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NMEDELLIN, Colombia
por Rubén López Rodrigué »n
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Rumor de cigarras IV. 
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¿Región de desidentidad? (Parte I)
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Ernesto Sábato
Hay que recordar aquello que a menudo olvidamos: el asunto de nuestra identidad. Argentina y Colombia hacen parte de una región plagada de desangres y cicatrices. El desangre económico en sus venas asociativas es solamente una cara de la situación. En Colombia no somos judíos, nórdicos ni anglosajones; somos trópicolatinos. Distinto a un país de población transplantada de otras regiones del mundo como Argentina.
Durante muchos años un sentimiento de lo propio buscó su identidad cultural en lo geográfico. Era como decir que el país gaucho está situado en la cola de América y Colombia en la esquina de Suramérica. Esa época va quedando lentamente atrás y se ha llegado a aceptar que los latinoamericanos podemos acceder a toda la historia del pensamiento. Se insiste en hacer "filosofía latinoamericana", sin que sea muy claro lo que se quiere enunciar con esa expresión. A propósito de ello, me vienen a la mente dos grandes pensadores: el argentino José Luis Romero y el colombiano Estanislao Zuleta. En Colombia se editan colecciones sobre pensadores y literatos, relativamente a bajos precios, y cuenta con pensadores de la talla de Rafael Gutiérrez Girardot, escritores de la altura de García Márquez, artistas del prestigio de Fernando Botero, científicos de la distinción de Rodolfo Llinás. Y Argentina tiene destacadas figuras, de corte universal, como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ernesto Sábato.
Un escritor como Sábato, y desde una óptica novelada (la mejor manera de acercarse a la realidad), aborda la cuestión de la identidad argentina, en su gran obra "Sobre héroes y tumbas" (aunque se diga que los argentinos, al igual que los colombianos, carecen de identidad). Y para decirlo me apoyo en sus palabras: «Y también Bruno, al que se aferraba, al que miraba con anhelante interrogación, parecía estar carcomido por las dudas, preguntándose perpetuamente sobre el sentido de la existencia en general y sobre el ser y el no ser de aquella oscura región del mundo en que vivían y sufrían: él, Martín, Alejandra, y los millones de habitantes que parecían ambular por Buenos Aires como en un caos, sin que nadie supiese dónde estaba la verdad, sin que nadie creyese firmemente en nada; los viejos como don Pancho (pensaba Bruno) viviendo en el sueño del pasado, los aventureros haciendo fortuna sin importárseles de nada ni de nadie, los cínicos profesores que se adaptaban al nuevo orden enseñando lo que antes habían repudiado, los estudiantes luchando contra Perón y aliándose de hecho con hipócritas y aprovechadores defensores de la libertad, y los viejos inmigrantes soñando (también ellos) con otra realidad, una realidad fantástica y remota, como el viejo D'Arcángelo, mirando hacia aquel territorio ya inalcanzable y murmurando». (Ibíd., Seix Barral, p. 220).
Mientras que los argentinos consideran el tango como parte de su cultura, los colombianos desdicen y se avergüenzan de la cumbia, el bambuco, el porro, el vallenato; y hasta un importante intelectual de nuestro medio (que todavía hace la división artificiosa entre "cultura culta" y "cultura popular") dice que el tango es una música de cabrones. Nuestros intelectuales niegan lo que somos y no reconocen que Colombia (lo mismo que tiene la mayor variedad de aves) es el país del mundo que tiene más variedad de música, de esa música que es una sola y se divide en buena y mala.
Hay igualmente cultura en la Avenida San Martín o en Avellaneda que en el barrio popular La Boca de Buenos Aires, lugar donde los emigrantes genoveses erigieron sus construcciones. La violencia no es sólo mandar a matar, también está en no reconocer otras formas de cultura.
