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| Orígenes
de la tertulia. |
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Tertuliano
Newton

Felipe V |
La
palabra “tertulia” se originó
en el siglo XVII, hacia el año 1650, en el
reinado de Felipe IV en España. Al poco tiempo
de subir al trono, el monarca se entregó
de lleno a los saraos, devaneos amorosos y otras
diversiones. Los negocios del Estado los había
dejado en manos de su valido, el Conde-Duque de
Olivares. Efraín Gaitán Orjuela, en
su Biografía de las palabras, nos ofrece
una luminosa descripción: “Para descansar
de una fiesta y preparar otra, el rey se entregaba
a las obras maestras de la literatura, llegando
a adquirir al cabo del tiempo gran cultura, lo que
lo llevó a favorecer todas las manifestaciones
artísticas. Estas aficiones del monarca,
como es natural, se reflejaban en la sociedad, que
marcha en todos los países al compás
que le marca la Corte. Los grandes vivían
en la dulce ociosidad de sus castillos, donde imitaban
el lujo y las diversiones del Palacio Real. El amor
del rey por la literatura encontró eco igualmente
dentro de la gente ilustrada y entre los que a toda
costa querían ponerse a la altura de la moda
reinante. Así se acrecentaron los círculos
y aumentaron los sitios de reuniones de artistas
y literatos. A estos últimos les entró
por aquel tiempo la afición de leer, estudiar
y analizar las obras del célebre apologista
y heterodoxo latino Tertuliano”.
¿Quién era Tertuliano?
Quinto Septimio Florente Tertuliano era un apasionado
escritor eclesiástico, un padre de la Iglesia.
En sentido amplio, se les llamó padres de
la iglesia a clérigos y escritores latinos
que explicaron los fundamentos de la nueva fe, que
defendieron las bases de la iglesia naciente. Tertuliano
era un padre apologista con el don de las joyas
de la retórica, armado de una brillante imaginación
y portador de patética elocuencia. Abogado
y polemista atestado de fanatismo, terminó
por sentar oposición a las sectas no cristianas.
Con la habilidad de la palabra y la agudeza de su
pluma combatió el paganismo.
Su estilo imperioso y refulgente sirvió,
en la época de Felipe IV, de razón
poderosa para que los congregados dedicaran parte
de su tiempo en estudiar, analizar, citar y comentar
sus textos. En ocasiones, al citar su nombre lo
llamaban con acento enfático Ter-Tuliano,
o sea, tres veces superior a Marco Tulio Cicerón
quien vivió dos siglos antes y era el ecléctico
más importante de su tiempo. Cicerón
apadrinó un eclecticismo que aceptaba las
doctrinas de Platón sobre el alma y otras
corrientes filosóficas. Contribuyó
de manera notable a difundir la ciencia y la filosofía
griegas, innovando la terminología latina
filosófica. Por el contrario, Tertuliano
argumentaba que Platón era el patriarca de
los herejes y Jerusalén nada tenía
que ver con Atenas puesto que el cristianismo no
se enlazaba con la filosofía griega.
Desfilaron catorce centurias y en el siglo XVII
se denominó “tertulia” a la agrupación
o sociedad donde sus miembros se codeaban con los
escritos de Tertuliano. Y a quienes concurrían
a las reuniones se les nombró “tertulianos”
por las reiteradas veces en que invocaban al apologista
latino del cristianismo.
LA ROYAL SOCIETY DE LONDRES
Por lo regular, en la Royal Society las discusiones
orbitaban en torno a la medicina y la teratología
que se ocupa de contenidos tan candentes como las
anomalías y monstruosidades de organismos
animales y vegetales. La institución difundía
ideas originales y financiaba la publicación
de libros.
Los trabajos científicos no irradiaban como
sol generoso a un público abundante y se
perdían para los analistas que se hallaban
distantes de los investigadores. Este hecho condujo
a la Royal Society a publicar un órgano de
difusión, la revista Philosophical Transactions,
empezando con una simple hoja que recogía
las actas de la cofradía. Después
incluyó reseñas de libros y cartas
que les mandaban del país y del exterior.
