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NMEDELLIN, Colombia
por Rubén López Rodrigué »n
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El gemido en melodía. 
El arte nos sueña tal como somos nos libra de oscuras representaciones
dándonos un rostro y llenando nuestros puños de semillas.
José Pérez Olivares
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Mis recuerdos del bolero se remontan a los siete años de edad en Santa Rosa de Cabal, mi pueblo natal y el de Jorge Buitrago, fundador de Bolero Bar al igual que de La Camerata y Boca de Chicle. En el barrio Simón Bolívar –de casitas en serie con tejas de eternit asignadas por el gobierno a bajo costo–, en el radio o en el tocadiscos de algún vecino oía las canciones del bolerista Felipe Pirela, en mi modesta opinión el mejor intérprete del género (o quizás este concepto sea la espina de la nostalgia clavada en mi corazón):
He recibido una cartica tuya
donde me dices adiós sin alma
Tiempo después escuchaba a Roberto Ledesma, Armando Manzanero, Óscar Santana, Leo Marini, Alfredo Sadel, Javier Solís, Toña la Negra, Julio Jaramillo, Fernando Valadés...

Casi siempre la noche del sábado, día de mercado, me iba en busca de mi padre al café Isla de Capri, donde palpitaba el piano Wurlitzer como si el siglo musical estuviese latiendo con rapidez en su pecho tragamonedas. A veces él contrataba músicos que llegaban encuellados por sus guitarras (me acuerdo de un par de desaliñados al que, parodiando al trío mejicano, llamaba "El Dueto Miseria") para que cantaran boleros que les solicitaba. No me marchaba de allí hasta que no me diera un peso, no obstante tener asegurada una pony malta y a pesar de la tristeza de verlo como en un guiñol manipulado por el trago, fumando como siempre, gritando «¡Viva el partido liberal!», diciendo «Yo soy millonario», derrochando el dinero que en ocasiones ganaba a manos llenas gracias a su saber especializado sobre ganadería, sobre toros en lidia con la vida del ruedo –herencia del abuelo–, en enorme generosidad con sus "amigos".

Como no teníamos tocadiscos debía irme a la húmeda casa, a orillas del río San Eugenio, del padrino Ernesto (más pobre que nosotros con su numerosa familia) si quería escuchar a Juan Arvizu, Carlos Gardel, Los Panchos, Johnny Albino y su Trío San Juan y a todos esos viejitos. Mi padrino no ocultaba su preferencia por El puñal sevillano y Farolito y no porque lo dijera sino por las tantas veces que los ponía. De esta última canción sacó el nombre para ponérselo a su chandoso. Yo me sentaba de pantalones cortos en una silla de cuero de vaqueta, bien cerca del tocadiscos, y en algunos discos de acetato veía circular en la redonda etiqueta la imagen de un perrito de orejas caídas y pelaje blanco, con ganas de meter la oscura luna del hocico en el parlante de una vitrola, en apariencia enternecido por la música. Miraba al perro de la casa disquera RCA Víctor y luego al chandoso que me miraba con unos ojos como puñales, reflejando un brillo ansioso de mandarme con mi música a otro rancho. Y los comparaba. El perro de la RCA Víctor no tenía nada que ver por su aseo con el pulguiento que me pelaba los colmillos y lanzaba un gruñido, y cuyas mechas eran de un blanco amarillento, no se sabía si por ser ese su color natural o por lo sucio que se mantenía. El perro de la RCA Víctor era calmoso y simpático, bien distinto del despelucado maloliente que no salía de sus rabietas cada vez que yo iba.

A diferencia de mi padre y el abuelo, el tío Neftalí jamás bebía. Propietario de un almacén de discos (aunque en estricto sentido no somos dueños de nada) cuya especialidad eran los tangos, a los clientes les cantaba con su voz melodiosa fragmentos de canciones para inducirlos a comprar el lenitivo para los pesares. Siempre impecable, de vestido en tonos grises, un tanto regordete, de níveo corazón y blancura de cisne, si las ventas no estaban muy buenas salía con los zapatos bien lustrados y un amplio maletín de cuero repleto de discos en busca de la clientela.

De algún modo que todavía desconozco, empecé a elaborar consciente e inconscientemente el mito individual del bolero, porque no podemos pensar ni soñar sin mitos. En palabras más crudas: requerimos de mitos y mentiras para vivir. Si alguien percibe la realidad escueta, tal como es, termina por suicidarse. El mito del bolero es una forma de entender el mundo no menos real que lo que llamamos "realidad". Es algo atemporal porque no tiene tiempo, no envejece a pesar de exceder la centuria.

