, ya que el cínico se aviene a todo y nada
le importa. Al argentino le importa todo, por todo se hace mala
sangre, se amarga, protesta, siente rencor. El argentino está
descontento con todo y consigo mismo... (ibíd., pág. 221). Se
me podrá decir que la novela es sólo ficción, pero en este fragmento
se demuestra una vez más lo que decía Balzac de la novela, que
es la historia secreta de los pueblos.
Siendo Buenos Aires un pedazo de Europa transplantada, se entiende
en parte aquello de la tristeza argentina, de la soledad porteña,
de cierta nostalgia por la patria perdida. Bruno, el personaje
de Sábato, también dice: «aunque eso es válido para cualquier
región del mundo donde haya seres humanos, es indudable que
en la Argentina, y sobre todo en Buenos Aires, la proporción
de pesimistas es mucho mayor, por la misma razón que el tango
es más triste que la tarantela o la polca o cualquier otro baile
de no importa qué parte del mundo» (ibíd., págs. 188-9).
En nuestro medio colombiano sobreviven como inmutables seudopersonas
en cárceles sin rejas, encerradas en celdas de incomunicación,
enclaustradas en los barrotes de una información desinformadora,
enredadas en las redes del lenguaje ideológico, engranjadas
en las mallas de las instituciones que perpetúan el sistema
de dominación social. Es un medio donde deambulan muchos sujetos
que son meros engranajes de estructuras de poder. Viven en una
sociedad contracultural casi invivible, escenario por excelencia
de guerras de poderes con los disfraces más variados, donde
fuegos cruzados provienen de fuerzas que no hacen concesiones
y se obstinan en su sordera. En esta semibarbarie tecnológica
son muchos los sujetos que padecen el estallido de enfermedades
psíquicas que se cierne como epidemia, se aguantan y sobrellevan
la pobreza económica, en la corriente de la historia de la inhumanidad
y la irracionalidad.
Existen (¿cómo decir que viven?) en el país multiétnico, complejo
y desangrado de Colombia con sus grandes riquezas, en la región
de Tropicoamérica resignada a la función subalterna de satélite
de monopolios internacionales, en el continente de América,
cuna y campo de un rico proceso de mestizaje cultural, sobre
el planeta Tierra que navega como imperturbable por el océano
espacial, al interior del Sistema Solar en el que alumbra un
mismo sol, dentro de la galaxia de la Vía Láctea en la que cada
año aparecen dos o tres estrellas nuevas, en uno de los Universos
siderales con sus leyes propias.
De una maceración larga por la conquista y colonización emerge
un Nuevo Mundo que ha iniciado una nueva experiencia cultural
de la sociedad humana, con reservas enormes de recursos humanos
y naturales y con posibilidades de prosperar, aunque en este
contexto único o crisol de razas sus moradores sean considerados
por "Occidente" como ciudadanos de segunda clase.
Medio milenio después de haber comenzado a ser atropellada y
expoliada en sus potencialidades humanas y naturales (¡y no
tanto descubierta!), esta porción del planeta despierta de un
largo sueño. Y despierta, luego de estar sumida durante siglos
en el oscurantismo de los colonialismos. El látigo del esclavista
ha dejado de azotar, es verdad, pero no el flagelo del hambre,
la pobreza y los chisporroteos de los circuitos psíquicos.
Nuestros pueblos son una amalgama de culturas contradictorias
y diversificadas: mongoles, iberos, celtas, árabes, romanos.
Son unas mezclas étnicas con una multiplicidad en sus formas
de pensar. Predominan los mestizos con su profunda raíz indígena
proveniente de Asia y de Oceanía y así mismo las raíces negras
africanas y en menor grado las blancas españolas. Existen entonces
mestizos, mulatos, "blancos" y zambos, en cuyas sangres fluyen
razas conquistadas y sometidas. Son fusiones que intervienen
en la violencia colombiana actual, pues en esta esquina tormentosa
de Tropicoamérica se centralizan un sinnúmero de conflictos.
Tropicoamérica se focaliza, convergiendo una diversidad de razas
y pueblos con subculturas y componentes éticos. El paisaje físico
y cultural muestra sujetos diversificados en los relieves de
sus rostros, en los que se lee un pasado tormentoso, una vida
signada por grandes luchas. Deambulan indígenas en extinción
que llevan a sus hombros una manta de lana o una ruana de algodón,
al igual que la carga de una servidumbre oprobiosa. Rostros
negros en los que se dibuja la nostalgia, como si expresaran
un estado de duelo por haber sido arrancados de su suelo africano,
y sus miradas blancas reflejan el arrastrar consigo un pasado
de opresión y esclavitud. Rostros de mestizos, mulatos, "blancos"
y zambos, en cuyas sangres fluye un pasado o una mezcla de razas
sometidas. Son rostros que exteriorizan los rezagos de la postura
servil y del paternalismo producido por las cadenas y los grilletes
fríos.
En Tropicoamérica, es decir, en la América mestiza y tropical,
las regiones mantienen su falta de identidad. Se ven sujetos
en la búsqueda de una identidad cultural, del dejar de fabricar
subculturas con los ojos europeos y estadounidenses, de no continuar
siendo ciegos ante las propias raíces, de neutralizar la opresión
de que "esas son cosas de indios" puesto que muchos "civilizados"
de "Occidente" todavía creen que por aquí andamos con plumas,
flechas y taparrabos. Tales personas entienden que ante la ausencia
de identidad hay que construir una cultura auténtica.
A los argentinos y a los colombianos les podemos aplicar esta
otra frase de Sábato en "Sobre héroes y tumbas": «el náufrago
desesperado por la sed sobre su bote debe resistir la tentación
de tomar agua salada». |
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