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NMEDELLIN, Colombia
por Rubén López Rodrigué »n
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Orígenes de la tertulia.
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Tertuliano


Newton


Felipe V
La palabra “tertulia” se originó en el siglo XVII, hacia el año 1650, en el reinado de Felipe IV en España. Al poco tiempo de subir al trono, el monarca se entregó de lleno a los saraos, devaneos amorosos y otras diversiones. Los negocios del Estado los había dejado en manos de su valido, el Conde-Duque de Olivares. Efraín Gaitán Orjuela, en su Biografía de las palabras, nos ofrece una luminosa descripción: “Para descansar de una fiesta y preparar otra, el rey se entregaba a las obras maestras de la literatura, llegando a adquirir al cabo del tiempo gran cultura, lo que lo llevó a favorecer todas las manifestaciones artísticas. Estas aficiones del monarca, como es natural, se reflejaban en la sociedad, que marcha en todos los países al compás que le marca la Corte. Los grandes vivían en la dulce ociosidad de sus castillos, donde imitaban el lujo y las diversiones del Palacio Real. El amor del rey por la literatura encontró eco igualmente dentro de la gente ilustrada y entre los que a toda costa querían ponerse a la altura de la moda reinante. Así se acrecentaron los círculos y aumentaron los sitios de reuniones de artistas y literatos. A estos últimos les entró por aquel tiempo la afición de leer, estudiar y analizar las obras del célebre apologista y heterodoxo latino Tertuliano”.

¿Quién era Tertuliano?
Quinto Septimio Florente Tertuliano era un apasionado escritor eclesiástico, un padre de la Iglesia. En sentido amplio, se les llamó padres de la iglesia a clérigos y escritores latinos que explicaron los fundamentos de la nueva fe, que defendieron las bases de la iglesia naciente. Tertuliano era un padre apologista con el don de las joyas de la retórica, armado de una brillante imaginación y portador de patética elocuencia. Abogado y polemista atestado de fanatismo, terminó por sentar oposición a las sectas no cristianas. Con la habilidad de la palabra y la agudeza de su pluma combatió el paganismo.

Su estilo imperioso y refulgente sirvió, en la época de Felipe IV, de razón poderosa para que los congregados dedicaran parte de su tiempo en estudiar, analizar, citar y comentar sus textos. En ocasiones, al citar su nombre lo llamaban con acento enfático Ter-Tuliano, o sea, tres veces superior a Marco Tulio Cicerón quien vivió dos siglos antes y era el ecléctico más importante de su tiempo. Cicerón apadrinó un eclecticismo que aceptaba las doctrinas de Platón sobre el alma y otras corrientes filosóficas. Contribuyó de manera notable a difundir la ciencia y la filosofía griegas, innovando la terminología latina filosófica. Por el contrario, Tertuliano argumentaba que Platón era el patriarca de los herejes y Jerusalén nada tenía que ver con Atenas puesto que el cristianismo no se enlazaba con la filosofía griega.

Desfilaron catorce centurias y en el siglo XVII se denominó “tertulia” a la agrupación o sociedad donde sus miembros se codeaban con los escritos de Tertuliano. Y a quienes concurrían a las reuniones se les nombró “tertulianos” por las reiteradas veces en que invocaban al apologista latino del cristianismo.

LA ROYAL SOCIETY DE LONDRES
Por lo regular, en la Royal Society las discusiones orbitaban en torno a la medicina y la teratología que se ocupa de contenidos tan candentes como las anomalías y monstruosidades de organismos animales y vegetales. La institución difundía ideas originales y financiaba la publicación de libros.

Los trabajos científicos no irradiaban como sol generoso a un público abundante y se perdían para los analistas que se hallaban distantes de los investigadores. Este hecho condujo a la Royal Society a publicar un órgano de difusión, la revista Philosophical Transactions, empezando con una simple hoja que recogía las actas de la cofradía. Después incluyó reseñas de libros y cartas que les mandaban del país y del exterior. Antes de ir a la imprenta los artículos eran valorados por especialistas que no conocían a los autores, ni estos sabían quiénes eran los evaluadores dada su condición de anónimos.