¿De qué sirve (haciendo una interrogación utilitarista) el mito del bolero? En su doble faz individual y colectiva autoriza elaborar los enigmas de la vida: orígenes, sexualidad, muerte... La cultura se sostiene sobre mitos ya que significan verdades que nos superan y necesitamos para vivir. Seres reales como Javier Solís se vuelven míticos tras el tul sepia del tiempo. Y al cantar
Este bolero es mío
es tragedia que ilumina
lo escuchamos siempre de un modo distinto, así como cada vez que leemos no es igual aun cuando se trate de la misma obra.

En el curso de los años abracé el bolero (no es mi tabla de náufrago) por encima de geografías pensadas como espacio y condición de vida, de tradiciones vivas o muertas, del individualismo como un imperio del yo, de nacionalismos separatistas y de diferencias políticas.

* *

Bolero Bar es, si se quiere, un espacio para músicos, pintores, literatos y personas del común. Allí se tertulia en torno a ese trío de ámbitos. Sobre una pequeña pantalla improvisada se proyectan, en forma eventual, documentales de grupos musicales como la Sonora Ponceña y artistas como Guillermo Buitrago, con quien ponen a bailar en las últimas noches cálidas y azules de la época decembrina.

Los corazones se colman de flores, vibran los violines de los pechos junto a una pequeña fuente que ha dejado de llorar y la luz de un azul acerado de la luna se filtra en lirios de llantos adormecidos. Como un huerto cultivado en un suelo de hojarasca (¿acaso el desamor no se apodera cual peste del mundo contemporáneo?) que sirve de escenario a una ciudad sumida en el terror y la violencia, lejos del centro y su triste aullido de lobos, ahora creo que el Bolero Bar, más que un espacio cultural, es un lugar para que las parejas de enamorados gocen del dorado ensueño del amor.
Deja que salga la luna
deja que se meta el sol
deja que caiga la noche
para que empiece nuestro amor
Allí no puedo corchar al Primo Jorge Buitrago de mirar claro y limpio como el agua saltarina, quien a menudo pinta una sonrisa tranquila en su rostro. Apostar con él en asuntos de música es llevarla perdida. Sabedor de que la música es un buen canal para que afloren las emociones, sabedor de que las almas malvadas no tienen melodía, autoriza que ella acaricie su parabólica oreja. Es destino que en él ese campo no es de flores raras, sino un jardín secreto.

Bolero tiene en Alfredito Lamas su cantor para celebrar el Martes del Tango. De nacionalidad argentina, es un digno representante del tango y su pesimismo trágico como el cine de Ingmar Bergman. Con dos décadas viviendo en el país, vocaliza sus canciones con pista y sin el bandoneón que esconde nuestra vida en un teclado. En la tibieza de una noche en que parpadean las estrellas y el ojo gigante mira hacia abajo, el tanguista Lamas, exaltado en la barra por el aliento de la inspiración, se concentra en componer Canción a mi soledad:
Qué linda es la soledad
aunque se vista de gris
aunque mis noches de insomnio
las pase pensando en ti
aunque esta sea la causa
más grande de mi sufrir
Una noche mientras lo escuchamos, una poetisa de voz ronca me dice que Bolero Bar es un peligro, que uno se amaña tanto disfrutando de cantantes (como Gustavo Cortés) acompañados por sus guitarras, que no puede salir de allí sino hasta la penumbra de la madrugada. Un fiel testigo de ello es Alejandro, quien llega con su torrencial simpatía acompañado de la guitarra bien ataviada con un estuche negro, y entona como un arroyuelo su melodía a la noche.

Luego se escucha Hola soledad, la canción que me identificó en la época del bachillerato, un triste bolero que podría dedicar a quienes cerraron los ojos para no volver a abrirlos jamás: Manuel Mejía Vallejo, quien vibraba con los tangos y se ensoñaba con los boleros (en especial cuando Margarita Jaramillo le cantaba), quien tenía un mirar lánguido e insondable curado por una soledad tan grande como un estadio vacío de público. Edmundo Arias, quien vivió contiguo a la casa que mi padre habitó con los abuelos y el tío Neftalí en Pereira, y después fue amigo suyo las noches de parranda en el club San Fernando en el tiempo en que trabajó en un laboratorio farmacéutico de Cali. Ambos personajes visitaban a Bolero. Rutila por su armonía el tema bailable Ligia (sin letra) de Edmundo Arias, interpretado de manera magistral por la Billo's Caracas Boys.

