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NBuenos Aires desde Nigata, Japón
por Fernando Olszanski»n
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El duelo de Antifaz.
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Mi hijo asiste a un Jardín de Infantes japonés. No entraré en detalles de todo lo que allí hace y deja de hacer, sería un listado más largo que la cola para retirar los fondos atascados por el corralito, pero puedo al menos relatar un episodio en particular. El Día del Deporte.

Absolutamente todas las escuelas en Japón de todos los niveles, tienen un día que le dedican a la relación con la familia. Ese día se llama, como dije antes el Día del Deporte. Se hace en Domingo, para asegurarse la asistencia de todos los Padres. Y ése día hay que ir o ir, se toma lista de cuantos familiares trajo cada alumno, porque hay una nota conceptual para el pequeño de acuerdo a la cantidad de parientes que traiga. Es algo simbólico, pero se usa para presionar a todos por igual. Por supuesto aparecen hasta los perros, no solo los padres, también abuelos, bisabuelos, y tatarabuelos si los hubiera (¿Me pregunto si darán mas puntaje por ellos?). Por supuesto que éste Gaijin, (extranjero), tuvo que ir a pesar de no hablar dos palabras juntas en japonés. La jornada se pasó con juegos y exhibiciones de los que todos participaron, (me incluyo), hubo regalos para los presentes y palabras alusivas de muchas personas que la verdad, no sé de qué juegan. Pero como todos aplaudían, por las dudas, yo lo hice también.

Me pareció fantástico el hecho de dar cabida a toda la familia en la escuela, aunque sea un día al año. Y es coherente con el estilo de vida comunal que tienen los japoneses. La sociedad por encima de todo, incluso el individuo. Pero el sistema educativo dista bastante de ser perfecto. De hecho no lo es, y hay mucho para decir al respecto, pero eso no será hoy.

La comunidad japonesa cuida a sus chicos porque saben que de ellos depende su propio futuro, el futuro como país, como sociedad y como individuos. Les prestan los mejores servicios y los preparan para cumplir un rol importante en el desarrollo de la comunidad. Dan para recibir.

Invierten en sus hijos.

¿Se pregunta si ahora voy a castigar el sistema educativo argentino? ¿O si voy a hacer odiosas comparaciones entre los dos países? No. Eso sería demasiado facilista. Además los presupuestos y la realidad cotidiana están fuera de cualquier comparación. Sería muy injusto de mi parte.

Menciono esto sólo por que estoy muy triste.

Perdone mi falta de información al respecto, pero entenderá que al estar en las antípodas, algunas noticias se me escapan o me llegan demasiado tarde. Y la noticia que me tiene mal, es la que habla del cierre de la Revista Anteojito.

Para mí que estoy en los treinta largos, toda la ilusión, toda la vorágine imaginativa que recuerdo de mi infancia, proviene de aquella maravillosa saga de García Ferré. Recuerdo con especial cariño a Pichichus, el único perro argentino que se podía hacer entender, hasta con un despistado policía como el Comisario. Pero que hay de Larguirucho, de Oacky, de Gutierrez y del incansable Profesor Neurus. Quién no se emocionó con "Mil intentos y un invento", o "Petete y Trapito", y tantas otras historias que ilusionaron a generaciones de niños argentinos. ¿O acaso llevó a su hijo a ver Manuelita sólo por llevarlo, o porque secretamente, su niño interno le pedía una tregua en la guerra de todos los días para reponer algo de fantasía perdida en los corazones?

Después de 37 años, la Revista Anteojito dejó de salir a la venta por problemas atribuidos a la crisis. Con ella se mueren un montón de personajes de la mitología argentina.

La crisis no sólo es económica, política y moral, también es cruel, demasiado cruel. Escuché muchas veces que Manuel García Ferré era un buen tipo, otras, que no lo era tanto; no está en mí juzgarlo, no soy biógrafo ni tampoco me interesa. Sólo sé que fui niño, y viví su trabajo como parte de mis propias fantasías. ¿Habrá sido tan sólo por comercio? Bueno, nadie hace las cosas gratis, pero al menos él se quedó en el país y siguió arriesgando su pellejo, y en los tiempos que corren, eso no es poco. Me sobran razones en mis fueros internos para pensar que es un Prócer del mundo de la imaginación.

Los japoneses cuidan a sus chicos, saben que el futuro depende de la buena educación y felicidad que les brinden. A los nuestros, les estamos robando un aliado importantísimo, un instrumento que los ayudaba a crecer, que los entretenía y estimulaba.

Espero que no recibamos de ellos, lo mismo que les estamos dando.

Nunca estuve en Trulala. Me hubiese gustado conocer esa ciudad antes de la devastación. Al menos para darle mi pésame al tío Antifaz. O llorar con Gold Silver, que nunca más será rico, o conversar en el velorio de Anteojito con el inentendible Serrucho.

Hoy Buenos Aires, como Niigata, como Trulala, son ciudades derruidas. Hay chicos que deambulan entre nuestros huesos pidiendo una explicación a lo inexplicable. Las hordas de lo incompresible, han acaparado todo el sentido común. Y lamentablemente, sabemos que Super Hijitus no podrá volar nunca más para salvarnos, por que la crisis se ha llevado hasta su mágico Sombreritus.

Que en paz descanses, Anteojito.

Gomenazai (Lo siento Mucho).

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