La única posibilidad de que Latinoamérica exprese su identidad ante el mundo es construir un lenguaje propio que recupere el lenguaje sentipensante de su realidad. En un reciente artículo titulado "Literatura regional e identidad", publicado en el último número de la revista RAMPA, en el contexto del inicio del Puente Cultural Medellín-Buenos Aires, la escritora argentina Norma Pérez Martín aludió a esta problemática: «Hablar de literatura regional puede parecer una peligrosa discriminación. Cuestionado este concepto por no pocos teorizadores hegemónicos, el mismo constituye, en mi opinión, una categoría que servirá para contextualizar obras que reflejan nuestra identidad. Muchas obras de la literatura argentina y latinoamericana en su conjunto revisten peculiaridades y formas discursivas de sectores sociales que no pocos críticos esconden o marginan. El proceso dinámico, complejo y rico de las letras de América configura "unidad en la diversidad"».

"Enfermedades" importadas
Al Nuevo Mundo se importaron ciertas "enfermedades" del Viejo Continente. El imperio español impuso a través de sus guerreros las armazones de sus leyes, infiltró el castellano como un idioma invasor que se apoderó de una parte de la identidad tropicoamericana, hizo imperar su administración, puso a circular su moneda corriente, ejerció el control por medio de las instituciones como las mitas y las encomiendas, irradió su cultura levantada con base en la idolatría hacia las cosas como el oro, expandió su religión que tenía como principio básico «El que no está conmigo, está contra mí», participó el carácter general de sus costumbres y tradiciones pero desconociendo las de los aborígenes. De este modo, las espadas de los conquistadores desviaron de un modo brutal el rumbo de la identidad de hombres y mujeres tropicoaméricanos.
En el puerto de una Cartagena fortificada los barcos de vela descargaban los negros traídos del Africa Central. Sus manos atadas con grilletes y sus cuerpos enlazados con cadenas eran una clara muestra de que para sus esclavistas no eran más que animales sin alma. «No hay nada humano en esta gente», dijo el filósofo alemán Herder. Un prejuicio, que todavía hoy persiste, es que la pobreza material era sinónimo de subdesarrollo espiritual. Los negreros los exhibían como mercancías y resaltaban sus atributos físicos, dispuestos a venderlos al mejor postor. Y los situados en posición de amos los compraban como herramientas que remplazarían a los indios en los trabajos pesados. A los aborígenes sólo se les valoraba en la medida en que cumplían con la función de mártires al servicio de la producción. Ya vendidos, de inmediato los negros eran desperdigados a las minas de oro, llevados a las vetas que guardaban celosamente otros metales preciosos, conducidos a los cañaverales, obligados a las haciendas y a los ranchos; donde los obligaban a trabajos forzados.
Los criollos neogranadinos se especializaban en ser hacendados terratenientes. Establecieron la institución cavernaria de la Violencia contra los aborígenes, los esclavos negros y la servidumbre conformada en general por mestizos. A los negros y a los indios los convirtieron en oprimidos que amaban las rejas y esto constituyó el fundamento más legítimo del poder del dominio español. Ni siquiera la aristocracia criolla ni los descendientes de españoles nacidos en Tropicoamérica escaparon a las fauces del lobo.
El inconformismo se represó en muchos estratos de la población.
Pasadas cuatro largas centurias de colonización ibérica, el exceso de frustraciones contenidas hizo estallar la frontera que el imperio español había fortificado para impedir los brotes de la rebelión. Las bayonetas españolas intentaron detener en forma brutal el movimiento rebelde.
Pero fue en vano.
¿Cuál es nuestra identidad, de dónde venimos? (Parte II)
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En países como los nuestros con características tan distintas, con expectativas tan variadas, con intereses tan contradictorios y que a menudo explotan con violencia y hacen de ésta una forma de vida, habría que adquirir un compromiso más real con nuestra propia historia, hallando nuestra identidad heterogénea, encontrando esa identidad que fue víctima de un malentendido por parte de los conquistadores españoles, quienes creyeron que los aborígenes de Tropicoamérica no tenían alma ni ley ni Dios ni rey. Y esa certeza significó etnocidios, ecologicidios y genocidios. Hay que buscar con afecto receptivo una identidad étnica, una identidad regional y una identidad nacional, teniendo en cuenta que la identidad remite a lo igual y también a la diferencia. Bien se ha dicho que nadie se saca la piel de encima como se quita la camisa.
