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BUENOS AIRES DESDE EL MUNDO
MEDELLIN, Colombia
por Rubén López Rodrigué
rdlr@epm.net.co
Rumor de cigarras (I)
 
Hace pocos días viajaba en autobús con destino a mi oficina en una distribuidora de libros. En la emisora que acompañaba de vallenatos al chofer se interrumpió la música para darle paso a una noticia. Es raro que una emisora de vallenatos suspenda su programación para darle cabida a una noticia y por ello pensé que no podría ser cualquier noticia. Hablaron de que los argentinos la estaban viendo color de hormiga con la situación económica, una verdadera crisis que había desatado una depresión generalizada. Que la depresión se había convertido en un problema de salud pública. "Como aquí en Colombia", me dije, pues vivimos una crisis económica sólo comparable a la depresión mundial de 1929.

Como se sabe, la cigarra produce una estridulación monótona ~hace poco lo sentimos en una finca en compañía de unos poetas~, producen un coro ruidoso que parece repeler a los pájaros, producido por el golpeteo de una membrana semejante a un tambor que los machos tienen en la base del abdomen. Esas señales ultrasónicas suenan como un permanente quejido, como uno de esos quejidos que suelen emitir colombianos y argentinos. Es indudable lo de la crisis económica, pero esa crisis se acentúa mucho más cuando se piensa que el "vil" metal, el llamado históricamente "estiércol del diablo", es el centro de la vida, casi lo único importante en el mundo.

Ernesto Sábato, en su monumental novela "Sobre héroes y tumbas", puso al narrador a decir lo siguiente, sobre el asunto del dinero en Argentina: «Con billetes sobre la mesa, nada se negaba en este país. Si uno tenía fortuna, aunque fuese un bandolero, lo llenaban de atenciones, era un señor, un caballero... Al país lo habían prostituido los gringos y ésta ya no era la nación que llevara la libertad a Chile y Perú» (Edición de Seix Barral, pág. 228).

Y ni hablar de lo que significa el dinero para los colombianos. Un consejo de los padres a los hijos: «Mijo, hay que conseguir la plata honradamente, pero si no la consigue honradamente, consígala». El consumismo contribuye en gran medida a la extinción de los valores. En la sobrevaloración del tener sobre el ser se promueve el consumismo, destinado a asegurar la reproducción del capital de un modo cada vez mayor. Vivimos en la época del hacer semblante, de que la imagen, el dinero y las buenas conexiones son lo que importa. Las tarjetas de crédito han comenzado a dar la medida de lo que vale una persona.

En Colombia también se sigue el modelo del pragmatismo norteamericano, donde al otro se lo valora por los servicios que pueda prestar, donde los candidatos presidenciales prefieren asesorarse de publicistas, de cirujanos plásticos, de asesores o decoradores de imagen, en lugar de ideólogos. La vida se ha reducido a dos cosas: dinero y estética. Ya se sabe, cuando hay un vacío de principios, un mínimo de valores éticos, estos deben estar cubiertos por un máximo de valores estéticos y monetarios.

El consumismo hace que en el negocio de los armamentos se fomenten ideologías contrarias a las propias, para vender más armas. En las denominadas "potencias" existe un desordenado afán de lucro de los fabricantes de armas, que cada vez son más sofisticadas para matar. Con esto no quiero decir que los países civilizados son los únicos fabricantes de la muerte. La pulsión de muerte, el goce mortífero, es propio de todos los sujetos, sean éstos de países desarrollados o de países en proceso de desarrollo.

A juzgar por lo que escucho y leo sobre la vida en Argentina ~país al que nunca he visitado~, además de llevar el signo pesos en la mirada, hay otro elemento común con los colombianos: el pesimismo. Las declaraciones que un político le concedió a un periódico retrata la desvaloración de nuestros habitantes, de su profundo pesimismo: «Los colombianos nunca estamos cerrando un negocio sino un negocito, no ahorramos para comprar una casa sino una casita, no pensamos en tener carro sino carrito, no buscamos hacer plata sino platica, en el café no pedimos un tinto sino un tintico..., los viajes no son viajes sino viajecitos, las fincas no son fincas sino finquitas, en la burocracia no aspiramos a un cargo sino a un puestico y cuando de romances se trata hay que 'levantarse una viejita'».

Y Sábato hace decir a uno de sus personajes en la mencionada novela: «Los argentinos somos pesimistas (decía Bruno) porque tenemos grandes reservas de esperanzas y de ilusiones, pues para ser pesimista hay que previamente haber esperado algo. Esto no es un pueblo cínico, aunque está lleno de cínicos y acomodados; es más bien un pueblo de gente atormentada, que es todo lo contrario, ya que el cínico se aviene a todo y nada le importa. Al argentino le importa todo, por todo se hace mala sangre, se amarga, protesta, siente rencor. El argentino está descontento con todo y consigo mismo... (ibíd., pág. 221). Se me podrá decir que la novela es sólo ficción, pero en este fragmento se demuestra una vez más lo que decía Balzac de la novela, que es la historia secreta de los pueblos.

