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Qué lejos
puedo sentirse Buenos Aires y sin embargo qué cerca, quién
diría que teje su corazón arterias como las que transitamos,
acá no están esos edificios que colman las grandes ciudades
y la hacen atractivas e impresionantes, se recuerdan las luces de la Avenida
Corrientes, Santa Fe, pero es esta otra, despejada de tránsito,
oxigenada, colmada de colores nos acerca a Cafayate mientras ladeamos caminos
impresionantes, precipicios, ríos con aguas heladas, a la distancia
se divisa la cumbre de Cachi con su corona nevada. Impresionante el Dique
Cabra Corral. Pudimos bajar del micro a pesar de la fina llovizna y el
intenso frío de esa mañana. La majestuosidad del dique queda
minimizado por la imponente fuerza de la naturaleza, a ambos lados cerros,
abajo, las heladas aguas que se deslizan desde las alturas.
Cafayate
es la localidad más importante de los valles calchaquíes,
se encuentra a ciento noventa kilómetros de Salta y a mil seiscientos
sesenta metros sobre el nivel del mar. Cafayate se destaca por su evolucionada
industria del vino, tuvo su origen en la misión del Rosario que
se estableció en 1740. Los vinos de Cafayate son de gran calidad,
así pudimos visitar una fábrica vitivinícola artesanal
y la otra totalmente industrial.
Ciudad quieta, de calles anchas y agostas, construcciones coloniales, poco
tránsito vehicular y como en el resto de los lugares visitados,
la ausencia de los abrumadores carteles propagandísticos. Otra ciudad
paisajística, los artistas se dan cita alrededor de la Plaza central
para mostrar sus obras: Cerámica, pintura, telar y de esquina en
esquina, la oferta de la ciudad, el vino a granel, como un sello legendario
de sus habitantes.
Ha amanecido, vamos hacia Tucumán, en ese trayecto entre caminos
de cornisa, bordeando ríos, paisaje rocoso apenas manchado con pastos,
llegamos a las ruinas de Quilmes, complejo arqueológico ubicado
en los Valles Calchaquíes, antigua Ciudad de Quilmes, hoy, Patrimonio
Universal. Con la emoción de las palabras del guía descendiente
de Quilmes, transitamos por las ruinas interpretando la perfecta organización
de nuestros aborígenes. El guía explica con auténtico
orgullo, descubro en algunos que otros rostros ojos humedecidos. Mónica
estalla emocionada, anda en la búsqueda de su ascendencia, claro
que es emocionante.
Curvas, pendientes, caminos estrechos, precipicios, arriba el sol desparramando
a gusto su multifacético Don. Vamos rumbo a Tafí del Valle
con una magnitud de colores y sensaciones dentro del alma. Las exclamaciones
de todos es una divina complicidad, exclamaciones, suspiros, silencio,
y ante nuestras vistas toda esa inmensidad. Mi corazón a punto de
estallar. La carretera parece una interminable culebra, en una de sus curvas,
la guagua, (micro), se detiene, los lugareños muestran y venden
sus artesanías, alquilan sus llamas y cabritos para los que quieran
hacerse fotografías, los niños acuden con sus caritas coloradas
por el frío y el sol en busca de alguna golosina. Estamos absortos
ante tanta belleza.
Ingenuamente, porfiaba a Silvia, una amiga, que estaba equivocada y que
había enloquecido, yo exclamaba a viva voz, al ver como un encaje
blanco que bordeaba una cerca y algunas que otra vegetación de que
era nylon, algo así como un adorno ubicado por los habitantes del
lugar como para llamar la atención, creí que estaba en alguna
parte de los campos de mi país donde con frecuencia se ubican adornos
cuando hay fiestas, trataba de encontrar alguna respuesta coherente, pero
masticaba mi propia ignorancia ante tanta revelación de la naturaleza,
la respuesta la tuve pronto cuando mis amigas dejaron caer sobre mi cabeza
y mi cara escarcha, extraída de donde yo porfiaba que era nylon
y que a pesar de la fuerza del sol, no se lograba disipar, después
supe que se denomina garrotillo, que el viento hace que las goticas de
agua se congelen. Desde ahí vi volar al cóndor planeando
las altas cumbres nevadas.
Taifí del Valle es una población turística ubicada
a dos mil metros sobre el nivel del mar y a ciento diez kilómetros
de San Miguel de Tucumán. Como todos en uno, compartimos la misma
mesa, habíamos llegado a un clima interesante en el viaje En los
rostros está presente la misma emoción, como si fuera poco,
una envidiable conmoción de unidad y sentimiento algo difícil
de expresar con palabras invade a todos, muchos son los ojos que revelan
la extraordinaria sensibilidad. Yo, creo interpretar toda esa magia y armonía
y no me permito el ocultar tanta hermosura.
CAMINO
A TAFI DEL VALLE
(A todas
esas lindas personas que como yo, ha vivido emoción sin igual. A
quienes me dieron la oportunidad de disfrutar y compartir durante estos
siete días. A mis queridas amigas: Analía Maffeo y su hijo
Martin, a Silvia Rossi y a Mónica Peñaflor, porque una vez
más aprendimos a convivir con nuestra amistad y nuestros sueños.
¡Gracias a todos!)
Que ahora
yo puedo, ¡puedo!
Cantar con mi voz clara
Cantar desde las entrañas el misterio de los cerros
La grandeza de los pueblos
Historia tan maltratada
Historia jamás marchita
De todos los que poblaron estas magnas serranías.
¿Qué
corazón callaría?
¿Qué lagrimar no se excita?
Con tanta vida, con tanta, con tanta sabiduría.
Dulzón
encanto, alegría, cielo azul, ríos nevados
Finísimo torbellino
Cristales de rostros fundidos en las rocas, los caminos,
Huellas, huellas del nativo y el corazón encendido.
El frío
viento que llega,
el frío viento susurra,
el frío viento que pasa, acaricia y mece un canto
un canto jamás perdido.
¿Quién
no escuchó? ¿Quién no escucha?
Yaraví por estos lares...
Por la cima de los cerros
bajo el cielo azul intenso
ensaya el cóndor su vuelo.
Ojos de
historia vivida, festejo por el encuentro
despierta la Pachamama, están de fiesta los muertos.
Hay rituales y hay plegarias
El Tata Inti sonríe, guerrero, guerrero erguido
para alimentar las almas
y hacer más bello el camino
¿Cómo
agachar mis palabras?
¿Cómo calmar tanto asombro?
Que ahora
yo puedo, puedo
Cantar desde las entrañas
Cerros, valles y quebradas, lengüetas de agua helada
desde la cima en bajada
Camino a Taifí del Valle.
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