Antes de ir a la imprenta los artículos eran
valorados por especialistas que no conocían
a los autores, ni estos sabían quiénes
eran los evaluadores dada su condición de
anónimos.
Una figura de la ciencia universal llegó
a ser su presidente, un personaje a quien le habían
preguntado cómo descubrió la ley de
la gravedad y él respondió con la
frase más elemental y más sabia: “Pensando
siempre en ella”. El telescopio de reflexión
le permitió a Isaac Newton ser elegido miembro
de la Royal Society. Visualizó la contratación
de demostradores que de forma sistemática
darían conferencias sobre óptica,
astronomía y otros campos del saber. Con
todo, su finalidad no era la de profesar los cánones
de la Academia Francesa, que había decidido
que sus miembros sólo podían ser profesionales
aleccionados. El descubridor de los principios del
universo mecánico quería volver a
los tiempos en que los legos inteligentes eran relacionados
con filósofos naturales de fama, dedicados
a incrementar y propagar los nuevos conocimientos
de la manera más amplia posible. Para ese
plan pensó en Robert Hooke como modelo, es
decir, alguien que haya realizado un invento nuevo
o efectuado alguna evolución considerable
en la filosofía, si bien acerca de su revolucionaria
teoría sobre los colores y la composición
de la luz, sostuvo un debate con aquel investigador
que tuvo una antigua función de ser el encargado
de experimentos.
La Sociedad había cerrado los oídos
a tantas maravillas cuya única base era los
rumores imprecisos y los relatos que circulaban
de boca en boca, a narraciones sin ningún
límite de imaginación hiladas por
ingenuos corremundos que llegaban desde las tierras
más variadas, a monos reidores y perros rabiosos,
a historias personales en torno a lo sobrenatural.
TERTULIAS EN MADRID
Las polémicas que se venían sosteniendo
desde cuarenta o cincuenta años atrás
en la Royal Society de Londres y en la Academia
de Ciencias de París, que nombró a
Newton socio extranjero, se alojaban como huéspedes
de honor en la admiración del marqués
y aristócrata español Juan Manuel
Fernández Pacheco y unos amigos suyos. Por
sus mentes cruzó la lúcida idea de
que una actividad parecida podía efectuarse
en Madrid. En cada época existen unos esquemas
mentales y para las concepciones, prejuicios y creencias
del período que nos ocupa la inclinación
de don Juan Manuel por la lectura y la escritura
sonaba como rara avis y se consideraba estrafalario
su gusto por las artes y las ciencias.
Para no aburrirse en el verano y sus altas notas
amarillas, empezó a reunir en su morada a
un puñado de amigos con quienes se propuso
debatir sobre letras, artes y ciencias. Con la finalidad
de conformar una academia dedicada a las artes y
ciencias privilegiaron la lengua, el instrumento
para escribir sobre cualquier tema. La ortografía
era preciso delimitarla en etimología, pronunciación,
concepciones lógicas y uso de quienes mejor
han escrito. Había necesidad de establecer
el armazón de la gramática que agarra
con la tersura de un panda gigante y compilar un
gran diccionario donde cada palabra tuviera el espaldarazo
de ejemplos de autores consagrados.
Las discusiones gravitaban en torno al idioma y
la tertulia derivó en una academia de la
lengua. El marqués Fernández Pacheco
fue apadrinado en su proyecto por el rey Felipe
V. Así se creó, en 1714, la Real Academia
Española.
Al cumplir la noción de “tertulia”
un siglo de ser una tea que alumbraba un aspecto
de la realidad, el escritor y poeta dramático
español don Nicolás Fernández
de Moratín, instauró en la Fonda de
San Sebastián un deleitoso conglomerado con
los literatos más rutilantes de la época.
Se creó al estilo de academia bajo el rótulo
de Tertulia de la Fonda de San Sebastián.
En el uso del vocablo “tertulia” se
trazó su naturaleza y la meta: “Reunión
de personas que se juntan habitualmente para conversar
amigablemente o para algún pasatiempo honesto”.
Esta tertulia fue un caudal que afluyó en
el torrencial río de la literatura española.
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