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NBuenos Aires desde Miami, USA
por María Valeria Correa»n
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Halloween.
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Las mascotas también
participan de los festejos


Gente disfrazada
en Lincoln Road


Desfile en las calles
de South Beach
Que el ser no es igual a sí mismo en todo momento como lo sostenía el filósofo Parménides de Elea, no lo voy a refutar yo. Uno de sus colegas, Heráclito de Efeso ya se encargó de hacerlo mejor de lo que yo lo haría y, en última instancia, si los razonamientos de Heráclito no los convencen, cualquier 31 de octubre (Halloween) en los Estados Unidos puede operar como una suma de argumentos muy convincentes en favor de la teoría del cambio y la transformación.

Halloween o Noche de Brujas es la fiesta (después de Navidad) que más se celebra en los Estados Unidos. Millones de norteamericanos se sumergen bajo un disfraz digno de una superproducción de Spielberg para confirmar que el cambio es posible, al menos, por una noche. Calabazas iluminadas. Niños peregrinando por golosinas. Casas decoradas con fantasmas, arañas y gatos negros de plástico brillante. Pero, a pesar de la gran adhesión con la que cuenta, pocos conocen el origen de Halloween, fiesta que surge de la fusión de ritos y costumbres de dos creencias religiosas: la celta y la cristiana.

Las tradiciones celtas señalaban al 1 de noviembre como el primer día del año. Cada 31 de octubre, se celebraba “Samhain”, una fiesta que honraba al año nuevo y señalaba el comienzo del invierno y el fin del verano y de las cosechas. Según las creencias celtas, las leyes de tiempo y espacio quedaban suspendidas durante este tránsito del verano hacia el invierno y en consecuencia, los espíritus de los muertos podían regresar a la tierra. Para evitar que esos espíritus se apoderasen del cuerpo de los vivos, los celtas cumplían con un conjunto de leyes ceremoniales que incluían los disfraces y los desfiles. La gente deambulaba en conjunto bullicioso por las calles para espantar a los espíritus del pueblo. Como precaución, por si no se lograba espantarlos, los celtas se disfrazaban de brujos o fantasmas para hacerse pasar por almas o demonios errantes. Sus casas estaban comprendidas en este ritual de defensa: se apagaban las hogueras para que las mismas fueran inhóspitas y poco apetecibles para los espíritus.

En el siglo VIII, los celtas influenciados por los romanos cristianos conservaron el festejo del 31 de octubre pero reemplazaron “Samhain” (fecha simbólica del cambio del año) por “All Hallows Eve”, que en inglés significa “víspera del Día de Todos Los Santos” (la Iglesia Católica celebra el Día de Todos los Santos cada 1 de noviembre). El nombre “Halloween” es una contracción de “All Hallows Eve”, celebración cristiana a la que se le incorporaron algunos de los ritos celtas como los disfraces y los desfiles callejeros.

En 1840, los irlandeses que emigraron a los Estados Unidos por lo que se conoce como la “hambruna de la papa” introdujeron la celebración de Halloween junto con otras leyendas irlandesas como la de Jack O’Latern (Jack de la linterna). Jack es un espíritu condenado a deambular por la tierra eternamente. Al morir, le fue negada la entrada al cielo por su obrar poco piadoso; el diablo tampoco quiso recibirlo porque Jack lo había engañado en sucesivas oportunidades durante su vida en la tierra. Jack le pide lumbre al demonio y éste le arroja un carbón encendido. Jack fabricará su linterna ahuecando un nabo para colocar ese trozo de carbón. Cada 31 de octubre, los irlandeses recordaban al espíritu errante de Jack haciendo una linterna como la suya. En Estados Unidos, el nabo fue reemplazado por la archifamosa calabaza ahuecada.

Hacia 1920 y para evitar el vandalismo en la noche de Halloween, se incorpora otra costumbre que enraiza en una tradición cristiana de la época medieval: la de solicitar dulces. El “trick or treat” (que en español se traduciría como “treta o dulce”) “autoriza” a los niños que no reciben golosinas a hacerle alguna diablura al vecino mezquino. El “trick or treat” funciona como un soborno al igual que su antecedente medieval: las “soul cakes” (torta o pan dulce de las almas). Durante el Día de los Muertos (2 de noviembre para la tradición cristiana), los mendigos se comprometían a rezar por las almas de los parientes de aquéllos que les ofrecían una porción de esta torta.

Los disfraces, los desfiles, las calabazas iluminadas y las peregrinaciones en busca de golosinas son sólo algunas de las costumbres que se repiten año a año en los Estados Unidos. La inestabilidad ontológica preanunciada por Héraclito se aplica al hombre y a sus costumbres. Cada 31 de octubre se renueva la esperanza: de ser alguien distinto, de decorar la casa mejor que el vecino o de conseguir más golosinas que el compañero de escuela. Los comerciantes norteamericanos agradecidos. En el 2002, las ventas de artículos relacionados con Halloween alcanzaron los ocho mil millones de dólares. Halloween será hoy una fiesta pagana pero de todos modos tiene su dogma de fe: “Bienaventurados los que celebran Halloween porque ellos coadyuvan a la recuperación de la economía norteamericana”.

Las calabazas y las brujas errantes también aterrizaron en Buenos Aires en la década de los noventa. Desde entonces, algunos bares y restaurantes acostumbran a organizar bailes de disfraces y a decorar sus salones a la usanza norteamericana durante la semana del 31 de octubre. Sin embargo, Halloween no ha reclutado más que un modesto puñado de seguidores en la sociedad porteña. Pareciera que la mayoría local ha advertido que esta celebración en nuestras pampas es más forzada que la visión de un gaucho montado en un camello. Naturalmente, lo que el futuro nos depara es siempre incierto: quizás en unos años, Halloween en Buenos Aires integre el arcón de los recuerdos junto con los sea-monkeys, el cosmic candy y las canchas de paddle o es posible que esta celebración se extienda por Argentina con la furia de una epidemia. Si esto último ocurriera, que Dios y la Patria (y Parménides) nos lo demanden.
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