Una figura de la ciencia universal llegó a ser su presidente, un personaje a quien le habían preguntado cómo descubrió la ley de la gravedad y él respondió con la frase más elemental y más sabia: “Pensando siempre en ella”. El telescopio de reflexión le permitió a Isaac Newton ser elegido miembro de la Royal Society. Visualizó la contratación de demostradores que de forma sistemática darían conferencias sobre óptica, astronomía y otros campos del saber. Con todo, su finalidad no era la de profesar los cánones de la Academia Francesa, que había decidido que sus miembros sólo podían ser profesionales aleccionados. El descubridor de los principios del universo mecánico quería volver a los tiempos en que los legos inteligentes eran relacionados con filósofos naturales de fama, dedicados a incrementar y propagar los nuevos conocimientos de la manera más amplia posible. Para ese plan pensó en Robert Hooke como modelo, es decir, alguien que haya realizado un invento nuevo o efectuado alguna evolución considerable en la filosofía, si bien acerca de su revolucionaria teoría sobre los colores y la composición de la luz, sostuvo un debate con aquel investigador que tuvo una antigua función de ser el encargado de experimentos.

La Sociedad había cerrado los oídos a tantas maravillas cuya única base era los rumores imprecisos y los relatos que circulaban de boca en boca, a narraciones sin ningún límite de imaginación hiladas por ingenuos corremundos que llegaban desde las tierras más variadas, a monos reidores y perros rabiosos, a historias personales en torno a lo sobrenatural.

TERTULIAS EN MADRID
Las polémicas que se venían sosteniendo desde cuarenta o cincuenta años atrás en la Royal Society de Londres y en la Academia de Ciencias de París, que nombró a Newton socio extranjero, se alojaban como huéspedes de honor en la admiración del marqués y aristócrata español Juan Manuel Fernández Pacheco y unos amigos suyos. Por sus mentes cruzó la lúcida idea de que una actividad parecida podía efectuarse en Madrid. En cada época existen unos esquemas mentales y para las concepciones, prejuicios y creencias del período que nos ocupa la inclinación de don Juan Manuel por la lectura y la escritura sonaba como rara avis y se consideraba estrafalario su gusto por las artes y las ciencias.

Para no aburrirse en el verano y sus altas notas amarillas, empezó a reunir en su morada a un puñado de amigos con quienes se propuso debatir sobre letras, artes y ciencias. Con la finalidad de conformar una academia dedicada a las artes y ciencias privilegiaron la lengua, el instrumento para escribir sobre cualquier tema. La ortografía era preciso delimitarla en etimología, pronunciación, concepciones lógicas y uso de quienes mejor han escrito. Había necesidad de establecer el armazón de la gramática que agarra con la tersura de un panda gigante y compilar un gran diccionario donde cada palabra tuviera el espaldarazo de ejemplos de autores consagrados.

Las discusiones gravitaban en torno al idioma y la tertulia derivó en una academia de la lengua. El marqués Fernández Pacheco fue apadrinado en su proyecto por el rey Felipe V. Así se creó, en 1714, la Real Academia Española.

Al cumplir la noción de “tertulia” un siglo de ser una tea que alumbraba un aspecto de la realidad, el escritor y poeta dramático español don Nicolás Fernández de Moratín, instauró en la Fonda de San Sebastián un deleitoso conglomerado con los literatos más rutilantes de la época. Se creó al estilo de academia bajo el rótulo de Tertulia de la Fonda de San Sebastián. En el uso del vocablo “tertulia” se trazó su naturaleza y la meta: “Reunión de personas que se juntan habitualmente para conversar amigablemente o para algún pasatiempo honesto”. Esta tertulia fue un caudal que afluyó en el torrencial río de la literatura española.
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