La segunda esposa del Primo (la primera con seguridad no le aguantó sus parrandas y bebetas que él bien las soporta como un roble) se llama precisamente Ligia. Desde años atrás no la he vuelto a ver en Bolero y en su representación van, una que otra vez, las dos preciosas niñas de la pareja a bailar flamenco ornadas con vestidos floreados, abanicos, castañuelas y el taconeo.

Todas las noches, en cualquier mesa del local, el Primo se sienta a bogar vino tinto a rajatabla o, para ser de más caché, a catar el oro de su rojo vapor como queriendo saber si el vino es abocado, graso, astringente o dulce, mientras habla del tema que le pongan sus infaltables amigos.

En el libro que conmemora los diez años de Bolero Bar, con colaboraciones de escritores que allí han vivido momentos de gozo, aparece por todas partes en fotos como si fuera Celia Cruz. Hay una fotografía en que está solo partiendo un ponqué de cumpleaños, y en el pie de foto una leyenda traza una sentencia terminante: «Siempre a punto de ser echado». Sin embargo, ni lo echan (él dirá que siempre llega bien temprano a casa: a las cuatro o cinco de la mañana) ni le cantan aun cuando sea con disimulo desde el baño:
Diciembre me gustó pa' que te vayas
que sea tu cruel adiós mi Navidad
¿Por qué tendrían que echar al angelito sin alas, que en el día calma guayabo, en la noche bebe pasando de mesa en mesa y de quien puede decirse que trabaja más una tortuga de espaldas, fomentando así el empleo para los demás? Habría que mandarlo a trabajar a la Viña Roja o a un viñedo siquiera a estrujar uvas atacadas por la podredumbre noble hasta obtener su néctar o esencia. Sería injusto que su mujer lo eche porque él no llega acosando, él no llega prendido, él no llega borracho... Él no llega.

Allí no faltan solitarios y solitarias que, por cierto, no suelen ir a quejarse de sus relaciones amorosas con el sello negro del fracaso. Y el Primo es un buen remanso para la despechada (aunque sus pechos sean de silicona) cuyas risas velan lágrimas secretas, para la víctima del desengaño en cuyo espejo ven decrecer los encantos (aunque esa misma noche levante en el lugar). La oreja de Jorge "Buentrago" (así lo llaman algunos) está incluso atenta a mujeres orgullosas, sobradoras y estúpidas y a hombres díscolos, agresivos y disolutos (ocasionales, por fortuna) agredidos por serpientes, lobos, escorpiones, cuervos, negras panteras que llevan dentro. A ellas y ellos se les puede aplicar la sentencia de Rilke: «Si su vida cotidiana le parece pobre, no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que no es bastante poeta como para conjurar sus riquezas».

Supongo que lo que más les agrada del Primo a clientes y clientas del lugar es su voz musical de suave cadencia varonil (si bien creo que canta más un mudo en el baño). Pero hay más razones. Por la escucha de atención flotante, con una discreción que no le pregunta a la desnudez por su vestido ni pretende cavar en el fondo oscuro del alma; por ser incapaz de la maledicencia y mucho menos de revelar las confidencias de aquel a quien el Destino sigue como un perro ciego. En una palabra: por ser una persona que en su rol tiene una ética.

En una época en que casi nadie atiende a las penas del otro y las personas se comportan como albatros que siguen a un barco indolentes al sufrimiento humano, es difícil encontrar una escucha respetuosa. En momentos para escuchar (no para oír) Jorge Buitrago silencia el rasgueo de guitarras, la voluptuosidad de trompetas, las palmadas secas en tambores, el agite de maracas, la magia del piano, el triste sollozo del violín. Y pone el ojo admirado ante una voz como la de Myriam Rodríguez y de cantantes de ocasión que transforman su gemido en melodía.

Durante la noche mantiene una lucidez de relámpagos en su mirada hasta la hora en que las estrellas cierran sus ojos, y a veces creo que sería menos dispendioso embriagar a un caballo. De ahí que cierta ocasión en que se queda dormido en la mesa, borracho y botando la baba, Mauricio el pinchadiscos y Andrés el mesero comentan que es la primera vez que lo ven en ese estado. Y es que el Primo sigue el camino de un indudable progreso: empezó su carrera bohemia tomando cerveza, luego siguió con vino rojo y ahora prefiere escanciar las azules copas del brandy seco o del whisky.