Hacia América -«refugio y amparo de los desesperados de España», según el gran autor de El Quijote, quien también quiso venir al continente, pero que no pudo- zarparon flotas de barcos con pioneros laicos y religiosos, incluidos los desesperados con una lucecita de esperanza, muchos de ellos delincuentes prófugos o condenados. Los españoles, al igual que los portugueses que conquistaron el Brasil, juzgaron las culturas nativas desde los valores de ellos, desde sus valores europeos de lo bueno y lo malo, lo falso y lo verdadero, lo bello y
lo feo. Los ritos religiosos de aquellos aborígenes con sus cuerpos pintados y adornados con plumas de aves les parecían diabólicos, una completa herejía. Así que se propusieron arrebatarles sus tierras. Destruirlas. Imponerles el culto al catolicismo: «Los que no tengan nuestro Dios son enemigos». De modo que no dejaron otra elección distinta a la de la muerte espiritual o el aniquilamiento físico. Los católicos, creadores de la Inquisición y las Cruzadas, en nombre del evangelio mataban a los que no pensaban como ellos. Y eso era militarismo. Los aborígenes "ateos" fueron cristianizados y su cultura pereció.
Como el Estado español estimaba que únicamente tenía validez su propia experiencia, sólo ofrecía una alternativa. Esta: esas gentes, o aceptaban acabar con sus formas culturales, o serían eliminadas. De manera que a los aborígenes que entraban en rebeldía se les clausuraban sus vidas, se les terminaban sus costumbres, se les diluían sus formas de pensar, se les desarraigaba para lograr en ellos la uniformidad; y a la par que los españoles se mezclaban o emparentaban con los aborígenes, marcaban las diferencias. Los amerindios fueron diezmados a fuerza de guerras y enfermedades. Su existencia se redujo a la de ser lacayos del Estado, vale decir, sin derecho sobre sus tierras y a merced del arbitrio de los señores de otra parte.
Esas fueron las épocas de la invasión de Tropicoamérica, en que los nativos fueron desarraigados, extrañados, desterrados, despreciados y desautorizados. Y hablo de "invasión" porque ¿se le puede llamar "descubrimiento" a un hallazgo casual regido por la obsesión del oro? Recordemos que Cristóbal Colón no buscaba a América, y no podía buscarlo pues no sabía que existía; buscaba ir a las Indias Orientales (Catay y Cipango, actualmente China y Japón) para restablecer el comercio de sedas y especias, interrumpido por la invasión de los moros.
Ahora bien, la falta de identidad es uno de nuestros más graves problemas. No sabemos quiénes somos. En ¿Dónde está la franja amarilla? William Ospina escribió: «Un chiste común dice que en Colombia los ricos quieren ser ingleses, los intelectuales quieren ser franceses, la clase media quiere ser norteamericana y los pobres quieren ser mexicanos. Después de siglos de un esfuerzo vergonzoso y esnob por fingir ser lo que no somos, es urgente descubrir qué es Colombia; que surja entre nosotros un pensamiento, una interpretación de nosotros mismos, una alternativa de orden social, de desarrollo, un sueño que se parezca a lo que somos". (Editorial Norma, Santa Fe de Bogotá, 1999, pg. 44).
Finalmente, el poeta Rubén Darío, que fue cónsul de Colombia en Buenos Aires en el gobierno de Rafael Núñez, dedicó unos versos a la Argentina:
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  ¡Argentina, región de la aurora!
¡Oh, tierra abierta al sediento
de libertad y de vida,
dinámica y creadora!
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