
Las mascotas también
participan de los festejos

Gente disfrazada
en Lincoln Road

Desfile en las calles
de South Beach |
Que
el ser no es igual a sí mismo en todo momento
como lo sostenía el filósofo Parménides
de Elea, no lo voy a refutar yo. Uno de sus colegas,
Heráclito de Efeso ya se encargó
de hacerlo mejor de lo que yo lo haría
y, en última instancia, si los razonamientos
de Heráclito no los convencen, cualquier
31 de octubre (Halloween) en los Estados Unidos
puede operar como una suma de argumentos muy convincentes
en favor de la teoría del cambio y la transformación.
Halloween o Noche de Brujas es la fiesta (después
de Navidad) que más se celebra en los Estados
Unidos. Millones de norteamericanos se sumergen
bajo un disfraz digno de una superproducción
de Spielberg para confirmar que el cambio es posible,
al menos, por una noche. Calabazas iluminadas.
Niños peregrinando por golosinas. Casas
decoradas con fantasmas, arañas y gatos
negros de plástico brillante. Pero, a pesar
de la gran adhesión con la que cuenta,
pocos conocen el origen de Halloween, fiesta que
surge de la fusión de ritos y costumbres
de dos creencias religiosas: la celta y la cristiana.
Las tradiciones celtas señalaban al 1 de
noviembre como el primer día del año.
Cada 31 de octubre, se celebraba “Samhain”,
una fiesta que honraba al año nuevo y señalaba
el comienzo del invierno y el fin del verano y
de las cosechas. Según las creencias celtas,
las leyes de tiempo y espacio quedaban suspendidas
durante este tránsito del verano hacia
el invierno y en consecuencia, los espíritus
de los muertos podían regresar a la tierra.
Para evitar que esos espíritus se apoderasen
del cuerpo de los vivos, los celtas cumplían
con un conjunto de leyes ceremoniales que incluían
los disfraces y los desfiles. La gente deambulaba
en conjunto bullicioso por las calles para espantar
a los espíritus del pueblo. Como precaución,
por si no se lograba espantarlos, los celtas se
disfrazaban de brujos o fantasmas para hacerse
pasar por almas o demonios errantes. Sus casas
estaban comprendidas en este ritual de defensa:
se apagaban las hogueras para que las mismas fueran
inhóspitas y poco apetecibles para los
espíritus.
En el siglo VIII, los celtas influenciados por
los romanos cristianos conservaron el festejo
del 31 de octubre pero reemplazaron “Samhain”
(fecha simbólica del cambio del año)
por “All Hallows Eve”, que en inglés
significa “víspera del Día
de Todos Los Santos” (la Iglesia Católica
celebra el Día de Todos los Santos cada
1 de noviembre). El nombre “Halloween”
es una contracción de “All Hallows
Eve”, celebración cristiana a la
que se le incorporaron algunos de los ritos celtas
como los disfraces y los desfiles callejeros.
En 1840, los irlandeses que emigraron a los Estados
Unidos por lo que se conoce como la “hambruna
de la papa” introdujeron la celebración
de Halloween junto con otras leyendas irlandesas
como la de Jack O’Latern (Jack de la linterna).
Jack es un espíritu condenado a deambular
por la tierra eternamente. Al morir, le fue negada
la entrada al cielo por su obrar poco piadoso;
el diablo tampoco quiso recibirlo porque Jack
lo había engañado en sucesivas oportunidades
durante su vida en la tierra. Jack le pide lumbre
al demonio y éste le arroja un carbón
encendido. Jack fabricará su linterna ahuecando
un nabo para colocar ese trozo de carbón.
Cada 31 de octubre, los irlandeses recordaban
al espíritu errante de Jack haciendo una
linterna como la suya. En Estados Unidos, el nabo
fue reemplazado por la archifamosa calabaza ahuecada.
Hacia 1920 y para evitar el vandalismo en la noche
de Halloween, se incorpora otra costumbre que
enraiza en una tradición cristiana de la
época medieval: la de solicitar dulces.
El “trick or treat” (que en español
se traduciría como “treta o dulce”)
“autoriza” a los niños que
no reciben golosinas a hacerle alguna diablura
al vecino mezquino. El “trick or treat”
funciona como un soborno al igual que su antecedente
medieval: las “soul cakes” (torta
o pan dulce de las almas). Durante el Día
de los Muertos (2 de noviembre para la tradición
cristiana), los mendigos se comprometían
a rezar por las almas de los parientes de aquéllos
que les ofrecían una porción de
esta torta.
Los disfraces, los desfiles, las calabazas iluminadas
y las peregrinaciones en busca de golosinas son
sólo algunas de las costumbres que se repiten
año a año en los Estados Unidos.
La inestabilidad ontológica preanunciada
por Héraclito se aplica al hombre y a sus
costumbres. Cada 31 de octubre se renueva la esperanza:
de ser alguien distinto, de decorar la casa mejor
que el vecino o de conseguir más golosinas
que el compañero de escuela. Los comerciantes
norteamericanos agradecidos. En el 2002, las ventas
de artículos relacionados con Halloween
alcanzaron los ocho mil millones de dólares.
Halloween será hoy una fiesta pagana pero
de todos modos tiene su dogma de fe: “Bienaventurados
los que celebran Halloween porque ellos coadyuvan
a la recuperación de la economía
norteamericana”.
Las calabazas y las brujas errantes también
aterrizaron en Buenos Aires en la década
de los noventa. Desde entonces, algunos bares
y restaurantes acostumbran a organizar bailes
de disfraces y a decorar sus salones a la usanza
norteamericana durante la semana del 31 de octubre.
Sin embargo, Halloween no ha reclutado más
que un modesto puñado de seguidores en
la sociedad porteña. Pareciera que la mayoría
local ha advertido que esta celebración
en nuestras pampas es más forzada que la
visión de un gaucho montado en un camello.
Naturalmente, lo que el futuro nos depara es siempre
incierto: quizás en unos años, Halloween
en Buenos Aires integre el arcón de los
recuerdos junto con los sea-monkeys, el cosmic
candy y las canchas de paddle o es posible que
esta celebración se extienda por Argentina
con la furia de una epidemia. Si esto último
ocurriera, que Dios y la Patria (y Parménides)
nos lo demanden. |