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| BUENOS
AIRES DESDE EL MUNDO |
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| Rumor
de cigarras III. |
| La soledad
porteña y la soledad colombiana. |
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Empecé
mi libro Hacia una estética psicoanalítica
con la siguiente anécdota: "Alguna vez Ebel Botero,
crítico literario en otra época, contó
que siendo profesor de literatura hispánica en una universidad
norteamericana se le acercó a Jorge Luis Borges, quien
acababa de dictar una conferencia, y le dijo:
-Maestro Borges, mucho gusto. Me llamo Ebel Botero. Soy profesor
de literatura castellana en esta universidad y a mis alumnos
yo les explico sus poemas.
-Explíquemelos a mí también porque yo tampoco
los he podido entender -le replicó Borges con ironía".
(Hombre Nuevo Editores, pg. 9).
Ebel Botero fue un crítico literario al que tuve oportunidad
de conocer muy de cerca, tuvo su importancia en Colombia, vivió
muy solo y terminó suicidado.
A propósito de Borges, era inocultable la intensa rivalidad
entre él y Sábato. En Sobre héroes y tumbas
hay un diálogo entre Martín y Bruno acerca de
las virtudes de Borges como escritor. Según Bruno, era
curiosa la calidad e importancia que en Argentina tiene la literatura
fantástica y se pregunta a qué podría deberse
ese fenómeno. ¿Una evasión?, ¿la
consecuencia de una realidad insatisfactoria?, le preguntó
Martín. Pero según Bruno tenía que haber
otra explicación puesto que la realidad norteamericana
también resultaba desagradable. Y en cuanto a Borges...
"-Dicen que es poco argentino -comentó Martín.
-¿Qué podría ser sino argentino? Es un
típico producto nacional. Hasta su europeísmo
es nacional. Un europeo no es europeísta: es europeo,
sencillamente.
-¿Usted cree que es un gran escritor?
Bruno se quedó pensando.
-No sé. De lo que estoy seguro es de que su prosa es
la más notable que hoy se escribe en castellano. Pero
es demasiado preciosista para ser un gran escritor. ¿Lo
imagina usted a Tolstoi tratando de deslumbrar con un adverbio
cuando está en juego la vida o la muerte de uno de sus
personajes? Pero no todo es bizantino en él, no vaya
a creer. Hay algo muy argentino en sus mejores cosas: cierta
nostalgia, cierta tristeza metafísica..." (Sábato,
Sobre héroes y tumbas, Seix Barral, pg. 213).
Nostalgia. Tristeza. Esto me remite a soledad. Se sabe que el
colombiano es un ser solitario, individualista, escasamente
dotado para trabajar en equipo. La soledad atraviesa, como nuestras
guerras civiles, la historia del país. No es gratuito
el título de la obra cumbre de García Márquez:
Cien años de soledad.
Según los gobiernos, la guerra se basa en las ventajas
y desventajas económicas, territoriales y de otro tipo.
La dimensión psíquica parece importarles muy poco.
Partiendo de tal consideración, una pregunta me asalta:
¿qué rol cumple en la guerra la pulsión
de muerte, esa pulsión mortífera que incluye la
inclinación del individuo a mirar como un lobo para que
no lo maten; la tendencia a matar, matarse y hacerse matar,
con todos sus efectos benéficos y peligrosos?
Para responder a esto me remontaré a los orígenes
remotos. Antes que todo fue el caos. Hasta donde se sabe, nuestro
Universo se originó hace quince mil millones de años.
Nació de un caos inicial, de una explosión, y
se ha organizado en galaxias y planetas. La vida misma nació
del azar de la selección natural. Y cada vez es mayor
su organización y complejidad. En consecuencia, el orden
nace del caos. Los rayos del sol provocaron una reacción
química. En la "sopa original" se creó
la primera célula capaz de duplicarse. Así apareció
la vida. Para que esa primera célula viviente se convirtiera
en el hombre se necesitó de una tremenda sucesión
de acontecimientos. ¡En el lapso de cuatro mil millones
de años! Matemáticamente hablando eso no es posible
que se reproduzca en otra parte del Universo. No es suficiente
conque en miles de planetas el medio ambiente tenga las condiciones
para que emerja la vida. Incluso existiendo vida en alguno de
ellos, la probabilidad de que esa vida haya evolucionado hacia
una civilización semejante a la del hombre es casi nula.
Y esa improbabilidad se explica porque la vida se desarrolló
en la tierra a través de una sucesión de casualidades
que difícilmente pueden repetirse.
De ser así lo que plantea la biología, los hombres
y mujeres constituyen la única especie inteligente del
Universo. Pero ¿esto no resulta demasiado pretencioso
o narcisista decirlo? ¿Estamos solos en el Universo?
No es de pensarlo así cuando existen millones de galaxias,
y por supuesto aquí no estoy hablando desde las matemáticas.
Sea como fuere, quitándole la vida a una persona se acaba
en un segundo un proceso que necesitó cuatro mil millones
de años. Pues si se nos preguntara la edad deberíamos
decir que, por evolución, tenemos la edad del Universo.