Siendo Buenos Aires un pedazo de Europa transplantada, se entiende en parte aquello de la tristeza argentina, de la soledad porteña, de cierta nostalgia por la patria perdida. Bruno, el personaje de Sábato, también dice: «aunque eso es válido para cualquier región del mundo donde haya seres humanos, es indudable que en la Argentina, y sobre todo en Buenos Aires, la proporción de pesimistas es mucho mayor, por la misma razón que el tango es más triste que la tarantela o la polca o cualquier otro baile de no importa qué parte del mundo» (ibíd., págs. 188-9).

En nuestro medio colombiano sobreviven como inmutables seudopersonas en cárceles sin rejas, encerradas en celdas de incomunicación, enclaustradas en los barrotes de una información desinformadora, enredadas en las redes del lenguaje ideológico, engranjadas en las mallas de las instituciones que perpetúan el sistema de dominación social. Es un medio donde deambulan muchos sujetos que son meros engranajes de estructuras de poder. Viven en una sociedad contracultural casi invivible, escenario por excelencia de guerras de poderes con los disfraces más variados, donde fuegos cruzados provienen de fuerzas que no hacen concesiones y se obstinan en su sordera. En esta semibarbarie tecnológica son muchos los sujetos que padecen el estallido de enfermedades psíquicas que se cierne como epidemia, se aguantan y sobrellevan la pobreza económica, en la corriente de la historia de la inhumanidad y la irracionalidad.

Existen (¿cómo decir que viven?) en el país multiétnico, complejo y desangrado de Colombia con sus grandes riquezas, en la región de Tropicoamérica resignada a la función subalterna de satélite de monopolios internacionales, en el continente de América, cuna y campo de un rico proceso de mestizaje cultural, sobre el planeta Tierra que navega como imperturbable por el océano espacial, al interior del Sistema Solar en el que alumbra un mismo sol, dentro de la galaxia de la Vía Láctea en la que cada año aparecen dos o tres estrellas nuevas, en uno de los Universos siderales con sus leyes propias.

De una maceración larga por la conquista y colonización emerge un Nuevo Mundo que ha iniciado una nueva experiencia cultural de la sociedad humana, con reservas enormes de recursos humanos y naturales y con posibilidades de prosperar, aunque en este contexto único o crisol de razas sus moradores sean considerados por "Occidente" como ciudadanos de segunda clase.

Medio milenio después de haber comenzado a ser atropellada y expoliada en sus potencialidades humanas y naturales (¡y no tanto descubierta!), esta porción del planeta despierta de un largo sueño. Y despierta, luego de estar sumida durante siglos en el oscurantismo de los colonialismos. El látigo del esclavista ha dejado de azotar, es verdad, pero no el flagelo del hambre, la pobreza y los chisporroteos de los circuitos psíquicos.

Nuestros pueblos son una amalgama de culturas contradictorias y diversificadas: mongoles, iberos, celtas, árabes, romanos. Son unas mezclas étnicas con una multiplicidad en sus formas de pensar. Predominan los mestizos con su profunda raíz indígena proveniente de Asia y de Oceanía y así mismo las raíces negras africanas y en menor grado las blancas españolas. Existen entonces mestizos, mulatos, "blancos" y zambos, en cuyas sangres fluyen razas conquistadas y sometidas. Son fusiones que intervienen en la violencia colombiana actual, pues en esta esquina tormentosa de Tropicoamérica se centralizan un sinnúmero de conflictos.

Tropicoamérica se focaliza, convergiendo una diversidad de razas y pueblos con subculturas y componentes éticos. El paisaje físico y cultural muestra sujetos diversificados en los relieves de sus rostros, en los que se lee un pasado tormentoso, una vida signada por grandes luchas. Deambulan indígenas en extinción que llevan a sus hombros una manta de lana o una ruana de algodón, al igual que la carga de una servidumbre oprobiosa. Rostros negros en los que se dibuja la nostalgia, como si expresaran un estado de duelo por haber sido arrancados de su suelo africano, y sus miradas blancas reflejan el arrastrar consigo un pasado de opresión y esclavitud. Rostros de mestizos, mulatos, "blancos" y zambos, en cuyas sangres fluye un pasado o una mezcla de razas sometidas. Son rostros que exteriorizan los rezagos de la postura servil y del paternalismo producido por las cadenas y los grilletes fríos.

En Tropicoamérica, es decir, en la América mestiza y tropical, las regiones mantienen su falta de identidad. Se ven sujetos en la búsqueda de una identidad cultural, del dejar de fabricar subculturas con los ojos europeos y estadounidenses, de no continuar siendo ciegos ante las propias raíces, de neutralizar la opresión de que "esas son cosas de indios" puesto que muchos "civilizados" de "Occidente" todavía creen que por aquí andamos con plumas, flechas y taparrabos. Tales personas entienden que ante la ausencia de identidad hay que construir una cultura auténtica.

A los argentinos y a los colombianos les podemos aplicar esta otra frase de Sábato en "Sobre héroes y tumbas": «el náufrago desesperado por la sed sobre su bote debe resistir la tentación de tomar agua salada».
 
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2001, El Muro Cultural