* *

Bolero Bar no es para tempranear, toda vez que su movimiento empieza mucho después del atardecer escarlata. Pasada la medianoche, al cierre de El Callejón del Gato, llegan los hijos de papi con relucientes guitarras, briosos aleteos, pupilas como bengalas en bulliciosas fiestas, buenas voces, mujeres bellas como la luna y por cuyos ojos galopa el príncipe de sangre azul (el hombre perfecto que sólo mora en los cuentos) y que ponen una mirada de complacencia cuando uno les atrae. Y regalan canciones como la mirla que canturrea su melodía. No sé si tendrán sueños, ya que lo tienen todo.

Es un ambiente que sirve de medio natural al amigo Raúl, quien entre sus florecillas no encuentra la rosa de su color ideal (esa como que tampoco es de este mundo), y sus alas se derriten bajo las fogatas de miradas. Aunque qué mejor maquillaje (con su papel de verónica) que unos ojos prendos y un lugar sin mucha luz, ahí cualquiera es bonita, cuando no es que la ven doble. Y los ojos de un hombre llenos de miedo o de rencor, fieros ojos de mendigo sombrío, se convierten en la mirada cándida de un niño. Esos maquillajes se dan en un ambiente creado con efectos de iluminación.

Pero la bohemia en compañía de artistas y literatos me arruina en lo económico y, además, el alcohol a la larga embrutece y abre más las heridas, fabrica la desgracia (así lo hizo con mi padre y el abuelo), si bien soy consciente de que uno no es tan desgraciado ni tan feliz como fantasea. «No me siento bien bebiendo cuando hay tanta gente aguantando hambre», le dije una vez a Raúl, pero con seguridad no lo recuerda pues ya llega borracho al lugar casi a medianoche, luego de una ronda nocturna por lugares céntricos como La Boa.

Ahora expreso: «Prefería el licor amarillo que es un trago más noble». Ahora reino en el azul claro y mis ojos albergan soles ponientes, sean rojos, amarillos o anaranjados. Así que dejo de ver en Bolero a Mariadela Restrepo, familiar de Tomás Carrasquilla, quien aprende a bailar tango en su edad otoñal. Dejo de ver a Alejandro Buitrago y su risa estridente, un médico sobrino del Primo que llega a "chupar piña" con la mujer de turno. Dejo de ver a la Prima Elisa Ana Machado –con apellido de poeta pero que no hace un verso ni a las malas; igual que el Primo: más fácil escribe un manco de ambas manos–, con dos ojos grandes de luz verdosa (o por lo menos así la veo de noche) y quien contribuyó a conmemorar estos locos veinte años del Bolero Bar.

Con todo, una noche no aguanto las ganas de volver. Al llegar al sitio la luna rutila su azul nocturno que simboliza el lapislázuli; la misma que debieron adorar nuestros padres cuando la miraban juntos al ritmo del bolero. Un gato de pelaje blanco y luminosos ojos verdes maulla enlunado en el pasillo que remata en un muro gris, y se escurre silencioso entre las sombras. El Primo no se encuentra en el lugar con su reino en azul oscuro. Vivencio que Bolero está sin alma. Más tarde, el Primo llega y el alma retorna al lugar. Es la clásica transferencia con el tabernero.

Hay que aprender de errores del pasado para no repetir la misma historia. En eso estriba la experiencia. La bohemia ya le aportó lo suficiente a mi función de escribidor y, en general, no fue urticante ni fue contrarrestada por tragos amargos aislados que causan escozor. Así como experiencias familiares de la infancia determinan la personalidad, las vivencias nos enseñan lecciones de vida. Cualquier suceso, por pequeño que sea, modela nuestra estrella. Y sin embargo nos toca luchar sin tregua contra la fuerza superior del destino inconsciente. La carga del destino (sigo a Albert Camus) equivale al tormento perpetuo de la leyenda de Sísifo, quien en el Averno pagaba sus culpas empujando hacia arriba de una montaña una enorme roca, la que al borde de la cima rodaba cuesta abajo obligándolo a empezar de nuevo, y así año tras año por espacio de miles de años. Esto me hace pensar en un hado que heredamos de nuestros antepasados.

Pero el buen jugador acepta el Destino.
 
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