Nacimos por casualidad en una Tierra formada también
por accidente, al cabo de algunos miles de millones de años
de evolución. Y tenemos el enorme privilegio de vivir
el último segundo de esos miles de millones de años
de evolución.
Los problemas argentinos son distintos a los colombianos, aunque
allí también juegue su papel la corrupción.
En el libro de Sábato, al que le he sacado tanta savia
para pensar a la Argentina, el personaje Molinari expresa su
preocupación por la juventud argentina, ya que en ese
país los jóvenes siempre piensan que la generación
anterior no vale nada, que son un conjunto de reaccionarios,
etc. Si de verdad allá ocurre eso, el problema en mi
país es al contrario: son los mayores quienes menosprecian
a las nuevas generaciones, como si la mera experiencia garantizara
el tener la razón.
¿Pero podría un libro como el mencionado, aun
cuando sea un gran libro, dar cuenta sobre una ciudad como Buenos
Aires, que para el momento de su edición tenía
seis millones de habitantes, millones de hombres, de mujeres,
de empleados, de obreros, de rentistas? Seis millones de argentinos,
españoles, italianos, vascos, sirios, alemanes, checos,
húngaros, yugoeslavos, rusos, polacos, ucranianos, libaneses,
lituanos, griegos. ¿Cómo dar cuenta de todos?
Sea como sea, "la obra de arte es un intento, acaso descabellado,
de dar la infinita realidad entre los límites de un cuadro
o de un libro. Una elección. Pero esa lección
resulta así infinitamente difícil y, en general,
catastrófica" (Ibíd., pg. 181).
Me imagino a un colombiano que, haciendo honor a su naturaleza,
está solo y recorre Buenos Aires seducido y abismado,
sin un itinerario fijo, desde la mañana hasta expirar
la tarde, y al pasar por Corrientes o detenerse en Maipú
ve provincianos de piel curtida cargando una pesadilla que tal
vez requiera del diván del psicoanalista. Va al parque
de Barrancas de Belgrano donde los estudiantes van a pintar
y donde Sábato tanto anduvo para pintar en su novela
sus personajes, para darles un carácter bien definido.
Y quizás tome su ruta por las aceras de la avenida Nueve
de Julio hasta llegar al famoso obelisco que tanto vemos en
fotos, por el cine y la televisión; ese que parece ser
el símbolo de la ciudad, al igual que el Empire State
en Nueva York o la torre Eiffel en París.
El personaje Martín recordó algo que le había
dicho Bruno: "que siempre es terrible ver a un hombre que
se cree absoluta y seguramente solo, pues hay en él algo
trágico, quizás hasta de sagrado, y a la vez de
horrendo y vergonzoso. Siempre -decía- llevamos una máscara,
una máscara que nunca es la misma sino que cambia para
cada uno de los papeles que tenemos asignados en la vida (...)
Pero ¿qué máscara nos ponemos o qué
máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos
que nadie, nadie, nos observa, nos controla, nos escucha, nos
exige, nos suplica, nos intima, nos ataca? Acaso el carácter
sagrado de ese instante se deba a que el hombre está
entonces frente a la Divinidad, o por los menos ante su propia
e implacable conciencia. Y tal vez nadie perdone el ser sorprendido
en esa última y esencial desnudez de su rostro, la más
terrible y la más esencial de las desnudeces, porque
muestra el alma sin defensa" (Sábato, pg. 254).
La soledad de los individuos conlleva a la falta de sociabilidad
en mi país. Colombia ha sido estremecida e incluso paralizada
por una espiral incontenible de violencia, que en el exterior
le ha proyectado la imagen de ser el país más
violento del mundo. En esta percepción prevalece lo imaginario,
pues las naciones se relacionan entre sí es con la imagen
que tienen unas de otras. ¿Pero hasta qué punto
la imagen que proyectamos corresponde a la realidad? No se puede
afirmar que Colombia es el país más violento del
mundo sino que una serie de factores hacen converger en esta
tierra la mayor violencia en el mundo. Aquí o en la Cochinchina
la relación con el otro tiende a ser agresiva, intolerante,
mortífera. Tiende, lo que no quiere decir que siempre
deba ser así. De manera que nuestros problemas no son
típicamente colombianos sino más generales y tienen
una actualidad y una fuerza especial en Colombia. Lo que no
obsta para que nos crucemos de brazos.
Y algo que podemos aplicar a colombianos y argentinos: el narrador
de Sobre héroes y tumbas dice: "Aquella noche, mientras
ella preparaba el famoso café, hice mis preguntas habituales.
Y ella, como de costumbre, me respondió que nadie se
había interesado por la suerte del tipógrafo.
-Parece mentira, señor Vidal. Si es como para perder
la fe en la humanidad.
-Nunca hay que perder las esperanzas -respondí, con una
de las frases ilustres del señor Etchepareborda 'Hay
que tener Fe en el País', 'Así es la vida', 'Hay
que confiar en las Reservas de la Nación'". (Ibíd.,
pg. 354).
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